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La Maldición Del Cielo

La Maldición Del Cielo

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Época / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias

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El Dominio de la Tempestad

​En el pasado, la reacción emocional de Manuel habría provocado un terremoto incontrolable o una granizada mortal que habría aplastado por igual a enemigos y aliados. Sin embargo, en medio del caos, la voz de Valeria y las palabras del Codex Caelestis resonaron en su conciencia: «La maestría no reside en la paz inmóvil, sino en la armonía de aceptar la emoción sin perder el timón».

​Manuel no intentó reprimir su furia; la aceptó. Aceptó la rabia ante la injusticia y el deseo ardiente de proteger a quienes amaba. Pero en lugar de dejar que esa energía se dispersara en un estallido a ciegas, concentró su voluntad con una disciplina férrea.

​El cielo sobre el desfiladero se oscureció de inmediato, pero no trajo granizo informe ni rayo ciego.

​Un denso muro de niebla helada y rugiente descendió con precisión quirúrgica exclusivamente sobre las posiciones de los tiradores enemigos en las alturas, cegándolos por completo y congelando la cuerdas de sus ballestas en cuestión de segundos. Al mismo tiempo, una ráfaga de viento ascendente y cálido sostuvo el carruaje inclinado de Valeria justo a tiempo, evitando que cayera al abismo y devolviéndolo a una posición segura sobre la calzada de piedra.

​Los mercenarios de Sombragrís, aterrorizados al ver que la atmósfera respondía a las órdenes del rey como un ejército invisible y disciplinado, arrojaron sus armas y comenzaron a huir entre los riscos de la montaña.

​Manuel desmontó de un salto y corrió hacia el carruaje. Con sus propias manos desencajó la puerta dañada y sacó a Valeria en sus brazos. La joven lo abrazó con fuerza, sintiendo el corazón acelerado del rey latiendo contra su pecho.

​—Estáis a salvo... —susurró Manuel con la voz temblorosa por la adrenalina, mientras una lluvia fina, suave y tibia comenzaba a caer sobre el valle, limpiando el polvo de la batalla.

​Valeria alzó la vista y miró los ojos del rey: no eran grises por la apatía ni oscuros por la locura; brillaban con un azul cobalto intenso, lleno de un poder majestuoso y absolutamente controlado.

​—Habéis salvado a todos, Manuel —dijo ella con orgullo y ternura—. No habéis destruido el valle... habéis dominado la tormenta.

La captura de varios mercenarios supervivientes confirmó las sospechas de la corona: la baronía de Sombragrís, en connivencia con el exiliado Lord Malakor, estaba reuniendo una flota de mercenarios y tropas de montaña para declarar la guerra abierta a Eldamar antes de que la unión con Valoria pudiera consolidar un ejército unificado.

​A su regreso a la Fortaleza de la Cumbre, Manuel no convocó al Consejo con la angustia del pasado. En su rostro no había rastro del joven atormentado por las sombras de sus padres.

​En la gran mesa de la Sala de la Guerra, el rey desplegó los mapas de las fronteras del norte. A su lado, el archiduque Roderic de Valoria y el Archmaestre Elion lo observaban con profundo respeto.

​—El barón Vane cree que Eldamar es vulnerable porque su rey ha aprendido a amar —declaró Manuel con una voz firme y pausada que resonó en toda la estancia—. Cree que la serenidad es síntoma de debilidad. Esta misma noche enviaremos mensajeros a las provincias del sur y a los astilleros de Valoria. No esperaremos a que crucen nuestros ríos. Demostraremos al continente que el Firmamento Vivo no solo protege a Eldamar en tiempos de paz, sino que defenderá a nuestro pueblo con la fuerza de diez tempestades si intentan arrebatarle su libertad.

​Valeria, presente en la sesión del consejo ceremonial, avanzó hacia la mesa y colocó su mano sobre la de Manuel. El rey la miró y le sonrió con una certidumbre inquebrantable.

​Afuera de la fortaleza, en la noche serena de la capital, las campanas de las torres no sonaron para advertir sobre una tormenta imprevista, sino para convocar al pueblo a la defensa de su tierra. En el firmamento, las estrellas brillaban con una nitidez deslumbrante, mientras una suave brisa del norte anunciaba que Eldamar ya no temía a la oscuridad del futuro, lista para enfrentar la gran prueba de reinos que se avecinaba.

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