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Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Venganza
Popularitas:174
Nilai: 5
nombre de autor: Themole

Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.

NovelToon tiene autorización de Themole para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Regreso de la Balística Arcana.

Garrik se arrodilló junto al borde de la fosa, limpiando con la manga de la camisa el polvo denso que cubría la superficie del pesado cofre de hierro y aleación oscura. El metal estaba frío, grabado con surcos profundos que parecían venas coaguladas, y al abrir la pesada tapa con un chirrido metálico que hizo eco en la plaza enmudecida, el olor a aceite rancio, cobre oxidado y azufre inundó el aire.

​Dentro no había oro ni joyas. Solo una pila de pergaminos gruesos, amarillentos y carcomidos por la humedad, repletos de diagramas anatómicos, ecuaciones balísticas y anotaciones escritas en un sistema de símbolos y glifos totalmente indescifrables. Y entre los papeles, descansando sobre un lecho de terciopelo ajado, reposaba una hilera de prototipos militares: revólveres idénticos en tamaño a las Peacemaker, pero con los cañones ensanchados por grotescas aleaciones, los martillos fundidos en una sola pieza con extraños bloques de cristal y los tambores perforados por runas mal soldadas que se habían agrietado por la presión de una energía que jamás supieron controlar. Eran, sin duda, los monumentos de hierro de un experimento fallido.

​Leo se inclinó, tomando con la punta de los dedos uno de los revólveres fallidos. El metal pesaba el doble que su arma de confianza, y al inclinarlo, se escuchó un sordo repiqueteo de piezas sueltas y carbón prensado en su interior. Un trasto inútil. Un recordatorio de que los ingenieros de Valerius habían intentado jugar a ser dioses con la metalurgia y habían terminado destruyendo sus propias armerías.

​—Mierda... —murmuró Leo con una mueca de escepticismo, dejando caer el prototipo devuelta al cofre con un golpe seco—. El viejo loco de Valerius no solo quemó su reino; intentó inventar un monstruo y solo fabricó chatarra.

​Kassandra se acercó cojeando ligeramente, apoyando una mano en el borde de la fosa mientras miraba los extraños trazos de los pergaminos con el ceño fruncido.

​—No todo es basura, Leo —dijo ella, señalando con la barbilla los rollos de papel cubiertos de símbolos—. Los prototipos servirán para pisapapeles, pero esos textos... alguien pasó décadas intentando descifrar cómo hacer que esta maldita metalurgia funcionara. Si hay un plano de cómo fallaron, también debe haber pistas de por qué lo intentaron en primer lugar.

​Leo exhaló un suspiro, cruzándose de brazos mientras observaba los jeroglíficos extraños en los pergaminos. Sabía muy bien que descifrar ese galimatías lingüístico iba a requerir algo más que fuerza bruta o disparos al aire; iba a exigir paciencia, análisis y horas de estudio paciente para desentrañar la lógica detrás de esos símbolos olvidados.

Leo miró a Kass y a Garrik.

—¿Ustedes saben leer esto? —preguntó, levantando uno de los pesados pergaminos amarillentos donde los extraños trazos geométricos y los glifos cortantes parecían burlarse de ellos desde el papel.

Garrik se cruzó de brazos, escupió a un lado con desdén y se encogió de hombros, rascándose la nuca con una mano manchada de carbón.

—Ni idea, muchacho —respondió el viejo herrero con su voz ronca, echándole un vistazo rápido a los símbolos—. Los únicos libros que vi en mi vida trataban sobre cuentas de inventario, mineral de hierro y cómo fundir acero sin reventar el horno. Esa porquería parece el mapa astral de un lunático.

Leo desvió entonces la mirada hacia Kassandra, quien se había arrodillado con cuidado, protegiendo todavía el hombro herido, para examinar de cerca las anotaciones. Frunció el ceño, entornando los ojos oscuros mientras intentaba seguir la lógica de los trazos, buscando algún patrón reconocible en la sintaxis de aquellos símbolos extraños. Tras unos segundos de silencio tenso, negó lentamente con la cabeza, exhalando un suspiro de frustración.

—Yo tampoco, Leo —admitió Kassandra, apartando un mechón de cabello sudoroso de la frente y tocando con la yema del dedo uno de los glifos más complejos—. No es ningún idioma común de los asentamientos, ni un dialecto de los páramos. Parece construido desde cero... como si hubieran querido inventar una gramática propia para que nadie más pudiera descifrar sus experimentos.

Leo devolvió el pergamino al cofre con un movimiento seco, sintiendo cómo el peso de aquel misterio silenciado flotaba en el aire de la tarde. Tenían en sus manos la tecnología y los registros de las peores ambiciones de un imperio caído, pero sin la llave para descifrar el código, no eran más que reliquias mudas enterradas en el polvo.

Y el silencio que quedó en la fosa les dejó claro que, si querían saber qué demonios intentó crear Valerius en las sombras, iban a tener que empezar a descifrarlo por su cuenta, palabra por palabra.

El atardecer seguía tiñendo de oro y ceniza las estructuras de la capital reconstruida, pero en las escalinatas principales del antiguo palacio, el ambiente era radicalmente distinto. Clara había improvisado su propia corte de operaciones. Con una vara de madera pulida a modo de cetro improvisado y el ceño fruncido con una seriedad cómica, la niña repartía instrucciones a un grupo de niños y algunos vecinos que la seguían la corriente con una sonrisa paciente.

—A ver, tú, pon esa caja de tablones más a la izquierda, que si no el carromato de la harina no va a poder girar —ordenaba Clara con voz aguda y autoritaria, agitando la vara antes de apuntar hacia otro lado—. ¡Y los de la brigada de agua, menos charla y más carretillas! ¡Que el imperio no se levanta solo, eh!

Los trabajadores soltaban risas ahogadas mientras seguían las ocurrencias de la "regente", jugando con su inocencia infantil en medio de un mundo que por fin les permitía sonreír.

Leo se acercó en silencio, cruzando los brazos a la altura del pecho y observando la escena con una media sonrisa apenas perceptible que ablandaba un poco la dureza de sus facciones. Subió los últimos escalones de piedra y se agachó a la altura de la niña, que se giró al sentirlo llegar.

—Su majestad —dijo Leo con un tono de fingida reverencia, inclinando levemente la cabeza—. Veo que el reino corre grave peligro si la regente decide abdicar para ir a merendar.

Clara soltó una carcajada cristalina, bajando la vara y abalanzándose un segundo para abrazarle el cuello antes de separarse con aires de importancia.

—Tengo muchas responsabilidades, papá —replicó la niña con un puchero divertido, sacudiéndose el polvo del vestido—. Garrik dice que si no organizamos bien la madera, se va a caer el techo del comedor antes de que pruebe el pastel de arándanos de la abuela. ¿Ya acabaron de jugar en el hoyo con el tío Garrik? Encontraron cosas raras, ¿verdad?

Leo le dio un suave toque en la punta de la nariz con el nudillo, su mirada oscurecida por la curiosidad y el misterio de lo que acababan de desenterrar.

—Sí, pequeña. Encontramos chatarra vieja y papeles llenos de dibujos que nadie entiende —respondió Leo con voz suave, incorporándose de nuevo—. Pero no te preocupes, tu madre y yo nos encargaremos de eso. ¿Te portas bien aquí con los muchachos?

—¡Claro que sí! Nadie desobedece a la regente —afirmó Clara inflando el pecho con orgullo infantil, antes de darle un beso rápido en la mejilla y salir corriendo de nuevo hacia sus "súbditos" entre risas.

Leo la vio alejarse por un momento, asegurándose de que estuviera a salvo y rodeada de los suyos, antes de dar media vuelta y emprender el descenso hacia el pueblo.

El bullicio de los tenderos y el martilleo constante de los herreros lo recibieron al pie de las escalinatas. Caminó entre los callejones improvisados de la capital, esquivando carretas y saludando con un leve movimiento de cabeza a los exiliados y forasteros que levantaban sus nuevos hogares. Tenía claro que los pergaminos y los prototipos fallidos de metalurgia rúnica no iban a descifrarse solos mirándolos fijamente en la oscuridad de la fosa. Necesitaba respuestas, y si ni Garrik ni Kassandra conocían la sintaxis de esos extraños glifos, iba a tener que buscar en los pocos rincones donde la gente aún guardaba la memoria escrita de los viejos tiempos, más allá de la superficie de un imperio que se desmoronaba.

El murmullo de la plaza se apaciguó levemente cuando Leo cruzó el umbral del viejo taller de alquimia, situado apenas unos metros más allá de la fuente central. Llevaba sujeto con firmeza bajo el brazo uno de los pesados pergaminos amarillentos cubiertos de extraños glifos, el único testigo de los experimentos fallidos que acababan de desenterrar.

A su paso, las miradas de los ciudadanos se alzaban con un respeto reverente. Algunos se inclinaban con timidez, mientras otros murmuraban a sus espaldas:

—Ahí va su majestad...

—El nuevo líder.

—El salvador que nos devolvió el horizonte.

Leo se detuvo en seco, frunciendo el ceño bajo el ala de su sombrero con un gesto de genuina incomodidad. Giró ligeramente el rostro hacia la pequeña multitud que lo observaba y sacudió la cabeza con firmeza, cortando esos títulos de tajo antes de que pudieran echar raíces.

—Escúchenme bien todos —dijo Leo con su voz grave y cortante, asegurándose de que resonara con claridad por toda la calle principal—. Este pueblo ya no es más una tiranía. No derrocamos a un monstruo para poner a otro en su lugar. No soy su rey, ni su regente, ni su salvador supremo; solo soy Leo, alguien que hizo lo necesario para romper las cadenas. A partir de hoy, son totalmente libres de votar y decidir: si quieren que alguien del mismo pueblo gobierne los destinos de este lugar, o si prefieren a alguien más, la elección les pertenece a ustedes y a nadie más.

Se hizo un silencio espeso en la callejón, un silencio de asombro por parte de hombres y mujeres que durante generaciones solo habían conocido el látigo, el decreto real y la sumisión ciega. Nadie les había dado nunca el poder de elegir.

Un niño que jugaba sentado en los escalones de la fuente se puso de pie con los ojos muy abiertos y, sin pensarlo dos veces, alzó la voz con total inocencia:

—¡Pues yo quiero votar para que usted sea nuestro líder, Leo! ¡Porque usted siempre nos cuida!

Las risas nerviosas de algunos vecinos se apagaron de inmediato cuando un par de hombres mayores, veteranos de los bastiones del sur con las manos marcadas por el trabajo duro, dieron un paso al frente asintiendo con solemne convicción.

—El muchacho tiene razón —interrumpió un viejo artesano con la voz cascada por el polvo de los caminos, señalando a Leo con respeto—. No solo liberaste la capital, Leo. Liberaste los pueblos, los bastiones olvidados que el reino tenía subyugados en la miseria. Nos diste una voz cuando ya nadie creía que éramos humanos. Si hay alguien que merece decidir el rumbo de este nuevo mundo, es quien nos enseñó a luchar por él.

Más rostros entre la multitud comenzaron a asentir con fuerza, secundando las palabras del anciano, mientras Leo se quedaba en silencio, sosteniendo el pergamino en su mano y comprendiendo que, aunque él rechazara la corona, el peso de la confianza de su gente era una carga de la que ya nunca iba a poder huir.

Leo esbozó una media sonrisa, una expresión cálida y desprovista de cualquier rastro de soberbia que disipó de inmediato la tensión en el ambiente.

—Trato hecho —respondió Leo con absoluta seriedad, levantando ligeramente el pergamino en señal de acuerdo mientras miraba a los rostros reunidos a su alrededor—. Si algún día pierdo la cabeza y me convierto en un tirano como Valerius... pueden volarme la cabeza sin pensarlo dos veces.

Un par de hombres soltaron una risa corta y cómplice, aliviados por la cercanía y la franqueza de un hombre que se negaba a ponerse por encima de ellos. Tras dejarles claro que el destino de Aethelgard estaba en sus propias manos, Leo dio media vuelta y continuó su camino hacia el interior del taller de alquimia.

El local olía a humedad, a hierbas secas y a frascos de cristal sellados durante años con capas de polvo espeso. Colocó el pesado pergamino sobre una mesa de trabajo de madera carcomida, apartando a un lado unos morteros de piedra y retortas oxidadas. Con la luz tenue de un candil improvisado, desdobló con cuidado el documento, exponiendo los intrincados trazos y los glifos de metalurgia rúnica que tanto habían intrigado a Kassandra y a Garrik.

Aunque los símbolos seguían pareciendo un jeroglífico imposible, Leo se quedó observando los diagramas balísticos y las anotaciones técnicas de los prototipos fallidos. Si nadie en los bastiones conocía ese idioma, iba a tener que empezar a desentrañar la lógica de esos símbolos pieza por pieza, buscando el patrón oculto detrás de la ambición rota de la vieja corte.

El crujido de la madera vieja y el raspar de unas suelas gastadas contra el suelo de piedra rompieron el silencio del taller de alquimia. Desde la esquina más oscura del local, donde el haz de luz del candil apenas lograba arañar la penumbra, una figura encorvada emergió de entre los estantes repletos de frascos vacíos. Era un anciano notablemente más viejo que el difunto rey Valerius; su rostro estaba surcado por arrugas profundas como surcos de tierra seca, su barba blanca y descuidada le llegaba al pecho, y sus ojos, velados por las cataratas pero extrañamente lúcidos, brillaban con un brillo astuto y persistente.

—Ya te habías tardado, muchacho —dijo el viejo con una voz rasposa, seca como el pergamino viejo, mientras daba un paso al frente y apoyaba una mano nudosa sobre un bastón de madera nudosa—. Estaba esperándote.

Leo no apartó la mano del pergamino ni sacó las armas de las cartucheras, aunque cada músculo de su cuerpo se tensó por instinto ante la repentina aparición. Lo observó de hito en hito, sopesando la quietud del lugar, el olor a salitre y carbón que acompañaba al anciano, y la absoluta tranquilidad con la que aquel desconocido parecía habitar en el corazón de un taller supuestamente abandonado.

—No recuerdo haber invitado a nadie a la reunión —respondió Leo con voz baja, cortante y midiendo cada palabra, mientras sus ojos oscuros analizaban los pliegues de la túnica ajada del anciano—. Y a juzgar por cómo huele este rincón, llevas aquí encerrado mucho tiempo mientras el resto de la ciudad se caía a pedazos. ¿Quién eres tú y cómo sabías que vendría?

El anciano soltó una risa corta, un siseo áspero que retumbó en las paredes de piedra del taller antes de encogerse de hombros con aparente indiferencia.

—Los nombres son solo etiquetas que los hombres se ponen para creer que dejan huella, muchacho, y al final todas terminan borradas por el polvo, igual que las coronas de los tontos como Valerius —replicó el viejo, dando un paso más hacia la mesa de trabajo e inclinando su cabeza blanca para mirar el pergamino desplegado—. ¿Qué cómo sabía que vendrías? Digamos que cuando pasas décadas viendo a los mismos necios cometer los mismos errores con el metal y la sangre, aprendes a reconocer el paso de alguien que busca respuestas en lugar de trofeos.

El anciano estiró un dedo tembloroso pero firme, señalando con precisión el centro de los glifos rúnicos que Leo había estado intentando descifrar.

—Ese idioma no lo vas a entender mirando las líneas como si fueran adivinanzas de feria —continuó el anciano, levantando la vista hacia los ojos de Leo con una intensidad desconcertante—. Esos símbolos no hablan de magia, muchacho. Hablan de desesperación. Y si de verdad quieres saber qué demonios intentaron construir en los sótanos de este imperio antes de que todo se derrumbara, vas a tener que escucharme. Porque yo fui el único que escribió esos trazos... y el único que sabe por qué fracasaron.

El anciano esbozó una sonrisa desdentada, un gesto que estiró aún más las arrugas de su rostro como el pergamino viejo que reposaba sobre la mesa. Apoyó con más fuerza el peso de su cuerpo sobre el bastón y dio un paso más hacia la luz parpadeante del candil.

—Las respuestas nunca vienen solas, muchacho —respondió el viejo con un tono áspero, chasqueando la lengua—. Siempre traen de la mano el doble de preguntas. Pero si buscas el origen de toda esta chatarra rúnica y el motivo por el cual el estúpido de Valerius perdió la cordura intentando fundir magia y metal, tendrás que escuchar una historia que la historia oficial prefirió enterrar.

El anciano bajó la mirada hacia los diagramas balísticos y los trazos geométricos del documento, y un destello de amargura cruzó por sus ojos cubiertos de cataratas.

—Valerius no quería un imperio para gobernar sobre hombres; quería un reino inmortal. Y me obligó a diseñar armas que desafiaran las leyes de la física y de la propia tierra —continuó el viejo, levantando lentamente el dedo índice para señalar los barriles de prototipos fallidos en la esquina—. Estas pistolas y estos pergaminos no fallaron por mala metalurgia, Leo. Fallaron porque la energía que intentamos canalizar a través de esas runas exigía un precio que este mundo no estaba dispuesto a pagar: la vida de quien apretaba el gatillo.

El anciano levantó la vista de golpe, clavando sus ojos nebulosos directamente en los de Leo con una gravedad helada.

—El verdadero peligro no es lo que ves en estos papeles, sino lo que quedó guardado en el nivel más profundo de la fundición real. Un prototipo funcional. El único que Valerius alcanzó a terminar antes de que ustedes le derribaran las puertas. Y si alguien con la suficiente ambición —o la suficiente desesperación— llega a ponerle las manos encima, este nuevo mundo que apenas están intentando construir va a arder antes de que alcancen a dar el primer voto.

Leo bajó la mirada hacia el prototipo fallido que reposaba en el cofre, examinando con ojos críticos y prácticos la tosca aleación del tambor y el martillo fundido. Dejó escapar un resoplido seco y despectivo, cruzándose de brazos mientras la luz del candil parpadeaba sobre el metal desgastado.

—Lo que quieres decir es que técnicamente necesitaban un mecanismo más complejo —replicó Leo con un tono de absoluta franqueza y un dejo de burla fría—, porque es obvio que estos prototipos no le llegan ni a los talones a los mecanismos de mis Peacemaker .45. Solo mira el sistema de relojería; si jalo el gatillo, esta cosa me explotaría en la mano antes de que la bala siquiera alcanzara a abandonar la recámara.

El anciano soltó una carcajada seca, un sonido crujiente que pareció rasparle la garganta, y asintió lentamente con la cabeza, reconociendo la dura verdad en las palabras del pistolero.

—Tienes buen ojo para la mecánica pura, muchacho, eso no se puede negar —admitió el viejo, apoyando con más fuerza el bastón contra el suelo de piedra—. Ese fue precisamente el abismo en el que tropezamos. Intentamos casar la pólvora y el plomo de toda la vida con una energía ancestral que se alimenta de la fricción y la voluntad, pero la metalurgia de este maldito lugar jamás estuvo a la altura de la ambición de la corona. Los resortes se vencían, los engranajes de relojería se desgranaban ante la primera descarga de energía rúnica, y el acero ordinario simplemente se fundía como cera.

El anciano señaló con un dedo nudoso los trazos grabados en el margen del pergamino, donde se veían diagramas de resortes quebrados y cámaras de combustión reventadas.

—Valerius creía que bastaba con ordenar a los herreros que grabaran glifos sagrados sobre hierro viejo para fabricar un dios de bolsillo —continuó el viejo, con una amargura sorda destilando en cada palabra—. No entendía que las runas no son decoraciones; son ecuaciones físicas extremas. Si la tolerancia del metal variaba por una milésima de pulgada, la presión arcana implosionaba. Por eso los prototipos terminaban convertidos en chatarra humeante y en manos arrancadas. Lo que tú llamas una trampa para tontos, para nosotros fue una década de ensayos fallidos pagados con la sangre de los mejores artesanos que este reino tuvo la desgracia de reclutar.

Leo entornó los ojos, apartando la vista de los pergaminos por un segundo para clavar una mirada filosa y calculadora en el anciano. Apoyó una mano con naturalidad sobre la empuñadura de su revólver, sintiendo el peso reconfortante y familiar del acero bien calibrado.

—Entonces, sabes que mis Peacemaker no son ningún juguete o truco barato de feria —dijo Leo con voz baja, cortante y con un matiz de advertencia en el tono—. No sé quién fuiste en los días de gloria de Valerius, pero si crees que estas piezas de chatarra rúnica se comparan con la precisión milimétrica de un mecanismo que jamás me ha fallado en medio de un tiroteo, estás muy equivocado.

El anciano dejó escapar una sonrisa torcida, mostrando los pocos dientes que le quedaban, y sacudió lentamente la cabeza ante el orgullo del pistolero.

—No te equivoques, muchacho —respondió el viejo, levantando una mano nudosa en señal de paz—. No estoy diciendo que tus armas sean chatarra. Al contrario... lo que tienes en la cintura es la prueba viviente de que la simplicidad mecánica y la ingeniería perfecta superan a cualquier capricho arcano. Mientras nosotros gastábamos décadas intentando forzar la magia dentro del metal, tú confías en resortes limpios, percusión exacta y plomo puro.

El viejo se inclinó un poco más sobre la mesa, acercando su rostro arrugado a la luz del candil.

—Pero esa es precisamente la razón por la cual el prototipo que sigue guardado en el nivel más profundo de la fundición es tan peligroso —continuó el anciano con un susurro grave—. Porque no es un experimento fallido como estos. Es la única arma donde la corona logró resolver el problema de la relojería... y lo hizo fusionando la balística que tú conoces con una runa de contención viva. Si alguien aprende a dispararla, no necesita apuntar a los órganos; la energía que libera destruye todo lo que toca.

Leo se quedó en silencio por un segundo, procesando las palabras del anciano mientras evaluaba mentalmente la estructura de sus propias armas y los fallos de los diseños que reposaban en el cofre.

—Entonces... ¿quieres que yo forje algo nuevo pero ahora implementando las runas? —preguntó Leo, entrecerrando los ojos con una mezcla de cautela y fascinación calculadora—, ¿porque los mecanismos y el nivel de conocimiento que tengo sobre las armas podrían ayudar a resolver el experimento donde ustedes fracasaron?

El anciano lo quedó mirando fijamente, con una chispa de triunfo brillando en sus ojos nebulosos, y asintió lentamente con la cabeza, apoyando con fuerza el bastón contra la piedra del suelo.

—Exactamente, muchacho —respondió el viejo con una sonrisa astuta—. Nosotros teníamos la magia, la teoría y la desesperación de la corona, pero nos faltaba lo más importante: la lógica mecánica de un armero que respeta el metal y entiende cómo funciona la fricción en el mundo real. Tus Peacemaker demuestran que sabes mantener el equilibrio perfecto entre la presión y el disparo. Si combinas esa precisión con la gramática de los glifos que tienes en este pergamino, no estarás fabricando una bomba de relojería como las de Valerius... estarás creando algo que este páramo jamás ha visto.

Leo bajó la mirada hacia la empuñadura de su Peacemaker por un momento, sintiendo el frío latido del acero contra sus dedos mientras las palabras del anciano resonaban en su cabeza.

—Yo... necesito pensarlo —murmuró Leo con la voz más apagada, con el ceño fruncido mientras sopesaba el peso de la propuesta—. Digo... después de todo, estaríamos creando algo totalmente nuevo. Ya no se trataría solo de mis armas de siempre para derrocar reinos o defendernos en los páramos... ahora estaríamos hablando de un arma mucho más fuerte y letal, capaz de diezmar un ejército entero de un solo disparo.

El peso de esa responsabilidad se instaló de golpe en el taller en penumbras. Construir un arma así era cruzar una línea de la que no había retorno; significaba otorgar un poder capaz de inclinar cualquier balanza, pero también de tentar a la destrucción de todo lo que acababan de empezar a reconstruir con tanta sangre y esfuerzo.

El anciano no lo apresuró. Simplemente se apoyó de nuevo en su bastón, observando la tormenta de dudas que cruzaba por el rostro del pistolero con una paciencia infinita.

—Piénsalo bien, muchacho —respondió el viejo en un susurro grave—. Las herramientas no son buenas ni malas; el verdadero peligro siempre es la mano que decide apretar el gatillo. Pero el conocimiento ya está aquí, esperando en la oscuridad.

Leo salió del taller de alquimia con el peso invisible de la propuesta resonando en su mente. El aire fresco de la noche, mezclado con el aroma persistente a madera cortada y tierra húmeda, golpeó su rostro mientras cruzaba el umbral hacia la plaza central. A su alrededor, la capital de Aethelgard respiraba una quietud inédita, un respiro ganado a pulso tras semanas de escombros, fuego y ceniza.

Se dirigió lentamente hacia la fuente recién reconstruida, cuyos surtidores de piedra pulida volvían a verter agua limpia con un murmullo constante y relajante. Se sentó en el borde de la estructura, apoyando los codos en las rodillas y dejando caer el peso de sus manos mientras su mirada se perdía en el vaivén del agua.

A pocos metros de allí, un grupo de niños corría entre los adoquines iluminados por el parpadeo cálido de las hogueras comunales. Risas despreocupadas, gritos de juego y carreras improvisadas rebotaban contra los muros de piedra que apenas comenzaban a levantarse. Entre ellos, el destello fugaz de una pequeña figura con el cabello revuelto le recordó instantáneamente por qué habían peleado en primer lugar. Clara saltaba esquivando a sus compañeros, completamente ajena al abismo tecnológico y moral que su padre adoptivo acababa de descubrir en las entrañas de la vieja fundición real.

Leo llevó lentamente la mano derecha hacia la cartuchera, rozando con la yema de los dedos el metal frío y perfectamente calibrado de su Peacemaker. Aquella pistola no era un capricho arcano ni una bomba de relojería lista para estallar en la mano; era pura precisión mecánica, la culminación de una física honesta que jamás le había fallado cuando la vida pendía de un hilo. Pero la idea de cruzar esa línea —de fundir la lógica de los resortes y el plomo con la energía inestable de los glifos rúnicos para forjar un arma capaz de arrasar un ejército entero de un solo disparo— le helaba la sangre. Habían derrocado una tiranía precisamente para extirpar el veneno de la ambición desmedida, y coquetear con un poder de semejantes magnitudes era, irónicamente, empezar a cavar la fosa del siguiente monstruo.

El agua de la fuente seguía corriendo, imperturbable, mientras el murmullo de la noche arropaba el renacimiento de un mundo que apenas comenzaba a sanar.

El eco de las risas infantiles se fue desvaneciendo conforme Leo se aleja de la fuente, cruzando el patio central del castillo. Las antorchas recién instaladas en los muros arrojaban una luz titilante sobre los corredores de piedra gris, que poco a poco iban recuperando el orden tras los estragos de la guerra.

Empujó con suavidad la pesada puerta de roble de la habitación principal. Adentro, el ambiente era cálido y silencioso. Kassandra estaba sentada en la orilla de la cama, terminando de acomodar las mantas para que Clara durmiera profundamente, acurrucada con el rostro relajado y un pequeño muñeco de trapo entre los brazos. El cansancio del día había vencido por fin a la improvisada regente.

Al sentir el crujido del piso, Kass levantó la vista. Su expresión se suavizó al reconocerlo, aunque el brillo analítico en sus ojos oscuros no tardó en notar la sombra de preocupación que aún cargaba en elatardecer. Con un gesto silencioso para no despertar a la niña, se puso de pie con cuidado de no forzar su hombro herido y caminó hacia él, cerrando la puerta a sus espaldas con un suave chasquido.

—Ya se durmió —susurró Kassandra en apenas un hilo de voz, cruzándose de brazos mientras lo examinaba de cerca—. Te tardaste en la plaza. ¿Qué era lo que tanto te intrigaba en el taller de alquimia, Leo? Se te nota en la cara que encontraste algo mucho peor que simples pergaminos rotos.

Leo miró a Kassandra fijamente, con un destello de profunda fatiga y peso moral en la mirada, y extendió la mano para tomar la suya con firmeza, buscando en el calor de su tacto un ancla que lo devolviera a tierra firme. El silencio de la habitación, apenas roto por la respiración pausada y profunda de Clara al fondo, contrastaba violentamente con la tormenta de pensamientos que amenazaba con desbordarlo.

—Kass... tú eres una ex caballero... dime; alguna vez tuviste la oportunidad de apretar el gatillo que dispare la bala? —preguntó Leo, con la voz rota por una mezcla de duda y una cruda necesidad de validación, mientras sus dedos apretaban ligeramente los de ella—. O sea, has tenido la oportunidad de hacer algo que cambia todo para siempre?

Kassandra se quedó inmóvil por un instante, sorprendida por la repentina vulnerabilidad en la pregunta. Bajó la vista hacia sus manos entrelazadas, recordando los años de adiestramiento militar, las formaciones rígidas bajo el estandarte de Valerius y las órdenes ciegas que en su momento justificó en nombre del deber. Su expresión se ensombreció, surcada por el eco de un pasado del que había intentado huir.

—Todos los soldados creen que están buscando la gran batalla, Leo —respondió Kassandra con voz grave y pausada, levantando lentamente la mirada para sostener la de él—. Creemos que el punto de quiebre llega con una orden, con una carga al frente o con el estruendo de la guerra abierta. Pero la verdad es que las decisiones que lo cambian todo nunca llegan envuidas en gloria. Llegan en silencio, cuando estás sola frente a una elección de la que no hay retorno.

Apretó suavemente la mano de Leo, transmitiéndole un apoyo inquebrantable, consciente de que el peso que su pareja cargaba tras la visita al misterioso anciano del taller superaba con creces cualquier dilema táctico ordinario.

—Cuando servía al rey, me hicieron creer que apretar el gatillo o alzar la espada por una causa mayor justificaba cualquier costo —continuó Kassandra, con un tono más íntimo y cortante—. Pero aprendí a la mala que el verdadero poder de cambiar las cosas para siempre no está en la destrucción que puedes causar, sino en el vacío que dejas después de hacerlo. Si estás cargando con algo que amenaza con romper lo que acabamos de construir... dímelo. No tienes que cargar con este infierno tú solo.

Leo soltó un suspiro pesado, dejando que las palabras de Kassandra calaran hondo mientras la tensión en sus hombros disminuía apenas un poco. El calor de su mano era el único recordatorio tangible de que ya no estaba en el páramo, solo y peleando contra la corriente de un mundo podrido.

—No es solo una decisión táctica, Kass —murmuró Leo, apartando la mirada hacia la silueta dormida de Clara por un segundo antes de volver a mirarla a los ojos—. Encontré a alguien en el taller. Un viejo que dice haber diseñado los experimentos de Valerius. Tienen guardado en los sótanos más profundos de la fundición un prototipo real... una tecnología rúnica que fusiona mis mecanismos con una energía capaz de diezmar un ejército entero con un solo disparo.

Kassandra contuvo el aliento, y sus ojos oscuros se abrieron con una mezcla de asombro y profunda alarma. Antes de que pudiera interrumpir, Leo continuó, apretando la mandíbula:

—El viejo quiere que use mis conocimientos de balística para perfeccionarlo, para crear algo nuevo. Pero detendría todo lo que hemos construido. Si le damos al mundo un arma de esa magnitud, volveremos a caer en la misma trampa: la carrera por el poder absoluto, el miedo, la tiranía con otro nombre.

El silencio volvió a instalarse en la estancia, denso y cargado de una urgencia palpable. Kassandra dio un paso al frente, acortando la distancia entre ambos, y apoyó su otra mano libre sobre el antebrazo de Leo, obligándolo a sostenerle la mirada con una firmeza absoluta.

—Entonces la respuesta ya la tienes, Leo —dijo Kassandra con voz baja, pero tajante, sin dejar lugar a dudas—. Derrocamos a Valerius para que nadie volviera a tener el poder de destruir a nuestra gente con caprichos de metal y magia. Si ese prototipo es tan peligroso como dices, lo último que necesitamos es construir otro monstruo.

Leo asintió lentamente, sintiendo que la neblina en su cabeza empezaba a disiparse, reemplazada por la fría y sobria determinación de saber exactamente qué debían hacer al amanecer.

Leo sacudió levemente la cabeza, apartando la mirada por un segundo mientras la tentación de la ingeniería pura, esa chispa inagotable que siempre lo había impulsado, comenzaba a luchar contra su propio juicio moral. Sus ojos brillaron con el destello febril del inventor que ve más allá del abismo.

—Le dije que iba a pensarlo... Es que... solo piénsalo, Kass... —murmuró Leo, apretando el puente de su nariz antes de volver a mirarla con una intensidad abrumadora—. Construir un rifle de precisión que use las runas... Sería la verdadera balística arcana. Imagina las cosas que podría hacer: si logro construir el primer rifle de precisión con este principio, ¡podría dar el salto a un rifle automático! Las posibilidades serían infinitas de aquí en adelante. Podríamos redefinir la tecnología del continente entero, pasar de la chatarra y los experimentos suicidas de Valerius a una verdadera era de control mecánico y balístico avanzado.

Kassandra contuvo el aliento, sintiendo el frío peso de la ambición de Leo, no una ambición de poder o corona, sino la peligrosa fascinación del artífice ante una cúspide científica jamás alcanzada.

—Leo, escucha lo que estás diciendo —replicó Kassandra con voz firme, aunque sus dedos aún temblaban levemente sobre los de él—. La ingeniería que buscas dominar no se detiene en un rifle de precisión. Si abres esa puerta, ¿quién te asegura que el siguiente no querrá llevarlo a una escala mayor? Una cosa es defender nuestro territorio con plomo y resortes limpios, y otra muy distinta es entregarle al mundo una máquina capaz de reescribir las leyes de la física a capricho de quien apriete el gatillo. La perfección técnica de la que hablas puede convertirse en la soga con la que nos ahorquen mañana.

Leo se quedó en silencio, absorbiendo el golpe de realidad. El eco de los gritos de los niños jugando afuera en la plaza se filtraba débilmente por la ventana, recordándole el frágil santuario que acababan de construir sobre las cenizas del viejo régimen. Sabía que las palabras de Kassandra eran la única muralla real entre su mente brillante y la catástrofe que el anciano del taller le había advertido.

Leo apretó los dientes, dejando escapar un suspiro frustrado mientras pasaba una mano por su cabello revuelto, incapaz de apagar la marea de escenarios catastróficos que se remolinaban en su cabeza.

—Pero, Kass... ahí afuera está la gente que confía en nosotros —replicó Leo con un tono de urgencia contenida, dando un paso hacia ella para hacerla entender el tamaño del abismo—. ¿Y si algún monstruo llega antes que yo? ¿Y si esa carrera armamentista la gana alguien más en las sombras, alguien con la misma ambición de Valerius pero con más paciencia? ¿Cómo se supone que voy a cuidar de los pueblos, del nuevo reino demócrata, si dejo que el arma más destructiva del continente caiga en las manos equivocadas?

Kassandra lo sostuvo de los antebrazos, obligándolo a detenerse y a frenar la espiral de paranoia lógica que lo consumía. Su mirada era un ancla firme en medio de la tormenta.

—Cuidar de este lugar no significa convertirte en el único escudo intocable, Leo —respondió Kassandra con voz pausada, cortante y absoluta—. Si construyes esa arma porque tienes miedo de que otro la use, ya habrás perdido. Te convertirás en el carcelero de tu propio invento. La democracia y la libertad de esta gente no se van a sostener sobre el cañón de un rifle capaz de borrar ejércitos de un tiro; se van a sostener porque aprendieron a defenderse juntos, con las reglas y las manos de quienes no necesitan tiranos ni dioses de metal para sobrevivir.

El peso de sus palabras retumbó en la habitación, mientras la respiración acompasada de Clara seguía marcando el ritmo de la frágil paz que intentaban proteger.

El silencio que siguió a las palabras de Kassandra fue denso, pesado como el aire antes de una tormenta eléctrica. Las brasas de la chimenea crepitaban débilmente en la esquina, arrojando destellos naranjas que se quebraban en la superficie de los ojos oscuros de Leo. El peso de la tensión acumulada durante semanas de guerra, estrategia y reconstrucción pareció concentrarse en ese único rincón de la alcoba.

Leo la miró fijamente, con los músculos de la mandíbula tensos y un destello de genuina vulnerabilidad cruzando por su semblante. Ya no era el estratega frío ni el artífice calculador que medía distancias y tolerancias de presión; era un hombre acorralado por sus propias dudas, buscando desesperadamente un ancla en la persona que mejor lo conocía.

—Kass... ¿Ya no confías en mí? —preguntó Leo, con la voz baja, casi un susurro áspero que denotaba una herida profunda, impropia de un hombre acostumbrado a cargar con el peso del mundo sin titubear.

Kassandra se quedó inmóvil. Las palabras parecieron golpearla físicamente, descolocándola por completo. Sus ojos, habituados a evaluar amenazas y anticiparse al peligro en el campo de batalla, se abrieron con sorpresa antes de ensombrecerse por un dolor sutil. Soltó lentamente el agarre que mantenía en los antebrazos de Leo y dio un paso atrás, cruzando los brazos sobre el pecho como si intentara protegerse de un impacto inevitable.

—No digas estupideces, Leo —respondió Kassandra, con un tono cortante que temblaba apenas en los bordes, delatando la tormenta interna que esas pocas palabras acababan de desatar—. Si no confiara en ti, no estarías aquí, compartiendo esta habitación, ni habríamos arriesgado el pellejo para derrocar a Valerius y dejar el destino de esta gente en sus propias manos. Mi confianza en ti es lo único que ha evitado que este lugar se convierta en otra fosa común.

Dio otro paso hacia él, acortando de nuevo la distancia, con una intensidad feroz brillando en su mirada mientras le sostenía el rostro con ambas manos, obligándolo a no apartar la vista.

—No se trata de si confío en ti o no, Leo. Se trata de que conozco esa mirada —continuó Kassandra, su voz volviéndose más firme, casi un eco de advertencia—. Es la misma mirada que tenía Valerius cuando creía que su genio podía doblegar cualquier ley natural para "proteger" su reino. La tiranía no empieza con un decreto de sangre, Leo; empieza el día en que un hombre decide que es el único lo suficientemente sabio, fuerte y despiadado para decidir qué pesadillas merece la pena fabricar. Si cruzas esa línea bajo la excusa de que "alguien más podría hacerlo", ya habrás cavado la tumba de todo por lo que hemos luchado.

Leo sintió que las palabras de Kassandra le golpeaban el pecho con la fuerza de un martillo hidráulico. Cada sílaba era un espejo incómodo, una bofetada de realidad que disipaba de golpe la fiebre del inventor y le devolvía el peso exacto de lo que estaba a punto de hacer.

Bajó la mirada lentamente, sintiendo el calor de las manos de ella sosteniéndole el rostro, y dejó escapar un suspiro largo, un aire viciado que llevaba conteniendo desde el momento en que el anciano le había señalado el prototipo en las sombras del taller.

—Tienes razón... Lo siento —murmuró Leo con la voz quebrada por una mezcla de frustración y profunda rendición, apretando los ojos por un segundo antes de volver a abrirlos—. Estaba viendo los planos, las matemáticas, el logro técnico... y por un maldito segundo olvidé de dónde venimos y a qué costo levantamos estos muros. El viejo de abajo tiene razón en una cosa: el conocimiento ya está ahí. Pero lo que hagamos con él depende única y exclusivamente de nosotros.

Kassandra no apartó las manos de inmediato; dejó que sus pulgares rozaran con suavidad las mejillas de Leo, ablandando la dureza de su gesto anterior hasta dejar escapar un suspiro de alivio compartido. Sabía mejor que nadie la carga mental que significaba llevar el timón de un mundo en ruinas, donde cada decisión amenazaba con inclinar la balanza hacia la catástrofe.

—No tienes que cargar con la ingeniería del mundo entero sobre tus hombros, Leo —dijo Kassandra con una suavidad desacostumbrada, bajando las manos para volver a entrelazar sus dedos con los de él—. Si ese prototipo sigue allá abajo en la oscuridad, lo que tenemos que hacer no es perfeccionarlo, ni correr a usarlo... es asegurarnos de que nadie más vuelva a ponerle las manos encima.

El parpadeo de las velas en la alcoba proyectaba sombras alargadas que se mecían al compás del silencio nocturno. Afuera, la capital de Aethelgard seguía descansando bajo el manto de una paz frágil, ignorante de la bala de plata que había estado a punto de reescribir su destino. Leo asintió despacio, sintiendo cómo el nudo en su garganta se deshacía al fin, reemplazado por la certeza de que su verdadera fuerza no residía en el filo de un arma legendaria, sino en la mujer que tenía enfrente y en el futuro que ambos habían jurado proteger a pulso limpio.

El silencio en la habitación volvió a aquietarse, ya no como una amenaza latente, sino como un espacio de tregua donde ambos podían respirar en paz. Leo dio un paso al frente y la rodeó con los brazos, atrayéndola hacia su pecho en un abrazo firme y prolongado. Kassandra respondió de inmediato, escondiendo el rostro en su hombro y dejando que la tensión acumulada durante toda la noche se desvaneciera por completo entre sus brazos.

—Mañana mismo nos encargaremos de eso —murmuró Leo contra su cabello, con la voz firme y resuelta—. El taller de abajo quedará sellado para siempre. No voy a permitir que ningún fantasma del viejo régimen ni ningún ambicioso de pacotilla reviva esa pesadilla.

Kassandra se separó lo justo para mirarlo a los ojos, una sonrisa sutil y aliviada dibujándose al fin en su rostro antes de asentir con la cabeza.

—Así se habla, armero —respondió con su característico tono seco pero afectuoso, dándole un leve apretón en la mano antes de mirar hacia la cama donde Clara seguía durmiendo plácidamente—. Ahora, por lo que más quieras, ven a la cama y descansa. El nuevo mundo puede esperar un par de horas más.

Leo sonrió de verdad, sintiendo que el peso del plomo y las runas por fin se apartaba de sus hombros. Con un último vistazo a la alcoba y a la frágil calma que inundaba el castillo, apagó el candil principal y dejó que la oscuridad de la noche cubriera el refugio que tanto les había costado conquistar.

La luz de las antorchas en la vasta y fría forja subterránea de un reino rival proyectaba sombras alargadas sobre los muros de piedra negra. El calor sofocante del horno principal apenas competía con la tensión helada que flotaba en el ambiente, donde filas de armeros y guardias observaban en completo silencio la mesa central. Sobre ella reposaba una estructura de metal oscuro y denso, surcada por runas incandescentes que pulsaban con un ritmo antinatural, alimentadas por una energía cruda y despiadada.

—¿Ya tiene el prototipo listo? —preguntó una voz fría y autoritaria, resonando desde losas más elevadas del balcón que dominaba el taller.

El comandante de la guardia, con la armadura tachonada de insignias de guerra y el rostro marcado por cicatrices de viejas campañas, dio un paso al frente e inclinó levemente la cabeza hacia las sombras superiores.

—Sí, señor —respondió el caballero con voz firme, sin apartar la vista del arma—. Los ajustes en los resortes de presión aguantaron la carga arcana. Estamos listos para probar su efectividad en el campo de tiro.

Sin perder un segundo, el caballero señaló con un gesto seco a un subordinado. Al otro extremo de la galería subterránea, un guardia real se colocó con rigidez frente a un blanco de prueba de acero reforzado, sosteniendo un escudo de aleación pesada.

El caballero levantó el rifle rúnico, apoyando la culata contra su hombro con una precisión calculadora. Sus dedos acariciaron el gatillo, sintiendo cómo la vibración de las runas trepaba por la madera y el metal hasta su brazo. No dudó. Apretó el mecanismo.

Un estampido atronador, seco y ensordecedor como el fin del mundo, desgarró las paredes de la forja. El retroceso fue brutal, una sacudida tan violenta que arrancó chispas del propio armazón del arma, seguida de inmediato por una detonación secundaria en la cámara de combustión. Una onda expansiva de energía y fuego estalló en la línea de fuego, y el grito desgarrador de agonía del guardia cortó el aire de golpe: el hombre cayó de rodillas al suelo, contemplando con horror espantoso los muñones humeantes donde un segundo antes habían estado sus manos, desintegradas por la furia indómita del prototipo.

El humo espeso comenzó a disiparse lentamente en el silencio sepulcral del taller, mientras el rifle humeante sobre la mesa demostraba que el poder absoluto, una vez más, exigía un precio demasiado alto a quienes intentaban doblegarlo.

Las brasas de la explosión aún crepitaban en el fondo de la galería, iluminando con un parpadeo rojizo y errático los rostros pálidos de los armeros. El olor a ozono, carne quemada y metal fundido impregnaba el aire pesado de la forja subterránea, mezclándose con los lamentos ahogados del guardia herido, a quien los médicos de la guardia arrastraban de urgencia hacia los pasillos oscuros.

El caballero, con el hombro magullado por la brutal culatazo del arma y el uniforme manchado de hollín, apretó los dientes mientras se ponía de pie junto a la mesa de trabajo. Miró los restos humeantes del prototipo rúnico, donde los engranajes de relojería se habían desgranado en una maraña de resortes retorcidos.

Desde el balcón superior, la imponente figura envuelta en las sombras dio un paso al frente, apoyando las manos enguantadas sobre la barandilla de hierro. La tensión en su voz cortó el silencio como un cuchillo:

—Supongo que aún... no está listo.

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Catalina Angel
Pobre Leo :'(
Alejandro: si me pase tantito con el :(
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