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Un Destino Escrito En Silencio

Un Destino Escrito En Silencio

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:455
Nilai: 5
nombre de autor: Julieth Moreno

SINOPSIS ~


Amaris ha aprendido que sobrevivir significa no llamar la atención, no confiar demasiado y sobre todo ocultar aquello que te hace diferente

Pero al acercarse a sus 18 años su vida comienza a cambiar secretos que nunca pidió conocer salen a la luz

Personas desconocidas entran en su camino y alguien que parece saber más de ella de lo que debería

Entré magia peligros y sentimientos que jamás esperaba encontrar Amaris tendría que descubrir en quien confiar

Por qué hay verdades capaces de cambiar una vida y hay destinos que fueron escritos mucho antes de que pudiéramos elegirlos

NovelToon tiene autorización de Julieth Moreno para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL RASTRO

Amaris corría.

Sus pequeños pies apenas tocaban el suelo mientras atravesaba un largo pasillo que no reconocía.

Todo a su alrededor era oscuro.

Tenía apenas cuatro años.

—¡Espera! —gritó una voz detrás de ella.

Amaris se detuvo.

Una persona mayor se acercó lentamente y se arrodilló frente a ella.

—Escúchame bien.

Amaris levantó la mirada.

—Si quieres sobrevivir, debes esconder lo que eres.

La niña frunció el ceño.

—¿Por qué?

La persona guardó silencio durante unos segundos.

—Porque no todos entenderán lo que eres.

Amaris bajó la mirada.

—¿Soy mala?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Pero hay personas que pueden pensar que lo eres.

Amaris no entendía.

Solo sabía que había algo en ella que debía esconder.

Algo que no debía mostrar.

Pero los niños no siempre comprenden las advertencias de los adultos.

Horas después, Amaris se encontraba junto a un grupo de niños.

Los había visto jugar desde lejos.

Parecían felices.

Ella quería acercarse.

Quería tener amigos.

—¿Quieres jugar con nosotros? —preguntó uno de ellos.

Amaris sonrió.

—Sí.

Por un momento, olvidó la advertencia.

Olvidó que debía esconderse.

Uno de los niños la miró con curiosidad.

—¿Por qué llevas una venda?

Amaris tocó la tela.

—Porque mis ojos son diferentes.

—¿Diferentes cómo?

La niña dudó.

Después sonrió.

—Puedo enseñártelos.

Se quitó la venda.

Los niños observaron sus ojos rojos.

El silencio fue inmediato.

Uno de ellos retrocedió.

—¿Qué eres?

Amaris parpadeó.

—Soy Amaris.

—¡Es un monstruo!

La sonrisa desapareció de su rostro.

—No soy un monstruo.

Uno de los niños la empujó.

Amaris cayó al suelo.

—¡Mentira!

Otro niño la golpeó.

—¡Monstruo!

Amaris intentó cubrirse el rostro.

—¡Déjenme!

Los golpes continuaron.

Y entre los gritos volvió a escuchar aquella voz.

«Si quieres sobrevivir, debes esconder lo que eres.»

Amaris abrió los ojos de golpe.

Respiraba con dificultad.

Durante unos segundos no supo dónde estaba.

La mansión.

La habitación.

La oscuridad.

Se llevó una mano al rostro.

Sus dedos tocaron la venda.

Estaba allí.

Como siempre.

Amaris cerró los ojos.

Aquello no había sido una pesadilla.

Era un recuerdo.

Uno que había intentado olvidar durante años.

Se incorporó lentamente.

Ya no tenía cuatro años.

Ya no era aquella niña indefensa.

Pero el miedo seguía siendo el mismo.

Habían pasado tres días desde que llegaron a la mansión.

Tres días en los que ninguno había tenido problemas.

Habían conseguido descansar.

Reunieron algunas provisiones.

Repararon lo que pudieron de sus pertenencias.

Y finalmente decidieron marcharse.

Arnold estaba guardando las últimas cosas en una bolsa cuando Amaris entró en la habitación.

—¿Ya terminaste?

—Casi.

Arnold cerró la bolsa.

—¿Tú estás lista?

Amaris asintió.

—Sí.

Arnold la observó durante unos segundos.

—¿Dormiste bien?

Amaris se quedó quieta.

—Sí.

Arnold supo que mentía.

Pero no insistió.

Desde que ella le había mostrado sus ojos, no había vuelto a mencionar el tema.

Y Amaris agradecía eso.

Kael apareció poco después.

Llevaba su espada en la cintura y una pequeña bolsa sobre el hombro.

—¿Nos vamos?

—Por fin —respondió Arnold.

Kael miró alrededor.

—Tengo que admitir que voy a extrañar este lugar.

Amaris levantó una ceja.

—¿Extrañar una mansión abandonada?

—Tenía encanto.

—Tenía goteras.

—Eso también forma parte del encanto.

Arnold negó con la cabeza.

—Definitivamente estás loco.

Kael sonrió.

Amaris tomó sus dagas y las aseguró en su cintura.

Antes de salir, observó una última vez el interior de la mansión.

Algo no estaba bien.

No sabía qué.

Pero aquella sensación seguía allí.

Cuando los tres llegaron al exterior, Kael se detuvo.

—Esperen.

Arnold lo miró.

—¿Qué ocurre?

Kael observó el suelo.

Había una pequeña marca junto a uno de los árboles.

Una huella.

Después otra.

No pertenecían a ninguno de ellos.

Kael se agachó.

La examinó durante unos segundos.

—Alguien estuvo aquí.

Amaris se acercó.

—Te lo dije.

Kael levantó la mirada.

—¿Cuándo?

—La primera noche.

Arnold frunció el ceño.

—Entonces alguien nos estuvo vigilando.

Kael permaneció en silencio.

Algo en aquellas huellas le resultaba familiar.

No sabía por qué.

Pero no podía ignorarlo.

—Deberíamos irnos —dijo finalmente.

Los tres comenzaron a caminar.

Después de un rato, Arnold rompió el silencio.

—Por cierto, nunca te preguntamos algo.

Kael lo miró.

—¿Qué?

—¿Cuántos años tienes?

Kael sonrió.

—Dieciocho.

Amaris caminaba unos pasos delante de ellos.

—Entonces eres el del medio.

Kael soltó una pequeña risa.

—¿El del medio?

—Yo tengo diecisiete. Arnold, diecinueve.

Arnold levantó una mano.

—El mayor.

—Por un año —dijo Kael.

—Sigue siendo mayor.

Amaris negó con la cabeza.

—Qué discusión tan importante.

Kael sonrió.

—¿Y qué hay de ti, Arnold? Ya sabemos tu edad, pero nunca hablamos de tu magia.

Arnold miró a Amaris.

—¿Quieres contarle tú?

Ella se encogió de hombros.

—Hazlo.

Arnold respiró profundamente.

—Desperté los cuatro elementos.

Kael se detuvo.

—¿Los cuatro?

Arnold asintió.

—Tierra, agua, fuego y aire.

Kael lo observó con evidente sorpresa.

—Eso no es algo que se vea todos los días.

Arnold sonrió.

—No.

Amaris intervino:

—Aunque todavía tiene problemas controlándolos.

—¡Eso fue hace tiempo!

—Incendiaste una puerta.

—¡Fue una sola vez!

Kael comenzó a reír.

—Ahora quiero ver eso.

Arnold lo señaló.

—No te acostumbres.

Amaris sonrió ligeramente.

La conversación continuó mientras caminaban.

Hasta que Arnold miró a Kael.

—¿Y tú?

Kael lo miró.

—¿Yo qué?

—¿Qué magia despertaste?

Kael guardó silencio.

Después respondió:

—Invocación.

Amaris giró ligeramente el rostro.

—¿Puedes invocar cualquier bestia?

—No exactamente.

Kael se acomodó la correa de la bolsa.

—Depende de mi capacidad para controlarla.

—¿Y tienes alguna otra habilidad? —preguntó Arnold.

Kael sonrió.

—Sí.

—¿Cuál?

Kael se encogió de hombros.

—Supongo que podrías llamarla habilidad de asesino.

Amaris frunció ligeramente el ceño.

—¿Eso es magia? ¿no?

—No exactamente

—La tengo desde pequeño.

Arnold lo observó con curiosidad.

—¿Desde pequeño?

—Siempre fui rápido. Tenía buenos reflejos y aprendía a manejar armas con facilidad.

Kael bajó la mirada.

—Con el tiempo aprendí a aprovecharlo.

Amaris permaneció en silencio.

Ahora entendía un poco mejor cómo alguien tan joven había terminado convirtiéndose en mercenario.

Kael no había conseguido aquella habilidad de repente.

Había crecido con ella.

Y había aprendido a convertirla en algo peligroso.

El sol comenzaba a bajar cuando finalmente dejaron atrás la mansión.

Amaris caminaba en silencio.

Recordaba las palabras de Kael.

«Podía buscar mi propio lugar.»

Y también recordaba sus propios ojos.

Los que había mostrado a Arnold.

Los mismos ojos que una niña de cuatro años había mostrado sin comprender por qué debía esconderlos.

La diferencia era que aquella vez había terminado en golpes.

Esta vez no.

Esta vez alguien había visto quién era realmente...

Y se había quedado.

Amaris apretó suavemente la venda.

Todavía no estaba preparada para mostrárselos a nadie más.

Ni siquiera a Kael.

Pero quizá algún día.

A varios kilómetros de distancia, un hombre se detuvo frente a una vieja posada.

Era el mismo que había observado la mansión.

Entró sin llamar la atención.

Se sentó en una mesa apartada y pidió algo de beber.

Después sacó una pequeña libreta.

Abrió una de sus páginas.

Había varios nombres escritos.

El hombre pasó el dedo sobre uno de ellos.

No dijo nada.

Simplemente cerró la libreta.

Todavía no era momento de actuar.

Mientras tanto, Amaris, Arnold y Kael continuaban su camino.

Ninguno de ellos sabía que alguien había seguido su rastro.

Ninguno sabía quién era aquel hombre.

Y mucho menos por qué había aparecido.

Pero el pasado de uno de ellos ya había comenzado a moverse.

Y aunque todavía no lo sabían...

no tardaría en alcanzarlos

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