El frío de la oficina era lo único que conocía. Durante diez años, mi vida se resumió en trabajo, números y ambición. Para el mundo era la ejecutiva perfecta; para mi familia, solo una tarjeta de crédito. Nadie me quería de verdad, y jamás me detuve a buscar el amor. Hasta que el médico me entregó ese sobre blanco. Una sola palabra lo cambió todo: terminal. Tres meses. Noventa días de vida. Al salir a la calle, el mundo siguió girando sin mí. Pensé en llamar a mi madre, pero supe que solo me pediría dinero. Entendí que si moría mañana, nadie me lloraría de corazón. Había levantado un imperio millonario, pero jamás me había permitido vivir. Con la muerte enfrente, el miedo desapareció por completo. Si me quedaban solo tres meses, rompería cada una de las reglas que me mantuvieron cautiva toda mi vida. Caminé directo al edificio de enfrente y subí al último piso sin pedir permiso. Entré decidida al despacho de mi mayor rival en los negocios, el único hombre capaz de sacarme de quicio y el que jamás pensaría en elegir. Él levantó la vista sorprendido, luciendo esa sonrisa arrogante de siempre. Lo miré fijamente a los ojos, sintiendo por primera vez una libertad absoluta, lista para vivir aunque sea una farsa.
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Capítulo XVII La sospecha
Punto de vista de Selene
Estaba a punto de romper la copa de cristal que sostenía entre las manos si no fuera porque mi madre me devolvió a la realidad con el chasquido impaciente de sus dedos. La sala de estar de la casa familiar olía a jazmines y a la misma falsedad impecable de siempre, pero yo no podía quitarme de la cabeza la imagen de Victoria saliendo de la sala de juntas, erguida, invencible y tomándole la mano a Sebastián.
—¡Es que no entiendes, mamá! —dije, comenzando a caminar a pasos agigantados por la alfombra—. ¡Algo le pasa a Victoria! ¡Su comportamiento no es normal!
Catalina, ni siquiera se inmutó. Continuó sorbiendo su té de porcelana con una elegancia exasperante, descansando la espalda contra el sofá de terciopelo.
—Por favor, Selene, ahorrate el drama teatral —respondió con una frialdad despectiva—. Tu hermana siempre ha sido una altanera insufrible. Lo único que cambió es que ahora tiene el respaldo de Alarcón.
—¡No es solo eso! —insistí, deteniéndome frente a ella con los puños apretados—. La conozco muy bien, Victoria es una máquina de trabajar, una mujer calculadora que no da un solo paso en falso por un hombre. Jamás habría arriesgado la reputación de la firma ni nos habría desafiado de esta manera tan errática por un simple capricho. Está volátil, cambia de humor, nos entrega la cabeza en un plato y luego se ríe como si nada le importara. ¡A esa mujer le pasa algo grave en la cabeza!
Catalina dejó la taza sobre el plato con un golpe seco que resonó en el silencio del salón. Levantó la mirada hacia mí, y sus ojos reflejaron esa misma arrogancia venenosa que Victoria a veces heredaba sin darse cuenta.
—¿De verdad eres tan ingenua, Selene? —dijo con una risita burlona, acomodándose el collar de perlas—. No le pasa nada grave. Lo único que le ocurre a tu santita hermana es que se está revolcando en la cama con Sebastián Alarcón, y la estupidez del deseo le nubló el poco juicio que le quedaba. Por eso actúa como una idiota.
Me quedé congelada en mitad de la estancia, parpadeando con incredulidad.
—¿Crees que es solo eso? —murmuré.
—Es obvio —sentenció mi madre, poniéndose de pie con calma—. Un hombre guapo, poderoso y con dinero la engatusó. Victoria siempre se creyó superior a todas las mujeres, inalcanzable, una monja entregada al trabajo. Y ahora que probó un poco de atención y placer con su rival de negocios, perdió la cabeza. Se siente invencible porque tiene a un Alarcón entre las piernas.
Apreté la mandíbula mientras la lógica de mi madre empezaba a calar en mí, aunque una corazonada oscura en el fondo de mi pecho me decía que la ecuación no era tan simple.
—Si es así... si solo es una idiota enamorada y cegada por la cama, entonces es más fácil de destruir de lo que pensaba —dije, sintiendo cómo una sonrisa maliciosa se curvaba en tus labios.
—Por supuesto que sí —concluyó Catalina, dándome una palmada suave en la mejilla con falsa ternura—. Déjala que disfrute su jueguito de amorío. Mientras ella pierda el tiempo jugando a la pareja feliz con Sebastián, nosotras nos encargaremos de encontrar la fisura legal para sacarla de la presidencia. Porque cuando ese hombre se canse de ella y la deseche, Victoria no va a tener ni la empresa ni a su amante para salvarla.
Punto de vista de Victoria
La mesa de cristal de la sala de conferencias ejecutivas brillaba bajo la luz blanca de las lámparas. Frente a Sebastián y a mí, Don Aurelio Castañeda revisaba el contrato con una calma desesperante de quien sabe que tiene el control de una negociación multimillonaria.
A mi lado, la presencia de Sebastián era imponente. Llevaba el traje impecable, la espalda erguida y esa expresión impenetrable que utilizaba cuando cerraba tratos de gran escala. Sin embargo, bajo la mesa, su mano izquierda buscó la mía. Sus dedos se entrelazaron con los míos con una firmeza protectora que amenazaba con derrumbar mis defensas.
En ese momento, una punzada agudísima me atravesó el vientre.
El dolor fue tan repentino que se me cortó la respiración por un segundo. Apreté la mano de Sebastián instintivamente, enterrando las uñas en su palma mientras intentaba por todos los medios que mi rostro no traicionara la agonía física que me consumía. Los frascos de analgésicos que había dejado en la cocina no estaban haciendo el efecto suficiente; mi cuerpo parecía estar protestando por el ritmo implacable al que lo estaba sometiendo.
Sebastián reaccionó de inmediato. Su pulgar comenzó a acariciar el dorso de mi mano en un patrón lento, intentando transmitirme un calor que me sirviera de ancla. No me miró fijamente para no llamar la atención de Castañeda, pero su postura se volvió aún más rígida, alerta a cada uno de mis movimientos.
—Los términos del proyecto Onetto me parecen adecuados —habló finalmente Don Aurelio, quitándose los lentes de lectura y mirándonos sobre el armazón—. Debo confesar que el escándalo mediático de ayer me hizo dudar, pero ver la determinación de ambos y la solidez de esta alianza me demuestra que las empresas Valenzuela y Alarcón están listas para liderar el mercado.
—Le aseguro, Don Aurelio, que la firmeza de este acuerdo va más allá de cualquier rumor de pasillo —intervino Sebastián con voz grave y pausada, estampando su firma en la última página del documento antes de deslizar el bolígrafo hacia mí—. Victoria y yo estamos completamente alineados.
Tomé la pluma. La mano me temblaba levemente, pero contuve el aliento, tragué saliva para pasar la hiel del malestar y firmé con mi trazo elegante y firme.
—Hecho —dije, esbozando una sonrisa fría y victoriosa mientras le entregaba la carpeta a Castañeda—. El proyecto Onetto es oficialmente nuestro.
Don Aurelio estrechó nuestras manos, satisfecho, y tras una breve despedida formal, abandonó la sala acompañado por los abogados.
En cuanto la puerta se cerró y quedamos completamente solos, me solté de su agarre y me apoyé contra el borde de la mesa, cerrando los ojos para sofocar el mareo que me provocaba la intensidad del dolor que me estaba quemando por dentro.
—Victoria —la voz de Sebastián sonó demasiado cerca. Estaba justo frente a mí, inclinándose para quedar a la altura de mis ojos—. Se acabó la reunión. Ya firmaste. Deja de fingir.
—Estoy bien —murmuré, intentando ponerme de pie, pero sus manos se posaron en mis caderas, fijándome en mi sitio.
—No estás bien —sentenció con una mirada oscura, cargada de una sospecha y una preocupación que no pudo disimular—. Llevas toda la reunión apretándome la mano como si te estuvieras ahogando. Sé lo de las pastillas, Victoria. Vi los analgésicos en la despensa de tu cocina.
El corazón me dio un vuelco violento.
—Eso es privado, Sebastián. Quedamos en que respeta...
—Quedamos en que no nos mentiríamos sobre lo importante —me interrumpió en un murmullo feroz, acercando su rostro al mío hasta que sentí su aliento caliente—. Son analgésicos de alta potencia, del tipo que solo recetan para dolores insoportables. ¿Qué te está pasando exactamente? Y no se te ocurra decirme que es solo estrés.