Él es el padre de su mejor amiga... Pero también el dueño de sus fantasías más prohibidas.
Cristóbal es un hombre maduro, exitoso y comprometido con su familia, alguien a quien todos ven como un ejemplo de responsabilidad. Pero desde el día que conoció a Julieta, la joven compañera de su hija, nada ha sido igual. Cada encuentro la hace más irresistible, cada mirada profundiza una conexión que no debería existir.
Ella es joven, dulce e "inocente" ... Y él lucha por no caer en la tentación.
Julieta siempre ha visto en Cristóbal algo más que el padre de su mejor amiga: un hombre que despierta en ella emociones que nunca imaginó sentir. A pesar de saber que está jugando con fuego, no puede evitar buscarlo, soñarlo, desearlo con una intensidad que la abruma.
Un amor que desafía los límites, un deseo que no sabe de reglas.
Entre secretos, mentiras por omisión y el miedo a destruir vidas enteras, Cristóbal y Julieta se ven envueltos en una pasión que amenaza con consumirlos...
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Capítulo 23.
Julieta.♥️
Después de la cena sigo con el corazón acelerado. Jessica se fue a su cuarto con el celular en mano, seguramente a seguir chateando con ese chico misterioso. Cristóbal y yo recogimos la mesa en silencio, con miradas rápidas que decían más que cualquier palabra. El tema de la app nos dejó tensos, con el miedo latiendo en el pecho. Quise lavar los trastes, Pero la empleada no me dejó.
Me encierro en mi habitación, pero no puedo con la ansiedad. La imagen de Jessica mostrándole perfiles de mujeres a su padre todavía me da vueltas en la cabeza. Él apenas las miraba, y yo lo noté. Sé por qué. No le interesan ellas. Y ese pensamiento me calienta tanto como me aterra.
Minutos después escucho un leve golpe en mi puerta. Abro y lo encuentro ahí, apoyado en el marco, con una camiseta gris y el cabello un poco desordenado. Sus ojos oscuros brillan en la penumbra del pasillo.
—¿Puedo pasar? —pregunta en voz baja.
Solo asiento y cierro la puerta detrás de él.
No me da tiempo de nada. Me toma de la cintura y me besa con urgencia, como si necesitara comprobar que sigo ahí, que lo sigo eligiendo. Mis labios se funden en los suyos con hambre contenida.
—¿Viste lo que hizo Jessica? —murmura contra mi boca, jadeante.
—Sí… casi muero del susto.
—Yo también. —Su frente se apoya en la mía
— Cristóbal, ella no puede enterarse todavía. No así.
_Tienes razón, Pero tampoco podemos ocultar esto toda la vida.
Lo abrazo fuerte, como si con ese gesto pudiera quitarle la preocupación a él y la mía.
—Lo sé, Cristóbal. Yo tampoco quiero lastimarla. Pero… —mis dedos juegan con la tela de su camiseta—. No puedo dejarte.
Él me mira, serio, intenso.
—Ni yo a ti. —Su voz es un susurro grave—. Ya no podría.
Me besa de nuevo, más lento esta vez, como si quisiera grabar el momento en la memoria. Sus manos recorren mi espalda, bajan hasta mis muslos y me levanta en brazos. Apenas alcanzo a soltar un gemido ahogado cuando me apoya contra la pared y sus labios devoran mi cuello.
—Cristóbal… —suspiro entrecortada.
Me lleva hasta su habitación, cerrando la puerta tras de sí. El ambiente huele a su perfume mezclado con madera, y la cama perfectamente tendida parece esperar por nosotros. Me deposita sobre ella y se coloca encima, mirándome con una mezcla de deseo y ternura.
—No sabes lo que me contuve en la mesa —me confiesa, acariciando mi rostro—. Tenerte enfrente, tan cerca y no poder tocarte…
—Lo mismo pensé —respondo con una sonrisa traviesa, jalándolo del cuello para besarlo.
La ropa va desapareciendo en medio de risas nerviosas y caricias apremiantes. El miedo de que Jessica nos descubra, en lugar de detenernos, nos enciende aún más. El ritmo se vuelve rápido, desbordado, casi salvaje.
—Dime que eres mía —gruñe en mi oído mientras me toma con fuerza.
—Soy tuya… —jadeo, perdida en la sensación de su cuerpo contra el mío. Ah, lo rico que es sentirlo tan dentro de mi.
El cuarto se llena de gemidos, respiraciones entrecortadas y el crujido de la cama. Nos movemos al compás de la urgencia, del deseo reprimido. Estoy en el apogeo del placer, a punto de perderme por completo, cuando de pronto…
—¡Miau!
El sonido nos sobresalta. Ambos nos congelamos. En la penumbra, dos ojos brillantes nos observan desde el borde de la cama. Es Pelusa, el gato de Jessica. Está sentado, mirándonos con una calma casi burlona, como si supiera exactamente qué estamos haciendo.
—¡Maldita sea! —Cristóbal se aparta un segundo, respirando agitado.
Yo me tapo la boca para no soltar una carcajada nerviosa.
—Es Pelusa…
El gato suelta otro maullido y se sube a la cama, caminando con total desparpajo hasta acomodarse en el pie, ajeno a nuestra tensión.
Cristóbal se pasa la mano por el rostro y niega con la cabeza.
—No puedo creerlo. De todas las cosas que podían interrumpirnos…
No aguanto y me río en voz baja, mordiéndome el labio.
—Creo que acaba de salvarnos de un escándalo. Si hacía ruido y Jessica entraba…
Cristóbal me mira con los ojos brillantes y luego se inclina a besarme despacio, como bajando las revoluciones.
—Tienes razón. —Suspira—. Aunque no pienso dejar esto a medias.
Yo río contra su boca, acariciando su mejilla.
—Entonces, haz que Pelusa sea nuestro cómplice silencioso.
El gato bosteza y se acurruca, indiferente. Y en ese cuarto, con la tensión aún vibrando entre nosotros, seguimos, más callados, más cautelosos, pero con el mismo fuego ardiendo en la piel.
Que te mejores pronto te mando un abrazo de oso.