Morí siendo una escritora de novelas mediocres…
solo para despertar dentro de la peor de mis historias.
Ahora soy Ciel Rousla, la “princesa tonta”: hermosa, ingenua… y destinada a ser traicionada y devorada por bestias.
En la historia original, confiaba ciegamente en su “amable” hermana, la hija ilegítima que todos adoraban, mientras tres poderosos prometidos la controlaban bajo la excusa de protegerla… hasta abandonarla en su peor momento.
Pero esta vez es diferente.
Yo conozco el final.
Sé quién me manipula.
Sé quién me traicionará.
Y sé que cada sonrisa a mi alrededor… es una mentira.
Ya no seré la princesa ingenua.
Aunque tenga que enfrentar a la “santa”, romper mis propios lazos y cambiar todo lo que escribí…
Voy a sobrevivir en este mundo bestia
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Capítulo 5: La que aprende a mirar
Habían pasado tres días.
Tres desde que despertó…
y cuatro desde la caída de la duquesa.
Tiempo suficiente para entender algo que antes ignoraba.
El palacio nunca había sido un hogar.
Era un tablero.
Cada paso que daba por los pasillos lo confirmaba.
Las miradas ya no eran invisibles para ella.
Los susurros ya no eran ruido sin sentido.
Ahora podía distinguirlos.
Separar curiosidad de desprecio.
Interés de peligro.
Algunos nobles aún la saludaban con respeto.
Pero no era lealtad.
Era costumbre.
Otros apenas inclinaban la cabeza.
Esperaban.
Como si supieran…
que alguien como ella terminaría cayendo tarde o temprano.
—“…Así funciona…”
murmuró en voz baja.
No había justicia.
No había bondad.
Solo poder.
Y ella…
había sido una tonta dentro de ese sistema.
Pero ya no.
Durante esos días, no buscó a Kael.
Tampoco evitó cruzarse con él.
Simplemente…
no hizo nada.
Y eso, en un lugar donde todos reaccionaban…
ya era una estrategia.
Tampoco confrontó a Elira.
Sería inútil.
Elira no atacaba de frente.
Nunca lo había hecho.
Ella sembraba.
Esperaba.
Y cosechaba el desastre.
Para enfrentarse a alguien así…
no bastaba con acusar.
Había que entender.
Y luego…
superar.
Pero antes de todo eso…
había alguien que no podía ignorar.
Su madre.
El salón de la reina imponía silencio incluso antes de entrar.
Guardias inmóviles.
Puertas pesadas.
Aire contenido.
Cuando la princesa entró…
la reina no levantó la mirada.
—“Si no tienes nada importante que decir… retírate.”
El desprecio no estaba en sus palabras.
Estaba en la ausencia de interés.
Antes…
eso habría sido suficiente para hacerla explotar.
Ahora…
esperó.
Un segundo.
Dos.
—“…Lo que hice estuvo mal.”
La pluma de la reina se detuvo.
Pero no levantó la vista.
—“…Lo sé.”
La respuesta fue fría.
Cortante.
—“…No espero que me perdone.”
Eso…
sí la hizo reaccionar.
La reina alzó la mirada lentamente.
Sus ojos eran duros.
Pero no vacíos.
—“…Pero no voy a seguir siendo la misma.”
Silencio.
Pesado.
—“Las palabras no significan nada.”
—“Lo sé.”
Sin titubeos.
Eso fue lo primero que cambió la atmósfera.
La reina dejó la pluma.
—“Entonces demuéstralo.”
La prueba llegó sin aviso.
—“Si un noble difunde un rumor que debilita tu posición…”
—“¿lo enfrentas o lo usas?”
Antes habría respondido sin pensar.
Ahora…
analizó.
—“…Lo uso.”
—“¿Cómo?”
—“…Lo redirijo hacia alguien que ya esté cayendo.”
El silencio fue más largo esta vez.
—“…Cruel.”
—“Eficiente.”
No bajó la mirada.
No dudó.
—“¿En quién confías?”
—“…En nadie completamente.”
Pausa.
—“…Ni siquiera en mí misma… todavía.”
Eso…
detuvo todo.
Por primera vez…
la reina la observó con interés real.
—“…Vete.”
Pero antes de que saliera—
—“…Si fallas otra vez…”
Silencio.
—“…no habrá otra oportunidad.”
—“…Lo entiendo.”
Y esta vez…
era verdad.
Al salir del salón…
el aire parecía más ligero.
Pero no era alivio.
Era presión.
—“…Lo hiciste mejor.”
Su hermano.
Siempre ahí.
Siempre observando.
—“…No fue suficiente.”
—“…Nunca lo es.”
Pero no se alejó.
Se quedó.
A su lado.
Apoyo silencioso.
A unos metros…
El soldado.
Inmóvil.
Pero ya no indiferente.
Sus ojos seguían cada movimiento.
Cada gesto.
Cada cambio.
Como si estuviera intentando resolver algo.
—“…No encaja…”
pensó.
Porque la persona que conocía…
no era esta.
Y eso…
le resultaba imposible de ignorar.
Esa noche…
el ataque comenzó.
No con gritos.
No con acusaciones.
Con algo peor.
Duda.
—“La princesa cambió demasiado rápido…”
—“¿No es sospechoso?”
Las palabras viajaron.
Se repitieron.
Crecieron.
Y para la mañana siguiente…
ya estaban en todas partes.
La princesa lo escuchó todo.
Y no reaccionó.
Porque ahora entendía algo clave:
Defenderse…
solo alimentaría el fuego.
—“…Si atacas mi cambio…”
Levantó la mirada.
—“…lo haré visible.”
Convocó una reunión.
Pequeña.
Precisa.
No necesitaba a todos.
Solo a los correctos.
Nobles neutrales.
Curiosos.
Dudosos.
Perfecto.
—“He escuchado los rumores…”
Silencio inmediato.
—“…Y tienen razón.”
Impacto.
—“…Es sospechoso cambiar sin motivo.”
Pausa.
—“…Y yo sí tengo uno.”
Atención total.
—“Cometí un error.”
Simple.
Real.
—“…Y decidí dejar de actuar sin pensar.”
Sin adornos.
—“No necesito que confíen en mí…”
Miró a todos.
—“…solo que observen.”
Y se fue.
Sin pedir nada.
Sin explicar más.
Desde la distancia…
Elira observaba.
—“…No lo niega…”
Eso no estaba en el plan.
—“…Entonces lo haremos más grande.”
Y sonrió.
Ahora sí.
El verdadero juego comenzaba.
En los jardines—
—“…Eso fue arriesgado.”
Kael.
—“Lo sé.”
—“…No limpiaste tu imagen.”
—“…La hice difícil de atacar.”
Silencio.
—“…No confío en ti.”
—“…No te lo pedí.”
Pausa.
—“…Pero lo cambiaré.”
Kael no respondió.
Pero tampoco se fue.
—“Princesa.”
El soldado.
Más cerca que antes.
—“Se le solicita en el ala este.”
Excusa perfecta.
Pero sus ojos…
la estudiaban.
—“…Antes no eras así.”
—“…Antes no pensaba.”
Silencio.
—“…Creí que te conocía.”
—“…Error común.”
Eso…
lo intrigó.
Y no lo ocultó.
Un mensajero llegó.
—“La reina la llama.”
Esta vez…
no era una prueba.
Era una respuesta.
A lo lejos…
Elira sonrió.
—“…Veamos cuánto puedes sostenerlo…”
Y mientras la princesa avanzaba…
el juego cambió.
Porque ya no era una pieza.
Ahora…
también jugaba.