Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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10
Marcia se acercó a la puerta, que estaba cerrada pero sin llave y sin ajustar del todo. Desde afuera alcanzó a oír voces: la de su suegra, la de su marido y la de una mujer que no reconoció.
—Rodrigo, ¿cuándo van a formalizar su relación? Ya no aguanto las ganas de tener una nuera bonita y con carrera como Pamela —se escuchó preguntar a doña Carmen.
—Si usted ya está de acuerdo, mamá, me caso con Pamela lo antes posible —respondió Rodrigo, rebosante de felicidad.
A Marcia se le desmoronó el mundo. Su marido iba a casarse con otra mujer, una que él consideraba más rica y mejor que ella.
¿Cómo pudiste, Rodrigo?, clamó en su interior.
Una lágrima le resbaló sin aviso por la mejilla, pero se la limpió de inmediato. Necesitaba seguir escuchando. Cuanto más supiera de sus planes, más fácil le resultaría devolverles el golpe.
—Amor, yo quiero ser tu única esposa. ¿Cuándo vas a divorciarte de esa mujer pobre y estéril? —la voz de Pamela se coló nítida a través de la rendija.
—Tranquila, mi vida. Aunque Marcia siga siendo mi esposa de nombre, tú no tienes nada de qué preocuparte. A la única que quiero es a ti. Mantengo a Marcia aquí porque mi mamá necesita una sirvienta gratis. Sería un desperdicio gastar en servicio doméstico cuando Marcia puede hacerlo todo sin cobrar un centavo —le explicó Rodrigo a su amante.
—Rodrigo tiene razón, Pamela. Marcia es una pueblerina ignorante y pobre. Que se quede aquí con su título de esposa, pero en la práctica no es más que la muchacha del servicio. Cuando tú ya estés en la familia, vas a poder hacer con ella lo que quieras. Nadie la va a defender. Total, su familia ni siquiera está aquí —añadió doña Carmen, dirigiéndose a la amante de su hijo con toda la complicidad del mundo.
Marcia, todavía agachada junto a la puerta, sintió que la sangre le hervía. Apretó los puños. Así que Rodrigo y su familia tenían un plan retorcido en su contra.
Ya van a ver, Rodrigo. Te juro que tú y tu familia se van a arrepentir. Los voy a poner en ridículo delante de todos, se prometió a sí misma, temblando de rabia.
No entró todavía. Quería seguir escuchando, quería conocer hasta el último detalle de lo que planeaban hacerle.
Marcia no era estéril. Había sido Rodrigo quien le pidió que tomara anticonceptivos. Le dijo que aún no quería tener hijos, que no estaba listo para ser padre.
—Pamela, ¿a qué se dedican tus papás? —preguntó doña Carmen.
—Mis papás no trabajan, señora. Se quedan en casa tranquilos. Los que trabajan son sus empleados —respondió Pamela con un aire de superioridad que no se molestó en disimular.
—¿Ah, sí? ¿Cómo es eso? —doña Carmen no terminó de entender.
—Mi papá y mi mamá tienen una plantación de té en la sierra. De vez en cuando van a supervisar a los trabajadores de la plantación, nada más —explicó Pamela.
—¿Oíste eso, Rodrigo? Los papás de Pamela son dueños de una plantación de té. Y ya sabes que quien tiene una plantación de té no es cualquier persona —doña Carmen casi aplaudió al dirigirse a su hijo.
Marcia escuchaba cada palabra con atención. Sus propios padres también poseían una plantación de té enorme en la sierra. Pero algo en el relato de Pamela le sonaba falso.
—Pamela, un día de estos llévame a conocer la plantación de tu familia. Me muero por respirar el aire fresco de la montaña —doña Carmen estaba eufórica.
—Claro que sí, señora. Podemos quedarnos a dormir allá. Mis papás viven en una villa en medio de la plantación —presumió Pamela.
—¡Ay, qué emoción! ¿Cuándo vamos? Ya no puedo esperar —exclamó doña Carmen, encantada.
Los tres reían dentro de la casa, ajenos a que Marcia había escuchado absolutamente todo. En realidad, los padres de Pamela eran simples capataces en una plantación de té. Su trabajo consistía en vigilar una villa que pertenecía al verdadero dueño.
Los padres de Pamela vivían en una casita pequeña detrás de esa villa. Como el propietario rara vez iba, Pamela se atrevía a decir que la villa y la plantación eran de su familia.
—Pamela, muchas gracias por estos regalos tan lindos para mí y para Isabella —agradeció doña Carmen.
—No es nada, señora. Es un detalle sin importancia —dijo Pamela con una sonrisa complacida.
—¡Me encanta esta bolsa! Y a Isabella le va a fascinar este par de zapatos —doña Carmen acarició los obsequios.
Así que la descarada esa les trajo una bolsa y unos zapatos para Isabella. Pues que los disfruten, me tiene sin cuidado, pensó Marcia con desprecio.
Después de un buen rato, decidió entrar. Quería ver con sus propios ojos la reacción de Rodrigo, de su suegra y de la tal Pamela.
—Buenas noches —anunció Marcia al cruzar la puerta.
Todos los que estaban en la sala voltearon a verla con miradas cargadas de desprecio. Nadie le devolvió el saludo.
—Hasta que apareciste. En vez de atender a tu marido, te la pasas de vaga quién sabe dónde —disparó doña Carmen con veneno.
—Salí a trabajar, porque mi marido no es capaz de mantenerme —contestó Marcia sin inmutarse.
—Mira nada más, ya te volviste contestona. Muerta de hambre —Rodrigo apretó los dientes; no soportaba que Marcia le respondiera a su madre delante de Pamela.
—Ya, Rodrigo, divórciate de ella de una vez. Pamela es mejor en todo. Esta además de pobre, es estéril —sentenció doña Carmen con frialdad.
—¿Estéril yo? Pregúntele a su hijo qué fue lo que hizo para que yo no quedara embarazada —replicó Marcia, fulminándolo con la mirada.
—¡Cuida lo que dices, Marcia! —bramó Rodrigo.
—¿Por qué, Rodrigo? ¿Acaso dije algo que no fuera cierto? —le devolvió Marcia con una media sonrisa helada.
—Pamela se queda a cenar esta noche. Ve a la cocina y prepara algo bueno. Rápido —ordenó doña Carmen.
—Cocine usted. Todavía tiene manos y pies, ¿no? —respondió Marcia sin alterarse.
Pasó de largo frente a todos y se encerró en su habitación. No pensaba prepararles la cena.
Me importa muy poco lo que coman. Mejor pido algo de afuera para mí y ya, resolvió mientras se dejaba caer sobre la cama.
Marcia se recostó y cerró los ojos. Su cuerpo pedía descanso a gritos. Lo que Rodrigo y su familia hicieran esa noche le tenía completamente sin cuidado.