El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.
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Capítulo 12
Capítulo 12 — Tres años después
Hay una foto mía de los dieciséis que doña Reme tiene pegada en el refrigerador. Salgo flaca, con el pelo mal cortado y esa cara de animal que no sabe si lo van a pegar. Cada vez que paso por la cocina la veo y me cuesta creer que fui yo.
Porque ahora tengo diecinueve.
Tres años se van sin que uno los sienta pasar. Entré a la universidad, a la carrera de fisioterapia —aunque eso, por qué la escogí, es otra historia que todavía no le he contado a nadie—. Aprendí a andar sola por la ciudad, a discutir de cosas que no entendía y a fingir que sí, a maquillarme sin que se me corriera, a ser una muchacha que camina por el campus y a la que los muchachos voltean a ver. Doña Reme dice que "di el estirón por dentro y por fuera". Yo nada más sé que ya no me agacho cuando alguien levanta la voz.
Otra cosa cambió, y esa sí la sé decir con fecha exacta: el día que cumplí dieciocho, un licenciado vino a la casa con unos papeles, y tío Max firmó, y firmé yo, y la tutela se terminó. Así, sin ceremonia. Ya era mayor de edad; ya no necesitaba tutor. Él dejó de ser, legalmente, nada mío.
—Se acabaron los trámites —dijo aquella tarde, guardando los documentos—. Ahora eres dueña de tu vida, Dali.
Lo dijo con una especie de orgullo tranquilo, como quien entrega una obra terminada. Yo sonreí y le di las gracias. Pero por dentro se me abrió un hueco raro, porque entendí que ese papel que nos había atado durante dos años acababa de soltarse, y que ahora, si yo me quedaba en esa casa, ya no era porque un juez lo dijera. Era porque yo quería.
Y ahí empezó el problema.
Porque yo quería quedarme. Y no de la manera en que una hija quiere quedarse con su papá.
Me di cuenta un martes cualquiera. Tío Max estaba en el estudio revisando papeles, con la camisa arremangada y los lentes que solo se pone para leer y que le da vergüenza que le vea puestos. Le llevé un café. Al dejarlo en la mesa, nuestras manos casi se rozaron, y yo la retiré como si el escritorio quemara, con el corazón golpeándome en las costillas de una forma que no tenía nada que ver con el respeto ni con la gratitud.
Él ni levantó la vista. Para él yo seguía siendo la niña que le llevaba el café. Ese era el problema: que el tiempo había pasado igual para los dos, pero él se había quedado mirando la foto del refrigerador.
Salí de ahí y me encerré en mi cuarto y me quedé viendo el techo.
"Esto no está bien", pensé. Y enseguida: "Esto no se me va a quitar".
Porque llevaba semanas —meses, si era honesta— buscándolo con los ojos en cuanto entraba a un cuarto. Aprendiéndome sus silencios. Poniéndome nerviosa por tonterías. Sintiendo celos, celos de verdad, la tarde que una mujer del trabajo le habló por teléfono y él se rio bajito de algo que ella dijo.
No era la admiración de la niña que sacó de aquel coche. Aquella lo miraba como se mira a un héroe, de abajo hacia arriba, con la boca abierta. Esto era otra cosa. Esto era de mujer. Y me daba un miedo espantoso.
Xime Robles se había vuelto mi mejor amiga en la facultad casi sin que yo lo decidiera. Era ruidosa, chismosa, incapaz de guardar un secreto ajeno pero fiera para guardar los míos, y tenía la costumbre de decir en voz alta lo que yo pensaba en voz baja. Se lo conté a ella, porque a alguien tenía que contárselo o me iba a estallar por dentro.
Nos sentamos en la escalinata de la facultad, entre clase y clase. Le di vueltas al asunto un rato largo, con rodeos, hasta que ella me cortó.
—A ver, a ver. ¿Estás enamorada del señor que te crió?
—No lo digas así.
—¿Así cómo? ¿Con todas sus letras? —Se acabó de un trago su refresco y me miró como si yo le hubiera dicho la cosa más obvia del mundo—. Ay, Dali. Ya lo sabía.
—¿Cómo que ya lo sabías?
—Amiga, cada vez que hablas de ese señor se te cambia la cara. "Tío Max esto, tío Max lo otro". —Puso una vocecita ridícula y batió las pestañas—. Nadie habla así de un tío. A mi tío de verdad yo lo describo como "el que se acaba el tequila en las posadas". No con brillito en los ojos.
—No es mi tío —dije, más fuerte de lo que quería, y bajé la voz porque unos muchachos voltearon—. Nunca fue mi tío de verdad. Ni de sangre ni nada. Fue mi tutor, y ya ni eso: la tutela se terminó cuando cumplí dieciocho. Ahora somos dos personas viviendo en la misma casa, y ya.
—Uy. —Xime alzó las cejas, despacio, entendiendo—. O sea que legalmente no hay nada.
—Nada.
—Ni papeles, ni sangre, ni juez.
—Nada, Xime.
—Entonces el problema no es que no se pueda. —Me picó el brazo con el dedo, con esa sonrisa de quien acaba de encontrar la punta del hilo—. El problema es que te da miedo. Y el problema es que él tiene, ¿cuántos?, ¿el doble de tu edad?
—Veinte años más.
Silbó bajito. Pero no puso cara de escándalo, que era una de las razones por las que la quería.
—Bueno. Mi abuela le llevaba dieciocho a mi abuelo y duraron cincuenta años. —Se encogió de hombros—. Al revés, pero el chiste es el mismo. La edad no mató a nadie. Lo que mata es quedarse callada.
Tenía razón. No había ley que me lo impidiera. No había papel. No había sangre. Solo estaba él, veinte años mayor, empeñado en seguir viéndome como a la niña de la foto del refrigerador. Y estaba el qué dirían todos: la huérfana que él recogió, poniéndole el ojo al hombre que la crió.
Esa noche, en la cena, lo observé desde el otro lado de la mesa. Cómo partía el pan. Cómo le contestaba a doña Reme con esa suavidad que solo tenía en casa. Cómo, cuando levantó la vista y me encontró mirándolo, apartó los ojos primero él, y algo en su mandíbula se tensó.
Se levantó antes del postre con la excusa de una llamada.
Yo me quedé con el tenedor en el aire y una certeza asentándoseme en el estómago como una piedra caliente.
No podía seguir así, guardándome esto hasta que se me pudriera adentro. Yo no era de las que se aguantan. Nunca lo había sido.
"Ya no soy una niña", pensé, apretando la servilleta. "Y se lo voy a decir."
Al otro lado del pasillo, detrás de la puerta entrecerrada del estudio, tío Max no estaba hablando por teléfono. Estaba de pie frente al librero, con una fotografía vieja en la mano —una de una niña flaca, de pelo mal cortado, el día que cumplió dieciséis— y la miraba como quien mira algo que se le está escapando entre los dedos y no sabe cómo detener.