Después de perder al amor de su vida, él juró que su corazón quedaría enterrado junto a su esposa. Convertido en padre soltero, su único motivo para seguir adelante es su pequeño hijo… hasta que un nuevo comienzo los lleva a un lugar inesperado.
Ella es una dulce y dedicada profesora de preescolar, amante de los niños y de las pequeñas historias felices que se construyen día a día en su aula. Su vida es tranquila, organizada… hasta que él aparece.
Desde la primera mirada, algo cambia. Lo que comienza como simples encuentros en la hora de salida, se convierte en una conexión imposible de ignorar. Pero no todo es tan sencillo: el pasado aún duele, las heridas no han sanado del todo y el mundo no siempre acepta lo que no entiende.
Entre risas infantiles, dibujos de colores y miradas que dicen más que mil palabras… nace un amor que ninguno de los dos estaba buscando.
¿Podrá un corazón roto volver a amar?
¿Y hasta dónde estarán dispuestos a luchar por un sentimiento que no debía existir?
Un
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Capítulo 10 — Bajo la lluvia
María José dejó de respirar por un instante.
El sonido de la lluvia golpeando el techo del estacionamiento parecía cada vez más lejano.
Todo se reducía a él.
A sus ojos.
A la manera en que la miraba como si estuviera perdiendo el control poco a poco.
—Si no me detienes ahora… voy a besarte.
El corazón le golpeó tan fuerte que sintió vértigo.
Porque Alejandro no estaba jugando.
No estaba coqueteando solamente.
Lo decía en serio.
Y eso era exactamente lo peligroso.
María José tragó saliva intentando ordenar sus pensamientos.
Pero era imposible pensar cuando él estaba tan cerca.
Podía sentir el calor de su cuerpo incluso con el frío de la lluvia alrededor.
—Alejandro… —susurró apenas.
Él no apartó la mirada.
—Dime que pare.
Dios.
¿Por qué tenía que mirarla así?
Como si ella fuera algo importante.
Como si realmente pudiera romperlo.
María José sintió el pecho apretarse.
Porque llevaba días intentando convencerse de que aquello era una simple atracción.
Pero un hombre no mira así cuando solo siente deseo.
Y una mujer tampoco tiembla así por alguien que no le importa.
La lluvia cayó con más fuerza.
Un trueno resonó a lo lejos.
Y aun así ninguno se movió.
Alejandro levantó lentamente la mano hasta rozar suavemente su mejilla.
Ese pequeño contacto fue suficiente para estremecerla completa.
—Esto ya se salió de control, ¿verdad? —murmuró él.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Hace rato.
Los labios de Alejandro se curvaron apenas.
Y entonces pasó.
Porque María José dejó de pensar.
Dejó de luchar.
Y lentamente… negó con la cabeza.
No lo estaba deteniendo.
Los ojos de Alejandro oscurecieron inmediatamente.
Como si hubiera estado esperando únicamente eso.
Permiso.
Solo un poco.
Él se inclinó despacio.
Dándole tiempo para alejarse.
Tiempo para arrepentirse.
Pero María José no lo hizo.
Porque en el fondo llevaba días deseando exactamente ese momento.
El primer roce de sus labios fue suave.
Tentativo.
Como si Alejandro todavía estuviera intentando contenerse.
Pero el efecto sobre ella fue devastador.
El aire desapareció de sus pulmones.
Sus manos se aferraron instintivamente a la camisa húmeda de él mientras el corazón le latía descontrolado.
Alejandro soltó un suspiro apenas sintió que ella le respondía el beso.
Y algo en él pareció romperse definitivamente.
Porque la besó de verdad.
Más profundo.
Más intenso.
Como un hombre que llevaba demasiado tiempo aguantándose.
María José sintió las piernas temblarle.
Dios mío.
Nada la había preparado para eso.
Para la forma en que Alejandro la hacía sentir con un simple beso.
El mundo entero desapareció alrededor.
La lluvia.
El colegio.
Los problemas.
Todo.
Solo existían ellos dos.
Y la manera en que él la sostenía como si temiera dejarla ir.
Cuando finalmente se separaron ambos estaban respirando agitados.
María José seguía aferrada a su camisa.
Y Alejandro tenía la frente apoyada contra la de ella intentando recuperar el control.
—Mierda… —susurró él con los ojos cerrados.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso no ayudó mucho a solucionar el problema.
Alejandro abrió los ojos lentamente.
Y verla así…
con los labios hinchados por el beso y la respiración temblorosa…
terminó de destruirle la poca cordura que le quedaba.
—No tienes idea de cuánto llevo queriendo hacer eso.
El corazón de María José volvió a acelerarse.
—Eso no debería gustarme tanto.
Él sonrió apenas.
—Pero te gusta.
Muchísimo.
Y los dos lo sabían.
Por un momento ninguno habló.
Solo se quedaron mirándose mientras la lluvia seguía cayendo alrededor.
Hasta que la realidad golpeó de nuevo.
Fuerte.
Samuel.
El colegio.
Los comentarios.
La gente.
María José bajó la mirada primero.
—Esto va a ser un desastre.
Alejandro suspiró.
—Probablemente.
—Alejandro, soy la profesora de tu hijo.
—Y yo sigo siendo un hombre que no puede dejar de pensar en ti.
El corazón volvió a traicionarla.
Porque ese hombre decía las cosas con una sinceridad peligrosísima.
Ella se apartó apenas intentando recuperar algo de cordura.
—No podemos hacer esto aquí.
Alejandro asintió despacio.
Aunque claramente no quería alejarse.
—Lo sé.
Pero tampoco se movió.
Y eso la hizo sonreír involuntariamente.
—Tiene que dejar de mirarme así.
Él frunció levemente el ceño.
—¿Así cómo?
—Como si quisiera besarme otra vez.
Alejandro soltó una risa baja.
Y Dios santo…
esa risa iba a matarla.
—Ese es el problema, María José.
Ella sintió el estómago revolverse otra vez.
—¿Cuál?
Él dio un paso más cerca nuevamente.
—Que sí quiero.
El corazón casi le explota.
Y sinceramente…
si él seguía hablando así iba a perder completamente la cabeza.
Alejandro terminó acompañándola hasta su moto.
Ninguno sabía muy bien cómo comportarse después de lo que acababa de pasar.
Porque todo había cambiado.
Completamente.
María José encendió la moto nerviosa mientras Alejandro permanecía mirándola.
Otra vez esa mirada.
Intensa.
Peligrosa.
—¿Qué? —preguntó ella intentando sonar tranquila.
Él sonrió apenas.
—Nada.
—Mentiroso.
Alejandro bajó un poco la cabeza como resignándose.
—Estoy intentando convencerme de dejarte ir a casa.
El calor le subió inmediatamente al rostro.
—Alejandro…
—Tranquila. Todavía me queda algo de autocontrol.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Todavía?
—Muy poco después de ese beso.
María José mordió su labio intentando esconder la sonrisa.
Pero él la vio.
Claro que la vio.
Y eso solo empeoró todo.
Porque Alejandro sintió unas ganas absurdas de volver a besarla ahí mismo.
—Deberías irte antes de que cambie de opinión —murmuró él.
Ella lo observó unos segundos.
Y por primera vez en mucho tiempo sintió miedo de algo completamente distinto.
Miedo de enamorarse demasiado rápido.
Porque Alejandro tenía esa capacidad extraña de hacerla sentir segura y nerviosa al mismo tiempo.
Como si pudiera cuidarla…
y destruirle la estabilidad emocional en el mismo segundo.
—Buenas noches —susurró finalmente.
Alejandro sostuvo su mirada.
—Buenas noches, María José.
La manera en que dijo su nombre le revolvió completamente el corazón.
Ella arrancó la moto intentando ignorar el caos dentro de su pecho.
Pero mientras se alejaba vio a Alejandro todavía bajo la lluvia observándola irse.
Y esa imagen…
esa maldita imagen…
quedó grabada en su cabeza el resto de la noche.
María José llegó a su apartamento completamente alterada.
Se dejó caer sobre el sofá apenas cerró la puerta.
Y entonces ocurrió.
La realidad terminó golpeándola de lleno.
Había besado a Alejandro.
Alejandro.
El papá de Samuel.
El hombre que llevaba semanas metiéndose lentamente en su cabeza.
Y peor aún…
le había encantado.
Se cubrió el rostro con ambas manos.
—Dios mío…
Su celular vibró inmediatamente.
Como si el universo quisiera empeorar todavía más las cosas.
Alejandro.
“Llegaste?”
Ella soltó una risa nerviosa.
Ni siquiera habían pasado diez minutos.
“Sí.”
La respuesta llegó enseguida.
“Bien.”
María José se quedó mirando la pantalla.
Y después escribió impulsivamente:
“¿Te arrepientes?”
Tardó un poco más esta vez.
Pero cuando llegó la respuesta sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
“¿Del beso?” “No.” “De no haberte besado antes.”
El corazón literalmente se le detuvo.
Ese hombre iba a acabar con su estabilidad mental.
Se mordió el labio intentando no sonreír como adolescente.
Fracasó completamente.
“Eso no ayuda.”
“Lo sé.”
“¿Siempre eres así?”
“Solo contigo.”
María José dejó caer la cabeza contra el sofá.
Derrotada.
Porque ya no sabía cómo defenderse de él.
Y honestamente…
cada vez quería menos hacerlo.
Alejandro, por otro lado, seguía dentro de su camioneta bajo la lluvia.
Sin arrancar.
Sin poder borrar la sensación de los labios de María José sobre los suyos.
Cerró los ojos un instante.
Y por primera vez en muchísimo tiempo…
se sintió vivo otra vez.
Eso era lo más aterrador de todo.
Porque María José no era solo atracción.
No era un capricho pasajero.
Ella estaba entrando lentamente en lugares de él que creía cerrados para siempre.
Y Samuel…
Samuel la adoraba.
La idea apareció en su cabeza sin permiso.
María José riéndose en casa.
Samuel abrazándola.
Los tres juntos.
La imagen le golpeó el pecho de una forma brutal.
Porque hacia un año no se permitía imaginar futuro con nadie.
Año.
Y ahora una mujer había llegado a destruir todas sus barreras en cuestión de semanas.
Su celular vibró.
José Luis.
“¿Sigues vivo?”
Alejandro soltó una risa.
“Más de lo que debería.”
La respuesta llegó enseguida.
“Esa mujer te tiene grave.”
Alejandro apoyó la cabeza contra el asiento mirando la lluvia caer sobre el parabrisas.
Y por primera vez no intentó negarlo.
Porque ya era inútil.
Completamente inútil.
“Sí.” “Y creo que yo también la tengo a ella.”
Al día siguiente María José despertó tarde.
Y el primer pensamiento que tuvo fue Alejandro.
El beso.
Sus manos.
Su voz diciéndole: “De no haberte besado antes.”
Se tapó el rostro con la almohada soltando un gemido frustrado.
Esto era gravísimo.
Porque estaba sonriendo sola apenas despertaba.
Y eso jamás terminaba bien.
Su celular vibró nuevamente.
Y el corazón le dio un salto ridículo.
Alejandro.
“Buenos días.”
Solo eso.
Dos palabras simples.
Pero suficientes para alterarle completamente el sistema nervioso.
Sonrió inevitablemente antes de responder:
“Buenos días.”
Los tres puntos aparecieron enseguida.
Y entonces llegó el mensaje que terminó de arruinarle cualquier intento de actuar normal.
“Ahora sí entiendo por qué Samuel no deja de hablar de ti.” “Es imposible sacarte de la cabeza.”