Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
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Capítulo 11 Sonrisa Radiante.
Cuando terminaron el desayuno, Gaya se paró con una gran sonrisa.
Una sonrisa que, por primera vez en mucho tiempo, era genuina. Había algo profundamente satisfactorio en pequeñas victorias: el silencio de Vanesa, la mirada de desconcierto de Sebastián, la forma en que Tomás la había defendido sin siquiera saberlo.
—Bien, niños —dijo con voz alegre—, al auto que los llevo al colegio.
Lauren levantó la cabeza del plato donde había estado desayunando en silencio. Sus ojos, maquillados con ese tono oscuro que tanto le gustaba, se clavaron en Gaya por un par de segundos.
Luego se giró hacia su padre, que seguía sentado en la cabecera de la mesa con el ceño fruncido, perdido en sus propios pensamientos.
—Papá —la voz de Lauren tenía ese tono que usaba cuando quería salirse con la suya, una mezcla de niña pequeña y adolescente manipuladora—, ¿vas a dejar que nos lleve al colegio? La tía Vane siempre nos lleva. ¿Dónde está la tía Vane?
Sebastián parpadeó, sacado bruscamente de sus cavilaciones. Miró a Gaya, luego a Lauren, y pareció sopesar las opciones como si estuviera resolviendo un problema matemático complejo.
—Creo que... creo que Gaya está perfectamente lista para llevarlos al colegio —dijo al fin, aunque su tono denotaba más duda que convicción.
—¡Pero papá! —Lauren estaba a punto de lanzarse a una de sus famosas rabietas cuando fue interrumpida.
—¡Sí, sí, sí! —Tomás saltó de su silla como impulsado por un resorte, con los ojos brillantes de emoción—. ¡Gaya nos lleva! Además, es tan hermosa... —Se acercó a ella y le cogió la mano con naturalidad—. Yo la voy a presumir con mis amigos. Les diré que es mi madrastra, la más linda del colegio.
Y sin dar tiempo a nadie para responder, salió disparado hacia la entrada donde estaban las mochilas.
Gaya sintió que el corazón se le hinchaba de amor. Ese niño, su niño, siempre encontrando la manera de alegrarle el día incluso en las circunstancias más extrañas.
Lo siguió con la mirada mientras él rebuscaba su mochila, y luego volvió a la mesa donde Lauren seguía sentada con los brazos cruzados.
La adolescente se levantó con movimientos deliberadamente lentos, casi provocativos, como si cada gesto fuera una declaración de guerra. Pasó junto a Gaya sin mirarla, fue a buscar su mochila y salió hacia el coche con cara de pocos amigos.
Gaya no le dio importancia. No hoy. Ya habría tiempo para trabajar en esa relación, para deshacer el daño que Vanesa había causado.
Pero antes de salir, se giró hacia Sebastián, que seguía inmóvil en la mesa, y sus ojos verdes se clavaron en los de él con una intensidad que lo hizo estremecerse.
—Esposo —dijo, y la palabra sonó más a advertencia que a cariño—, esta noche hablaremos seriamente de muchas cosas que están pasando en esta casa. Y te lo juro —hizo una pausa que dejó el aire cargado de tensión—, no te va a gustar.
Se dio la vuelta y salió antes de que él pudiera articular respuesta alguna.
Sebastián se quedó petrificado, mirando la puerta por donde había desaparecido su esposa.
Su mente daba vueltas sin encontrar respuestas. ¿Dónde estaba la dulce Gaya? ¿Dónde estaba esa mujer tímida que apenas levantaba la voz, que siempre asentía a todo, que pareía disculparse por existir? La mujer que acababa de salir de su casa no era la misma que él había conocido, cortejado y finalmente llevado al altar hacía un año.
Era alguien completamente diferente. Alguien que, por algún motivo, le recordaba a…
Negó con la cabeza, apartando ese pensamiento antes de que pudiera formularse por completo. No. Era imposible. Luisa llevaba cinco años muerta.
*_*
El trayecto al colegio fue tranquilo. Lauren se sentó en el asiento trasero con los auriculares puestos, mirando por la ventana y haciendo un esfuerzo evidente por ignorar a todo el mundo. Tomás, en cambio, no paró de hablar durante todo el camino: contó historias de sus amigos, explicó con lujo de detalles el último capítulo de su serie favorita, y señaló emocionado cada perro que veían por la calle.
Gaya lo escuchaba con una sonrisa, respondiendo cuando era necesario, disfrutando simplemente de estar con él. Hacía cinco años que no oía su voz, que no veía sus gestos, que no sentía su calor. Era un regalo que no pensaba desperdiciar.
Cuando llegaron a la puerta del colegio, el coche se detuvo en la zona de dejada de alumnos. Gaya salió para ayudar a Tomás con su mochila, ajustándole las correas en los hombros y alisándole el cabello con un gesto maternal.
—¿Tienes todo? ¿El almuerzo? ¿La tarea?
—Sí, sí —rió Tomás—. Pareces mamá... —Se interrumpió de repente, como si hubiera dicho algo prohibido.
Gaya sintió un vuelco en el estómago. Mamá. Él había estado a punto de decir "pareces mamá". Y aunque se refería a Luisa, a ella, el comentario era más cierto de lo que el niño podía imaginar.
—Bueno —dijo, recuperándose—, ve con cuidado. Te recojo a la salida, ¿vale?
—¿Tú? —Los ojos de Tomás se iluminaron—. ¿Me vas a recoger tú?
—Sí, yo. Todos los días, a partir de ahora.
La sonrisa del niño podría haber iluminado toda la ciudad. Le dio un abrazo fuerte, de esos que duraban varios segundos, y luego un beso en la mejilla.
—¡Eres la mejor, Gaya! ¡Hasta luego!
Salió corriendo hacia la entrada, donde unos amigos lo esperaban. Gaya lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre el grupo de niños, y entonces se giró hacia Lauren.
La adolescente ya había salido del coche y caminaba hacia la entrada sin mirar atrás, sin despedirse, como si Gaya fuera invisible. Gaya la observó un momento, sintiendo ese dolor agudo que solo una madre puede sentir al ver a su hija alejarse con desprecio. Pero se obligó a apartarlo. No había tiempo para eso ahora.
Cuando Lauren también desapareció en el interior del colegio, la sonrisa cálida de Gaya se borró de su rostro como si nunca hubiera existido. Sus ojos verdes se endurecieron, su mandíbula se tensó, y con paso decidido se dirigió hacia la entrada principal del colegio, no hacia la zona de padres, sino hacia la dirección.
La secretaria la recibió con una sonrisa profesional.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?
—Soy Gaya Santoro de Guillén —dijo con una voz que no admitía réplicas—. Esposa de Sebastián Guillén. Necesito hablar con el director, por favor.
La secretaria, impresionada por el tono más que por las palabras, asintió y la hizo pasar casi de inmediato.
El director era un hombre de unos sesenta años, canoso y con gafas de lectura, que la recibió con amabilidad. Gaya no perdió el tiempo en cortesías.
—Señor director, vengo a actualizar los permisos de retiro de mis hijos. Tomás y Lauren Guillén.
—Por supuesto, señora. —El hombre comenzó a rebuscar en su ordenador—. Déjeme ver... actualmente, las personas autorizadas para retirar a los niños son usted, por supuesto, el señor Guillén, y una tal Vanesa…
—Vanesa queda eliminada de la lista —lo interrumpió Gaya con firmeza—. A partir de ahora, solo su padre y yo. Y quiero que quede constancia por escrito de que, si alguien intenta retirarlos sin nuestra autorización expresa, se me notifique de inmediato.
El director la miró con sorpresa.
—¿Ha ocurrido algún problema, señora?
—No —mintió Gaya con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Simplemente estoy reorganizando las responsabilidades familiares. Como esposa legal de Sebastián, me corresponde a mí encargarme de estos asuntos. Así que, por favor, haga ese cambio inmediatamente y notifique al personal correspondiente.
El asunto estaba zanjado. Media hora después, Gaya salía del colegio con la satisfacción de haber eliminado a Vanesa de la ecuación. Ya no podría acercarse a los niños en el colegio, ya no podría retirarlos con excusas, ya no podría tener ese acceso libre que tanto daño había causado.
Si Sebastián se enojaba, que se enojara. Ya sabría con quién estaba tratando.