En mi vida pasada, fui humillada, golpeada y obligada a soportarlo todo por el hombre que amaba: mi esposo, el Rey. Perdí a mis hijos por su culpa y, cuando dejó de necesitarme, me ejecutó para convertir a su concubina en Reina.
Pero regresé al pasado.
Ahora, él es solo mi prometido: el príncipe heredero. Y esta vez no seré la prometida ni la esposa obediente que todos esperan.
No seguiré las reglas de mi familia, de la sociedad… ni las suyas.
Si en mi primera vida fui la víctima, en esta seré la villana de sus pesadillas.
—¡Desaparezcan de mi vista, escorias!
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CAPÍTULO 7 — Varkhan Draven: Mi Tio
La habitación permaneció en silencio.
Isolde dormía profundamente.
Su respiración era tranquila.
Entonces...
Una presencia apareció junto a la cama.
Sin hacer el menor ruido.
El mismo hombre misterioso de la catedral permanecía de pie junto a ella.
Su mirada recorrió detenidamente a la pequeña niña dormida.
Durante varios segundos no dijo nada.
Solo observó.
Finalmente, sus ojos se entrecerraron.
Sí...
Su mirada se volvió más profunda.
Definitivamente la magia que reaccionó en la piedra pertenece a ella.
Había sentido aquella energía.
No podía equivocarse.
Sin embargo...
Su expresión cambió ligeramente.
Sus ojos descendieron lentamente hasta el abdomen de la niña.
El hombre guardó silencio.
Su pequeña sonrisa desapareció de sus labios.
¿Quién fué el que selló tu magia?
Su mirada se volvió fría.
Podía percibirlo.
Había un sello.
Uno que ocultaba aquella inmensa cantidad de energía.
Pero...
Era tan deficiente que resultaba casi ridículo.
Tan deficiente...
Sus ojos brillaron ligeramente en la oscuridad.
Es un insulto creer que con un simple sello podrán suprimir toda esa magia.
El hombre volvió a observar el rostro dormido de Isolde.
Ella no tenía idea de lo que llevaba dentro.
Ni de la razón por la que alguien había decidido ocultarlo.
Y mucho menos de que alguien acababa de descubrirlo.
El hombre permaneció unos segundos más junto a su cama.
Después...
Desapareció sin dejar rastro.
La habitación volvió a quedar completamente silenciosa.
Isolde continuó durmiendo.
......................
Cuando llegó el momento de partir, mi madre salió personalmente a despedirnos.
—Tengan cuidado —dijo Celestia, acomodando suavemente el cuello de mi hermano—. Y no causen problemas en el palacio.
Roderick sonrió.
—No te preocupes, madre.
Yo, en cambio, me quedé mirándola.
Aquella escena tan sencilla me provocaba una sensación extraña en el pecho.
Mi madre estaba ahí.
Viva.
Sonriéndome.
Preocupándose por nosotros.
Y yo podía volver a recibir su cariño.
—Madre...
—¿Sí, querida?
Extendí los brazos.
—Agáchate un poquito.
Celestia parpadeó, sorprendida por mi petición.
—¿Qué ocurre?
—Solo hazlo.
Ella sonrió y obedeció, inclinándose hasta quedar a mi altura.
Entonces rodeé su cuello con mis pequeños brazos y le di un beso en la mejilla.
—Te quiero, mamá.
Después la abracé con todas mis fuerzas.
Mi madre se quedó inmóvil durante un instante.
Luego me correspondió el abrazo.
Sentí sus brazos rodeándome.
Su calor.
Su aroma.
Aquella sensación tan sencilla y, para mí, tan preciosa...
El amor de una madre.
Cerré los ojos.
Se sentía tan bien.
En mi vida pasada, después de "mi primera primavera", todos habían comenzado a considerarme una adulta.
Ya no tenía derecho a recibir aquella clase de cariño.
Debía dejar atrás cualquier necesidad infantil.
Pero ahora...
Ahora volvía a tener diez años.
Y podía permitirme abrazar a mi madre.
Sin que nadie me dijera que ya era demasiado mayor para recibir cariño.
—Mi pequeña Isolde... —murmuró Celestia, acariciándome el cabello.
Me separé lentamente de ella.
—Volveré pronto.
—Te estaré esperando.
Sonreí.
—Sí.
Roderick celoso carraspeó a nuestro lado.
—¿Podemos irnos antes de que Isolde decida quedarse aquí todo el día?
Lo miré.
—¡Hermano!
Él soltó una carcajada.
—Vamos, Isolde.
Me tomó de la mano y me acompañó hasta el carruaje.
Esta vez era diferente al que habíamos utilizado anteriormente.
Al frente se encontraban enormes caballos mágicos, cada uno con unas majestuosas alas.
Sus cuerpos estaban cubiertos de un fino resplandor mágico.
Subimos al carruaje.
El cochero ocupó su lugar y tomó las riendas.
Una serie de runas comenzaron a iluminarse.
Los caballos extendieron sus alas.
Entonces...
¡Fuuush!
El carruaje se elevó del suelo.
................
Cuando finalmente llegamos al palacio real, varios sirvientes salieron a recibirnos.
Mi hermano descendió primero.
Después me ayudó a bajar.
Uno de los sirvientes se acercó.
—Señorita Isolde, el príncipe heredero se encuentra en los jardines. Puede esperar allí mientras Su Alteza Roderick asiste a su audiencia con Su Majestad.
Lo miré.
—No.
El sirviente parpadeó.
—¿Disculpe?
—No quiero ir al jardín.
—Pero, señorita...
—Voy con mi hermano.
Roderick me miró sorprendido.
—Isolde, mi audiencia puede tardar.
—No importa.
Me acerqué a él y tomé su mano.
—Quiero ir contigo.
Roderick suspiró.
—Está bien.
Los sirvientes intercambiaron miradas.
Nadie se atrevió a discutir conmigo.
Así que acompañé a mi hermano por los largos corredores del palacio.
......................
Finalmente llegamos frente a las enormes puertas del despacho real.
Dos soldados custodiaban la entrada.
Uno de ellos dio un paso al frente.
—Su Alteza Roderick puede pasar.
Después miró hacia mí.
—La señorita debe esperar afuera.
Me quedé inmóvil.
¿Qué?
Miré las puertas.
Luego a los soldados.
No.
No podía desperdiciar aquella oportunidad.
Si quería acercarme a mi tío, tenía que hacerlo ahora.
Pensé rápidamente.
Y entonces tuve una idea.
Una idea completamente vergonzosa.
Pero efectiva.
Respiré profundamente.
Abrí la boca...
Y grité.
—¡Isolde quiere ver a su tío!
Los soldados se quedaron rígidos.
Mi hermano abrió los ojos.
Yo continué.
—¡Isolde extraña a su tío!
Me llevé ambas manos al rostro.
Fingí que comenzaba a llorar.
—¡Quiero ver a mi tío!
Unas lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.
Roderick me miró como si acabara de presenciar algo completamente inexplicable.
Su expresión parecía decir:
¿Qué demonios estás haciendo?
Los soldados, por otro lado, se quedaron pálidos.
Porque, aunque yo fuera una niña...
Seguía siendo la hija de la querida princesa que conservaba el favor del rey.
La hija de su hermana pequeña.
Una niña a la que, por derecho, no podían tratar como a cualquier noble.
Uno de los soldados tragó saliva.
Entonces...
Clic.
Las puertas comenzaron a abrirse desde dentro.
Un hombre de la tercera edad apareció al otro lado.
Era el Sumiller de Corps, encargado de asistir al rey en los asuntos de la corte.
Su mirada pasó de los soldados a mí.
Después observó mis lágrimas.
Y, por alguna razón, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Su Majestad ha escuchado a la señorita.
Las puertas se abrieron por completo.
Yo no esperé a que nadie dijera nada más.
Entré.
Al fondo del enorme despacho se encontraba mi tío.
Varkhan Draven.
Mi tío.
El rey.
Mi tío era un hombre de presencia imponente y aspecto intimidante. Tenía el cabello azul oscuro, ligeramente despeinado, que enmarcaba su rostro de facciones marcadas. Sus ojos eran intensos y penetrantes, capaces de hacer que cualquiera sintiera que estaba siendo examinado hasta lo más profundo de su alma.
Su barba era abundante, de tonos oscuros mezclados con gris, y acentuaba aún más la autoridad que emanaba de su rostro.
Incluso sentado detrás de su escritorio, su presencia resultaba abrumadora.
Era el tipo de hombre que no necesitaba levantar la voz para imponer silencio.
En mi primera vida, su apariencia siempre me había intimidado.
Pero esta vez...
No era aquella niña asustada.
Había vivido una vida entera.
Había muerto.
Había regresado.
Y ahora sabía perfectamente quién era mi tío.
Así que, ignorando por completo cualquier etiqueta...
Corrí hacia él.
—¡Isolde!
Escuché a Roderick detrás de mí.
Pero ya era demasiado tarde.
Rodeé el escritorio.
Me detuve frente a mi tío.
Levanté la mirada.
Y puse mi expresión más dulce.
—Buenos días, tío.
Varkhan permaneció completamente inmóvil.
Con su expresión fria e intimidante.
No parecía saber qué decir.
Yo sonreí.
Entonces saqué de la pequeña bolsita que llevaba conmigo unos pancitos que había preparado para el viaje.
Los sostuve entre mis manos.
—Tío, te traje unos pancitos.
Me acerqué un poco más.
—Son de mis favoritos.
Tomé su mano.
La enorme mano del rey contrastaba con mis pequeños dedos.
Y deposité cuidadosamente los pancitos sobre su palma.
—Son para ti.
Silencio.
Absoluto silencio.
......................
Roderick estaba paralizado.
Su rostro había perdido todo color.
Su mente solo podía pensar:
¡Estamos muertos!
gracias 😍😍❤️❤️❤️