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Saga Amor

Saga Amor

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Comedia / Acción / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:166
Nilai: 5
nombre de autor: Ecos Del Infierno

holis buenas como están espero que estén bien y si no entren a leer y en breve lo estarán los amo❤️
les quería comentar que está saga contará con diferentes temporadas la cual cada una sería un tomo iré actualizando y demás conforme vaya escribiendo ❤️

NovelToon tiene autorización de Ecos Del Infierno para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 – Volver

El sol ya está alto cuando decido volver a casa. Emily duerme como un tronco, y Sofía me acompaña hasta la puerta, despeinada, con cara de “¿estás seguro?”.

—Sí… ya es hora —le digo. Aunque no sé si me convenzo a mí mismo o a ella.

Caminar de regreso es raro. Cada paso hacia esa casa desanda la tranquilidad de anoche: las voces bajitas, las risas, las confesiones. Todo eso queda atrás.

Apenas abro la puerta, la realidad me recibe sin filtro.

—¡¿Dónde estuviste?! —grita mi madre desde la cocina, sin siquiera mirarme bien.

—Buenos días, ma.

—¿Buenos días? Se te ocurre desaparecer justo cuando el calefón deja de andar, tu hermano no aparece, tu hermana dejó a los nenes, y yo estoy sola con todo esto… —su voz se quiebra, no de tristeza, sino de cansancio acumulado.

—Fui a dormir a lo de las chicas… nada más.

—Y ni un mensaje, nada… como si no importara. Ayer saliste del hospital y directamente a tus amigas. ¿Sabés todo lo que tuve que hacer para estar allá y acá, ir y venir cada día?

Me siento en una silla del comedor. Todo está como siempre: un poco sucio, un poco desordenado, lleno de voces encima de otras voces. La tele prendida en el fondo. Los gritos de los sobrinos. El golpeteo de platos. Las quejas.

Es como si la casa misma tuviera tinnitus: un ruido constante que nunca se apaga.

No discuto. No sirve. Ya lo sé.

Subo a mi cuarto —si se le puede llamar así— y me dejo caer sobre el colchón. El silencio ahí arriba es tenso, de paredes finas que no abrazan, sino que espían.

Entonces vibra mi celular.

Papá.

Hace meses que no leo ese nombre en pantalla. No me habla desde enero, cuando me escribió un “¿cómo estás?” a las dos de la mañana. Antes de eso, otro silencio largo. Siempre fue así.

El mensaje dice:

Ø  Hola, Omar. Me enteré de lo que pasó. ¿Podemos hablar?

El estómago me da un vuelco. No de emoción. De bronca, de confusión, de esas cosas que no sabés si querés sentir o apagar.

Me quedo mirando la pantalla. No contesto. Solo la miro.

Me llamo Roma ahora, pienso. Pero él no lo sabe. Y no sé si quiero que lo sepa.

Los mensajes siguen llegando. Nada elaborado. Solo una dirección, un horario, y un “si querés hablar, paso por ahí”.

No tengo ganas. Pero tampoco tengo nada que perder. Lo peor que podía pasar ya me pasó.

Me visto sin ganas. Algo cómodo, neutro. Me ato el pelo. Me miro al espejo. No sé si me gusta. Tampoco me molesta. Ya me acostumbré a ser algo que no encaja en ningún molde.

Camino hasta la plaza. Él está sentado en un banco, solo. Camisa, jeans, y ese gesto de superioridad que nunca se le cae.

Cuando me ve, me escanea de arriba abajo. No dice nada. Solo ese vistazo rápido, como si buscara encontrar en mí a alguien que hace rato dejó de existir.

—Hola —digo, rompiendo el silencio.

—Hola —responde, firme, seco.

El silencio se estira. Cruza los brazos. Mira al piso. Después vuelve a mirarme.

—¿Qué fue lo que hiciste? —pregunta. No hay ternura ni preocupación. Solo juicio y vergüenza.

—No importa —le contesto. No vale la pena entrar en detalles.

—Escuché lo que pasó… tu madre me contó. —Hace una pausa larga—. No me gusta verte así, Omar.

Otra pausa. Me aguanto las ganas de irme. Pero me quedo. No sé por qué.

—Mirá —continúa—, yo no entiendo muchas cosas de las que hacés, ni quiero hacerlo. Pero tengo un amigo que tiene un bar, necesita un mesero. Le hablé de vos. Podés pasar si querés. No te puedo dar más que eso.

—¿Y si no quiero?

—Entonces hacé lo que quieras, como siempre. Sos bueno para eso, ¿no?

Esa última frase me corta el pecho. Lo dice sin levantar la voz, pero cada palabra lleva un golpe oculto. Lo miro fijo. No digo nada. Porque si hablo, exploto.

Se levanta del banco, se sacude el pantalón y se encoge de hombros.

—Te dejo la dirección. Vos sabrás.

Se va sin decir chau. Como siempre.

Me quedo solo en ese banco, con una hoja arrugada en el bolsillo y la misma sensación de siempre: ser un error caminando.

Pero esta vez, algo en mí no lo acepta tan fácil.

Roma no va a ser el error de nadie.

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