Aleska es una jovencita ilusionada con su boda, con una vida de amor y felicidad, pero llega la traición, la peor de todas.
Su prometido la vende a mafiosos, ¿la razón?, quiere deshacerse de ella lo más rápido posible, ha conseguido enamorar a una niña rica, la cual quiere que termine lo más rápido con esa pobretona. Pero cuando ella había perdido las esperanzas, algo extraño pasa, ¿una coincidencia?, ¿algo planeado?, nadie lo sabe, o tal vez solo una persona lo sepa.
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Cap. 15 Sabe crear caos útil.
Al regresar al penthouse esa tarde, la encontró a Drago en el estudio, revisando un informe. Estaba sin saco, con las mangas de la camisa remangadas, mostrando los tatuajes antiguos en su antebrazo. La luz de la tarde caía sobre su perfil cincelado. Guapísimo. La palabra de Mónica resonó en su cabeza como un eco traicionero.
Él levantó la vista.
—¿Cómo estuvo el club? ¿Muchas víboras?
—Las de siempre —respondió Aleska, dejando su bolso, forcejeando por mantener un tono neutral.
—Tu sobrina Mónica es un caos andante. Pero útil.
—Eso es, Elena —dijo Drago con una media sonrisa.
—Sabe crear caos útil. ¿Dijo algo interesante?
Aleska lo miró directamente, desafiante, como si pudiera leer sus pensamientos.
—Solo confirmó lo que ya sabíamos: que nuestra presencia allí les molesta. Y habló… de trivialidades.
Drago asintió, creyéndola, y volvió a sus papeles. Pero Aleska se quedó en el umbral, observándolo. Observando la fuerza concentrada en sus manos, la sombra de su mandíbula. ¿Sabría lo que hace? La pregunta de Mónica ardía en su mente.
Por primera vez, se dio cuenta de que su alianza con Drago, forjada en el odio y la estrategia, había creado una intimidad tan profunda que el deseo físico parecía el siguiente paso lógico y, a la vez, la bomba que podría destruirlo todo si se manejaba mal.
Era otro frente que abrir. Otro riesgo que calcular. Pero esta vez, el enemigo no estaba fuera. Estaba dentro de ella. Y se llamaba curiosidad.
La alianza pública entre Aleska Krutoy y Mónica Volkov fue la gota que derramó el vaso para Valentina. Ver a la "intrusa" no solo aceptada, sino celebrada en el círculo más intocable (la familia Volkov, con su linaje impecable), fue una humillación social que no pudo tolerar.
Si no podía destruirlos con el documento aún, los destruiría con chismes. Y para eso, tenía el instrumento perfecto: un Mateo asustado, arruinado financieramente por Drago y acorralado por una Clarissa que lo despreciaba más cada día.
Valentina lo citó en un café discreto. Le puso un sobre grueso de billetes frente a las manos sudorosas.
—Solo tienes que hacer una cosa —le dijo, con la dulzura venenosa de una araña.
—Hablar con ella. En público. Donde la gente los vea. Dile lo que sientas: que la extrañas, que fue un error, que Clarissa es un infierno… lo que sea. Pero que se vea íntimo. Que parezca que hay algo todavía entre ustedes.
—¿Para qué? —tartamudeó Mateo, sus ojos saltando del dinero al rostro impasible de Valentina—. Ella me odia. Drago me matará.
—Drago no te tocará si hay testigos —lo corrigió Valentina.
—Y no es para que vuelva contigo, idiota. Es para que Drago lo vea. Para que empiece a preguntarse qué hace su preciosa y joven esposa conversando con su ex, el hombre que la traicionó. Para que la semilla de la duda crezca. Un hombre como Drago no confía en nadie. Sólo necesitamos regar esa desconfianza.
Mateo, en su miseria y cobardía, aceptó.
La oportunidad llegó en la preinauguración de una galería de arte, un evento lleno de la misma gente que había estado en la boda. Aleska asistía con Mónica, vestida con un sencillo pero carísimo vestido negro, siendo la imagen de la serenidad. Fue entonces cuando Mateo, oliendo a alcohol barato y desesperación, se interpuso en su camino.
—Aleska… —dijo, con una voz que pretendía ser profunda y llena de emoción, pero que solo sonaba a queja.
—Por favor. Necesito hablar contigo.
Todas las miradas en un radio de cinco metros se clavaron en ellos. Mónica se puso tensa a su lado. Aleska, sin embargo, ni parpadeó. Solo lo miró como si fuera una mancha desagradable en la alfombra.
—Señor Martín —dijo, usando el apellido falso con un desprecio cortante.
—No tenemos nada de qué hablar. Disculpe.
—¡Sí lo tenemos! —insistió él, subiendo un poco la voz, jugando su papel de hombre desesperado por el amor perdido.
—Lo que pasó… fue un error monstruoso. Clarissa me manipuló, yo estaba ciego por la ambición… pero lo nuestro fue real. ¿Puedes mirarme y decirme que no piensas en eso alguna vez?
Era exactamente lo que Valentina, observando desde detrás de una columna con un vaso de champaña, quería que dijera. "Lo nuestro fue real." Palabras diseñadas para picar el orgullo y la paranoia de cualquier marido, especialmente de uno con un pasado como Drago.
Pero Aleska no era la esposa celosa o despechada que Valentina esperaba. Era la estudiante más aventajada de Drago y Sofia. Analizó la escena en milisegundos: su temblor, el olor a alcohol, la mirada furtiva hacia donde Valentina estaba. Esto era un teatro barato. Y ella tenía el guion para destrozarlo.
En lugar de enojarse o ponerse a la defensiva, Aleska esbozó una sonrisa. No era una sonrisa cálida. Era la sonrisa fría y compasiva que Sofía le había enseñado para lidiar con inferiores.
—Mateo —dijo, bajando la voz solo lo suficiente para que los más curiosos se inclinaran a escuchar.
—Me da lástima verte así. Realmente lo siento. Pero ‘lo nuestro’ fue la fantasía de una chica ingenua y la mentira de un hombre oportunista. No hay nada ahí. Ni un recuerdo bueno. Solo el olor a polvo de ese almacén.
Hizo una pausa, dejando que la mención del almacén le diera un golpe de realidad. Mateo palideció.
—Ahora, si me disculpas, estoy aquí con mi amiga Mónica Volkov —dijo, enfatizando el apellido como un latigazo—, disfrutando del arte. Y mi esposo, Drago Krutoy, me espera después. Te sugiero que busques ayuda. Pareces… perdido.
Giró sobre sus tacones para irse, pero no sin la estocada final. Miró directamente a los ojos de Mateo, y con una claridad que heló la sangre, añadió solo para él:
—Y dile a la señora Krutoy —la otra señora Krutoy— que si quiere jugar a los juegos de celos, debería conseguir un actor mejor. Tú das más lástima que miedo.
Con eso, tomó del brazo a una Mónica boquiabierta y se alejó, dejando a Mateo plantado, humillado y completamente desarmado. El murmullo que siguió no era de escándalo por un romance pasado, sino de burlas discretas hacia el patético intento del yerno de Clarissa.