Traicionada por su novio. Angie toma una decisión desesperada para vengarse pactar con el hombre más peligroso de la alta sociedad, Leonardo Torres, el imponente y calculador tío de su ex.
Lo que inicia como una tregua fría y un matrimonio por contrato de un año para proteger sus activos y estabilizar la corporación, rápidamente se sale de control. Entre miradas cargadas de tensión en la sala de juntas y roces que encienden una química devoradora a puerta cerrada, Angie descubre que Leonardo no es el tiburón despiadado que todos temen, sino un hombre dispuesto a todo por protegerla. Mientras Sebastián y sus aliados intentan destruirlos filtrando secretos del acuerdo, la falsa unión se transforma en un juego de posesión, poder y deseo donde ninguno de los dos quiere volver a ser libre.
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18
Angie Rojas
La invitación de la abuela Elena era una orden real disfrazada de cena familiar. Había convocado a todo el clan Torres a su residencia en las afueras con el pretexto de «calmar las aguas y restaurar la paz», pero yo sabía perfectamente que la anciana simplemente quería sentarse en primera fila a ver el espectáculo.
Llegué al brazo de Leonardo vistiendo un diseño negro de corte impecable, sobrio pero despampanante. Él lucía su traje a medida habitual, pero a lo largo de todo el trayecto en auto noté que no había soltado mi mano ni un solo segundo. Decía que era para «mantener la costumbre ante los chóferes», pero la firmeza de su agarre me decía otra cosa.
Al cruzar al comedor principal, la tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo de mantequilla. En la mesa de caoba de doce puestos ya estaban sentados Tomás, luciendo una cara de amargura indisimulable, y un Sebastián profundamente silenciado que no se atrevía a levantar la vista de su plato.
También estaba la hermana menor de Leonardo, Leonor.
—Me alegra que hayan llegado, mis niños —saludó la abuela Elena desde la cabecera, sirviéndose una copa de vino con absoluta elegancia—. Tomen asiento. Esta noche no se habla de finanzas ni de acciones; solo de familia.
Nos acomodamos frente a Tomás. La cena transcurrió entre respuestas monosilábicas y el ruido sordo de los cubiertos contra la porcelana, hasta que sirvieron el plato principal y Tomás no pudo contener la veneno que llevaba atragantado.
—Es fascinante cómo un par de portadas de revista pueden lavar la cara de cualquiera —soltó Tomás con una risa sarcástica, limpiándose los labios con la servilleta de lino—. Dime, Angie... ¿tu padre sabe que tu nombre está en boca de todos los inversionistas del país no por tus méritos, sino por haber saltado del sobrino al tío?
El comedor quedó en un silencio sepulcral. Sebastián se encogió en su asiento, mientras la abuela Elena levantaba una ceja, observando la escena sin intervenir.
—Papá... —intentó advertir Sebastián en un susurro. Él mejor que nadie sabe cómo reaccionó papá ante el escándalo de haber sido usada por un hombre...
Papá no dudó en enviar a alguien para vengarse por mi. Aunque mi padre fuera frío y autoritario conmigo, él sabia darme mi lugar.
—No te metas, Sebastián —lo cortó Tomás bruscamente, fijando sus ojos despiadados en mí—. La señorita Rojas trajo una vergüenza desmedida a esta familia desde el primer día que pisó la universidad. Trajo escándalos, filtraciones a la prensa y una deshonra que la casa Torres no tiene por qué patrocinar. Te estás aprovechando de la ingenuidad de mi hijo y de la ceguera de Leonardo para escalonar socialmente.
Me quedé helada por un segundo, sintiendo el golpe de sus palabras. Estaba a punto de abrir la boca para destrozarlo con mi propio arsenal de ironías, cuando sentí una presencia imponente levantarse a mi lado.
...Leonardo Torres...
Ya lo dije antes, me enfada que la traten como si no fuera nada. Cuando ella lo es todo.
Me puse de pie de golpe. La silla de caoba arrastró sobre el suelo de mármol con un chirrido metálico que hizo que mi padre diera un leve brinco en su sitio.
—Mide tus palabras, Tomás —dije. Mi voz no fue un grito, sino un gruñido grave, bajo y tan cargado de peligro que hasta los sirvientes del comedor se congelaron en sus puestos.
—No me ordenes callar en la casa de mi abuela, Leonardo —desafió mi hermano, aunque pude notar la sombra de duda en sus ojos—. Solo estoy diciendo la verdad. Esa mujer es una mancha para nuestro apellido.
—La única mancha para este apellido —intervine, dando un golpe seco con la palma sobre la mesa que hizo temblar las copas de cristal— es tener a un hombre que utiliza el chantaje y la difamación contra una mujer para cubrir la incompetencia de su propio hijo. Eso es de cobardes.
Angie me miró desde su asiento con los ojos muy abiertos, completamente atónita por mi reacción.
En toda mi vida, jamás me había exaltado por defender a nadie en una mesa familiar. Siempre había sido el frío observador que resolvía todo con cláusulas y balances. Pero ver a mi hermano intentar pisotear la dignidad de Angie frente a todos despertó en mí una furia salvaje e incontrolable.
Me giré hacia Angie, le tomé la mano firme con la mía y la obligué a ponerse de pie a mi lado.
—Yo le enseñé a esta mujer lo que vale —declaré, mirando directamente a los ojos de mi hermano con una frialdad absoluta—. Le enseñé a no dejarse pisotear por hombres mediocres y a defender su postura en cualquier terreno. Si crees que voy a permitir que la insultes en mi presencia, estás gravemente equivocado.
Me detuve un milisegundo al escuchar mis propias palabras. Un choque de realidad me golpeó en el pecho: yo la había entrenado para ser implacable, le había enseñado a construir su coraza... y ahora me descubría a mí mismo dispuesto a quemar al mundo entero antes de ver a alguien intentar romperla. No me gustaba que la trataran mal. No soportaba ver un solo rasguño en la mujer que yo mismo había moldeado.
—Angie es mi prometida —continué, apretando su mano con una fuerza posesiva—. Y la persona que le falte al respeto a ella, se lo está faltando directamente al presidente de esta corporación. ¿Quedó claro?
Tomás apretó la mandíbula, pálido de la rabia, pero incapaz de articular una sola respuesta ante la amenaza implícita de mi poder. Yo solo era su hermano menor, pero me había encargado de demostrar que tenía más valor y poder que él.
La abuela Elena apoyó los puños sobre la mesa y sonrió de medio lado, tomando un sorbo de su vino con absoluta satisfacción.
—Una cena encantadora —sentenció la anciana con calma—. Leonardo, lleva a tu prometida a ver el jardín de rosas. Me parece que este comedor ya les queda demasiado pequeño.
Sin esperar una palabra más de mi hermano ni de mi sobrino, tiré suavemente de la mano de Angie y la saqué del comedor, dejando a la familia en un silencio aplastante.
Esta cena solo era para demostrar cuánto poder podía ejercer, la abuela siempre ha demostrado querer hombres capaces no cobardes. Por eso me había elegido para heredar su comercio, pero desde que tomé la presidencia, decidí forjar mi propio negocio. Por ello la necesito a ella.
Miré a Angie, solo es mi socia, nada mas. No puede ser más que eso.
De lo contrario la seguirán usando en mi contra, y no soporto que sea un objetivo.