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Comprada por el rey sin corona

Comprada por el rey sin corona

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Mafia / Dominación / Romance oscuro
Popularitas:87
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.

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Capítulo 24

Capítulo 24 — La palabra prohibida

—No.

Eso me contestó, después de un rato largo, en la oscuridad, cuando yo ya creía que no iba a contestar. Una sola palabra, sin adorno.

—Nunca quise amar a nadie —siguió, mirando el techo—. Los que aman pierden. Mi padre amó, y mira cómo terminó. Yo no cometo el error de mi padre. Yo tengo. Que es distinto y es mejor.

"Yo tengo." Así hablaba de mí, como de una casa o de una mina. Y sin embargo, esa misma madrugada lo había oído decir mi nombre con miedo. El hombre que "no ama" no dormía por si yo me moría. Guardé esa contradicción como se guarda una llave que todavía no se sabe qué abre.

—¿Y no te da miedo —le pregunté, con cuidado, al usted, tanteando el terreno como quien camina sobre hielo— vivir así, teniendo cosas, sin querer a ninguna?

—El miedo es de los que quieren —contestó—. El que no quiere nada, no le teme a perder nada. Es la única libertad que existe, Ana. Lo demás son cuentos de cura.

Y se lo creía. Ese era el problema: no lo decía por herirme, se lo creía de verdad, como se cree uno lo que le enseñaron a golpes de niño. Yo, que había rezado toda mi vida y que había querido a mis padres, a mis perros, a mis muertos, sentí una lástima rara por aquel hombre riquísimo que llamaba libertad a estar solo por dentro. Pero me callé la lástima. A los hombres como él, la lástima de una mujer los enfurece más que el odio.

Al día siguiente, a las ocho, cuando iba a salir a lo suyo, me ordenó que volviera a ver la película.

—Entera —dijo, poniéndose los gemelos frente al espejo—. Cuando vuelva te pregunto. Si no me sabes contestar qué pasó, sabré que no me haces caso.

Un examen. Me dejaba de tarea una película como a una niña castigada, y de paso me dejaba encerrada: puertas con clave, ventanas selladas, un jardín que daba a un muro y el muro al mar. Suave encierro, con aire acondicionado y vista, pero encierro. Ya me sabía la diferencia entre una cárcel fea y una cárcel bonita: ninguna.

No vi la película. Me metí a la cocina, que era lo único que me devolvía a mí misma, y me puse a hacer un jarrón grande de agua de frutas. Corté pepino, corté piña, maracuyá, unas hojas de hierbabuena que encontré en una maceta de la terraza, y lo dejé todo en agua fría reposando en la nevera, como hacía mi mamá para los días de calor. Mientras cortaba la fruta casi era feliz. Un cuchillo, una tabla, olor a piña: por un rato fui otra vez la muchacha de la casa del puerto y no el juguete del comedor bajo el mar. Y de paso —porque una nunca deja de calcular del todo— miré el cuchillo un segundo de más, y miré la puerta con clave, y entendí que un cuchillo de cocina contra un hombre de su tamaño y contra sus cámaras no era una llave, era una manera tonta de morir. Lo dejé en su sitio. La fuga tendría que ser con la cabeza, no con el filo. Guardé el agua de frutas en la nevera y me quedé mirando por la ventana sellada el muro y, detrás del muro, el mar, siempre el mar, la muralla más ancha del mundo.

Volvió de noche. Probó el agua de frutas, arqueó una ceja, se sirvió otro vaso sin decir gracias —así daba las gracias él—, y después, en el cuarto, quiso lo de siempre. Y ahí quiso más que lo de siempre.

Porque a media caricia, con esa voz baja que usaba para mandar, empezó a pedirme una palabra.

—Dilo —murmuró—. Di "amo". Dime "mi amo". Di que tu cuerpo y todo lo que hay dentro de él son míos, que no le pertenecen a nadie más. Una palabra, Ana, y esto es tuyo, y yo soy bueno contigo.

Me quedé quieta. Entendí el juego enseguida: cambiar placer por sumisión, comprarme con caricias la única cosa que yo todavía no le había vendido. Y por dentro me subió una terquedad de mula que venía de muy atrás, de mi abuela, de mi madre, de todas las mujeres de mi puerto que aguantaron hambre pero no aguantaron que las llamaran de menos.

—No —dije.

—Dilo.

—No voy a decir eso. —Le sostuve la mirada—. Puedo estar aquí. Puedo hasta querer estar, esta noche, si soy honesta. Pero eso lo decido yo, no me lo saca usted con la palabra "amo". No tengo amo. Tuve patrón en un restaurante a los quince y ni a ese le decía amo. Máteme si quiere. La palabra no la va a tener.

Se detuvo. Por un segundo pensé que se enfriaría y se iría, o algo peor. Pero no forzó nada. Que quede escrito también esto, porque es de las pocas cosas que le reconozco de aquella época: cuando le dije que no a la palabra, no me la arrancó por la fuerza. Se quedó mirándome con una mezcla rarísima de rabia y de —juro que era eso— respeto, como quien se topa por fin con una pared que no puede tumbar y en el fondo se alegra de que exista una pared así en el mundo. Lo que hubo después lo hubo porque yo me quedé, no porque yo dijera "amo". Nunca dije "amo". Ni esa noche ni ninguna. Esa fue mi frontera, la última tierra mía que no le cedí, y la defendí desnuda y sin ejército, con la pura boca cerrada.

Después, cuando ya la respiración se le acomodaba, dijo una cosa que me descolocó:

—La próxima vez que te pregunte si estás a gusto, contéstame la verdad. No me sirve que aguantes. —Hizo una pausa—. Quiero saber de verdad.

Me di vuelta para que no me viera la cara. Porque aquello, viniendo de él, era casi una ternura, y las ternuras de aquel hombre me desarmaban más que sus cruedades.

Cuando quise levantarme al baño, el terror del agua bajo el vidrio me volvió a agarrar la garganta y me quedé tiesa en el umbral. Él lo notó.

—Solo es un baño, Ana —dijo, más suave—. Es agua detrás de un cristal. No te va a pasar nada. Estoy aquí.

Y estuvo. Se quedó en la puerta, de brazos cruzados, mirando el mar de peces bajo mis pies como si lo vigilara a él también, hasta que se me pasó el temblor. Empezaba a preocuparse por mis miedos. Eso, en aquel entonces, era casi una noticia.

Íbamos a dormir cuando sonó el teléfono.

No el mío —yo no tenía— sino el suyo, el negro, el que solo sonaba por asuntos de sangre y de poder. Contestó de pie, desnudo hasta la cintura, y le cambió la cara. Escuchó. Dijo dos palabras cortantes. Colgó. Y se quedó mirando la noche por el ventanal con esa quietud que en él era la antesala de la tormenta.

—¿Qué pasó? —pregunté, porque su cara me daba más miedo que sus gritos.

Tardó en contestar. Cuando lo hizo, no me miraba a mí.

—El Norte otra vez —dijo, para sí—. Y algo más. —Apretó la mandíbula—. Ya no mandan a la de antes. Ahora los Osuna quieren mandar a la niña de la casa. Bianca Osuna. Vienen a proponer boda.

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