Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 20
# Capítulo 20: ¿Ya comiste?
El sábado, Alegra fue a casa de Tía Carmen.
No porque la hubiera invitado. Tía Carmen no invitaba. Tía Carmen abría la puerta de su casa en la colonia Narvarte a las tres de la tarde de cada sábado y si llegabas, había comida, y si no llegabas, había comida igual, y al día siguiente te mandaba un mensaje diciendo "te guardé tu plato" con la tranquilidad de una mujer que llevaba treinta años alimentando gente sin pedir nada a cambio.
Carmen Solano era hermana menor de Norma, la madre de Alegra. Pero donde Norma era reproche y silencio y platos que no soltaba, Carmen era abrazo y cucharón y una cocina que olía a mole desde la calle.
No tenía hijos propios. Había intentado tenerlos, dos veces, y las dos veces el cuerpo le había dicho que no con una crueldad que ella había aceptado con la misma dignidad con que aceptaba todo: en silencio, sin quejas, y cocinando el doble para compensar la ausencia.
Así que amplió la palabra sobrino hasta que cupo medio barrio. Estaba Lía, hija de su primo Ernesto; estaban tres hijos de vecinos que ya eran adultos y seguían llamándola "tía"; y estaba Alegra, su sobrina de sangre y, desde hacía años, también la hija que había elegido cuidar.
Alegra tocó el timbre a las tres y cuarto. La puerta se abrió antes de que terminara de tocar.
—¡Mi niña! —Tía Carmen la envolvió en un abrazo que olía a guajillo, epazote y jabón de lavanda—. Pasa, pasa. ¿Ya comiste?
Tres palabras. Las tres palabras más importantes del idioma español, según Tía Carmen. No "te quiero." No "te extraño." ¿Ya comiste? Porque el amor, para Carmen Solano, empezaba por el estómago.
—No, tía. No he comido.
—¡Pues siéntate! Hice mole. Y arroz. Y frijoles de la olla. Y tortillas las acabo de echar.
La mesa estaba puesta para cinco, aunque solo iban a comer dos. Tía Carmen siempre ponía de más. "Por si alguien llega", decía. Y alguien siempre llegaba: una vecina que olía el mole desde la calle, un sobrino que pasaba "de casualidad", el cartero que una vez aceptó un taco y desde entonces paraba cada sábado.
Alegra se sentó. Tía Carmen le sirvió un plato que pesaba más que su computadora de la oficina: mole negro de Oaxaca, denso, oscuro, con un pollo que se deshacía al tocarlo, arroz rojo, frijoles con su caldo y tres tortillas recién hechas que humaban como si estuvieran vivas.
El primer bocado fue como volver a casa. No a la casa de Iztapalapa, con sus paredes grises y sus silencios pesados. A una casa que no existía en ningún mapa pero que Alegra llevaba dentro: un lugar donde la comida era amor y el amor no pedía explicaciones.
—Está increíble, tía.
—Come más. Estás flaca.
—No estoy flaca.
—Para mí estás flaca. —Tía Carmen se sentó frente a ella con su propio plato y la estudió con esos ojos que eran el mapa genético de la familia Solano: oscuros, redondos, imposibles de engañar—. ¿Qué tienes?
—Nada.
—Alegra.
—Tía, de verdad...
—Llegaste con los ojos así. —Se señaló los propios ojos—. Así de apagados. ¿Es el trabajo?
—No. El trabajo está bien.
—¿Es tu mamá?
Alegra dejó de masticar. Tía Carmen tenía ese don: el de preguntar lo correcto en el momento exacto, como un cirujano que sabe dónde cortar sin necesidad de radiografía.
—Me llamó —dijo Alegra—. Necesitan dinero para una operación de mi papá. Les dije que no.
Tía Carmen asintió. No con sorpresa. Con algo que se parecía más a la confirmación.
—¿Y cómo te sientes?
—Mal. Me siento como una mala hija.
—¿Por decir que no?
—Por no sentir lo suficiente para decir que sí.
Tía Carmen dejó su tenedor. Se limpió las manos con la servilleta. Se levantó, rodeó la mesa, y se sentó junto a Alegra. Le tomó las manos.
Sus manos estaban calientes. Siempre calientes. Lo opuesto exacto de las manos de Alejandro Montero, y por alguna razón absurda, Alegra pensó en ambas al mismo tiempo: las manos frías que la sujetaron cuando cayó y las manos calientes que la sostenían ahora.
—Mi niña —dijo Tía Carmen—. Voy a decirte algo que debería haberte dicho hace mucho tiempo.
—¿Qué?
—Tu mamá, mi hermana, es una mujer que aprendió a querer con condiciones. Porque a ella la quisieron así: con condiciones. Tu abuela —mi mamá— la quería cuando sacaba buenas notas, cuando se portaba bien, cuando hacía lo que le decían. Y Norma aprendió que el amor es eso: un premio que te dan cuando cumples y que te quitan cuando fallas.
Alegra escuchó. Los ojos se le llenaron despacio, como una presa que se desborda gota a gota.
—Pero el amor no es eso, Alegra. El amor es este plato de mole que te hice sin que me lo pidieras. El amor es que yo te ponga cinco lugares en la mesa porque a lo mejor vienes y a lo mejor no, y da igual, porque el lugar siempre está. El amor es que tú no me llames en tres semanas y yo no te reclame, porque confío en que cuando me necesites vas a venir, y cuando vengas, el mole va a estar listo.
Las lágrimas bajaron. Silenciosas. Calientes.
—No eres mala hija por decir que no, mi niña. Eres una mujer que aprendió a ponerse primero, y eso es lo más difícil que puede aprender alguien que creció en una casa donde siempre la pusieron al último.
Alegra apretó las manos de su tía. Las manos calientes. Las manos que cocinaban y abrazaban y nunca, nunca soltaban el plato para quedarse mirando.
—Tía.
—¿Qué, mi niña?
—¿Puedo repetir mole?
Tía Carmen se rio. Se levantó. Le sirvió un segundo plato todavía más abundante que el primero.
—Tú siempre vas a tener un lugar en esta mesa —dijo, acariciándole el pelo con la mano que no sostenía el cucharón—. ¿Me oíste? Siempre. No importa qué pase, no importa qué diga tu mamá, no importa nada. Este lugar es tuyo.
Alegra comió tres platos. Se acabó las tortillas. Se comió los frijoles con cuchara. Y lloró entre bocado y bocado, con la boca llena y el corazón reventando, porque el mole de Tía Carmen sabía a lo que debería saber una familia: a esfuerzo, a paciencia, a algo que se cocina durante horas porque vale la pena esperar.
A las siete de la noche, Alegra se fue con un tupper de mole para el lunes —"para que comas bien", dijo Tía Carmen— y otro tupper más grande que no pidió pero que Tía Carmen le puso en las manos con la autoridad de un general distribuyendo raciones.
—¿Ese para quién es? —preguntó Alegra.
—Para quien tú quieras. —Tía Carmen la miró con esa sonrisa que sabía más de lo que decía—. ¿No me dijiste que tu jefe come pura proteína sin sabor?
—Tía, no puedo llevarle mole a mi jefe.
—¿Por qué no? A todo el mundo le gusta el mole. ¿O es de esos que no comen mole? Si es de esos, no me cae bien.
Alegra se rio. Agarró los dos tuppers. Se despidió con un beso en la mejilla que le dejó un rastro de sal —de las lágrimas, del mole, de la vida—.
En el metro de vuelta a Iztapalapa, con los tuppers en una bolsa y el corazón más liviano de lo que había estado en días, Alegra pensó en el lunes.
Pensó en dejar el mole de Tía Carmen en el escritorio de Alejandro, al lado del café de las 8:15. Pensó en la nota que encontraría al día siguiente: ¿"demasiado picante"? ¿"bien"? ¿"¿mañana hay?"?
Sonrió. Los hoyuelos aparecieron. Los mismos hoyuelos que un hombre pintaba de noche, en un estudio cerrado, sin saber que ella ya lo sabía.
Esa noche, mientras Alegra dormía con el olor a mole todavía en las manos, Alejandro Montero le envió un mensaje a Don Felipe.
No era un mensaje largo. Era una instrucción. Una línea:
"A partir de mañana, asegúrate de que la señorita Vega llegue segura a su casa todos los días. No solo después de las ocho."
Don Felipe leyó el mensaje en la cocina de su casa, con un café en la mano y la televisión puesta en las noticias de las once.
Todos los días, pensó. Ya no solo cuando sale tarde. Todos los días.
No respondió con palabras. Respondió con un emoji de pulgar arriba, que era lo más cercano a la insubordinación que se había permitido en catorce años de servicio.
Luego apagó el teléfono y le dijo a su esposa:
—El muchacho está enamorado.
—¿El señor Montero? ¿De quién?
—De la secretaria nueva. La de los hoyuelos.
—¿Y ella?
—Todavía no lo sabe. O sí lo sabe y finge que no. Con los jóvenes de ahora nunca se sabe.
Su esposa sonrió. —Dale tiempo. El amor es como el mole: necesita horas de cocción.
Don Felipe asintió, porque su esposa siempre tenía razón, especialmente cuando hablaba de mole.