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Tras el divorcio, el millonario me eligió a mí

Tras el divorcio, el millonario me eligió a mí

Status: Terminada
Genre:Hijo/a genio / Traiciones y engaños / Casada con el millonario / Amante arrepentido / Venganza de la Esposa / Completas
Popularitas:630
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Durante siete años, Estela Ríos fue la esposa perfecta.
Renunció a una carrera prometedora, cuidó sola de su hijo y hasta quedó marcada por el accidente en el que salvó la vida de Adrián Valadez, su famoso marido. A cambio, recibió indiferencia, desprecio y un arete de perla que cayó del bolsillo de él la noche en que su amor de juventud regresó al país.
Entonces Estela vio el futuro.
Vio su propia muerte. Vio a Adrián casarse con otra mujer. Y vio a su pequeño Mateo crecer abandonado hasta convertirse en un hombre condenado a un final terrible.
Lo que Estela jamás imaginó fue que su hijo de cuatro años también recordaba aquella vida.
Esta vez, ella no permitirá que nadie escriba su destino. Pedirá el divorcio, luchará por la custodia de Mateo y recuperará la carrera que dejó enterrada durante años. Pero mientras intenta comenzar de nuevo, aparece Maximiliano Alarcón: el multimillonario más codiciado del país, un hombre frío ante el mundo y sorprendentemente dulce con ella y con su hijo.
Max conoce sus flores favoritas, recuerda sus pequeños hábitos y siempre aparece cuando más lo necesita. Estela no entiende por qué… hasta que descubre que él lleva quince años amándola en secreto.
Mientras Adrián comprende demasiado tarde a qué mujer dejó escapar, Estela deberá enfrentarse a una verdad aún más peligrosa: el futuro que vio no fue una casualidad, y alguien alteró su destino mucho antes de que ella pudiera elegir.
Una vez entregó su vida al hombre equivocado.
Esta vez, amará únicamente a quien ella decida.

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Capítulo 14

Capítulo 14: La alfombra roja

La entrega de premios de la industria se hacía una vez cada cinco años, y esa noche todo el que fuera alguien en el medio desfiló por la alfombra roja bajo el fuego cruzado de las cámaras.

Estela llegó con el equipo de Nébula. Nada que ver con la esposa invisible de antes: vestido color vino, el pelo recogido, la barbilla en alto, y una credencial de prensa acreditada colgándole del cuello en vez del gafete de empleada nueva. Los flashes no la buscaban a ella todavía, pero ya no la empujaban a un lado.

Adrián sí traía todas las cámaras encima. Y esa noche cometió el error de traer también a Diana.

Llegaron con dos minutos de diferencia, como para guardar las formas, pero posaron cerca, se rozaron el brazo, cruzaron una de esas miradas que valen más que un titular. La prensa lo olió al instante. "El actor Valadez y la señorita Solís", murmuraban los reporteros, ya redactando el chisme. Adrián seguía casado en el papel; el divorcio no estaba firmado. Y ahí estaba, exhibiendo a la otra ante media industria.

Estela lo vio desde su lugar. Esperó, casi con curiosidad, a que le doliera. No le dolió. No sintió nada: ni celos, ni dolor, ni la vieja punzada de verlo con otra. Solo una especie de asombro sereno ante su propia calma, y un pensamiento frío y práctico: que Adrián acababa de regalarle, delante de cien cámaras, un titular que en un juzgado de divorcio valía oro. Guardó ese dato como quien guarda un billete en la bolsa, y siguió saludando.

Fue Diana la que se acercó a ella, en el vestíbulo, junto a las columnas.

—Señora Ríos. —Sonrió con esa dulzura afilada, midiéndola de arriba abajo—. Qué valiente venir. Yo en su lugar me daría un poco de... pena. Con lo que se comenta. —Ladeó la cabeza—. Debe ser durísimo para usted verlo tan feliz. Después de todo, una siempre sabe cuándo sobra en una historia, ¿no cree?

Alrededor, tres o cuatro cabezas se giraron a escuchar. Diana lo había calculado así: público.

Estela le sostuvo la mirada sin pestañear. Después sonrió, y su sonrisa fue mucho más tranquila que la de la otra.

—Tiene razón, señorita Solís. Una siempre sabe cuándo sobra. —Bebió un sorbo de su copa, sin prisa—. Por eso yo ya me estoy yendo de esa historia. Por voluntad propia y con todos mis papeles en orden. —Bajó apenas la voz, solo para ella—. Usted, en cambio, se está metiendo a una que todavía no termina, y en la que no pone las condiciones. Le deseo suerte. La va a necesitar más que yo.

A Diana se le tensó la sonrisa. Las cabezas alrededor disimularon una risita. Se dio la media vuelta con la barbilla temblando de coraje.

Estela ganó el asalto. Pero lo pagó enseguida.

Fue al levantar la copa para el brindis, un rato después, cuando lo sintió: un dolor blanco, punzante, subiéndole por el antebrazo derecho, justo sobre la cicatriz vieja. La del accidente de hacía seis años, la que se había hecho salvando a Adrián. Le pasaba a veces, sin aviso, cuando el clima cambiaba o cuando el cuerpo cargaba de más. Esta noche cargaba de más. Se le durmieron los dedos; la copa estuvo a punto de resbalársele.

Se apoyó en una columna, discreta, apretando los dientes para que no se le notara en la cara.

—Licenciada Ríos.

No lo había visto llegar. Maximiliano estaba ahí, con el esmoquin negro y esa calma de siempre, pero los ojos ya en su brazo. Lo había notado. Claro que lo había notado; ese hombre notaba todo lo de ella.

—Estoy bien —empezó Estela.

—No lo está. —No la contradijo alto; lo dijo bajo, como quien constata—. Venga.

La guio, sin tocarla más de lo necesario, a un saloncito lateral apartado del bullicio. Ahí ya esperaba, como salido de la nada, un hombre mayor de bata discreta y maletín: el doctor Salazar, el médico de confianza de la familia Alarcón, aunque eso Estela lo entendería después. Maximiliano le había mandado llamar con una sola seña, sin aspavientos, como quien tiene resuelta de antemano cualquier cosa que pueda pasarle a ella.

—A ver, señora, permítame. —El doctor le tomó el brazo con cuidado, palpó la cicatriz, revisó—. Es la vieja herida. Sobrecarga. No es grave, pero le voy a poner algo para el dolor y esto necesita reposo. ¿La ha revisado alguien este tiempo?

—No —admitió Estela, en voz baja—. Aprendí a aguantármela.

Algo cruzó la cara de Maximiliano al oír eso. No dijo nada. Pero apretó la mandíbula, y por un segundo la máscara de hielo se le agrietó, como si le doliera a él más que a ella el "aprendí a aguantármela".

—El señor Alarcón hizo bien en llamarme —comentó el doctor mientras terminaba, con la naturalidad de quien lo trata seguido—. Con estas viejas heridas, dejarlas pasar es lo peor. Ya me la cuidan, ¿eh, señora?

Estela no supo qué contestar. Nadie le había cuidado nunca ese brazo. Se lo había curado ella sola, seis años atrás, y sola se lo había aguantado desde entonces.

El doctor le vendó el brazo, le dejó un analgésico, se retiró discreto. Cuando Estela quiso volver al salón, el frío del aire acondicionado la hizo temblar. Maximiliano ya se estaba quitando el saco.

—Toma. —Se lo puso sobre los hombros, y le acomodó las solapas con el mismo cuidado con que le había acomodado el saco a Teo en el coche, subiéndolo hasta el cuello para taparle del frío—. No vas a andar temblando de más con ese brazo.

—Vas a quedarte tú en mangas de camisa —protestó ella, débil.

—Yo no me enfermo —dijo él, y por primera vez en toda la noche, casi sonrió—. Y aunque me enfermara, valdría la pena.

Lo dijo tan bajo que ella no supo si lo había oído bien. Prefirió creer que no.

Estela se quedó quieta, con el saco tibio guardando su calor, con el brazo por fin sin dolor, y sintió algo que llevaba siete años sin sentir en un salón lleno de gente: que había alguien pendiente de ella. Que si se caía, había una mano.

Lo que no vio fue a Adrián.

Del otro lado del vestíbulo, con la invitación todavía enrollada en el puño, Adrián Valadez lo había visto todo. Vio a su esposa —en el papel todavía suya— desaparecer en un saloncito con Maximiliano Alarcón. Vio salir al médico. Y ahora la veía volver, pálida y serena, con el saco de otro hombre sobre los hombros, con ese hombre acomodándole las solapas como si tuviera todo el derecho del mundo, como si llevara años haciéndolo.

Nunca, en siete años, Adrián le había puesto un saco encima. Nunca le había llamado a un médico. Ni siquiera sabía que a ella le doliera ese brazo.

Apretó la invitación hasta que el cartón se le arrugó en la mano, con una punzada en el pecho que no supo nombrar y que le supo, por primera vez, a algo perdiéndose. Los siguió con los ojos, incapaz de apartarlos, y entre dientes, para sí mismo, se le escapó una pregunta que no esperaba estar haciéndose:

—¿Desde cuándo...?

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