Valeria sobrevive a un matrimonio gélido refugiándose en un cuarto secreto, donde plasma en lienzos los sueños húmedos que tiene con un hombre desconocido que la adora. Tras descubrir la cínica traición de su esposo, el dolor se transforma en una sed de venganza diseñada con la precisión de una obra de arte. En esta batalla por su amor propio, la línea entre la fantasía y la realidad se rompe cuando el hombre de sus pinturas aparece frente a ella, desatando un deseo prohibido que podría ser su salvación o su ruina.
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El hielo en la piel
Capítulo 18:
En la sala del penthouse, el aire se sentía tan pesado que parecía que los ventanales de Manhattan se iban a quebrar en cualquier momento. Adrián seguía allí, hundido en el sofá, con la mirada perdida en el fondo de su vaso de whisky. Escuchar a Beatriz hablar de la llegada de sus padres y de formalizar el compromiso le revolvía el estómago de una forma que no podía explicar. Apenas llevaban un año juntos, un año que al principio tuvo esa chispa de aventura y novedad, pero que ahora se sentía como una soga que le apretaba el cuello cada vez más fuerte. Además, no podía sacarse de la cabeza la posición de ella: Beatriz, la mujer que estaba ahí mismo, en la oficina de Julián, viendo cómo se movían los hilos de la empresa de los padres de Valeria. Esa cercanía, ese cruce de vidas y secretos, hacía que todo se sintiera sucio, como una trampa en la que él mismo había caído por voluntad propia.
Adrián levantó el vaso y se terminó el whisky de un solo trago, sintiendo cómo el alcohol le quemaba la garganta. Ese ardor era lo único que lo distraía por un segundo del nudo de ansiedad que tenía en el pecho. Se puso de pie sin mirar a Beatriz a los ojos; no quería ver esa sonrisa de triunfo que ella siempre cargaba, como si ya se sintiera la dueña del mundo y, lo que era peor, dueña de su libertad.
—Hablemos mañana, Beatriz. De verdad, estoy molido y no tengo cabeza para organizar cenas ni recibir a nadie ahora —soltó con una voz plana, tan fría como el viento que golpeaba los cristales afuera.
Sin esperar a que ella dijera una sola palabra, subió las escaleras con una pesadez que le nacía del alma. Beatriz se quedó abajo, sola en medio de tanto lujo silencioso. Pero a ella no le importó el desplante; en su mente, ella ya había hecho sus jugadas. Sabía que un año era poco tiempo, pero para ella había sido suficiente para escalar posiciones y estar a un paso de asegurar el futuro que siempre quiso. Para Beatriz, rendirse no era una opción que estuviera sobre la mesa. Estaba convencida de que Adrián solo estaba pasando por un mal momento y que, tarde o temprano, terminaría aceptando que su lugar era a su lado, bajo sus reglas.
Aun así, por dentro sentía una punzada de inseguridad que no la dejaba en paz. Necesitaba recuperar el control sobre él, y para una mujer como ella, el control siempre pasaba por la seducción. Quería que él la deseara, quería borrar cualquier duda usando su cuerpo como arma definitiva. Subió a la habitación con un plan ya armado en la cabeza. Se metió al baño, dejando que el agua caliente le quitara la tensión mientras imaginaba cómo su suegra, al llegar, le daría el empujón final a ese matrimonio. Al salir, se paró frente al espejo y eligió una pijama de seda negra, de esas que no dejan nada a la imaginación. Se soltó el pelo, se puso un poco de perfume en el cuello y se miró con esa suficiencia que tanto la caracterizaba.
—Con esto no te vas a poder resistir, Adrián —susurró para su propio reflejo, tratando de convencerse de que todavía tenía el mando.
Pero cuando salió al cuarto, la realidad le dio un bofetón de silencio. Adrián estaba allí, de espaldas, con la luz apagada de su lado y la respiración pausada. Estaba fingiendo que dormía, ella lo sabía perfectamente, Beatriz se acostó a su lado, pero esos pocos centímetros de colchón se sentían como un abismo insalvable. No hubo un beso, ni un roce, ni un "descansa". Solo el silencio pesado de una relación que apenas tiene un año y ya se siente desgastada. Mientras cerraba los ojos, Beatriz apretó las sábanas con rabia. "No importa", pensó, "cuando llegue mi suegra, ella se va a encargar de amarrarte a mí. Ella no va a dejar que te escapes ahora que estoy a un paso de tenerlo todo". Entre planes de poder y resentimiento, el sueño la terminó venciendo casi al amanecer.
Al día siguiente, la luz de Nueva York entró con una claridad que molestaba. Beatriz se despertó y, al estirar la mano, sintió el lado de Adrián vacío y frío. El ruido del agua en la ducha le avisó que él ya estaba en pie. Una chispa de audacia se le encendió en los ojos; era su última oportunidad de romper el hielo antes de que él se fuera a trabajar. Se levantó, se quitó la pijama de seda y caminó hacia el baño con paso decidido, dispuesta a jugarse su última carta de seducción.
Entró sin llamar, dejando que el vapor la envolviera de golpe. A través del cristal empañado, vio la silueta de Adrián bajo el chorro de agua. Sin pensarlo, abrió la puerta de la ducha y entró, sintiendo el agua caliente correr por su piel. Adrián, que estaba con los ojos cerrados dejando que el agua le cayera en la nuca para tratar de despertar del agobio, se pegó un susto tremendo al sentirla entrar. Antes de que pudiera reaccionar, Beatriz lo rodeó con sus brazos desde la espalda, pegando su cuerpo desnudo al de él con una urgencia que ya parecía pura desesperación. Lo abrazó con fuerza, hundiendo la cara en su espalda mojada, buscando recuperar ese calor que sentía que se le escapaba entre los dedos.
Adrián se puso rígido como una piedra. Cada músculo de su cuerpo se tensó por el rechazo. En lugar de sentir deseo, lo que sintió fue una punzada de incomodidad que le recorrió la espina dorsal. Se sentía invadido, asfixiado en su propio espacio. Sus manos se aferraron a los azulejos de la pared mientras buscaba una forma de zafarse sin perder los estribos por completo.
—Beatriz, por favor... ¿qué haces? —dijo él, y su voz sonó hueca entre el ruido del agua—. No puedo ahora. Tengo que llegar temprano a la empresa, hay reuniones con los socios que no pueden esperar y de verdad ya voy tardísimo.
Con una cortesía que dolía más que un grito y una firmeza que no dejaba lugar a dudas, Adrián se soltó de sus brazos. Se apartó con suavidad pero con una determinación que dejó a Beatriz helada. Ni siquiera la miró a los ojos mientras agarraba la toalla y salía de la ducha, dejándola allí plantada, bajo el agua que de pronto se sentía extrañamente fría. Beatriz se quedó sola, viendo cómo el hombre que se suponía era su futuro marido huía de ella como si su toque fuera veneno. Mientras tanto, en su cabeza ya empezaba a repasar los pendientes que Julián le tendría en la oficina, preguntándose amargamente en qué momento su plan perfecto se había vuelto tan difícil de sostener frente a la indiferencia de Adrián.