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La esposa secreta del magnate Alcázar

La esposa secreta del magnate Alcázar

Status: Terminada
Genre:Romance / Aventura de una noche / Centrado emocionalmente / Amor a primera vista / Romance oscuro / Completas
Popularitas:313
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Camila Fuentes solo quería sobrevivir: pagar sus deudas, conservar su empleo y olvidar la noche en que despertó en la suite de un desconocido.
Pero aquel desconocido era Maximiliano Alcázar, heredero de uno de los imperios empresariales más poderosos de México. Frío, arrogante y acostumbrado a conseguir todo lo que desea, Max no está dispuesto a dejar escapar a la única mujer que logró alterar su mundo.
Para mantenerlo lejos, Camila inventa un novio. La mentira, sin embargo, desata una persecución de celos, secretos y deseos imposibles de ocultar. Mientras un amor del pasado intenta recuperarla y la familia Alcázar se niega a aceptarla, Camila deberá enfrentarse también a la herida que ha cargado desde niña: la certeza de que su propia madre la abandonó porque nunca fue digna de ser amada.
Max puede ofrecerle dinero, protección y hasta su apellido. Pero para convertirla en su esposa tendrá que demostrarle algo mucho más difícil: que esta vez, cuando todos los secretos salgan a la luz, él será el hombre que decida quedarse.

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Capítulo 17

Yo soy tu antídoto

El "festejo" fue idea de Beltrán, y Camila supo desde el principio que no era ningún festejo.

—Que venga todo el departamento —había anunciado esa tarde, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Cerramos con Green, hay que celebrar. Reservé un privado. Y la señorita Fuentes, por supuesto, es la invitada de honor. Faltaba más.

Faltaba más. Camila habría preferido irse a casa. Pero negarse habría parecido soberbia, y ya bastante la miraban raro por el trato y el vestido; así que fue, se sentó en la esquina más lejana de la mesa larga, junto a Daniela, y se propuso aguantar una hora y desaparecer.

Lo que no vio fue a Brenda inclinándose sobre la barra del privado, ni el frasquito que vació en una jarra de vino de frutas antes de servirlo, ni la pastilla que ella misma se tragó con un trago de agua, discreta, previsora.

—A ver, hagamos las paces. —Brenda apareció junto a ella con dos copas, toda dulzura—. Camila, de verdad, siento lo de estos días. Fui una envidiosa. Brindemos. Borrón y cuenta nueva, ¿va?

Camila no quería. Pero toda la mesa las miraba, y decir que no habría sido armar un numerito. Chocó la copa. Bebió. El vino de frutas estaba dulce, demasiado dulce, con un dejo raro que atribuyó al mezcal barato.

Media hora después empezó el calor.

No fue un calor normal. Le subió de golpe desde el estómago, le encendió la cara, el cuello, la piel entera, y con el calor vino un mareo espeso que le aflojó los huesos. La copa le pesaba en la mano. Las voces del privado se volvieron lejanas, viscosas. Se levantó para ir al baño y las piernas casi no la sostuvieron.

Algo andaba muy mal. Y en cuanto lo pensó, con el poco filo que le quedaba, supo qué.

—Se siente mal, ¿verdad? —Beltrán había aparecido a su lado en el pasillo, sujetándola del codo con una solicitud repugnante—. La acompaño. Yo la llevo a su casa. No está en condiciones.

—No. —Camila tiró del brazo. La lengua le pesaba—. Usted me… usted le puso algo a la bebida. Suélteme.

—Cállese. —La sonrisa se le cayó de la cara. La apretó más fuerte y la empujó hacia el elevador—. Se va a ir conmigo por las buenas.

Camila sacó el celular con la mano temblorosa, marcó a ciegas el primer número que su dedo torpe alcanzó, y alcanzó a jadear —"Ayuda, estoy en el…"— antes de que Beltrán se lo arrancara y lo azotara contra el piso de mármol. La pantalla, ya estrellada, se hizo pedazos. Del otro lado de la línea rota, un hombre había oído su voz y ya estaba de pie, tirando la silla, sin decirle nada a Patricio.

Beltrán la metió a un cuarto del quinto piso a rastras.

Camila se clavó las uñas en el muslo, hasta el dolor, para no perder del todo la cabeza. El cuarto giraba. El cuerpo la traicionaba, ardiendo, ajeno, pero por dentro seguía ella, lúcida de puro terror, y esa parte de ella no se rindió. Cuando él la soltó un segundo para cerrar el pestillo, se arrastró hacia la puerta. No llegó. La agarró del tobillo, la jaló de vuelta, la tiró sobre la cama y le buscó los botones del vestido con las manos ansiosas.

—No —dijo Camila. No suplicó. Ordenó, con los dientes apretados—. No me toques.

Su mano encontró algo duro en el buró. Un cenicero de vidrio, pesado. Lo empuñó y se lo estrelló en la sien con toda la fuerza que le quedaba. Beltrán aulló, se llevó las manos a la cabeza, la sangre le brotó entre los dedos, y en el instante en que se tambaleó hacia atrás la puerta del cuarto reventó de una patada.

Maximiliano entró como una tromba.

No dijo nada. No preguntó nada. Vio a Camila en la cama con el vestido desgarrado y el cenicero ensangrentado en la mano, vio a Beltrán con la cara abierta, y algo en él se apagó y se volvió hielo. Cruzó el cuarto en dos zancadas, lo agarró del cuello y lo estrelló contra la pared, y después lo tiró al suelo y lo golpeó, una y otra vez, metódico, sin rabia visible, que era lo que daba más miedo, hasta que el hombre dejó de gritar y de moverse. Solo entonces se detuvo, con los nudillos rotos, respirando parejo.

—Max. —La voz de Camila lo trajo de vuelta—. Max, me siento… algo me pusieron. Me arde todo. No aguanto.

Se volteó. Ella estaba doblada sobre la cama, temblando, la piel encendida, los ojos vidriosos de fiebre y de vergüenza. Le puso la mano en la frente y la sintió ardiendo. Afrodisíaco. Reconoció los síntomas, la reconoció a ella pidiendo ayuda, y calculó, frío, la distancia al hospital, el escándalo, el examen, las preguntas, la exposición de ella ante desconocidos. No llegaban a tiempo. Y aunque llegaran, someterla a eso, esa noche, después de esto, era otra crueldad.

Se quitó el saco y la envolvió, tapándole el vestido roto, y la levantó en brazos.

—Ya. Ya pasó —le dijo al oído—. Te saco de aquí.

La cargó por el pasillo hasta un cuarto vacío de la misma planta y cerró la puerta con el pie. La sentó en el borde de la cama, le apartó el pelo pegado a la cara, y la miró con una seriedad que no dejaba lugar al abuso.

—Camila. Mírame. —Esperó a que ella enfocara—. Lo que te dieron no se pasa solo, y no te voy a llevar a un hospital para que te revise un extraño. Yo puedo ayudarte. Pero no te voy a tocar si tú no quieres. Dime que sí. Y si en cualquier momento me dices que no, me detengo. ¿Me entiendes?

Camila lo miró, febril, temblando, y en medio del incendio de su cuerpo lo único frío y firme al que se podía agarrar era él. No un desconocido. No una amenaza. Él, que había reventado una puerta por ella. Le tomó la cara entre las manos ardientes, y la palabra le salió sin miedo, entera, suya.

—Sí. —Y después, más bajo, la verdad que llevaba semanas peleando—: Tú. Contigo sí.

Lo que pasó después fue lento, cuidado, un antídoto ofrecido y no cobrado. Él le apagó la fiebre del cuerpo grado a grado, con las manos que esa misma noche habían roto a un hombre, ahora hechas solo para sostenerla; y con cada roce le fue quitando también el otro veneno, el del miedo, el de creer que su cuerpo le pertenecía a la amenaza y no a ella. Camila se aferró a sus hombros y por primera vez no midió, no calculó, no se dijo que estaba mal. Se dejó cuidar. Y en algún punto de la noche, entre el temblor y el alivio, dejó de ser la víctima de nadie para volver a ser dueña de sí misma en los brazos del único hombre en el que, sin haberlo decidido, ya confiaba.

Cuando el fuego cedió por fin, Camila se quedó hecha un ovillo contra su pecho, agotada, la respiración calmándose despacio. Él le pasaba la mano por la espalda, una y otra vez, y le hablaba muy quedo, cosas que ella medio oía entre el sueño.

—Nadie te vuelve a poner una mano encima —murmuró Max contra su pelo, y no era una promesa dulce; era una sentencia—. Nadie. Me encargo yo.

Camila quiso decir algo. Que no le debía nada. Que mañana esto no cambiaba nada. Que ella podía sola. Pero el cansancio la venció antes que el orgullo, y se durmió en su hombro por segunda vez en su vida, sin saber que al día siguiente iba a tener que decidir, con la cabeza fría, qué hacer con un hombre en un hospital, una envidiosa en su oficina y un secreto que ninguno de los dos podía dejar así.

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