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La Esposa De Mí Jefe

La Esposa De Mí Jefe

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Mafia
Popularitas:866
Nilai: 5
nombre de autor: Dannyperezok

Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.

Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.

Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.

Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.

Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.

Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.

Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.

Victoria es su jefa.

La esposa de su jefe.

Una mujer prohibida.

Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.

Él comienza protegiéndola de peligros externos...

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Capitulo 2: Las cosas que no dice

Victoria

Fernando Ferrara llevaba menos de veinticuatro horas trabajando para mi esposo y ya había conseguido algo que nadie había logrado en años.

Hacerme sentir observada.

No de la manera en que Alexander lo hacía.

Alexander me observaba para controlarme.

Fernando lo hacía para protegerme.

Y esa diferencia me desconcertaba.

—¿Vas a seguir ahí parado? —pregunté.

Fernando estaba junto a la puerta de la biblioteca.

—Es mi trabajo.

—¿Tu trabajo consiste en mirar cómo leo?

—Consiste en asegurarme de que nadie entre sin que yo lo sepa.

—Estamos dentro de mi casa.

—Precisamente.

Cerré el libro.

—¿Siempre contestas así?

—Cuando me hacen preguntas innecesarias.

Lo miré indignada.

—Eres insoportable.

—Me lo han dicho antes.

—¿Muchas veces?

—Las suficientes.

No pude evitar sonreír.

Él no lo hizo.

Pero sus ojos cambiaron ligeramente.

Como si hubiera notado mi sonrisa.

Como si le hubiera gustado verla.

Aparté la mirada.

No debía pensar en eso.

Era mi guardaespaldas.

Nada más.

Aquella noche Alexander llegó más tarde de lo habitual.

Yo estaba cenando sola.

Como casi siempre.

Escuché sus pasos acercándose al comedor.

Mi cuerpo se tensó automáticamente.

Odiaba esa reacción.

Odiaba que mi propio cuerpo hubiera aprendido a tenerle miedo.

—¿Por qué estás cenando sola? —preguntó.

—Porque llegaste tarde.

Dejó las llaves sobre la mesa.

—Podrías haberme esperado.

—Tenía hambre.

Su mirada se endureció.

—¿Y dónde está Ferrara?

Sentí un pequeño alivio al saber que Fernando estaba cerca.

—En la entrada.

Alexander apretó la mandíbula.

—Quiero hablar contigo.

Dejé los cubiertos.

—¿Sobre qué?

—Sobre tu comportamiento de hoy.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Qué hice?

Se acercó.

—Me dijeron que estuviste hablando con el guardaespaldas.

—Es mi guardaespaldas.

—No necesito que seas amable con él.

—No estaba siendo amable.

—Entonces no vuelvas a hablar con él más de lo necesario.

Lo miré.

—¿Estás celoso de tu propio empleado?

Su rostro cambió.

Fue apenas un segundo.

Pero lo suficiente.

—No juegues conmigo, Victoria.

Me levanté.

—No estoy jugando.

Alexander golpeó la mesa con la palma.

El ruido me hizo retroceder.

—¡No vuelvas a contestarme!

Me quedé inmóvil.

Mis manos comenzaron a temblar.

Alexander respiró profundamente y se acercó.

—Mírame.

No pude.

—Victoria.

Levanté los ojos.

—Eso está mejor.

Entonces escuchamos una voz.

—¿Todo está bien?

Fernando.

Alexander giró la cabeza.

Yo también.

Fernando estaba en la entrada del comedor.

Su expresión había cambiado.

Ya no parecía el hombre tranquilo que había conocido esa mañana.

Sus ojos estaban completamente fijos en Alexander.

—Todo está perfectamente bien —respondió mi esposo.

Fernando no se movió.

—Pregunté si todo estaba bien.

Alexander dio un paso hacia él.

—No te metas en asuntos matrimoniales.

Fernando sostuvo su mirada.

—No lo haré.

Silencio.

—Pero si escucho otro grito —continuó—, voy a intervenir.

Mi corazón se detuvo.

Alexander sonrió con desprecio.

—Recuerda quién firma tu cheque.

Fernando ni siquiera parpadeó.

—Recuerdo perfectamente quién me contrató.

Alexander se marchó.

Yo permanecí inmóvil.

Fernando esperó hasta escuchar la puerta del despacho cerrarse.

Después me miró.

—¿Estás bien?

Quise responder que sí.

Era lo que siempre hacía.

Pero aquella vez no pude.

—Sí.

Fernando negó lentamente con la cabeza.

—No te creo.

Sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas.

—No necesito que me tengas lástima.

—No te tengo lástima.

—Entonces ¿qué?

Se quedó en silencio.

—Preocupación.

Una palabra.

Solo una.

Pero fue suficiente para romper algo dentro de mí.

Una lágrima cayó por mi mejilla.

Me la limpié rápidamente.

—No quiero que Alexander sepa que lloré.

Fernando dio un paso hacia mí.

No demasiado.

Solo lo suficiente para que pudiera escucharlo.

—No se lo diré.

—¿Por qué?

—Porque no es asunto suyo.

Lo miré.

Y por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien estaba de mi lado.

No intentó tocarme.

No intentó abrazarme.

No intentó decirme qué debía hacer.

Simplemente permaneció allí.

Y eso fue mucho más de lo que había recibido durante años.

Fernando

Esa noche confirmé algo.

Victoria no necesitaba un guardaespaldas.

Necesitaba escapar.

No sabía de qué.

Todavía no.

Pero sabía que Alexander Blackwood no era el hombre que aparentaba ser.

A las dos de la madrugada estaba revisando las cámaras de seguridad cuando recibí otro mensaje.

Número desconocido.

Esta vez no había fotografía.

Solo unas palabras.

"Deja de investigar a Victoria."

Me quedé mirando la pantalla.

Después levanté la vista hacia el pasillo.

La puerta de la habitación de Victoria estaba cerrada.

Guardé el teléfono.

Alguien sabía que estaba investigando.

Y eso significaba que las amenazas no eran simples advertencias.

Eran una señal.

Una señal de que alguien estaba observando cada movimiento que hacíamos.

Me levanté.

Fui hasta el pasillo.

Y entonces escuché algo.

Un sollozo.

Me detuve frente a la puerta de Victoria.

No debía entrar.

Era su privacidad.

Pero después escuché una voz apagada.

—Por favor…

Abrí los ojos.

No era un sueño.

Estaba hablando con alguien.

Y entonces escuché claramente:

—No vuelvas a pegarme.

Sentí que la sangre me hervía.

Pero respiré profundamente.

No podía perder el control.

No todavía.

Llamé suavemente a la puerta.

—Victoria.

Silencio.

Volví a llamar.

—Soy Fernando.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Y en su rostro había una marca que no estaba allí aquella mañana.

La miré.

Ella bajó la cabeza.

—No preguntes.

Sentí una furia que tuve que contener.

—No voy a preguntarte quién lo hizo.

Victoria levantó la mirada.

—¿Entonces qué vas a hacer?

La observé durante varios segundos.

—Lo que me contrataron para hacer.

—¿Protegerme?

Asentí.

—Sí.

Ella abrió un poco más la puerta.

—Entonces quédate.

Aquella palabra me golpeó más fuerte que cualquier amenaza.

Quédate.

Y sin saberlo, aquella fue la primera noche en que Victoria comenzó a confiar realmente en mí.

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