La criaron en la mansión Blackwood, entre los cinco herederos destinados a protegerla. Ayla lo dio todo por esa manada: su lealtad, su don de sangre curativa, su corazón. Hasta que una desconocida llegó con una sonrisa dulce y una mentira perfecta, y uno a uno, los cinco le dieron la espalda.
Acusada, humillada y desechada como si nunca hubiera importado, Ayla no suplica. No llora frente a ellos. Se pone de pie ante toda la manada y pronuncia las únicas palabras que pueden romperlos: los rechaza. A los cinco. En voz alta.
Pero el destino tenía otros planes para la huérfana de ojos plateados. Porque hay un Alfa Supremo que la reconoció desde el primer instante. Porque en su sangre duerme un linaje que creían extinto. Y porque la joven a la que despreciaron no era una omega cualquiera: era la heredera que podía cambiarlo todo.
Cuando la verdad sobre su origen salga a la luz, los que la abandonaron descubrirán, demasiado tarde, a quién dejaron ir.
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Capítulo 1 — La Niña del Bosque
Antes de convertirse en motivo de discordia entre los cinco herederos de la manada Luna de Plata, Ayla era apenas una niña perdida.
Pocos conocían la verdadera historia.
Pero todos conocían la leyenda.
La historia de la niña que salvó la vida del Alfa Magnus.
Diez años antes…
El bosque estaba cubierto de nieve.
El viento soplaba entre los árboles como un lamento sombrío.
Magnus Blackwood corría entre los pinos mientras la sangre le escurría por el costado.
La emboscada había sido cuidadosamente planeada.
Una manada rival había atacado durante una patrulla.
Sus guerreros habían quedado dispersos.
Dos habían muerto.
Otros estaban desaparecidos.
Y Magnus estaba solo.
Una hoja envenenada le había atravesado el cuerpo.
Cada paso le exigía más esfuerzo.
Empezaba a nublársele la vista.
El Alfa sabía muy bien lo que eso significaba.
La muerte estaba cerca.
Entonces cayó.
Su cuerpo se estrelló contra la nieve congelada.
El sabor a sangre le invadió la boca.
Magnus creyó que no volvería a casa.
Pensó en sus hijos.
Pensó en su manada.
Pensó en todo lo que dejaría atrás.
Fue entonces cuando oyó unos pasos.
Pequeños.
Ligeros.
Una niña.
Con dificultad, alzó la mirada.
Una niña lo observaba detrás de un árbol.
Parecía tener unos ocho años.
El cabello oscuro lo tenía enmarañado.
El vestido estaba rasgado.
Los pies descalzos, cubiertos de lodo y nieve.
Pero sus ojos…
Sus ojos eran distintos.
Plateados.
Luminosos.
Como la propia luna.
—Huye… —murmuró Magnus.
La niña no se movió.
—Hay hombres peligrosos cerca.
Ella siguió observándolo.
En silencio.
—Vete.
La niña caminó hacia él.
Magnus intentó levantarse.
No pudo.
La niña se arrodilló a su lado.
—Vas a morir.
La franqueza de aquella voz infantil le arrancó una breve risa.
—Sí.
Ella ladeó la cabeza.
Como si estuviera pensando.
Entonces tomó una piedra afilada que había cerca.
Magnus abrió mucho los ojos.
Antes de que pudiera impedirlo, la niña se cortó la palma de la mano.
La sangre empezó a brotar.
Pero pasó algo extraño.
La nieve alrededor resplandeció.
Pequeños puntos de luz surgieron en el aire.
Como estrellas.
La niña presionó la mano herida sobre la herida del Alfa.
Una oleada de calor le recorrió el cuerpo.
Magnus se quedó paralizado.
El dolor desapareció.
El veneno empezó a retroceder.
La herida se cerró ante sus ojos.
Él la miraba sin poder creerlo.
Aquello era imposible.
Ningún curandero poseía semejante habilidad.
Ningún lobo poseía semejante poder.
Cuando la luz se apagó, la niña retiró la mano.
Su rostro estaba pálido.
Pero la herida del Alfa había desaparecido.
Por completo.
Magnus se quedó callado.
El corazón desbocado.
Conocía las historias antiguas.
Las profecías.
Leyendas que hablaban de una niña bendecida por la Diosa de la Luna.
Una loba capaz de curar con su propia sangre.
Una loba cuyo destino cambiaría el mundo de los lobos.
Y esa niña estaba frente a él.
Sola.
Perdida.
Abandonada.
—¿Cómo te llamas?
—Ayla.
—¿Dónde está tu familia?
La niña bajó la mirada.
—No lo sé.
Magnus sintió una opresión en el pecho.
Se veía tan pequeña.
Tan frágil.
Y aun así, acababa de salvarle la vida.
Una deuda de vida.
La más sagrada entre los lobos.
El Alfa posó una mano sobre la cabeza de la niña.
—Entonces ven conmigo.
Ayla parpadeó.
—¿Adónde?
—A casa.
La noticia se propagó rápido por la manada Luna de Plata.
Cuando Magnus regresó llevando de la mano a una niña desconocida, todos quedaron atónitos.
Más aún cuando escucharon la historia.
Esa misma noche, ante los ancianos, Magnus tomó una decisión.
—Esta niña me salvó la vida.
El salón permaneció en silencio.
—A partir de hoy, Ayla será parte de mi familia.
Los ancianos intercambiaron miradas.
—Será criada como mi ahijada.
—Tendrá protección.
—Tendrá educación.
—Tendrá un hogar.
Magnus miró entonces a sus cinco hijos, que observaban todo con curiosidad.
Kael.
Darius.
Rowan.
Lucien.
Finn.
Ninguno imaginaba que aquel momento cambiaría sus vidas.
—Y algún día —continuó Magnus—, uno de mis herederos se unirá a ella.
Los murmullos llenaron el salón.
—Esta es mi promesa.
—Mi deuda jamás será olvidada.
La pequeña Ayla no comprendió del todo aquellas palabras.
Pero los cinco niños le sonrieron.
Finn fue el primero en acercarse.
—¿Entonces vas a ser nuestra hermana?
Ayla titubeó.
—¿Puedo?
—¡Claro que puedes! —respondió él.
Los demás terminaron asintiendo.
Y por primera vez desde que tenía memoria…
Ayla sintió que había encontrado una familia.
Años después…
Ayla contemplaba el atardecer desde el balcón de la mansión Blackwood.
A los dieciocho años, se había convertido en una de las lobas más admiradas de la manada.
Hermosa.
Amable.
Respetada.
Y amada por los cinco herederos.
O al menos eso creía ella.
La paz de aquella tarde se rompió con la llegada de un carruaje.
Ayla frunció el ceño.
Las visitas eran raras.
Los criados corrieron por el patio.
Los guardias abrieron los portones.
La puerta del carruaje se abrió despacio.
Bajó una joven.
Parecía frágil.
Delicada.
Asustada.
El cabello dorado le brillaba bajo la luz del ocaso.
Los ojos, llenos de lágrimas.
—¿Quién es? —preguntó Ayla.
Nadie respondió.
Porque en ese instante los cinco herederos acababan de llegar al patio.
Y todos miraban a la desconocida.
Como si algo invisible los hubiera atraído.
Como si el destino acabara de cambiar de rumbo.
La joven alzó la mirada.
Y sonrió.
Una sonrisa dulce.
Perfecta.
Pero, escondido detrás de aquella máscara, estaba el comienzo de la ruina de Ayla.
Su nombre era Selena.