Todo comenzó con un amor adolescente. Ella tenía 18 años y Adonis, 19. Estaban convencidos de que su relación era verdadera y soñaban con permanecer juntos. Sin embargo, sus vidas cambiaron cuando ella descubrió que estaba embarazada. Adonis, asustado por su juventud y por la responsabilidad que se acercaba, aseguró que no quería ser padre y terminó rechazándola. Al enterarse, los padres de la joven decidieron hablar con la familia de Adonis. Después de una difícil conversación, ambas familias acordaron un matrimonio arreglado para que asumieran juntos la responsabilidad. Al principio, ninguno estaba preparado, pero con el tiempo nació una inesperada cercanía entre ellos.
NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13_ La firma
Al día siguiente llegó el momento que ninguno de los dos quería.
La boda.
Todavía no podía creer que en cuestión de unas horas iba a estar casado.
Tenía apenas dieciocho años.
Ayer estaba en mi habitación jugando Play y hoy estaba a punto de convertirme en esposo y padre.
Todo había pasado demasiado rápido.
Me levanté temprano y me puse la ropa que mis cuchos habían preparado para mí. No era un traje elegante ni nada por el estilo. Era algo sencillo, pero suficiente para la ocasión.
Me miré al espejo.
—Parce... ¿en qué me metí?
No tenía respuesta.
Bajé a desayunar y mis papás ya estaban listos.
—¿Preparado, mijo? —preguntó mi mamá.
—La verdad, no, cucha.
Ella suspiró.
—Ya sé que esto no era lo que querías.
—No, ma.
Mi papá me miró seriamente.
—Haga las cosas bien, Adonis.
No respondí.
Llegamos al lugar donde se realizaría la ceremonia.
Todo era pequeño.
No había una gran fiesta ni música ni invitados por todas partes.
Solo estaban nuestros padres y algunas personas necesarias para la ceremonia.
Cuando vi llegar a Kiara, me quedé mirándola unos segundos.
Ella también parecía nerviosa.
Llevaba un vestido sencillo.
No sonreía.
Yo tampoco.
Se acercó lentamente.
—Hola —dijo ella.
—Hola, Kiara.
—¿Estás nervioso?
Solté una pequeña risa.
—Mucho, parce.
Ella respiró profundamente.
—Yo también.
Nos quedamos en silencio.
No sabíamos qué decirnos.
Finalmente comenzó la ceremonia.
Todo ocurrió rápido.
Nos explicaron lo que significaba el matrimonio y nos hicieron las preguntas correspondientes.
Yo apenas escuchaba.
Tenía la cabeza llena de pensamientos.
Cuando llegó el momento de firmar, miré el documento frente a mí.
Mi mano tembló ligeramente.
Tomé la pluma.
Firmé.
Después Kiara hizo lo mismo.
Y eso fue todo.
No hubo beso.
No hubo abrazo.
No hubo palabras románticas.
Simplemente una firma.
Una firma que, de alguna manera, acababa de cambiar nuestras vidas.
La persona que dirigía la ceremonia nos miró.
—Ya están legalmente casados.
Sentí un vacío en el pecho.
Miré a Kiara.
Ella bajó la mirada.
—Pues... ya está —murmuró.
—Sí.
Nuestros padres parecían satisfechos.
Mi mamá se acercó y me abrazó.
—Felicitaciones, mijo.
—Gracias, cucha.
Pero yo no sentía que hubiera algo que celebrar.
Kiara se acercó a sus padres.
Su mamá la abrazó.
—Todo va a estar bien, hija.
Kiara solamente asintió.
Después salimos del lugar.
Afuera hacía frío y el cielo estaba gris.
Me quedé parado junto a Kiara.
—¿Quieres que vayamos a comer algo? —pregunté.
Ella negó con la cabeza.
—No tengo hambre.
—Está bien.
Caminamos juntos hacia el auto.
Durante el trayecto ninguno dijo una palabra.
Cuando llegamos a casa, subí directamente a mi habitación.
Dejé la chaqueta sobre la silla y me senté en la cama.
Minutos después escuché que Kiara entraba a la habitación.
La miré.
—Puedes quedarte con la cama. Yo duermo en el sofá.
Ella me miró sorprendida.
—¿Seguro?
—Sí.
—Gracias.
Me levanté.
Antes de salir, me detuve.
—Kiara.
—¿Sí?
—Sé que ninguno quería esto.
Ella bajó la mirada.
—Lo sé.
—Pero... supongo que tenemos que intentar llevarnos bien.
Kiara respiró profundamente.
—Sí.
—No te prometo que todo vaya a ser perfecto.
—Yo tampoco.
Asentí.
Salí de la habitación y cerré la puerta.
Me quedé unos segundos apoyado contra la pared.
Estaba casado.
Tenía dieciocho años.
Iba a ser papá.
Y ni siquiera había besado a mi esposa el día de nuestra boda.
Solo había una firma entre nosotros.
Una firma que nos había unido legalmente, aunque nuestros corazones todavía estuvieran muy lejos.
Y esa era apenas la primera página de nuestra nueva vida.