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¡Me Case Con Él Ceo Despiadado! Contrato Con El Heredero Equivocado.

¡Me Case Con Él Ceo Despiadado! Contrato Con El Heredero Equivocado.

Status: En proceso
Genre:CEO / Amor prohibido / Romance de oficina
Popularitas:84.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Celeste A. Godoy

Para salvar a su madre del desalojo, Harper acepta un matrimonio por contrato de dos años con Jeremy, el heredero del imperio multimillonario Salvatore. Pero en la noche de bodas, el novio huye con el dinero, activando una cláusula oculta que la vincula legalmente al temido CEO de la corporación: Mason Eliot Salvatore, el hermano mayor.
Convencido de que ella es una cazafortunas, Mason la recluye en su penthouse bajo reglas implacables. Sin embargo, la dignidad de Harper desafía su frialdad, transformando el cautiverio en una atracción adictiva.

NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4: MI CONDENA

Harper Jones

El trazo de mi firma aún estaba fresco en el papel cuando Horacio Salvatore retiró el documento con una lentitud metódica, casi litúrgica.

Presionó un botón de cobre en la esquina de su escritorio de caoba y la puerta doble se abrió de inmediato. Tres hombres vestidos con trajes oscuros impecables —abogados, notarios y un hombre de seguridad— entraron sin pronunciar palabra, como si hubieran estado esperando la señal detrás del marco de madera.

—Thomas, tramita la anulación de la ejecución de la hipoteca en este preciso instante. Llama al fiscal del distrito si es necesario —ordenó Horacio, sellando la carpeta burdeos con un sello de cera roja—. Envía la unidad médica de soporte vital avanzado al Centro Médico de la Avenida Cinco. La señora Mary Jones debe ser trasladada a la suite de cuidados intensivos del Centro Salvatore antes de dos horas. Quiero a los mejores cardiólogos del estado a su lado.

—Entendido, señor —respondió el abogado principal, tomando los documentos y saliendo a paso ligero mientras marcaba febrilmente en su teléfono.

Yo me quedé de pie en medio del despacho, sintiendo que el suelo se balanceaba bajo mis pies. El bolígrafo de oro aún quemaba en mi mano derecha.

Mis nudillos sangrantes habían dejado un leve rastro de sangre en el borde del escritorio de caoba, una mancha roja que un asistente se apresuró a limpiar con un pañuelo de seda blanco como si fuera una impureza intolerable.

—Tu madre ya está a salvo, Harper —dijo Horacio, volviéndose hacia mí. Sus ojos azules me escudriñaron con esa distancia helada de quien acaba de adquirir un activo valioso en una subasta—. Pero para que el contrato mantenga su validez legal y el fideicomiso se active, la ceremonia debe realizarse hoy mismo. Sin prensa, sin fiesta y sin demoras.

—¿Hoy? —pestañeé, sintiendo un nudo ahogante en la garganta—. Ni siquiera he podido ver a mi madre. Necesito ir al hospital, necesito decirle que está bien...

—Verás a tu madre cuando el acta de matrimonio esté inscrita en el registro civil —sentenció el anciano, rodeando el escritorio—. Tu vida anterior ha terminado, niña. A partir de este minuto, cada segundo de tu tiempo le pertenece a la familia Salvatore. No puedes aparecer ante un juez con ese disfraz de indigente.

Hizo un gesto con la mano y dos mujeres vestidas con uniformes negros sencillos aparecieron desde una puerta lateral.

—Llévenla al vestidor del piso cincuenta y ocho. Prepárenla. Tienen cuarenta minutos.

—¡No soy un muñeco que puedan vestir y desvestir a su antojo! —grité, dándole un paso al frente, apretando los puños con la poca rabia que me quedaba en las venas.

Horacio se detuvo en seco. Se giró despacio y me miró con una frialdad que me congeló las palabras en los labios.

—Firmaste el documento, Harper. Vendiste tus derechos a cambio de la vida de tu madre y cinco millones de dólares. Aceptaste las reglas. Ahora vas a comportarte como la mujer que vale ese dinero, o romperé el acuerdo aquí mismo y devolveré a tu madre a la calle de Brooklyn. ¿Es eso lo que quieres?

Tragué saliva, sintiendo un gusto amargo a hiel en la boca. La impotencia me carcomía las entrañas, un fuego destructor que amenazaba con hacerme estallar en lágrimas, pero apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula y mantuve la cabeza erguida.

—Haga lo que quiera —susurré con desprecio—. Pero no vuelvan a tocarme encontra de mi voluntad.

El vestidor del piso cincuenta y ocho era un espacio antinatural de espejos, luces blancas y perchero tras perchero de ropa de alta costura. Las dos mujeres no hablaron. Con una eficiencia robótica, me despojaron de mi uniforme de limpieza manchado de cloro, ignorando mis jadeos de tensión.

Me metieron en una ducha de agua hirviendo que quemó la mugre y el olor a desinfectante de mi piel, pero que no pudo quitarme la sensación de suciedad que se me había pegado al alma.

Me peinaron el cabello pelirrojo, secándolo hasta que cayó en ondas cobrizas sobre mis hombros. Cubrieron los moratones de mis brazos y la palidez cadavérica de mi rostro con capas de maquillaje invisible.

Finalmente, me pusieron un vestido sencillo de seda color marfil, de cuello alto y mangas largas, que se ajustaba a mi cintura delgada pero cubría cualquier rastro de la lucha de esa madrugada.

Al mirarme al espejo, no reconozca a la persona que me devolvía la mirada. No era Harper Jones, la muchacha que fregaba suelos a las dos de la mañana para comprar medicinas. Era un fantasma elegante, una muñeca de porcelana vestida para un sacrificio.

Me llevaron en una camioneta de cristales tintados negros hasta un juzgado civil en el bajo Manhattan. La llovizna seguía cayendo sobre la ciudad, convirtiendo las calles en espejos oscuros.

Al entrar por una puerta trasera a una sala de audiencias pequeña y desierta, Jeremy Salvatore ya estaba allí.

Llevaba un traje azul marino impecable, pero su corbata estaba ligeramente torcida y sus ojos reflejaban una mezcla de furia reprimida y resaca. Cuando me vio entrar, su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo. Hubo un segundo de sorpresa en sus ojos azules al verme arreglada, pero de inmediato su rostro se contrajo en un rictus de repugnancia.

—Miren esto —murmuró Jeremy para sí mismo, pero asegurándose de que yo lo escuchara mientras se apoyaba contra el estrado de madera—. El abuelo realmente me va a obligar a casarme con la chica pobre. Es una maldita locura.

—Jeremy —advirtió Thomas, el abogado de la familia, que permanecía junto al juez de paz.

—Cállate, Thomas. Todos sabemos lo que es esto —dijo el joven, dando un paso hacia mí. Su aliento olía sutilmente a alcohol caro—. No sé qué clase de truco usaste para convencer a ese viejo chocho en su despacho, chantajista de mierda, pero escucha bien lo que te voy a decir: no pienses ni por un segundo que eres mi esposa de verdad. No eres más que una muerta de hambre que compró mi abuelo para joderme la vida. No me toques, no me hables y no te cruces en mi camino.

La ira que había estado conteniendo toda la mañana amenazó con romper mi autocontrol. Me acerqué a él hasta quedar a solo unos centímetros de su pecho, mirándolo fijamente a los ojos con un odio tan puro que el chico dio un medio paso involuntario hacia atrás.

—Escúchame tú a mí, pedazo de imbécil —le dije en un susurro bajo, veneno puro saliendo de mis labios—. Yo no quería estar aquí. Tu abuelo nos destruyó la vida a mi madre y a mí solo para usarme como el bozal que te va a poner a ti para que dejes de hacer el ridículo en los periódicos. No me importas tú, no me importa tu apellido ni tu dinero de mierda. Solo estoy firmando esta basura para salvar a mi madre de la calle. Así que no te preocupes: para mí no eres más que un perro con correa de oro, y te aseguro que me das tanto asco como yo a ti.

Jeremy se puso pálido. Abrió la boca para responder, indignado por el golpe a su arrogancia, pero el juez de paz aclaró la garganta con fuerza, golpeando un pequeño mazo de madera sobre la mesa.

—Suficiente —dijo el juez, un hombre mayor con cara cansada que claramente sabía que no debía hacer preguntas cuando la familia Salvatore estaba involucrada—. Estamos aquí para formalizar el enlace civil entre Jeremy Salvatore y Harper Jones. Procederemos con la lectura de la solicitud rápida.

El proceso duró menos de tres minutos. No hubo votos. No hubo anillos. No hubo flores ni miradas de amor. Solo el sonido de las hojas al pasarse y la voz monótona del juez leyendo artículos del código civil que sonarían como una condena a muerte.

—Señorito Salvatore, firme aquí —indicó el juez.

Jeremy tomó la pluma con dedos temblorosos. Vi cómo le sudaban las manos, cómo la rabia y la humillación le hacían bailar la mandíbula. Firmó con un trazo rápido, violento, tirando la pluma sobre la mesa en cuanto terminó.

—Señorita Jones... su turno.

Acerqué la mano. La piel de la palma me escocía donde me había clavado las uñas en la Torre Salvatore. Firmé justo debajo de su nombre. En ese mismo instante, el sello oficial del estado cayó sobre el papel con un golpe seco y definitivo.

Matrimonio consumado ante la ley.

—Felicidades —dijo el juez con un tono desprovisto de cualquier emoción—. Ya son marido y mujer.

En cuanto las palabras salieron de la boca del magistrado, el teléfono de Jeremy comenzó a sonar en su bolsillo. Él lo sacó rápidamente, miró la pantalla y su rostro cambió por completo. Una expresión de alivio y prisa calculada cruzó sus facciones.

—Tengo que irme —dijo Jeremy de golpe, guardando el teléfono sin responder.

—Jeremy, tu abuelo dio órdenes estrictas de que debes acompañar a tu esposa al penthouse de Brooklyn Heights para la cobertura de entrada de la seguridad privada —intervino Thomas, dando un paso adelante.

—¡Me importa un carajo lo que dijo el abuelo! —estalló Jeremy, ajustándose la chaqueta del traje con manos torpes—. Ya firmé esa maldita hoja. Ya le di lo que quería para que no me quitara la asignación mensual. Tengo un compromiso urgente. El jet privado me está esperando en Teterboro.

—Jeremy, no puedes irte así... —insistió el abogado.

—Dile a mi abuelo que se quede con su trofeo de Brooklyn —espetó el joven, dedicándome una última mirada cargada de desprecio—. Disfruta la casa sola, "esposa". Nos veremos en dos años para el divorcio.

Se dio la vuelta y salió corriendo de la sala de audiencias, dejando que la puerta de roble se cerrara tras de sí con un golpe sordo que resonó en el espacio vacío.

Me quedé allí de pie, vestida de marfil, en medio de la sala fría. Un silencio pesado cayó sobre nosotros. Thomas dejó escapar un suspiro cansado y se ajustó las gafas.

—Lo lamento, señora Salvatore —dijo el abogado, aunque no había ningún lamento real en su voz—. El chofer la llevará de inmediato al Centro Médico Salvatore. Tendrá una hora con su madre antes de que la trasladen al penthouse.

—No me llame así —dije, sintiendo que la boca se me llenaba de ceniza—. No me llame jamás con ese apellido.

La unidad de cuidados intensivos del Centro Médico Salvatore no se parecía en nada al hospital público donde mi madre había estado a punto de morir horas antes. Aquí no había paredes desconchadas ni olores a limpio barato.

Las habitaciones parecidas a suites de hotel de lujo contaban con ventanales a jardines privados, monitores silenciosos de última generación y enfermeras dedicadas exclusivamente a un solo paciente.

Mi madre estaba acostada en una cama articulada de sábanas blancas e impecables. La máscara de oxígeno ruidosa había sido reemplazada por una cánula nasal discreta. Su rostro, aunque todavía pálido y castigado por la enfermedad, ya no tenía esa mueca de terror agónico.

Dormía profundamente, sedada suavemente por los medicamentos que los mejores especialistas del país le habían administrado nada más llegar.

Me acerqué a la cama despacio, haciendo el menor ruido posible con mis zapatos nuevos. Me arrodillé al lado del colchón y tomé su mano. Estaba tibia.

Tenía el pulso firme, estable, monitorizado por una pantalla que trazaba líneas verdes continuas y tranquilizadoras.

—Lo hice, mamá... —susurré, pegando su mano a mi mejilla mientras las lágrimas, las primeras lágrimas verdaderas que me permitía derramar en todo el día, comenzaban a rodar por mi cara—. Ya no tienes que tener miedo. Nadie te va a volver a echar a la calle. Tienes tu casa de vuelta, tienes a los médicos... vas a vivir, mamá. Vas a estar bien.

Mi madre movió los párpados despacio, adormilada por los sedantes. Me miró a través de una bruma de cansancio y rozó mi mejilla con su pulgar arrugado.

—Harper... mi niña... —murmuró con la voz rota por el hilo de oxígeno—. ¿Qué... qué pasó? ¿Cómo pagaste esto?

Sentí un nudo de acero apretarme la garganta. Le sonreí con la mejor de mis mentiras, apretando su mano con fuerza para que no sintiera cómo temblaba.

—Conseguí un trabajo nuevo, mamá. Un contrato largo con una empresa muy importante. Me pagaron un anticipo enorme... todo está solucionado. No tienes de qué preocuparte. Solo descansa y ponte bien por mí.

Ella cerró los ojos de nuevo, confiada, dejando escapar un largo suspiro de alivio. No sabía nada del contrato burdeos. No sabía nada de Horacio Salvatore, ni de Jeremy, ni de la firma que me había arrancado la libertad. Para ella, su hija había obrado un milagro.

Y viéndola respirar sin dolor por primera vez en años, supe que volvería a firmar ese documento mil veces más si tuviera que hacerlo.

—Señora... es hora de irnos —dijo la voz firme de Thomas desde la puerta de la habitación—. El señor Salvatore exige que esté instalada en el penthouse antes de que caiga la noche.

Le besé la frente a mi madre, le acomodé la manta y me puse de pie. Limpié las lágrimas de mi rostro, me erguí y salí de la suite sin mirar atrás.

El coche blindado me dejó en el acceso privado de un edificio histórico de ladrillo visto y ventanales de hierro en Brooklyn Heights.

El penthouse ocupaba los dos últimos pisos de la estructura, ofreciendo una vista panorámica impresionante del río Hudson y del perfil iluminado de las torres de Manhattan.

El ascensor abría directamente dentro de la residencia. Cuando las puertas se separaron, me encontré en medio de un espacio monumental pero desolado.

Techos de doble altura, vigas de madera expuestas, suelos de parquet oscuro y muebles de diseño en tonos grises y negros. No había un solo toque de calidez, ni una foto, ni un adorno que insinuara que allí vivía un ser humano.

Era un palacio de hielo. Una jaula de oro construida en las alturas para mantenernos encerrados.

—Las maletas con su ropa nueva están en el vestidor principal, en la planta superior —dijo el chofer, dejando una llave electrónica de metal pesado sobre una mesa de cristal en la entrada—. El señor Jeremy no regresará esta noche. La servidumbre viene dos veces por semana. Tienen la orden de mantener la nevera surtida. Que pase buena noche.

El hombre se retiró, y las puertas del ascensor se cerraron con un susurro metálico, dejándome sumida en una penumbra sofocante.

Caminé despacio por el enorme salón, sintiendo el eco de mis propios pasos sobre el suelo de madera. El cansancio acumulado de más de treinta y seis horas sin dormir, el desgaste emocional de la violencia de la madrugada y la firma del contrato finalmente cayeron sobre mí como un bloque de cemento.

No encendí las luces. La luz artificial de los rascacielos al otro lado del río entraba por los ventanales, dibujando sombras largas y angulosas sobre los muebles.

Subí la escalera de caracol hacia la planta superior. Encontré la suite principal: una habitación gigantesca con una cama King size vestida con sábanas de seda gris, un baño de mármol negro y un ventanal que daba a una terraza privada.

Me acerqué a la cama. Estaba sola. Jeremy había huido para evitarme, tal como me había dicho. Estaba atrapada en un contrato falso con un idiota consentido que ni siquiera se había molestado en pasar la noche de bodas bajo el mismo techo.

Me quité el vestido de marfil con dificultad, dejándolo caer al suelo como una piel muerta de la que quería despojarme. Me quedé en ropa interior, sintiendo el aire frío de la noche colarse por las rendijas de la ventana. Me deslicé bajo las sábanas de seda gris, que se sentían frías y ajenas contra mi piel.

Cerré los ojos, abrazando la almohada vacía. La batalla había terminado por hoy. Había salvado a mi madre. Estaba a salvo en una jaula de cinco estrellas, sola en la oscuridad.

Creía que la noche había terminado. Creía que mi único problema sería lidiar con la ausencia y el desprecio de un niño rico llamado Jeremy.

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mariela
Definitivamente Harper y sus hijas trajeron paz, serenidad y amor a la familia Salvatore.
Alba Hurtado
vamos ver como es trabajar con el,el le dijo que no iba hacer facil, pero ella no es facil
mariela
Nacieron Dafhne y Perla son hermosas Mason derretido con sus hijas y ese amor infinito que siente por Harper no es ni la sombra del implacable Mason de antes.
Un maravilloso capítulo lleno de amor y ternura.
Alba Hurtado
tuvieron la misma infancia ,😥😢💛💙❤️
mariela
Elena salió del monstruo que era el padre de Harper y le dió entrada a otro peor un pervertido, violador y alcohólico a su casa pero errar es de humanos creyó hacer lo mejor sin imaginar el monstruo que era su hermano Lucio.
Mason a cumplir tu promesa de proteger a Harper y a tus hijos.
mariela
Mason no se inmutó un solo disparo y lo mando de viaje al infierno pobre Harper que trauma para ella que ese asqueroso la tocará y con el temor de perder a sus bebés y a su madre.
mariela
Lucio te saldrá bien caro el haberte llevado a Harper porque Mason te dará la paliza que nunca te han dado y ojalá que Harper no le afecte ese estado emocional de terror 😱😱😱 en su embarazo y no le pase nada a su madre.
Alba Hurtado
el no es tan malo con ella se esta enamorando de ella sabe que no es coqueta que es fiel no le importa el xinero no es ambiciosa
mariela
Lo que no entiendo es porque si iban a aclarar porque Mason no se llevó a Harper sabiendo en el estado que estaba y de paso embarazada si ya el tenía como aclarar la verdad ahora la madre no se sabe en que estado está debido al golpe en la cabeza y donde se la llevó el enfermo.
Alba Hurtado
choque de dos personalidad igual ,gana ella porque el hombre es mas debil l❤️nosotras podemos fingir mas que ellos
🌹 excelente gracias por compartir con nosotras tus lectoras tus apasionantes capitulos cada uno mejor que el otro felicitaciones bendiciones para ti 💯💯💯❤️😘🌹🇨🇴🌹🇨🇴🌹❤️ una best sellers tremenda escritora💛💙❤️
mariela
Mason esa era la confianza que tenías en Harper sabiendo cómo es el Jeremy de enfermo le creés.
Cuan Jeremy se metió en su habitación tenía que habérselo dicho a la abuela que venía entrando y después a Mason pero te quedaste callada y ahora mira las consecuencias.
Alba Hurtado
mason te llego la horma de tu zapato,,podras ser poderoso ,pero hagas lo que hagas ella no se doblega ,😔🤨🧐💛💙❤️🌹🇨🇴🌹
Alba Hurtado
que hijodeputa cree que todas son iguales vendidas me caes como patada al higado por violador👀😥👁️😔🤨🧐💛💙❤️🌹 🇨🇴🌹
Alba Hurtado
me encanta la personalidad de ella,esos son unos prepotentes narcisistas
Alba Hurtado
estoy llorando no puedo ahora comentar yo se que es ficticio,lo redactada también escriben ,que parece real mucha imaginación 💯💯😘💛💙❤️🌹🇨🇴🌹
Alba Hurtado
querida autora nos vas a matar de un infarto ,estamos esperando un joven y aparece este peor ella es joven flaca desnutrida inocente,eses hijodeputa viejo desgraciado es un . maldito hombre ,porque tiene poder 🫰🤑 dinero,😥😢👀💛💙❤️🌹🇨🇴🌹
Alba Hurtado
lo bueno de esto es que su mamá va a estar bien y ella no se deja joder,pero el nieto la miro con asco ,pero el abuelo le dijo que ella valia mas que el,el viejo la apoya, 💛💙❤️🌹🌹🇨🇴
Alba Hurtado
el le gusto ella por su berraquera perrengue,por su madre le gritó al viejo, estan enseñados que las personas le lloren se arrodillen me encanta que una mujer sea asi,y por su .madre mas ,que le dira aue se cade con el bueno para nada,OMG WOW WOW esto esta caliente y bueno dos poderes opuestos el millonario con la pobre que exige ⚖️ justicia 👀👀😥😢💛💙❤️🌹🇨🇴🌹
Alba Hurtado
me encanto el primer capitulo soy tu fan todas las voy a leer,💯💯😘💯💛💙❤️🌹🇨🇴🌹
Analia Prille
excelente
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