En lo más profundo de un bosque olvidado por el tiempo, donde el agua de las cascadas es pura y la fe es la única ley, nació Evangeline. Criada entre oraciones y el aroma de los frutos silvestres, su belleza era un secreto guardado por la naturaleza… hasta que el mundo de los hombres decidió reclamarlo.
Alistair von Thorne no conoce la paz. Sus ojos azules han visto caer reinos y sus manos, marcadas por el acero, solo saben de obediencia y sangre. Tras años de guerra, su regreso se cruza con una cacería de monstruos humanos y una mercancía que no tiene precio: la virtud de una mujer.
Por unas cuantas monedas de oro, la salvación de Evangeline se convirtió en su nueva condena. Ella fue comprada. Él es su dueño. Y en el silencio del campamento militar, la pureza de la aldea está a punto de colisionar con la oscuridad del guerrero más temido del Rey.
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Capítulo 4: El peso de la fragilidad
El silencio en la tienda era denso, interrumpido solo por la respiración entrecortada y sibilante de Evangeline. Alistair se había sentado en el borde de la cama, ya vestido con sus pantalones de cuero y botas, a punto de ceñirse la espada para la inspección matutina. Se giró hacia el rincón donde ella dormía sobre un jergón de pieles, esperando encontrarla de pie, lista para servir el desayuno o pulir sus arreos. Pero la mujer no se había movido.
—Levántate —ordenó él. Su voz era un trueno contenido, la misma que usaba para movilizar batallones enteros—. El sol ya ha pasado la copa de los pinos. En mi campamento no hay lugar para la pereza.
Evangeline dejó escapar un gemido lastimero, un sonido tan débil que apenas pareció humano. Intentó apoyarse en sus codos, pero sus brazos cedieron de inmediato y su cabeza volvió a caer contra las pieles. Alistair soltó un gruñido de fastidio, pensando que se trataba de una táctica de resistencia pasiva, un intento de manipulación por parte de la aldeana. Se puso en pie con un movimiento brusco y cruzó la estancia en dos zancadas, dispuesto a obligarla a cumplir con sus deberes.
Sin embargo, cuando la tomó del brazo para ponerla en pie, el contacto con su piel lo hizo retroceder mentalmente. Estaba ardiendo.
Alistair la giró para que quedara boca arriba. El rostro de Evangeline, normalmente de una palidez de porcelana, estaba encendido con dos manchas escarlatas en las mejillas. Sus labios carnosos estaban secos y agrietados, y sus ojos negros, entreabiertos, vagaban sin foco, perdidos en el delirio de la fiebre. Un sudor frío le perlaba la frente, pegando sus mechones de cabello oscuro a las sienes.
—Maldita sea —masculló Alistair, su mirada azul endureciéndose—. El agua fría.
Un destello de algo parecido a la culpa, o quizás solo a la frustración por su propio descuido, cruzó su mente. Él era un hombre de guerra, acostumbrado a soldados que dormían sobre la nieve y marchaban con heridas abiertas sin quejarse. Había olvidado que había comprado una criatura de cristal, una mujer cuya única defensa era la oración y la pureza. Su cuerpo no estaba hecho para la inclemencia del invierno militar ni para los baños gélidos a medianoche.
—¡Kaelen! —rugió hacia la entrada de la tienda.
Segundos después, su lugarteniente de confianza apareció bajo la lona, con la mano en el pomo de la espada.
—¿Señor?
—Busca a Marta. Dile que traiga caldos, mantas calientes y sus ungüentos para la fiebre —ordenó Alistair sin apartar la vista de Evangeline—. Y dile que si la mujer muere por su tardanza, será su cabeza la que ruede.
Kaelen lanzó una mirada rápida a la joven en el suelo, sorprendido por la intensidad en la voz de su comandante, y desapareció de inmediato.
Alistair volvió a centrarse en ella. No sabía por qué, pero la visión de su fragilidad lo irritaba profundamente. La tomó en brazos, sorprendiéndose de lo poco que pesaba, y la depositó en su propia cama, la cama del general, un lugar prohibido para cualquiera que no fuera él. La cubrió con las pesadas pieles de lobo, tratando de sofocar los escalofríos que hacían que los dientes de ella castañearan con un sonido metálico.
—No te mueras, pequeña idiota —susurró él, sentándose a su lado. Su mano, la misma que había segado cientos de vidas, se posó casi con torpeza sobre la frente febril de la joven—. He pagado demasiado oro por ti como para perderte antes de que aprendas a quién le perteneces.
Evangeline, en medio de su delirio, sintió el contacto de la mano de Alistair. Era ruda y caliente, pero en su estado de vulnerabilidad absoluta, le pareció el único ancla en un mar de frío. Sin ser consciente de lo que hacía, buscó el calor de esa mano, frotando su mejilla contra la palma del guerrero. Alistair se tensó, sintiendo una sacudida extraña que no tenía nada que ver con la batalla. Por primera vez en su vida de conquistas, un hombre dominante e invicto se sintió desarmado ante la fragilidad de una mujer que no podía ni siquiera sostenerle la mirada.
hay la tienes 🤭
como no quería que saliera corriendo 😠
así es contradictorio pero hombres como el son posesivos 🥰