Él es el padre de su mejor amiga... Pero también el dueño de sus fantasías más prohibidas.
Cristóbal es un hombre maduro, exitoso y comprometido con su familia, alguien a quien todos ven como un ejemplo de responsabilidad. Pero desde el día que conoció a Julieta, la joven compañera de su hija, nada ha sido igual. Cada encuentro la hace más irresistible, cada mirada profundiza una conexión que no debería existir.
Ella es joven, dulce e "inocente" ... Y él lucha por no caer en la tentación.
Julieta siempre ha visto en Cristóbal algo más que el padre de su mejor amiga: un hombre que despierta en ella emociones que nunca imaginó sentir. A pesar de saber que está jugando con fuego, no puede evitar buscarlo, soñarlo, desearlo con una intensidad que la abruma.
Un amor que desafía los límites, un deseo que no sabe de reglas.
Entre secretos, mentiras por omisión y el miedo a destruir vidas enteras, Cristóbal y Julieta se ven envueltos en una pasión que amenaza con consumirlos...
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Capítulo 11.
Julieta.💕
Salgo de la tienda con una sonrisa cansada. El día estuvo movido, las ventas fueron buenas, pero mis pies me reclaman un descanso urgente. Me ajusto la mochila al hombro y cuando miro hacia la acera, veo un auto negro brillante esperándome.
Camino despacio, imaginando que dentro estará Jessica como había prometido. Sin embargo, cuando la puerta trasera se abre, no es su rostro el que aparece… sino el de él.
Cristóbal.
Tan seguro como siempre, con ese aroma delicioso a madera y especias que me golpea apenas se inclina para saludarme.
—Buenas noches, Julieta —dice con una sonrisa suave.
—Buenas noches, Cristóbal —respondo, intentando que mi voz suene normal.
Me invita a subir y obedezco, entrando al asiento trasero. Un chofer conduce, así que quedamos lado a lado, sin la distracción de un volante de por medio.
—¿Cómo estuvo tu día? —pregunta, acomodándose la chaqueta.
—Bien… un poco cansado, pero productivo —le respondo, sin mirarlo demasiado.
—¿Y las clases?
—Igual, mucho trabajo.
—Me alegra. Y en la tienda… ¿todo tranquilo?
—Sí… —respondo, bajando la mirada a mis manos—. Todo bien.
Él me observa, lo siento. Ese tipo de atención que no es incómoda… pero que te quema todo.
—Haremos una parada —dice de pronto, dirigiéndose hacia el chofer—. Vamos a la repostería. Necesitamos postre para la cena.
Asiento en silencio y miro por la ventana. Las calles están vivas: autos que se cruzan con prisa, personas caminando, algunas saliendo del trabajo, otras apenas yendo. Me gusta observarlas, imaginar sus historias.
Cuando llegamos, bajamos juntos. Caminamos lado a lado, y a cada paso siento la diferencia de nuestras alturas, su sombra cubriendo parte de la mía. Al entrar al lugar, un olor dulce y cálido me envuelve: vainilla, chocolate, café recién hecho. Los mostradores rebosan de pasteles, tartas, donas y galletas.
—Escoge tú —me dice con un tono suave pero firme.
Recorro con la mirada las vitrinas y elijo un cheesecake de frutos rojos.
—Y… —añado con una pequeña sonrisa— una dona rellena de arequipe. Antojo personal.
Él ríe.
—Perfecto.
De regreso al auto, saco la dona y le ofrezco un pedazo.
—¿Quieres probar?
Se hace un pequeño silencio...
—Claro.
Parto un trozo y se lo doy, pero mientras mastico el mío, un poco de arequipe queda en la comisura de mis labios. Antes de que pueda limpiarlo, él, sin pensarlo, acerca su mano y me pasa el dedo por ahí.
El mundo se detiene.
Mi corazón late tan fuerte que temo que lo escuche. Por un segundo, deseo —con vergüenza y ansias— que en lugar de su dedo hubiera sido su boca la que me limpiara.
El silencio que se instala de regreso es espeso, lleno de chispas que ninguno se atreve a romper.
Llegamos a la casa. Es grande, luminosa, con un jardín impecable. Cristóbal baja primero y me ofrece la mano para ayudarme a salir. Llevo la caja con el postre.
Jessica nos recibe con una sonrisa.
—¡Gracias, papá, por recoger a mi bella Julieta!
—Fue un gusto —responde él.
Jessica toma la caja.
—Lávense las manos, la cena está casi lista.
Cristóbal sube las escaleras y yo voy al baño de visitas. Me lavo las manos y también me echo un poco de agua en la cara. El recuerdo de su dedo en mis labios me golpea de nuevo. Siento un calor extraño en el pecho, mezcla de placer y vergüenza.
En el comedor, la mesa está impecable: carne jugosa, vegetales al vapor, puré de papas cremoso y una ensalada colorida.
—Todo se ve y huele delicioso —digo, probando un bocado.
—Muy bueno —secunda Cristóbal.
Jessica sonríe orgullosa.
—Me alegra que les guste. La hice con ayuda de la empleada.
Conversamos un rato, hasta que Jessica saca un tema que me incomoda un poco.
—Julieta, deberías mudarte aquí con nosotros. Tendrías la universidad más cerca, tu trabajo… pasaríamos más tiempo juntas y así no tendrías que soportar al pesado de tu padrastro.
—Jessica… no quiero abusar de ustedes. Sí me gustaría irme de mi casa, pero prefiero rentar algo pequeño —respondo, intentando mantener la calma.
Cristóbal interviene.
—Si quieres, puedo ayudarte a encontrar un apartamento bonito. Mi agencia tiene muchas opciones…
—Eso sería imposible para mí, no podría pagarlo —digo riendo, aunque su mirada me hace sentir que hay algo más que no dice.
Jessica insiste.
—Si vives aquí, no tendrías que pagar nada. ¿verdad papá?
_Claro que no, hija.
—Déjenme pensarlo —cedo al final.
La cena termina. Me ofrezco a lavar los platos, pero ellos no me dejan. Jessica propone ver una película en la sala: una historia de amor prohibido entre un vampiro y una humana. La pantalla es enorme. Como siempre, Jessica se queda dormida antes de que termine. Cristóbal y yo reímos por eso.
_Siempre es lo mismo _dice él.
_Ella nunca ve una película completa.
Él la carga en brazos y la lleva a su habitación. Cuando regresa, noto la hora: más de las once.
—Llamaré un taxi…
—Ni hablar —interrumpe—. No voy a dejar que te vayas sola a esta hora y mucho menos en taxi. Yo te llevo.
_Eh, está bien...
Tomo mi mochila. Él toma las llaves y salimos juntos. Escoge uno de sus autos, me abre la puerta y hasta me abrocha el cinturón sin saber lo mucho que causa en mi eso.
En el camino hablamos de la película.
—Gracias por todo, Cristóbal.
—No tienes que agradecerme.
En un momento, desvía la mirada del camino y me mira directamente a los ojos. Esa conexión me recorre entera y debo lamer mis labios cuando los siento secos.
Llegamos a mi casa. Me abre la puerta para ayudarme a bajar.
—Ya estás ena casa sana y salva.
—Gracias otra vez.
_Es enserio, si necesitas ayuda para encontrar un lugar donde vivir, yo podría ayudarte.
_Gracias, lo tendré en cuenta.
Nos abrazamos. Un beso en la mejilla… pero tan cerca de la comisura de mis labios que me deja nerviosa y, más que nunca, deseosa de probar los suyos que cada día me invitan a pecar.
Que te mejores pronto te mando un abrazo de oso.