Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.
Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.
Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.
Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.
La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.
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Capítulo 8
La oficina del proyecto de Mateo estaba mucho más animada esa mañana que el primer día en que Astrid la visitó. Las voces de los trabajadores se escuchaban por todos lados. Algunos discutían sobre materiales de construcción, otros cargaban muestras de cerámica, mientras unos cuantos más revisaban los planos del proyecto sobre la mesa grande que estaba en el centro de la sala.
En cuanto Astrid entró con Ariana en brazos, varios trabajadores voltearon y le sonrieron.
—¡Llegó la jefa chiquita!
—Ariana vino otra vez.
Al verse convertida en el centro de atención, Ariana escondió la cara en el hombro de su mamá. Su manita se aferró al cuello de Astrid, mientras con la otra seguía sujetando su inseparable conejo de peluche.
Astrid sonrió divertida al ver la reacción de su hija.
—¿No que eras muy valiente? —le dijo en voz baja, bromeando.
Ariana se pegó aún más a su hombro.
Al otro lado de la sala, Mateo, que estaba revisando unos planos, también volteó. Una sonrisa cálida apareció en su rostro al verlas.
—Hola, Ariana.
Ariana asomó tímidamente la cabeza desde el hombro de Astrid y susurró con su vocecita:
—Tío Teo.
Mateo se rio.
—Mira, todavía se acuerda.
Astrid también sonrió. Al menos Ariana ya empezaba a sentirse cómoda en ese ambiente nuevo.
Unos minutos después, uno de los empleados extendió una alfombrita en un rincón de la sala, especialmente para Ariana. La pequeña se sentó ahí con su conejo de peluche y se puso a apilar los bloques de colores que había traído de casa. De vez en cuando hablaba sola en su lengua de bebé, arrancándoles sonrisas enternecidas a quienes la escuchaban.
Mientras tanto, Astrid comenzó a organizar los documentos y los diseños en los que tenía que trabajar. Al principio se sentía nerviosa, porque llevaba años fuera de un entorno laboral. Todo ese tiempo, su mundo se había limitado a la casa, la cocina, las necesidades de Lucas y el cuidado de Ariana.
Ahora estaba de nuevo frente a un escritorio, con un lápiz de dibujo en la mano. Le pedían que sacara ideas y habilidades que llevaban años enterradas. En el fondo, le aterraba no ser capaz. Le aterraba desperdiciar la confianza que Mateo había depositado en ella.
Pero, poco a poco, esa sensación se fue disipando. En cuanto su mano empezó a moverse sobre el papel, algo que llevaba mucho tiempo dormido dentro de ella pareció despertar también. Comenzó a trazar bocetos. Corrigió algunas secciones del diseño. Agregó ideas nuevas. Buscó soluciones a los distintos problemas que surgían en el proyecto. Conforme avanzaba, Astrid se fue sumergiendo más y más en su trabajo, haciendo algo que realmente le apasionaba.
Desde lejos, Mateo observaba a la mujer sin decir nada. La comisura de sus labios se elevó lentamente. Desde que se reencontraron, había visto en los ojos de Astrid la luz que alguna vez estuvo ahí. Una luz que se había apagado durante años, la luz de alguien que tiene sueños, talento y confianza en sí misma.
Cerca del mediodía, uno de los empleados se acercó al escritorio de Mateo con varios planos en la mano.
—Señor.
—¿Qué pasa?
—El diseño del área lounge que vimos ayer... resulta que la versión de la señora Astrid es mejor.
Mateo dejó lo que estaba haciendo y lo miró.
—Se los dije.
El empleado parecía sorprendido.
—¿Ella estudió diseño?
—No. Estudió Administración de Empresas.
—¿En serio?
Mateo asintió. El empleado se veía aún más desconcertado.
—Entonces, ¿cómo lo hace tan bien?
Mateo esbozó una leve sonrisa. Luego dirigió la mirada hacia Astrid, que estaba concentrada en su trabajo.
—Porque el talento no siempre viene con un título.
—Su padre era arquitecto. Su madre, diseñadora de interiores. Creció rodeada de eso desde pequeña.
El empleado asintió despacio.
—Con razón.
Sin querer, Astrid alcanzó a escuchar parte de esa conversación. Su mano, que sostenía el lápiz, se detuvo un instante. Algo cálido le inundó el pecho. Hacía muchísimo tiempo que nadie valoraba sus habilidades de esa manera.
Durante años, todos la habían conocido únicamente como la esposa de Lucas. Un ama de casa que supuestamente no tenía ningún logro.
Y ese día, por primera vez después de tanto, alguien la veía como Astrid otra vez. No como la sombra de alguien más, sino como ella misma.
Por la tarde, terminaron el trabajo más temprano que de costumbre. Astrid estaba guardando los dibujos en una carpeta cuando Mateo se le acercó.
—Quiero llevarte a un lugar.
Astrid levantó la cabeza.
—¿A dónde?
—No está lejos.
Astrid miró hacia Ariana, que dormía plácidamente en la carriola después de todo un día de juego. Lo pensó un momento.
—¿Tardará mucho?
—Como una hora —Mateo sonrió con aire misterioso—. Ven, solo acompáñame.
Unos veinte minutos después, el auto se detuvo frente a un edificio sencillo dentro de un centro comercial. Astrid frunció el ceño al leer el letrero en la fachada: Salón Perla. Volteó a ver a Mateo.
—¿Por qué venimos aquí?
Mateo metió las manos en los bolsillos del pantalón y la miró.
—Mírate.
Astrid suspiró.
—No entiendo.
Mateo exhaló suavemente.
—Tú cuidas a todos.
Astrid siguió callada.
Mateo continuó.
—Cuidas a Ariana, cuidas a Lucas, cuidas la casa. Ahora también cuidas el trabajo.
La miró directamente.
—¿Y cuándo fue la última vez que te cuidaste a ti misma?
La pregunta dejó a Astrid sin respuesta. Porque en efecto no lo sabía. Quizás hacía años, antes de que todas las heridas y las responsabilidades se acumularan en su vida.
Al ver su expresión, Mateo habló de nuevo, con voz más suave.
—No necesitas cambiar por nadie.
Astrid lo miró confundida.
—Lo que quiero decir es que no necesitas ponerte bonita para que Lucas se arrepienta —aclaró Mateo.
Astrid se quedó inmóvil. Porque eso era exactamente lo que, en secreto, había pasado por su mente.
Mateo la miró con calma. Esbozó una sonrisa leve.
—No tienes que demostrarle nada a Lucas. Solo tienes que volver a ser Astrid.
Esas palabras golpearon algo que llevaba mucho tiempo encerrado en lo profundo de ella. Volver a ser ella misma. No la esposa de Lucas. No la mujer que intentaba constantemente obtener la aprobación de otros.
Sin darse cuenta, los ojos de Astrid comenzaron a arder. Se le humedecieron.
Mateo, al notarlo, cambió rápidamente el tono.
—Además, en la universidad eras la que más se complicaba eligiendo ropa.
Astrid soltó una risita. El recuerdo le vino a la mente de golpe. Cómo solía pasar casi una hora eligiendo el modelo, el color de la blusa, el pantalón.
Esos recuerdos ya no dolían. Al contrario, se sentían cálidos y la hacían sonreír.
El camino que Astrid debía recorrer aún era largo. Quizás las heridas de su corazón aún no habían sanado, y seguramente habría más lágrimas por delante.
Pero ese día, Astrid se dio cuenta de algo. Todo ese tiempo había luchado por mantener su matrimonio a flote. Se había esforzado por hacer felices a todos, sacrificándose a sí misma. Y sin notarlo, se había olvidado de que ella también merecía ser amada. Ese fue el primer paso, el más difícil y el más importante, hacia su renacimiento.