Anastasia Valenzuela Herrera huyó de la opulencia y del peso de ser la heredera del imperio de los magnates número uno del mundo, ocultándose bajo la falsa identidad de Anastasia Riquelme. Buscando forjar su propio camino en el extranjero, su vida da un giro devastador la noche en que es brutalmente violada en la oscuridad por un desconocido. Meses después, un desmayo en la universidad revela una verdad inquebrantable: está esperando un hijo de su agresor. En un intento desesperado por proteger a su bebé y evitar la intervención de su poderosa familia, comete el error de aceptar casarse por lo civil con Patricio Zapata, un compañero machista y manipulador.
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EL ASCENSO DE LA EJECUTIVA Y EL ÁNGEL DE OJOS AZULES
Los años transcurrieron con la fuerza imparable de un río desbordado. En el ámbito profesional, el talento innato, la disciplina feroz y la capacidad intelectual de Anastasia Valenzuela Herrera —quien ante el mundo corporativo seguía haciéndose llamar Anastasia Riquelme— la llevaron a subir los peldaños de la empresa a una velocidad vertiginosa. Empezó desde abajo, revisando contratos de comercio exterior y redactando estrategias de mercado, pero su brillo técnico y su visión para las tendencias internacionales no pasaron desapercibidos para la alta directiva. En pocos años, la joven que ingresó como una analista junior fue escalando puestos hasta ser nombrada Gerente General del conglomerado.
Sin embargo, ese éxito profesional fue la gasolina que alimentó la envidia, el resentimiento y la rabia ciega de Patricio. Él, que apenas había logrado consolidarse como Jefe de Recursos Humanos tras constantes tropiezos y quejas del personal por su trato déspota, no soportaba vivir bajo la sombra del triunfo de su esposa.
En el apartamento, las discusiones eran cotidianas y cargadas de una humillación sutil pero constante hacia Anastasia.
—¿Te crees muy importante por tener esa oficina amplia, no? —le espetaba Patricio una noche en la cocina, interceptándole el paso mientras ella preparaba un té—. No se te olvide de dónde saliste ni quién te levantó del suelo cuando andabas preñada y sola. Por más gerente que seas en esa empresa, en esta casa sigues siendo mi mujer y no eres más que una sombra.
—Patricio, estoy cansada, por favor déjame pasar —respondía Anastasia con el rostro sereno pero con la mirada exhausta, evitando confrontarlo para no alterar la paz del hogar.
—¡No me des la espalda cuando te hablo! —gritaba él, apretándole el brazo con fuerza antes de soltarla con asco—. Te das aires de gran señora frente a todos, pero sabes bien que nadie en esa junta directiva te respetaría si supieran la clase de mujer que eres.
En el centro de este infierno crecía el pequeño Ariel, quien para entonces había cumplido seis años. El niño era una criatura de belleza impresionante: piel blanca como la porcelana, una melena de rizos rubios que le caían con gracia sobre la frente y unos profundos ojos azules que brillaban con una inteligencia madura para su corta edad. Estudiaba la primaria y adoraba a su madre por encima de todo. Sin embargo, su infancia estaba marcada por el terror silencioso que reinaba en su casa.
Patricio sentía un rechazo visceral hacia Ariel. Nunca lo abrazó, jamás le dijo una palabra de afecto y se refería a él con desprecio cuando Anastasia no estaba cerca. Su abuela paterna, Petra, era aún peor. Aprovechando los momentos en que Anastasia estaba en la oficina, Petra sometía al niño a un maltrato psicológico y físico cruento pero calculado.
—¡Muévete de ahí, estorbo! —le susurraba Petra al niño en la cocina, tomándolo con saña de la piel sensible sobre las costillas y pellizcándolo con fuerza hasta dejarle marcas moradas—. Si le dices una sola palabra a tu mamá de lo que pasa aquí, le va a ir muy mal. Tu papá la va a correr de la casa y te vas a quedar en la calle como el perro que eres.
El pequeño Ariel, temblando de dolor y con las lágrimas aguantadas en la garganta, apretaba los dientes y asentía sin emitir un solo sonido. Aprendió a ocultar su sufrimiento con una madurez trágica. Cuando regresaba del colegio o terminaba de bañarse, el niño jamás permitía que su mamá ni la Nana —la muchacha contratada para cuidarlo— le quitasen la camisa o lo viesen sin ropa, temeroso de que descubrieran los moratones que cubrían sus costillitas.
La Nana, sin embargo, era mucho más que una simple empleada doméstica. Ella había sido enviada años atrás de forma encubierta por la familia Valenzuela Herrera para velar por la seguridad de Anastasia y del niño. La muchacha informaba periódicamente y en secreto a Doña Natalia y a Don Adriel sobre todo lo que ocurría en la casa: las humillaciones de Patricio, los desplantes de Petra y las noches en que Anastasia dormía sola en una habitación separada, víctima de horribles pesadillas y crisis de pánico cada vez que Patricio intentaba tocarla.
Por otro lado, a miles de kilómetros de allí, la vida de Carmelo Victorino continuaba siendo una sombra de lo que debió haber sido. Convertido en un hombre de treinta y nueve años, su presencia infundía un respeto helado en el mundo corporativo. Carmelo era arrogante, frío, implacable en los negocios y profundamente ostinado. No permitía que ninguna mujer se le acercase y su rostro mantenía una expresión severa y distante. Pero detrás de la fachada del magnate impecable, su vida era un martirio.
Nunca más en su vida había vuelto a tocar a una mujer. Dormía apenas dos o tres horas por noche, azotado por insomnios severos y crisis de ansiedad devastadoras en las que revivía en sueños el cabello castaño, la piel canela y los gritos ahogados de la mujer que agredió aquella fatídica noche bajo el efecto de las drogas. Solo su madre, Sandra, y su hermano y asistente personal, Sandro Victorino, conocían la magnitud de su sufrimiento y tenían que asistirlo cuando los ataques de pánico requerían sedantes médicos.
—Sandro, ¿hay alguna novedad sobre mi primo y esa infeliz? —preguntó Carmelo una tarde en su despacho, con la voz ronca y los ojos azules inyectados en sangre por el cansancio.
—Los rastreadores están muy cerca, hermano —respondió Sandro con firmeza, cruzando los brazos—. Se cambiaron los nombres y han estado moviéndose entre varios países de Europa, pero la red de búsqueda que montaste ya dio con un rastro de sus cuentas bancarias. Pronto los vamos a tener frente a ti.
—Quiero que paguen por haberme arruinado la vida —murmuró Carmelo, apretando los puños sobre el escritorio de caoba hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Y más que eso... necesito encontrar a esa mujer. Necesito saber si sobrevivió a la monstruosidad que le hice.
Mientras tanto, en el apartamento de Anastasia, una tarde soleada de viernes, la crueldad de Petra cruzó una línea peligrosa. El pequeño Ariel había tropezado por accidente con un florero en la sala, rompiéndolo en varios pedazos. Petra, furiosa, lo agarró del brazo y le clavó las uñas en las costillas con una saña desmedida, pellizcándolo con tanta violencia que el niño soltó un alarido de dolor antes de ahogarse en llanto.
La Nana, que salía en ese instante de la cocina tras ser enviada a lavar la ropa al fondo del pasillo, escuchó el grito y corrió a la sala. Vio a Petra soltar al niño con rapidez y disimular caminando hacia el balcón.
—¡Ariel, mi amor! ¿Qué pasó? —preguntó la Nana, arrodillándose junto al pequeño que lloraba desconsoladamente abrazándose el torso.
—Nada, Nana... me tropecé y me dolió la pierna —mintió el niño asustado, intentando alejarse para que no le tocara la camisa.
—A mí no me mientas, mi niño —dijo la muchacha con dulzura pero con firmeza. Sin pedir permiso, le subió con cuidado la camiseta escolar, quedando horrorizada al descubrir varios hematomas violetas y marcas de uñas frescas marcadas en la piel blanca de sus costillitas.
—¡Dios mío! Ariel... ¿quién te hizo esto? ¿Fue alguien en la escuela? —inquirió la Nana con la voz temblorosa por la indignación.
El niño, temblando de miedo y recordando las amenazas de su abuela paterna, lloraba desconsoladamente mientras le suplicaba:
—¡Fue un amigo en el colegio, Nana! Nos estábamos peleando sin querer y me pechiscó duro... ¡Por favor, no le digas a mi mamá! ¡Por favor, Nana, te lo juro que fue sin querer, no le digas a mi mamá que le va a ir peor!
La Nana miró hacia el balcón, donde Petra permanecía de espaldas fingiendo no escuchar nada. La muchacha entendió de inmediato la terrible verdad: no había sido ningún compañero de escuela. El niño estaba siendo maltratado en su propio hogar por la abuela paterna.
Sabiendo que si le decía a Anastasia en ese momento se desataría una tragedia violenta con Patricio presente en la casa, la Nana esperó a quedarse a solas en la cocina. Sacó su teléfono personal y marcó directamente el número privado de la matriarca del imperio Valenzuela.
En la mansión principal de la familia, Natalia Herrera de Valenzuela contestó la llamada al primer tono.
—¿Qué ocurre? ¿Ocurrió algo con mi hija o con mi nieto? —preguntó Natalia con voz autoritaria y preocupada.
—Señora Natalia... la situación aquí es insostenible —dijo la Nana en un susurro cargado de impotencia—. Le descubrí al niño marcas feísimas de pellizcos y moretones en las costillas. La abuela lo tiene amenazado y el niño tiene pánico de hablar. La señora Anastasia no sabe nada porque el niño se oculta para que no lo vean sin camisa. Tienen al niño viviendo un infierno.
Del otro lado de la línea, la sangre de Natalia Herrera de Valenzuela se congeló para luego arder en una furia ciega. La reconocida diseñadora de moda una mujer de cuerpo imponente y carácter implacable, apretó el auricular con tanta fuerza que sus nudillos crujieron.
—Suficiente —sentenció Doña Natalia con una voz que helaba la sangre—. Prepara todo. Salgo para allá en este mismo instante. Mi hija y mi nieto no van a seguir aguantando las porquerías de esa familia de miserables.
La tormenta que Anastasia había intentado contener durante años estaba a punto de estallar con la llegada inminente de los Valenzuela, dispuesta a arrastrar consigo cada mentira y cada abuso cometidos bajo ese techo.