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MARIONETA: LAZOS DE SANGRE Y OBSESIÓN

MARIONETA: LAZOS DE SANGRE Y OBSESIÓN

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Dominación / Completas
Popularitas:580
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa





Han transcurrido tres años desde aquella noche en que Antonia recuperó su libertad y Aarón comprendió que el amor no se encadena, sino que se respeta. Tres años en los que cada uno ha reconstruido su vida sobre las cenizas del pasado: Antonia brilla como actriz consagrada, dueña de su escenario y de su destino; Aarón ha redimido sus errores, saneado su imperio y se ha convertido en un hombre íntegro, serio y reservado, guiado por la lealtad y la palabra dada; Vicent ha construido junto a él una nueva etapa, firme y honesto; e Irina dirige con dedicación su fundación, transformando su experiencia en refugio para quienes lo necesitan.

La paz parece definitiva… hasta que las sombras regresan con un rostro aún más cruel.

El nuevo titiritero, Julian Van Thal, un hombre influyente, frío y sin escrúpulos, heredero de un imperio aún más vasto que el que alguna vez tuvo.

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Capitulo 9

La puerta del camerino se abrió suavemente tras un breve toque, y Julian Van Thal apareció en el umbral. Vestía un esmoquin impecable, llevaba una rosa blanca entre los dedos y sonreía con una elegancia tan estudiada que parecía parte de una obra de teatro. Antonia, que se estaba quitando los pendientes, se giró despacio y lo miró sin acercarse.

—Disculpe la intromisión —dijo él con voz suave y medida, cerrando la puerta tras de sí sin perderla de vista—. No quería irme sin felicitar a la verdadera protagonista. Su actuación ha sido… deslumbrante. Como ver nacer una estrella.

—Gracias —respondió ella con cortesía, manteniendo una distancia prudente—. Es amable de su parte. Pero no debería estar aquí. El camerino es privado.

Julian avanzó un solo paso, lento y pausado, como si estuviera entrando en un espacio que ya le pertenecía. Le extendió la rosa blanca sin dejar de sostenerle la mirada.

—Las mejores cosas merecen ser buscadas. Y usted, Antonia… usted es sin duda lo mejor que he visto en mucho tiempo. Permítame presentarme: Julian Van Thal. He seguido su trabajo desde la primera vez que pisé este teatro. Y ahora que la he visto de cerca… comprendo que el escenario le queda pequeño. Debería brillar en lugares mucho más grandes. Donde todos la admiren como se merece.

Antonia tomó la flor con cautela, sintiendo cómo la presencia de él llenaba toda la habitación.

—Aquí estoy bien —dijo con firmeza tranquila—. Este teatro es mi casa. Y mi trabajo no necesita que nadie lo juzgue ni lo promocione. Lo hago por mí.

—Lo sé —respondió él con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Y eso es justamente lo que la hace tan extraordinaria. Tan auténtica. Pero también tan… desprotegida. El mundo es un lugar peligroso, Antonia. Y una mujer tan hermosa y talentosa como usted necesita a alguien que la cuide. Que la guíe. Que se asegure de que nadie la lastime.

Ella sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era lo que decía, sino cómo lo decía: con una seguridad absoluta, como si ya hubiera decidido todo por ella. Y sobre todo, por cómo la miraba. No le miraba los ojos. Le miraba entera, de arriba abajo, evaluándola, pesándola, como quien examina una pieza de valor antes de comprarla. No veía a una persona. Veía una posesión.

—Gracias por su preocupación, señor Van Thal —dijo ella, enderezando la espalda y sosteniéndole la mirada—, pero no necesito a nadie que cuide de mí. Ya aprendí a hacerlo sola. Y estoy muy bien así.

Julian rió suavemente, como si ella hubiera dicho algo tierno e ingenuo.

—Aprender a cuidarse y estar realmente a salvo son cosas muy distintas, querida Antonia. Usted cree que es libre. Y lo es… mientras nadie tenga el poder suficiente para cambiar su situación. Pero el mundo se mueve con poder y dinero. Y yo tengo mucho de ambos. Podría darle todo lo que se merece. Una vida sin preocupaciones. Un lugar donde ser la reina que es. Solo tendría que… aceptar mi protección.

—No acepto protección a cambio de nada —respondió ella con claridad—. Y mucho menos de alguien que acabo de conocer. Si me disculpa, debo irme. Mi familia me espera.

Hizo ademán de recoger su bolso, pero él se interpuso levemente en el camino, sin tocarla, pero bloqueando la salida con su presencia.

—Su familia… —repitió él con una media sonrisa—. Su hermano, su madre enferma… son personas adorables. Y también frágiles, ¿no? Todo el mundo necesita un apoyo. Y yo puedo ser ese apoyo. Para los cuatro.

Antonia sintió que el aire se le escapaba. No era una amenaza dicha con violencia. Era una amenaza disfrazada de oferta. Y comprendió con terror silencioso que él ya sabía todo sobre ellos.

—Señor Van Thal —dijo ella con voz firme aunque le temblaba el interior—, no sé qué es lo que cree que quiere de mí, pero le pido que se vaya. Ahora. No me gusta cómo habla. No me gusta cómo me mira. Y no me gusta que sepa cosas de mi familia sin que yo se las haya contado.

Julian levantó las manos en un gesto de fingida rendición y dio un paso hacia atrás, aunque su mirada seguía clavada en ella como una marca.

—No quiero asustarla. Solo quiero conocerla. Y quiero que conozca todo lo que podría ser suyo. No cierre la puerta antes de ver lo que hay al otro lado. Nos volveremos a ver, Antonia. Eso es seguro. Y cuando lo hagamos… habrá aprendido que no todo lo que se ofrece es una jaula. A veces es un palacio.

Se acercó a la puerta, pero antes de salir, se giró una última vez y la miró con esa intensidad fría y posesiva que la helaba por dentro.

—Hasta pronto, mi querida actriz. Brille mucho esta noche. Es la primera de muchas funciones que yo vendré a ver. Y siempre estaré en primera fila… observándola.

Salió y cerró la puerta tras de sí. Antonia se quedó sola, apretando la rosa blanca con tanta fuerza que los pétalos se le arrugaron entre los dedos. Respiró hondo varias veces, con el corazón golpeándole desbocado, y comprendió que su instinto no se había equivocado. Ese hombre no era un admirador. Era un depredador que acababa de presentarse con modales de caballero. Y al decir hasta pronto, no le estaba diciendo adiós. Le estaba avisando que ya no podría librarse de él.

 Antonia se apoyó en el borde del tocador, con las manos temblando levemente, y miró la puerta cerrada por donde él había salido. Su asistente entró poco después y, al verla pálida y alterada, se acercó de inmediato.

—¿Estás bien? ¿Qué te dijo? —preguntó con preocupación.

Antonia apretó los labios y dejó la rosa sobre la mesa como si quemara.

—Me dijo que me ofrecería protección. Que me daría todo… a cambio de aceptarlo a él. Y habló de mi madre y de mi hermano como si los conociera de toda la vida.

—¿Y tú? ¿Qué le respondiste?

—Le pedí que se fuera —dijo ella con voz firme pero con los ojos llenos de inquietud—. Pero cuando se marchó… me dijo que nos volveríamos a ver. No como una despedida. Como una promesa.

—No te dejará sola —le aseguró su amiga—. No tiene derecho a asustarte así.

—El miedo no es lo peor —susurró Antonia—. Lo peor es saber que ya sabe dónde estoy, quiénes son los que amo… y que no piensa detenerse.

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