Un trágico accidente dejó al multimillonario Alexei Von Krahn en silla de ruedas, arrebatando su autonomía y rodeado por la traición de quienes dijeron amarlo. Consumido por el rencor y ante la delicada salud de su madre, cuyo último deseo es verlo acompañado, Alexei decide buscar una esposa por contrato.
Por su parte, Emilia San Martín enfrenta una situación desesperada: la grave condición de su madre y la imposibilidad de saldar las deudas, la llevan al límite. Para salvar a su única familia, acepta casarse durante un año con un desconocido amargado a cambio de una suma millonaria y el traslado inmediato de su madre a una clínica privada.
Sin embargo, lo que comenzó como un acuerdo frío se transforma en un torbellino de sentimientos encontrados.
Atrapado por un profundo complejo de inferioridad y el miedo a la dependencia, Alexei oculta su amor y monta una despiadada farsa para distanciar a Emilia de su vida, ignorando que la verdadera amenaza aun acecha entre las sombras.
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Capitulo 22
Emilia
La residencia de la familia Von Krahn en el campo era una majestuosa propiedad de arquitectura colonial, rodeada por jardines impolutos y senderos adaptados con una delicadeza impecable para permitir el paso de la silla de ruedas de Alexei. Pero a diferencia de la sobriedad imponente de la residencia en la ciudad, este lugar respiraba una calidez íntima, casi mágica, despojada del protocolo y de los fantasmas que tanto nos habían atormentado
Al caer la tarde, una lluvia suave comenzó a caer contra las cristaleras del salón principal. El sonido del agua mezclado con el crepitar manso del fuego en la gran chimenea de piedra creaba un refugio perfecto. Habíamos cenado a la luz de las velas, compartiendo risas sencillas y copas de vino tinto, disfrutando de la dicha absoluta de ver a nuestras madres en camino a una recuperación completa y de albergar la esperanza real de que Alexei volviera a caminar tras las próximas evaluaciones médicas
Acomodé un par de cojines en el amplio sofá frente a la chimenea e invité a Alexei a acercarse. Él desplazó su silla hasta situarse a mi lado, pero antes de que pudiera decir nada, me descalcé y me acomodé directamente sobre su regazo, rodeando su cuello con los brazos mientras dejaba escapar un suspiro de pura plenitud
Alexei sonrió con esa devoción transparente que iluminaba sus rasgos, rodeando mi cintura con firmeza para pegarme a su pecho
— Te ves tan serena aquí, mi amor — murmuró, posando un beso tierno en mi sien mientras sus dedos jugaban con las puntas de mi cabello
— Lo estoy — respondí en un tono bajo, rozando mis labios contra su cuello — Hacía años que no sentía esta paz. Estar aquí a tu lado, solos, sin sombras ni amenazas, es todo lo que mi corazón necesitaba
Pasamos unos minutos en un silencio cómodo, contemplando cómo el fuego danzaba y proyectaba destellos dorados sobre nuestras pieles. Sin embargo, en medio de esa paz, una interrogante que llevaba guardada en un rincón de mi mente desde el día en que firmamos aquel contrato volvió a brotar con fuerza
Me incorporé ligeramente sobre su regazo, apoyando las manos en sus hombros para mirarlo fijamente a los ojos
— Alexei... — comencé, acariciando su pómulo con el pulgar — Hay algo que he querido preguntarte desde hace mucho tiempo, pero entre tantos problemas y secretos nunca encontré el momento adecuado
Él arqueó una ceja con curiosidad, manteniendo la mirada fija en la mía
— Lo que quieras, Emilia. Entre tú y yo ya no existen los secretos. Dime
— El día que Ismael me llamó por teléfono... Ese día que me ofreció esa propuesta descabellada de matrimonio por conveniencia con un multimillonario al que yo jamás había visto... me salvó la vida. Pero siempre me pregunté: ¿cómo supiste de mí? — hice una breve pausa, buscando las palabras exactas — Nosotros no nos conocíamos. Yo era solo una muchacha desesperada, trabajando turnos dobles para pagar el hospital que ni siquiera podía frenar el deterioro de mi madre. ¿Cómo llegó mi nombre a tus manos? ¿Por qué me elegiste a mí entre tantas personas?
Alexei guardó silencio unos instantes. Una sonrisa entrañable y repleta de nostalgia se dibujó en sus labios mientras echaba la cabeza hacia atrás contra el respaldo de la silla
— Sabía que tarde o temprano me harías esa pregunta, mi vida — dijo en tono grave y suave, reteniendo una de mis manos para besar la palma con devoción — La verdad es que, aunque tú no me conocías a mí, yo ya sabía perfectamente quién eras antes de pedirle a Ismael que te llamara
Un escalofrío de sorpresa me recorrió la espalda
— ¿Sabías quién era yo? — pregunté, abriendo los ojos con asombro — ¿De dónde?
— Todo comenzó unos cuatro meses antes de que firmáramos el contrato — explicó Alexei, recorriendo con la yema de sus dedos el contorno de mi rostro — Mi madre Beatriz aún estaba en la fase inicial de su decaimiento, pero los médicos de la mansión no lograban dar con un diagnóstico claro. Desesperado por encontrar alternativas, comencé a acudir personalmente a las oficinas administrativas del gran hospital público de la ciudad para revisar los expedientes de programas de caridad y subvenciones médicas que mi familia financiaba en secreto
Escuchaba cada palabra sin atreverme a pestañear, fascinada por la revelación
— Una tarde — continuó Alexei, con la voz cargada de un matiz profundo — estaba dentro de la oficina del director médico revisando folios sobre la mesa mientras esperaba unos documentos. La puerta de la oficina contigua estaba entreabierta. De pronto, escuché una voz firme, llena de dignidad pero quebrada por la angustia, discutiendo con el jefe de administración. Era tu voz, Emilia
Me llevé una mano al pecho al recordar perfectamente aquella discusión humillante con el administrador del hospital, cuando me amenazaron con trasladar a mi madre a una sala común sin cuidados intensivos si no saldaba la deuda acumulada
— Estabas suplicando que no le quitaran el respirador a Maribel — prosiguió él, mirándome con una ternura insondable — Les prometías que trabajarías tres turnos seguidos, que venderías lo poco que te quedaba, que harías cualquier cosa con tal de no dejar morir a tu madre. Cuando el administrador intentó tratarte con prepotencia y frialdad, no te achicaste ni te humillaste. Mantuviste la cabeza en alto, defendiste la dignidad de tu madre con una valentía feroz y dijiste que mientras te quedara un aliento de vida, no ibas a rendirte
Sentí cómo las lágrimas comenzaban a agolparse en mis ojos al revivir la desesperación de aquellos días, pero el calor de la mano de Alexei en mi cintura me sostuvo con firmeza
— Me quedé paralizado en esa oficina escuchándote — confesó Alexei en un murmullo — Cuando saliste al pasillo, impulsé mi silla hacia la puerta y te vi pasar. Estabas destrozada, secándote las lágrimas con rabia, pero caminabas con una postura erguida y una determinación que me dejó completamente impactado. En ese momento, en medio de mi propia amargura y de la invalidez a la que me sentía condenado tras el accidente, vi en ti a una mujer con una fuerza del alma que yo creía extinta en este mundo
— Alexei... — articulé entre un sollozo ahogado
— Le pedí de inmediato a Ismael que investigara tu expediente completo — continuó él, acariciándome la mejilla para secarme una lágrima — Supimos todo, tu esfuerzo incansable, tus sacrificios, cómo habías dejado de lado tu propia juventud y tus sueños solo para mantener con vida a Maribel. Descubrí que eras una mujer pura, leal hasta la médula, incapaz de vender su conciencia por dinero fácil
Alexei tomó aire y me miró con una honestidad descarnada
— Meses después, cuando mí madre comenzó a decirme que antes de morirse quería verme con una familia, con una mujer a mi lado que me cuidara cuando ella ya no estuviera, mi mente no dudó ni un solo segundo. No quería a una mujer de la alta sociedad hambrienta de títulos o cómplice de las intrigas de la élite. Necesitaba a alguien de absoluta confianza, a alguien cuya integridad fuera intachable. Pero, por sobre todas las cosas, quería salvarte a ti y a tu madre del infierno en el que estaban atrapadas
— ¿Por eso enviaste a Ismael con la propuesta de pagar el tratamiento privado de mi madre a cambio del año de matrimonio? — pregunté, entendiendo por fin el rompecabezas de nuestro destino
— Sí — asintió él con rotundidad — Sabía que jamás habrías aceptado una limosna de un desconocido por orgullo y dignidad. Tenía que ofrecerte un trato formal, un contrato donde tú sintieras que estabas ofreciendo algo a cambio para salvar a Maribel. Te ofrecí la vida de tu madre a cambio de tu compañía formal durante doce meses. Pero lo que no preví... lo que jamás imaginé en mi arrogancia... fue que al traerte a mi vida, serías tú quien terminaría salvándome a mí
Las lágrimas rodaban libremente por mis mejillas, pero esta vez eran lágrimas de una emoción pura y avasalladora. Me incliné hacia él y pegué mi frente a la suya, sintiendo la tibieza de su respiración mezclarse con la mía
— Pensé que mi llegada a la mansión había sido una simple coincidencia de la suerte — susurré, ahuecando su rostro entre mis manos — Y resulta que me estuviste cuidando desde antes de conocerme
— Me enamoré de tu fuerza antes de escuchar tu nombre, Emilia — me respondió él, besándome la comisura de los labios con un ardor contenido — Y desde el primer día que cruzaste la puerta de mi mansión con tu mirada desafiante y tu ternura infinita, supe que mi vida ya no le pertenecía a nadie más que a ti. Aunque al comienzo me mantuve frío y distante para no asustarte, pero siempre me quedaba observadote todo el tiempo. El contrato fue solo el pretexto del destino para unirnos
— Te amo, Alexei — dije con la voz quebrada por la pasión y la gratitud — Te amo no solo por todo lo que hiciste por mi madre, sino por el hombre maravilloso, noble y protector que eres. Haber cruzado mi camino contigo es la bendición más grande de mi vida
— Y tú eres mi milagro, Emilia — sentenció él contra mis labios
Nos unimos en un beso profundo, lento y apasionado, un beso que borraba para siempre cualquier rastro de duda o amargura que pudiera haber existido sobre nuestros orígenes. Sus manos recorrieron mi espalda con una firmeza abrasadora, mientras yo me amoldaba a su cuerpo con una devoción absoluta, sabiendo que ya no había contratos ni papeles que condicionaran nuestro amor.