Murió amando a quien nunca lo amó.
Noar Wil, el joven omega más brillante del Reino de Solaria, lo apostó todo por un amor que resultó ser una trampa cuidadosamente tejida por las manos del hombre al que idolatraba. Años de humillación, traición y dolor terminaron en el silencio de un cuarto vacío — su corazón demasiado roto para seguir latiendo.
Pero entonces algo imposible ocurre.
Noar despierta diez años atrás, con todos sus recuerdos intactos, en la noche en que su historia con Léo estaba a punto de comenzar. Esta vez, sin embargo, conoce el precio de ese amor.
Esta vez, elige diferente.
En lugar de seguir los pasos que lo llevaron a la destrucción, acepta el compromiso que siempre rechazó: casarse con Maximiliano Ferom, el temido Archiduque del Extremo Norte. Un hombre de hierro y silencio, cuyas feromonas huelen a nieve pura y cuyas palabras pesan como sentencias. Un hombre que, desde el primer momento en que sostiene a Noar en sus brazos, hace una promesa que no tiene intención de romper.
Estás a salvo. Y nadie te hará daño mientras estés conmigo.
Lo que Noar esperaba era solo un matrimonio de conveniencia — posición, protección, distancia del pasado. Lo que no esperaba era que ese hombre frío pudiera derretirse tan despacio, tan profundamente, tan irrevocablemente.
Y no esperaba que su propio corazón, tan convencido de que nunca más amería, fuera precisamente el primero en traicionarlo.
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El lobo blanco
Noar y Max dormían tranquilamente. El celo de Noar había sido intenso, consumiendo a ambos durante tres días enteros. Max fue el primero en despertar. El sol ya comenzaba a ponerse, tiñendo el cuarto con tonos dorados, mientras el pequeño omega dormía hecho un ovillo sobre su pecho, respirando con calma.
El cuerpo de Noar aún llevaba las señales del deseo prolongado: marcas suaves en la piel expuesta, cubierta apenas por un manto de piel suave.
— Pequeño… — murmuró Max, besando levemente el hombro del omega adormecido. — Tienes que levantarte y comer algo…
— Humm… alfa malo… déjame dormir un poco más… — respondió Noar, la voz caprichosa, las mejillas levemente rellenas mientras se acurrucaba más.
Era común que los omegas se volvieran más pegajosos y necesitados después del celo, y Max encontraba aquello adorable. Le gustaba ver a Noar así: caprichoso, mimado, lejos de la imagen distante y aislada que los rumores pintaban antes incluso de conocerlo. Esa versión no le pegaba.
— Llevas tres días sin comer bien — dijo Max, incorporándolo con cuidado y cargándolo en brazos hasta la mesa, donde ya había sopa caliente y pequeños bocadillos preparados.
Noar aún tenía los ojos cerrados, desnudo, completamente entregado. Max vestía solo un pantalón holgado, el torso descubierto. Se sentó a la mesa y acomodó a Noar en su regazo, apoyando la cabeza del omega en su pecho mientras tomaba la cuchara.
— Abre la boca…
— No quiero… — murmuró Noar, pero abrió la boca de todas formas, probando la sopa.
Mientras comía, Noar comenzó a moverse en su regazo, provocando un suspiro contenido de Max. Sin aviso, el alfa inclinó al omega y le dio una palmada firme en las nalgas, dejando una marca rojiza.
— Compórtate — advirtió.
Noar hizo un mohín malhumorado, resoplando.
— Me pegaste en el trasero… — se quejó, los ojos llenándose de lágrimas.
— Abre la boca y aliméntate — dijo Max, ahora con voz seria. — O te vas a dormir a un cuarto separado.
La amenaza fue suficiente. Noar obedeció, dejando que Max lo alimentara hasta terminar la sopa. Cuando acabó, el alfa le besó el rostro y lo llevó de regreso a la cama ya arreglada.
En cuanto Noar se acostó, cayó en un sueño profundo.
Max se quedó ahí unos minutos, admirando al omega dormido, antes de vestirse y salir del cuarto.
Noar despertó unas cuatro horas después. A pesar del cuerpo adolorido, se sentía ligero, diferente. Al mirar su propio cuerpo desnudo, los recuerdos de los últimos días con Max inundaron su mente, haciéndolo ruborizarse.
Aun así, cerró los ojos. Todavía podía sentir las feromonas del alfa, los toques firmes, la respiración caliente en su cuello, los besos, la lengua… Los recuerdos de los tres días intensos hicieron que Noar mordiera el labio para contener un gemido. El calor subió por su cuerpo, la sensación familiar regresando solo de pensar en Max.
Todo era nuevo para él. Nunca había sido deseado de esa forma, nunca había deseado a alguien así. No imaginaba que la primera experiencia de un omega pudiera ser tan intensa.
Avergonzado de disfrutar ese sentimiento, jaló la cobija y escondió el rostro.
— Es tan bueno… — susurró para sí mismo.
— Sí. Sobre todo cuando es con nuestro compañero.
Noar se sobresaltó. Sacó la cabeza de debajo de la cobija y vio un lobo blanco junto a la cama.
Se parecía a Sombra, pero su pelaje era blanco como la nieve, transmitiendo una sensación de paz y pureza. Solo mirarlo traía serenidad.
— Tú eres Luz… — Noar no sabía cómo conocía ese nombre, pero no sentía miedo, solo familiaridad.
— Sí. Soy tu lobo guardián — respondió el lobo, sentándose cerca.
— Desperté esta mañana — dijo, tendiéndose junto a Noar.
— Qué bien… — murmuró Noar, acariciando el pelaje suave.
— Descansa. Todavía estás débil — le dijo al lobo, cuyo pelaje parecía algo opaco.
— ¿Dónde está nuestro alfa? Quiero verlo antes de dormir…
Antes de que Noar respondiera, una voz sonó:
— Aquí estoy.
Max había llegado justo en el momento en que el lobo preguntaba por él.
El lobo blanco miró al alfa.
— Cuida bien al omega esta vez — dijo, antes de cerrar los ojos y quedarse dormido.
— Lo cuidaré — respondió Max, aunque sabía que el lobo ya dormía. Se acercó y acarició su pelaje blanco.
— ¿Va a estar bien? — preguntó Noar, mirando al lobo adormecido en su regazo.
— Sí. Solo necesita estar cerca de ti — respondió Max, pasando la mano por los cabellos revueltos de Noar.
Las palabras del lobo, sin embargo, resonaron en la mente del alfa. "Esta vez." No comprendía el significado, pero sabía que aquello lo acompañaría por mucho tiempo.
— ¿Cómo te sientes? — preguntó Max, besando la frente del omega.
Noar hizo un mohín.
— Me duele mucho…
Max sonrió, provocador.
— ¿Dónde duele?
— Me pegaste en el trasero… y duele — respondió Noar, avergonzado.
— Date vuelta, déjame ver…
Reluctante, Noar dejó al lobo blanco a un lado y se dio vuelta, exponiendo las nalgas claras y redondeadas, donde todavía se veían las marcas rosadas de los dedos de Max.
El alfa respiró hondo, luchando contra el impulso de lanzarse sobre él. Apretó las nalgas del omega, arrancando un gemido bajo, y se inclinó para besar la marca dejada ahí.
— Listo… ya se mejora — murmuró, la voz ronca, intentando mantener la cordura.