Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
NovelToon tiene autorización de Leni Anita para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
21
Esa mañana, Valeria le daba de comer a su hija. Sofía se negaba a abrir la boca. Valeria intentó convencerla, pero la pequeña simplemente no quería comer.
—Sofía, abre la boca —le ordenó Valeria.
Sofía permaneció callada, lo que desesperó aún más a Valeria. Ella nunca se había ocupado de su hija; siempre había sido Camila quien la cuidaba. Desde la ropa, la comida, hasta cambiarla cuando se ensuciaba: todo lo hacía Camila.
—Sofía, no me hagas enojar más —le gritó Valeria a la niña.
—Valeria, ¿por qué no sacas a la niña? Dale de comer mientras pasean por el fraccionamiento —le sugirió doña Teresa.
—Está bien, mamá, lo voy a intentar —respondió Valeria, asintiendo.
Valeria sacó a su hija. En ese momento estaba sobrepasada con el cuidado de Sofía. Nunca había querido hacerse cargo de nada que tuviera que ver con la niña; se lo dejaba todo a Camila. Camila no solo había sido la sirvienta sin sueldo de esa familia, sino también la niñera sin paga de Valeria y su esposo.
Siguiendo el consejo de su madre, Valeria sacó a la niña a caminar por los alrededores del viejo vecindario donde ahora vivían. Al encontrarse con un grupo de vecinas que estaban reunidas, Valeria las saludó, pero la reacción de ellas fue completamente inesperada.
—Hola, ¿qué tal? ¿Aquí de reunión? —saludó Valeria.
—Vaya, así que era cierto lo que decía Camila. Tú y tu marido vivían de arrimados en su casa, y la prueba es que ahora también los corrieron de ahí —le soltó doña Marta sin rodeos.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Valeria, empezando a alterarse.
—Tu familia de verdad no tiene vergüenza. Todos vivían de gorra en la casa de Camila. Y para colmo, maltratan a la dueña de la casa como si fuera su criada —agregó otra vecina.
—Cuiden lo que dicen, señoras. Nosotros no vivíamos de arrimados en la casa de Camila. Esa era la casa de mi familia; Camila era la que dependía de nosotros. Pero ahora, con todo su descaro, vendió nuestra casa —Valeria habló mal de Camila frente a las vecinas.
—¿Desde cuándo tu familia tiene para comprar una casa así? Ya basta, Valeria, todos aquí sabemos cómo trataban a Camila —intervino otra vecina.
—Es cierto, si yo fuera Camila los hubiera corrido hace mucho tiempo. Encima de que viven de gorra, se creen los dueños —las demás vecinas siguieron criticando a Valeria y su familia.
—Mi familia tiene mucho dinero. Adrián es gerente y gana miles de dólares. En cambio Camila se la pasaba encerrada en la casa sin hacer nada. Debería estar agradecida de que alguien le diera de comer —replicó Valeria con agresividad.
—Yo vi el video que se hizo viral, y la casa de los papás de Camila en el pueblo es mucho más grande que la de ustedes aquí. Eso quiere decir que Camila es hija de gente con dinero; la prueba es que pudo comprar esa casa antes de casarse con Adrián —volvió a decir doña Marta.
Valeria estaba cada vez más furiosa. Todos en el vecindario la atacaban y defendían a Camila. Ninguna de esas mujeres había visto lo que pasaba dentro de la casa, y aun así se atrevían a opinar.
—Bien merecido que tengan que volver a esa casita vieja —dijo otra vecina.
—Mejor ocúpense de sus propias familias y no se metan en los asuntos de la mía —les dijo Valeria, furiosa.
—Familia de sinvergüenzas. Lárgate de aquí, no queremos tener cerca a una mujer tan mala como tú —la corrió una de las señoras.
—¿Y quién querría estar cerca de gente como ustedes? No tienen nada mejor que hacer que andar de chismosas —respondió Valeria con desprecio.
—Si yo fuera Camila, no los habría dejado en libertad. Que se pudriera toda esa familia en la cárcel, para que aprendieran —comentó otra vecina.
—Así es, tiene toda la razón. Camila seguramente sufrió mucho durante esos tres años; el otro día la vi y me pareció que estaba más delgada que antes —agregó otra señora.
—Si ustedes no saben lo que pasó de verdad, mejor cállense y no se metan en los asuntos de mi familia —les gritó Valeria, fuera de sí.
—Vete de aquí, no queremos ver a alguien tan desalmada como tú —la corrió una de las mujeres.
—Ándale, lárgate ya —le dijeron las demás.
Valeria terminó por irse de ahí. Su intención había sido salir a pasear con la niña por el fraccionamiento, pero en lugar de eso se había llevado una lluvia de insultos.
Todo esto es culpa de Camila. Ella hizo que todos nos traten así. Ya verás, Camila, cuando te encuentre te voy a dar una lección que no vas a olvidar en toda tu vida.
Finalmente, Valeria desistió de su plan de pasear con la niña por el vecindario. Todos los vecinos culpaban a su familia y defendían a Camila. Valeria no iba a aceptar eso; estaba decidida a encontrar a Camila y hacérselas pagar.
—Valeria, ¿ya regresaste? La niña ni siquiera terminó de comer —le dijo doña Teresa, extrañada.
Valeria entró a la casa con cara de pocos amigos. Se dejó caer en una de las sillas de madera, vieja y desvencijada, que parecía a punto de desarmarse.
—Toda la gente de este fraccionamiento es insoportable, mamá. Todos nos atacan y defienden a Camila —le contó Valeria a su madre.
—¿Entonces te encontraste con las vecinas? —le preguntó doña Teresa.
—Sí, mamá. Todas nos insultaron. Más todavía después de que vieron el video de cuando nos detuvieron, el que se hizo viral —se quejó Valeria.
—Todo es culpa de esa maldita. Ella destruyó nuestra vida. Nos quitó todo, y por su culpa tú también perdiste tu trabajo —doña Teresa estaba cada vez más furiosa con Camila.
—Valeria, pase lo que pase, tienen que encontrar a Camila. Debemos recuperar todo lo que es nuestro. No quiero seguir viviendo aquí; toda la gente de este lugar es insoportable. Ayer también me llenaron de insultos por culpa de Camila —le dijo doña Teresa.
—Tienes razón, mamá. Tenemos que encontrar a Camila lo antes posible. Tú cuida a Sofía; yo voy a ir a la casa aquella. Voy a preguntarle a la gente de los alrededores, a ver si alguien sabe dónde está Camila —le dijo Valeria a su madre.
—Sí, Valeria, apúrate para que podamos irnos de este lugar. No quiero seguir escuchando las bocas venenosas de esas mujeres —insistió doña Teresa.
Después de dejar a la niña con su madre, Valeria se fue rumbo al fraccionamiento donde estaba la casa. Tenía la esperanza de que alguien supiera dónde se encontraba Camila.