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Embarazada del papá de mi mejor amiga

Embarazada del papá de mi mejor amiga

Status: Terminada
Genre:Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / La mimada del jefe / Romance oscuro / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.

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Capítulo 21

Capítulo 21

El video salió esa misma noche.

Para cuando desperté, ya andaba por toda la ciudad. Ximena me lo mandó a las siete de la mañana con catorce signos de admiración: "AMIGA. ESTAMOS EN TENDENCIA." Y sí. Ahí estábamos las dos, en un video vertical medio movido, de casi un millón de vistas, con títulos que yo no había escrito y que decían cosas como "cuando la digna se cansa" y "así se le mete agua a una lagartona".

No enseñaban mi cara de frente, gracias a Dios. Enseñaban a Ximena echándole el vaso a Priscila, el chillido, el rímel corriéndose, y a Diego secándose con la manga como un perro mojado. Los comentarios eran una masacre. "El vestido de diseñador ahora es de descuento." "Amiga de la del agua, te amo." "Ese señor tiene cara de que le prestó dinero a alguien y no se lo pagaron." Diego cerró sus redes esa tarde. Priscila subió una historia llorando, pidiendo respeto, y se la llenaron de emojis de gotitas.

Debería haber estado feliz. Y lo estaba, un poquito. Pero yo llevaba tres años siendo la que no salía en ningún lado, la invisible, y de repente ser tendencia —aunque fuera de espaldas— me revolvía el estómago. Toda la mañana anduve con el celular boca abajo.

El señor Montalvo no dijo nada del video. Ni una palabra. Me pasó los pendientes del día como siempre, firme, de junta, y solo una vez, cuando le entregué la agenda impresa, levantó los ojos un segundo de más.

—Su amiga tiene buena puntería —dijo.

Y volvió a sus papeles. Yo me mordí la sonrisa y me fui.

Pensé que ahí acababa el día.

Me equivoqué a las once de la noche.

Yo ya estaba en pijama, en mi cuarto, con Bombón hecho rosca a mis pies y una novela que no estaba leyendo, cuando sonó el teléfono de la casa. No el mío. El fijo, el de las Lomas, ese que casi nunca suena. Doña Reme contestó abajo y a los dos minutos tocó mi puerta con los nudillos, muy quedito.

—Niña Camila. —Traía puesta la bata y una cara rara—. Es del Cumbre. Del club. Dicen que… que el señor Montalvo no está en condiciones de manejar.

Me senté de golpe.

—¿Cómo que no está en condiciones?

—Que tomó de más. —Doña Reme se retorció las manos—. Que si alguien de confianza puede ir por él. No quiso que le hablaran al chofer. Preguntó por usted.

Preguntó por usted.

Yo nunca había visto a ese hombre tomarse más de dos copas. Ni en la boda de un socio, ni en Año Nuevo, ni la noche del antro. Maximiliano Montalvo era de los que dejaban la copa llena para que los demás confiaran y él se acordara de todo al día siguiente. Que estuviera tomado no me cuadraba. Pero doña Reme me miraba con esa preocupación de madre, y afuera estaba oscuro, y era él.

—Voy —dije, ya poniéndome los tenis—. Deme las llaves del coche chico.

—Mandó el Rolls, niña. Con Beltrán hasta la reja. Dijo que usted manejaba de regreso.

Claro que sí. Todo pensado. Yo, tan tonta, ni lo vi venir.

El Cumbre era uno de esos clubes privados sin letrero, detrás de una puerta de madera negra en Polanco, donde la gente entra por un apellido y no por una lista. Me abrió un hombre de traje que me miró los tenis y la sudadera, y por primera vez en mi vida no me importó lo que pensara. Dije "vengo por el señor Montalvo" y se le enderezó la espalda de golpe.

Lo encontré en un salón privado, solo, en un sillón de terciopelo verde, con el saco a un lado, la corbata floja y un vaso ámbar en la mano que —lo juro— estaba igual de lleno que cuando se lo sirvieron. Tenía el pelo revuelto, dos botones abiertos y los ojos entrecerrados. Cuando me vio entrar, le costó enfocarme, como si le pesaran los párpados.

—Camila. —Arrastró un poco mi nombre—. Viniste.

—Vine. —Me acerqué, y le olí el aliento sin querer. Whisky, sí, un poco. Pero no el de un hombre que se acabó una botella. Le puse la mano en el hombro—. ¿Puede caminar?

—Puedo hacer muchas cosas. —Sonrió de lado, lento—. Caminar es una.

Se levantó apoyándose en mi brazo más de lo necesario. Pesaba, era todo espalda y hombro, y me llegó su calor y su perfume de golpe, y yo me concentré muchísimo en la puerta para no concentrarme en otra cosa. Lo llevé despacio por el pasillo, con su brazo encima de mis hombros, hasta la calle, hasta el Rolls que esperaba con las luces encendidas y Beltrán parado junto a la portezuela.

—Yo me lo llevo, Beltrán. Gracias.

—Segura, señorita.

—Segura.

Lo acomodé en el asiento del copiloto, no atrás. No sé por qué no atrás. Me dije que era para vigilarlo. Le abroché el cinturón yo misma, inclinándome sobre él, y sentí que me miraba todo el rato, muy quieto, muy despierto para estar tan tomado.

—Hueles a lluvia —murmuró.

—Huelo a jabón, señor Montalvo. Póngase cómodo.

Arranqué.

La ciudad de noche desde un Rolls es otra ciudad. Los semáforos se estiran en el cofre negro, la avenida corre callada, el motor no se oye. Yo manejaba con las dos manos en el volante, la espalda recta, muy consciente de él a mi derecha, del brazo suyo apoyado en la consola a un centímetro del mío. Iba callado. Con la cabeza recargada, viéndome manejar.

—Manejas bien —dijo, bajito.

—Aprendí a los quince. En el coche de mi papá. Antes de que… —Me callé—. Antes.

—Antes. —Repitió la palabra como si la guardara.

Bajamos por Reforma, dimos la vuelta a la fuente, tomamos el rumbo de las Lomas, donde la avenida empieza a trepar y a torcerse entre los árboles. Ahí las calles son curvas cerradas, oscuras, con bardas altas y muy poca luz. Yo conocía el camino. Lo que no conocía era al taxi.

Salió de una lateral sin luces, cruzado, a media calle. Un bulto blanco de repente en los faros.

Frené.

Frené con las dos manos y el pie hasta el fondo, y el Rolls se clavó con un chirrido corto, y todo lo que iba suelto salió volando hacia adelante —mi bolsa, su saco, yo misma contra el cinturón— y por instinto solté una mano del volante y la eché hacia él, de puro reflejo, de proteger, como se protege a un niño en el asiento.

El taxi pasó de largo. Se perdió calle abajo sin frenar, sin luces, como si nada.

Y nosotros nos quedamos ahí, en medio de la curva oscura, con el motor encendido y la respiración deshecha.

Mi mano estaba en su pecho. La suya me había agarrado la muñeca. Estábamos volteados el uno al otro, cerquísima, más cerca de lo que habíamos estado desde aquella noche, con el freno todavía apretado bajo mi pie y el corazón golpeándome en los oídos. Su cara estaba a nada de la mía. Le veía las pestañas. Le sentía el aliento.

—¿Estás bien? —dijo. Y ya no arrastraba nada la voz. Ni una sílaba. La tenía clara, baja, entera.

—Sí —susurré, sin moverme—. ¿Usted?

No contestó.

Bajó los ojos a mi boca. Yo bajé los míos a la suya. Y en esa curva negra de las Lomas, con la ciudad allá abajo brillando ajena a nosotros, cerré la distancia media milésima que faltaba, o la cerró él, o la cerramos los dos, no sé, nunca voy a saber quién —

y nuestros labios se rozaron.

Apenas. Un roce. Tibio, suave, de nada y de todo. Un choque de aire más que de boca, el principio exacto de un beso.

Y me di cuenta, con el corazón parado, de una cosa que lo cambiaba todo: que un hombre tan tomado que necesita que lo vayan a recoger no tiene los reflejos para agarrarte la muñeca en un frenazo. No los tiene. A menos que nunca haya estado tomado.

1
Phaola Paez
lchevere
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