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Divorciada a los cuarenta: el joven magnate no puede resistirse a mí

Divorciada a los cuarenta: el joven magnate no puede resistirse a mí

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:234
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.

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Capítulo 22

Capítulo 22 — Feliz cumpleaños, sola pero libre

El 31 de diciembre amanecí con una idea rara en la cabeza: hacerme una fiesta.

No una fiesta de mucha gente. Una fiesta mía. Porque el 31 de diciembre, además de ser la noche de Año Nuevo, era el día en que yo había nacido, y en treinta y nueve años nadie me lo había celebrado nunca.

Doña Ofelia decía que una niña que nace el último día del año trae mal agüero, que se lleva por delante lo bueno que quede. Así que en mi casa, mientras el pueblo entero tronaba cohetes y comía uvas, a mí me mandaban temprano a la cama. Sin pastel. Sin canción. El mismo año en que aprendí que a mí me tocaba solo el caldo y a mi hermano la carne, aprendí también que mi cumpleaños era algo que se disimulaba.

Pues este año no.

Me fui al tianguis con mi bolsa de mandado y me di el lujo de comprar como se me antojó. Nochebuenas para la entrada. Series de foquitos. Un manojo de esferas baratas que brillaban horrible y me encantaron. Doce uvas gordas para la suerte y un vinito espumoso para brindar sola si hacía falta. Y, ya encarrerada, un pastelito para mí. Uno chiquito. Con una velita.

—¿Cumple alguien? —me preguntó la señora del puesto.

—Yo —dije, y me sorprendió lo raro que se sentía decirlo en voz alta—. Cumplo yo.

—Pues muchas felicidades, güerita. Que sea el primero de muchos.

El primero. Tenía razón sin saberlo. Era el primero.

Cuando volví al edificio, cargada como burro, don Beto el portero me paró en la entrada con una caja larga entre las manos y esa cara de misterio que ya le conocía.

—Le llegó esto, señora Ávalos. Otra vez sin remitente.

Ya sabía lo que era. Lo supe por el peso, por la forma, por el trece que llevaba haciéndose en mi vida sin que yo entendiera nunca de dónde.

Gardenias. Blancas, cerradas, perfumadas hasta marear. Y entre ellas, la tarjeta de siempre, la misma letra firme de todos los años:

"Feliz cumpleaños. Sola, pero libre. El futuro es tuyo."

Se me hizo un nudo en la garganta ahí mismo, en el vestíbulo, con las bolsas del mandado cortándome los dedos.

Trece años. Trece diciembres. Cuando estaba casada llegaban y yo pensaba que era algún admirador tonto que ya se cansaría. Gustavo nunca preguntó de quién eran; ni siquiera se fijaba. Y sin embargo alguien, cada año, el día exacto en que nadie me celebraba, se acordaba de que yo existía y me mandaba flores con una sola frase que ahora, divorciada, libre, con mi propio nombre en una etiqueta dorada, sonaba menos a consuelo y más a profecía.

—Gracias —le dije a don Beto, como si él tuviera la culpa, y subí con los ojos ardiendo.

Arriba, ya sola, las puse en agua y me quedé un rato hundiendo la nariz en ellas, en ese perfume denso y dulce que se me metía hasta la memoria. Olían a algo que no sabía nombrar: a que alguien, en algún lugar, me pensaba digna de que la recordaran. Y se me ocurrió, entre lágrimas tontas, que un día haría un aroma con ese olor. Una línea entera de la marca. La llamaría Gardenia, y sería mía, y por fin esas flores servirían para algo más que para dolerme bonito una vez al año.

Estaba encaramada en el banco de la cocina, tratando de colgar la guirnalda de foquitos sobre la ventana, cuando tocaron. No pregunté quién era. Ya sabía. Últimamente siempre era él.

—Está abierto —grité, estirándome de puntitas.

—No deberías dejar abierto —dijo Leo entrando, y lo siguiente que dijo lo dijo casi corriendo—. Regina, bájate de ahí.

—Ya casi. Solo me falta este...

El banco se movió. Fue un segundo. El pie se me fue, el mundo se ladeó, y en lugar del suelo me recibió un brazo firme que me atrapó por la cintura y me sostuvo en vilo como si no pesara nada.

Quedé pegada a él, con la guirnalda todavía en la mano y el corazón en la boca.

—Yo pego, tú diriges —murmuró, muy cerca, sin soltarme del todo—. ¿Estamos?

—Estamos —alcancé a decir, y me apuré a poner los pies en el piso, porque el calor de su brazo me estaba desordenando cosas que llevaba años teniendo en orden—. Gracias, Leo. Ya. Puedo sola.

—Ya sé que puedes sola. —Tomó la guirnalda de mis manos y se subió él al banco—. Déjame ayudarte de todos modos.

Y así, sin que ninguno lo decidiera, se quedó.

Colgó los foquitos. Movió el sillón para que se viera la ventana adornada. Cuando puso las nochebuenas en la entrada me preguntó dónde las quería y yo le dije "más a la izquierda", y él las movió más a la izquierda, y de pronto estábamos discutiendo la decoración de mi departamento como un matrimonio de veinte años, él en el banco, yo señalando, los dos con las gardenias perfumando el aire entre nosotros.

En algún momento me quedé quieta viéndolo estirar el brazo hacia la cornisa, la camisa arremangada, la cara concentrada, y pensé, con toda claridad: se ve como si esta fuera su casa también.

Y luego, horrorizada de mí misma: ¿ya me dio por alucinar? Trágame, tierra.

—¿Dije algo? —preguntó él, sin voltear.

—Nada. Pensaba en las uvas.

Se bajó del banco. Vio el pastelito en la barra, la velita sin encender, las doce uvas contadas en un plato.

—¿Es tu cumpleaños? —preguntó, y algo en su voz cambió, se puso serio de una forma que no supe leer.

—Es la noche de Año Nuevo —dije, quitándole importancia—. Coincidencia.

—No es coincidencia. —Se me quedó mirando—. Es tu cumpleaños.

No le pregunté cómo lo sabía. Últimamente sabía demasiadas cosas mías que yo nunca le había contado, y cada vez que lo notaba me daba un vértigo que prefería no mirar de frente.

Empezaba a oscurecer. Del edificio y de la calle subían ya los primeros cohetes, esos que truenan temprano, impacientes por el año nuevo. Leo se puso el saco, como para irse, y yo respiré, mitad aliviada, mitad no.

Pero en la puerta se detuvo, con la mano en la manija, y se dio la vuelta.

—Me quedo —dijo—. No quiero que pases el Año Nuevo sola.

—Leo...

—No como lo que sea que estás pensando. Como el vecino que no tiene nada mejor que hacer. —Cerró la puerta, del lado de adentro—. ¿Tienes con qué hacer una cena o pedimos algo?

Iba a contestar cuando mi teléfono empezó a vibrar sobre la barra. Una vez, dos, cinco. El grupo de vecinas del edificio, que casi nunca sonaba, se había vuelto loco de mensajes. Alcancé a leer, de reojo, antes de bajar la pantalla:

"¿Ya vieron lo que se está armando en el Altavista?"

"Dicen que la muchacha subió como fiera al piso de arriba..."

"Alguien llame a seguridad, por favor, se están matando."

Fruncí el ceño. El Altavista. El edificio de Gustavo.

—¿Todo bien? —preguntó Leo, ya con el saco fuera, arremangándose otra vez.

Puse el teléfono boca abajo. No era mi circo. No eran mis changos. Esta noche, por primera vez en la vida, alguien se había quedado a acompañarme en mi cumpleaños, y no iba a gastarlo mirando arder la casa de la que me salvé a tiempo.

—Todo bien —dije—. Pon la mesa, Leo. Es mi cumpleaños.

Lo que no supe, mientras él sacaba los platos como si conociera mi cocina de memoria, fue que a esa misma hora, a unas cuadras de ahí, una puerta se venía abajo de una patada.

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