Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 4 Hoy tu prometida llamó
Después de que su tía se fue, Fabiana se quedó sola en la habitación, con el sonido monótono de los monitores como banda sonora.
Se acercó a la ventana y miró la ciudad iluminada. Una parte de ella envidió la inconsciencia de Lucian, ese escape temporal de las facturas, los engaños y las expectativas aplastantes.
Al menos él no tenía que fingir que todo estaba bien. Ella, en cambio, tenía que seguir siendo la roca, la proveedora, la hija fuerte… incluso cuando por dentro se sentía como un castillo de naipes a punto de desmoronarse.
Y ahora, su torre más inestable era el hombre que yacía en esa cama, cuya recuperación dependía, en parte, de sus cuidados torpes pero constantes.
Los días siguientes cayeron en una rutina surrealista. Fabiana se convertía en una experta en fisioterapia pasiva, en cambios de sábanas con un paciente de ochenta kilos de puro músculo inerte, y en monólogos absurdos.
Le hablaba de todo: del precio de los tomates, de la telenovela que su madre veía, de lo patéticos que eran los intentos de Miguel por contactarla.
—Hoy tu prometida llamó —le comentaba mientras le masajeaba una mano, notando sin querer lo fuertes y largos que eran sus dedos.
—Patricia. Preguntó por usted, pero solo por compromiso, se le notaba en la voz. Es como si todos fingieran preocuparse por usted, pero en el fondo solo esperan que se despierte para seguir culpándome a mí o, peor, para que usted mismo lo haga. Qué equipo, ¿eh?
Una tarde, particularmente agotadora, estaba leyendo en voz alta un informe aburridísimo de la empresa (la enfermera dijo que la voz familiar podía ayudar). De pronto, un ruido áspero la hizo callar.
Era él.
Lucian Borbón había tosido.
Un sonido seco, involuntario, pero era la primera reacción orgánica que tenía en días que no fuera un reflejo.
Fabiana se quedó paralizada, el informe cayéndole de las manos. El corazón le latía tan fuerte que temió que los monitores lo registraran. Se acercó lentamente, conteniendo la respiración.
—¿Jefe? —susurró, su voz apenas un hilito.
—¿Lucian?
Nada. Su rostro seguía impasible, sereno como una escultura. Pero ella juraría haber visto un leve espasmo en su párpado. ¿O fue su imaginación, alimentada por el deseo ferviente de que pasara algo, cualquier cosa?
Sin pensarlo, tendió la mano y le tocó el brazo, justo donde terminaba la manga de la bata de hospital.
—Espere… —murmuró, sin saber bien a qué se refería. ¿A que esperara a despertar? ¿A que no la despidiera? ¿A que todo saliera bien?
En ese instante, bajo sus dedos, sintió algo.
No un movimiento, sino una tensión. Un casi imperceptible endurecimiento del músculo. Como si, en las profundidades del coma, algo en él hubiera reconocido el contacto, o la voz, o la desesperación en ella.
Fabiana retiró la mano como si la hubiera quemado. Se llevó los dedos al pecho, donde su corazón parecía querer escapar.
¿Eso… eso acaba de pasar?
La rutina se había quebrado. El suelo, bajo sus pies, ya no era tan firme. Y una pregunta aterradora y esperanzadora floreció en su mente: ¿y si él la estaba escuchando todo este tiempo?
Fabiana informó al médico, aún con el pulso acelerado por la emoción. El galeno, un hombre sesentón de gesto serio, revisó los monitores y anotó algo en la tabla.
—Sí —confirmó, con una leve sonrisa profesional.
—Está reaccionando favorablemente. Aún está en coma profundo, pero su cuerpo parece estar listo para que su mente retome el control. Eso es bueno. Buen trabajo —agregó, dirigiéndose a Fabiana con un tono casi paternal.
—Eres una prometida muy dedicada.
—¡Oh, no! Yo solo soy su… —Fabiana negó con la cabeza, intentando aclarar, pero la explicación se le atascó en la garganta.
Fue entonces cuando la familia entró.
Jimena la miró de reojo, con una frialdad que cortaba el aire. Manuel pasó a su lado sin dignarse a mirarla, como si fuera un mueble. Y Patricia… Patricia, con una voz desdeñosa que resonó en la habitación estéril, aclaró la situación como si deshiciera un nudo de mal gusto:
—Es solo la cuidadora —espetó, clavando su mirada en el médico.
—Yo soy la prometida.
Entró al lugar con cara de palo, sin una chispa de emoción al ver que Lucian mostraba signos de mejora. Recibieron la noticia del médico con la misma formalidad con la que escucharían un reporte del tiempo, y se retiraron con la misma frialdad distante con la que habían llegado, sin una palabra de agradecimiento ni una pregunta genuina.
Fabiana los miró marcharse, boquiabierta, sin poder entenderlo. ¿Lucian era adoptado o algo así? Pero no, era físicamente demasiado parecido a su madre la misma mandíbula fuerte, el mismo arco de las cejas como para que no fuera su hijo de sangre. La indiferencia era elegida. Calculada. Y eso la heló aún más.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, el silencio de la habitación pareció ensancharse, llenándose de una tristeza absurda. Fabiana se volvió hacia Lucian, inmóvil en la cama.
De pronto, todo cobró un sentido terrible. Sus exigencias brutales, su frialdad, esa pared que levantaba entre él y el mundo... No era solo un rasgo de carácter.
Era una fortaleza. La única que alguien podía construir cuando el calor humano más básico la preocupación de unos padres por un hijo herido era una mercancía que su propia familia no estaba dispuesta a pagar. 'Dios mío', pensó, con un estremecimiento que no era de miedo, sino de una lástima profunda y peligrosa. 'Has estado solo todo este tiempo. Y ni siquiera lo sabías, porque nunca conociste otra cosa.
Fabiana se esmeró aún más. Ahora sentía que la soledad de su jefe era lo que lo había vuelto tan frío e impenetrable. Así que ponía música: de todo. Canciones cursis, románticas, heavy metal... La habitación era un caos controlado. Le leía informes, novelas románticas a escondidas y le hablaba de todo y de nada.