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Me enamoré del capo más temido

Me enamoré del capo más temido

Status: Terminada
Genre:Romance / Posesivo / Centrado emocionalmente / Mafia / Dominación / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12: Estrella de la suerte

En el hospital privado —el más caro de Ciudad Bravo, con pisos que brillaban y enfermeras que hablaban bajito— el médico confirmó lo que el dolor ya gritaba: apendicitis aguda, a punto de reventar. Había que operar. Le programaron la cirugía para primera hora del día siguiente, en cuanto la estabilizaran.

Camila, ya con suero y calmantes, en una habitación individual que costaba por noche lo que ella ganaba en un mes, miró alrededor y se angustió por otra cosa que no era el dolor. Las cortinas eran de tela buena. Había un sillón para las visitas, un baño privado, una tele. Ella jamás había estado en un cuarto así, y menos como paciente. Cada objeto de esa habitación tenía precio, y ese precio recaía sobre alguien.

—El costo —le dijo a Dante, agarrándole la manga cuando la enfermera salió—. Yo no puedo pagar esto. Ni en diez años. Sácame, llévame a uno del gobierno, yo…

—En uno del gobierno te operaban en dos días, si bien te iba, y el apéndice ya te estaba por reventar —cortó Dante—. Te quedas aquí.

—Pero es que yo no…

—No es tu problema el dinero.

—Sí lo es —dijo Camila, terca, incorporándose a medias pese al tirón de los puntos—. Yo no acepto lo que no puedo devolver. Nunca. Es lo único que me queda, ¿entiendes? Que no le debo nada a nadie. Si empiezo a deber, ya valí.

—Tú te callas y te operas —dijo Dante.

—No. —Camila, terca hasta en la camilla, pidió papel. La enfermera no le hizo caso; entonces, a la luz de la linterna del celular, en el reverso de un volante que traía en la mochila, escribió con pulso tembloroso: "Yo, Camila Cordero, debo a Dante Salazar el costo de esta operación y me comprometo a pagarlo trabajando." Lo firmó. Y se lo metió a Dante en el bolsillo de la camisa, dándole una palmadita.

—Ahí está. Te lo pago todo. Cada peso. No te quiero deber nada. —Y agregó, con una media sonrisa cansada, cerrando los ojos—: Eres mi estrella de la suerte, ¿sabes? Cada vez que estoy hasta el fondo, apareces tú. Mi estrellita de la suerte.

A Dante se le quedó la frase clavada en algún lado.

"Estrella de la suerte." A él, que en toda su vida había sido la mala suerte de mucha gente, la sombra que caía sobre las plazas, el nombre que se decía en voz baja para no invocarlo. Al Tigre nadie le deseaba suerte; le tenían miedo, que es otra cosa. Su madre había muerto sola en un cuartucho. Su padre —un padre que ni siquiera conocía— era un hueco. En su mundo, la gente se acercaba a él por conveniencia o por terror, nunca por cariño, y él había aprendido a no esperar otra cosa, igual que Camila había aprendido a no esperar nada de sus cumpleaños.

Y de repente, una muchacha operada del apéndice, que no tenía nada, que le firmaba un pagaré en el reverso de un volante para no deberle, le decía que él era su suerte. Que cada vez que ella tocaba fondo, aparecía él. Como si él fuera algo bueno. Como si su sombra, por una vez, fuera un techo y no una amenaza.

Se quedó con el pagaré-servilleta en la mano, mirándolo, y algo se le removió por dentro con una fuerza que no supo nombrar, y que le incomodó precisamente por no saber nombrarla.

Se guardó el papel en la cartera, junto a los doscientos pesos del pastel.

—Suerte —repitió él, por lo bajo, casi con incredulidad—. La gente no me dice suerte, gata. La gente me tiene miedo.

—Pues yo no te tengo miedo —murmuró Camila, ya con los ojos cerrados, la lengua pastosa por el calmante—. Tú no me harías nada. Se te nota. —Bostezó—. Duérmete tú también. Se ve que no duermes.

Dante la miró, callado. Le sorprendió más esa frase —"tú no me harías nada"— que cualquier trato que hubiera cerrado en su vida. Nadie confiaba en él así. Nadie tenía motivos para hacerlo.

—Duérmete —le dijo, al fin, más ronco de lo normal.

Camila, medio dormida ya por el calmante, estiró la mano y, buscando la de él, en vez de tomársela le atrapó el dedo índice y se lo apretó, como una niña. Dante se quedó muy quieto.

—No te vayas —murmuró ella.

—No me voy.

Pasó un rato así, con la muchacha durmiendo agarrada de su dedo. Dante no se movió, aunque tenía cosas que resolver, aunque el brazo se le durmió. Se quedó viéndola dormir: la cara todavía con rastros de golpe, las pestañas largas, la respiración por fin tranquila. Tan chica. Tan sola en el mundo. Con menos de lo que él tiraba a la basura y, sin embargo, más entera que la mayoría de los hombres que le temblaban delante.

Y entonces Camila, entre sueños, sin soltarlo, le mordió apenas el dedo, un mordisco suave, de gata. Dante sintió que se le tensaba todo el cuerpo. Apretó la mandíbula, se contuvo, se obligó a quedarse quieto hasta que ella aflojó la boca y se hundió más en el sueño. "Gatita," pensó, sin poder evitar la media sonrisa. El nombre se le quedó.

Cuando por fin la soltó y salió al pasillo, traía una cara rara. Beto lo esperaba con el reporte.

—Patrón, ya está todo pagado, el mejor médico opera mañana a las siete. Y el hermano… ¿qué hacemos con el hermano? Lo tenemos en la casa.

Dante se aflojó el cuello de la camisa. Adentro, la muchacha que lo llamaba "estrella de la suerte" dormía; afuera, en algún cuarto, esperaba el que la había vendido. Necesitaba descargar lo que traía atorado en el pecho antes de que se le saliera de la peor manera.

—Al campo de tiro —dijo—. Tráemelo. Y trae el rifle.

—¿Lo… lo mato, patrón? —preguntó Beto, con cautela—. Digo, después de lo que le hizo a la muchacha, nadie diría nada.

Dante lo pensó. Una parte de él —la vieja, la del Triángulo del Sur, la que no dudaba— quería, sí. Pero recordó a Camila agarrándole el dedo, medio dormida: "No te vayas." Y supo que si mataba al hermano, algún día tendría que verlo en los ojos de ella.

—No —dijo—. Ella todavía no quiere que se muera. Vamos a dejarle un recuerdo. Nada más.

El campo de tiro estaba a las afueras, en un galpón que oficialmente no existía, donde Dante guardaba parte de su afición: pistolas, rifles, navajas, fierro de contrabando que entraba por el Puerto. Le gustaban las armas del mismo modo que a otros hombres les gustan los relojes o los caballos: por la precisión, por el peso justo en la mano, por lo que se puede hacer con calma y puntería donde otros necesitan gritos. Ahí bajaban a Bruno de una camioneta, amarrado, lloriqueando, sin entender bien a dónde lo llevaban ni por qué.

Lo amarraron a un poste al fondo del galpón, bajo las luces frías.

Dante se colocó a cincuenta metros, se echó el rifle al hombro con una naturalidad de años, y apuntó. El punto rojo de la mira le tembló a Bruno en la frente, bajó al pecho, bajó a la pierna.

—No te muevas —dijo Dante, sin alzar la voz, con el ojo pegado a la mira—. Si el blanco se desvía, alguien se muere. Y hoy todavía no decido quién.

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