Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias
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El Dominio de la Tempestad
En el pasado, la reacción emocional de Manuel habría provocado un terremoto incontrolable o una granizada mortal que habría aplastado por igual a enemigos y aliados. Sin embargo, en medio del caos, la voz de Valeria y las palabras del Codex Caelestis resonaron en su conciencia: «La maestría no reside en la paz inmóvil, sino en la armonía de aceptar la emoción sin perder el timón».
Manuel no intentó reprimir su furia; la aceptó. Aceptó la rabia ante la injusticia y el deseo ardiente de proteger a quienes amaba. Pero en lugar de dejar que esa energía se dispersara en un estallido a ciegas, concentró su voluntad con una disciplina férrea.
El cielo sobre el desfiladero se oscureció de inmediato, pero no trajo granizo informe ni rayo ciego.
Un denso muro de niebla helada y rugiente descendió con precisión quirúrgica exclusivamente sobre las posiciones de los tiradores enemigos en las alturas, cegándolos por completo y congelando la cuerdas de sus ballestas en cuestión de segundos. Al mismo tiempo, una ráfaga de viento ascendente y cálido sostuvo el carruaje inclinado de Valeria justo a tiempo, evitando que cayera al abismo y devolviéndolo a una posición segura sobre la calzada de piedra.
Los mercenarios de Sombragrís, aterrorizados al ver que la atmósfera respondía a las órdenes del rey como un ejército invisible y disciplinado, arrojaron sus armas y comenzaron a huir entre los riscos de la montaña.
Manuel desmontó de un salto y corrió hacia el carruaje. Con sus propias manos desencajó la puerta dañada y sacó a Valeria en sus brazos. La joven lo abrazó con fuerza, sintiendo el corazón acelerado del rey latiendo contra su pecho.
—Estáis a salvo... —susurró Manuel con la voz temblorosa por la adrenalina, mientras una lluvia fina, suave y tibia comenzaba a caer sobre el valle, limpiando el polvo de la batalla.
Valeria alzó la vista y miró los ojos del rey: no eran grises por la apatía ni oscuros por la locura; brillaban con un azul cobalto intenso, lleno de un poder majestuoso y absolutamente controlado.
—Habéis salvado a todos, Manuel —dijo ella con orgullo y ternura—. No habéis destruido el valle... habéis dominado la tormenta.
La captura de varios mercenarios supervivientes confirmó las sospechas de la corona: la baronía de Sombragrís, en connivencia con el exiliado Lord Malakor, estaba reuniendo una flota de mercenarios y tropas de montaña para declarar la guerra abierta a Eldamar antes de que la unión con Valoria pudiera consolidar un ejército unificado.
A su regreso a la Fortaleza de la Cumbre, Manuel no convocó al Consejo con la angustia del pasado. En su rostro no había rastro del joven atormentado por las sombras de sus padres.
En la gran mesa de la Sala de la Guerra, el rey desplegó los mapas de las fronteras del norte. A su lado, el archiduque Roderic de Valoria y el Archmaestre Elion lo observaban con profundo respeto.
—El barón Vane cree que Eldamar es vulnerable porque su rey ha aprendido a amar —declaró Manuel con una voz firme y pausada que resonó en toda la estancia—. Cree que la serenidad es síntoma de debilidad. Esta misma noche enviaremos mensajeros a las provincias del sur y a los astilleros de Valoria. No esperaremos a que crucen nuestros ríos. Demostraremos al continente que el Firmamento Vivo no solo protege a Eldamar en tiempos de paz, sino que defenderá a nuestro pueblo con la fuerza de diez tempestades si intentan arrebatarle su libertad.
Valeria, presente en la sesión del consejo ceremonial, avanzó hacia la mesa y colocó su mano sobre la de Manuel. El rey la miró y le sonrió con una certidumbre inquebrantable.
Afuera de la fortaleza, en la noche serena de la capital, las campanas de las torres no sonaron para advertir sobre una tormenta imprevista, sino para convocar al pueblo a la defensa de su tierra. En el firmamento, las estrellas brillaban con una nitidez deslumbrante, mientras una suave brisa del norte anunciaba que Eldamar ya no temía a la oscuridad del futuro, lista para enfrentar la gran prueba de reinos que se avecinaba.