Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.
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Investiga
De regreso a la joyería, Gideon se encontraba en su oficina, contemplando la concurrida calle a través del ventanal. Francis tocó suavemente a la puerta. Gideon se acercó a paso firme y la abrió apenas un par de centímetros, revelando su semblante severo.
—¿Qué sucede, Francis? —preguntó de inmediato.
—Señor, le traigo un café para ayudarle con su malestar.
—Bien, déjalo sobre la mesa —respondió, haciéndose a un lado para permitirle el paso.
Francis hizo lo ordenado con movimientos meticulosos y, tras una breve inclinación de cabeza, se disponía a retirarse en silencio. Sin embargo, la voz profunda de Gideon lo detuvo antes de que cruzara el umbral.
—Francis... tráeme el medallón de la vitrina, por favor.
El tasador carraspeó, acomodándose los anteojos con evidente nerviosismo.
—Señor Huxley... el medallón fue vendido hace ya varias semanas.
—¿Cómo? —Gideon se dio la vuelta bruscamente, con los ojos desorbitados—. ¿Por qué demonios no he sido notificado de esto?
La sorpresa lo golpeó como un balde de agua fría. Durante un siglo entero había intentado deshacerse de esa reliquia por todos los medios posibles, y la maldición siempre se las arreglaba para traerla de vuelta a sus manos. Que ahora hubiese desaparecido sin dejar rastro le parecía una aberración imposible.
—Intenté decírselo aquel mismo día, señor, pero usted... me cortó la palabra y salió de la tienda —explicó Francis, defendiéndose con timidez.
—Está bien, está bien... ¿Y quién lo compró? —exigió saber Gideon, acortando la distancia.
—No le pedí el nombre a la clienta, señor. Mencionó que era para un regalo de cumpleaños y...
—Dame la fecha exacta, revisaré las grabaciones de las cámaras de seguridad ahora mismo —lo interrumpió Gideon, encaminándose hacia su computadora.
—Señor... usted mismo ordenó mandar a revisión el sistema ese mismo día por la tarde, y las cámaras de toda la joyería estuvieron apagadas por mantenimiento durante esas horas.
Gideon se dejó caer pesadamente en su silla de cuero, soltando una carcajada amarga y carente de toda alegría. No podía creer la monumental ironía de su destino: después de pasar décadas maldiciendo la existencia de ese objeto, ahora que por fin se había librado de él, la desesperación por descubrir quién se lo había llevado lo estaba carcomiendo vivo.
—¿Entonces me estás diciendo que no tenemos absolutamente ninguna pista de quién lo compró?
—El pago se realizó a través de una transferencia bancaria desde otra cuenta, señor. —concluyó Francis, bajando la mirada.
—Es una maldita broma... —susurró Gideon para sí mismo, hundiéndose en el respaldo mientras apretaba los puños con frustración.
Tras quedarse solo nuevamente, Gideon no podía sacarse de la cabeza las facciones y la mirada de la modista. Se acomodó en la silla, tomó el teléfono y llamó de inmediato a Beltrán a su despacho corporativo. Necesitaba que utilizara todos los recursos disponibles para investigar el historial de Elara Davis. Necesitaba saber, con urgencia absoluta, quién era ella y de dónde provenía su sangre.
Cuando Beltrán recibió la llamada en su oficina, no pudo evitar quedarse estupefacto. Era la primera vez, en lo que le constaba a su propia memoria familiar, que Gideon Huxley mostraba el más mínimo interés por una mujer que no estuviera muerta.
La existencia entera del inmortal se había reducido, durante décadas, a orbitar como un espectro melancólico alrededor del recuerdo de las dos únicas mujeres que habían marcado su eternidad. Por un lado estaba Jaelle, la esposa con la que compartió su madurez y quien, según el propio Gideon se repetía a sí mismo, era la única dueña de su corazón y la que lo había salvado de la locura con su amor puro. Por el otro, sepultada bajo capas de culpa y orgullo, estaba Zahli. Aunque Gideon se negara tajantemente a admitirlo en voz alta, el trágico recuerdo de la joven romaní y la deuda de sangre que le había heredado eran lo que verdaderamente ocupaba su mente y atormentaba sus noches. Vivía atrapado en el pasado.
Que ahora, de la noche a la mañana, Gideon exigiera una investigación sobre una modista, rompía por completo todos los esquemas de su rutina.
📲—Entendido, Gideon —respondió Beltrán, recuperando la compostura profesional tras el auricular—. Me pondré con ello de inmediato. Investigaré el historial familiar de la señorita Davis y veré qué logro encontrar en los registros públicos de la ciudad.
Al colgar el teléfono, Beltrán se quedó observando la pantalla de su computadora, invadido por una extraña mezcla de intriga.
...
Esa noche, en la tranquilidad de la mansión, ya en su dormitorio Charlotte terminaba de aplicarse sus cremas frente al espejo del tocador, mientras Beltrán permanecía acostado en la cama, apoyado contra las almohadas con la computadora portátil abierta sobre el regazo.
—Cariño... —llamó él con cautela, rompiendo el silencio de la habitación.
—¿Mmm? —murmuró ella sin apartar la vista del reflejo.
—Gideon me pidió hoy que investigue a fondo a la modista. A Elara Davis.
—¿Qué? ¿Y eso a qué viene ahora? —Charlotte se giró de golpe sobre la banqueta, terminando de cerrar el frasco con un golpe seco—. No pensarás hacerlo, Beltrán.
Charlotte estaba genuinamente indignada; le parecía una invasión absoluta a la privacidad y una total falta de respeto que su abuelo pretendiera husmear en la vida de la mujer que estaba diseñando su vestido de compromiso, sobre todo después de la escena que ya le había montado en la joyería.
—Cariño, cálmate, por favor —le pidió Beltrán con tono pausado, cerrando un poco la pantalla de la laptop para mirarla—. No creo que tenga nada que ver con lo que ocurrió en el taller, ni con el diseño del traje. Yo creo que es un asunto estrictamente personal.
Charlotte frunció el ceño y se cruzó de brazos, sin comprender a qué se refería su prometido. Sabía que Gideon era un hombre extremadamente reservado, pero un interés personal y tan repentino por una completa desconocida era algo que simplemente no encajaba con el comportamiento huraño que su abuelo había mantenido durante las últimas décadas.
—¿Personal? ¿Te estás escuchando, cariño? —replicó Charlotte, poniéndose en pie con las manos en las caderas—. En mis veintinueve años de vida, jamás lo he visto interesarse por ninguna mujer, ¿y pretendes que crea que ahora sí?
—No estoy diciendo exactamente eso, Charlie, pero...
—Mira, será mejor que no te atrevas a investigarla, Beltrán, o juro que cancelaré el compromiso ahora mismo.
—Vamos, bebé, no me puedes decir eso —suplicó Beltrán, abriendo los ojos de par en par mientras apartaba la laptop a un lado—. Sabes perfectamente que te amo, pero me estás poniendo entre la espada y...
—Bien, ve y duerme con mi abuelo entonces —lo cortó Charlotte con una sonrisa triunfal, ganando la discusión antes de meterse bajo las sábanas y darle la espalda de manera dramática.
—Cariño... por favor —susurró Beltrán al techo de la habitación, soltando un hondo suspiro.
Sabía que desacatar una orden directa de Gideon Huxley era peligroso, pero pasar la noche en el sofá de la sala de estar debido a la furia de su prometida era un destino inmediato mucho peor.
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