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Tras Los Lentes

Tras Los Lentes

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Pamela Calcumil

Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.

Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.

Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.

Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.

Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.

Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.

NovelToon tiene autorización de Pamela Calcumil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 8 EL LUNES DESPUES

El lunes cayó como un golpe.

Ana llegó 7:59 AM. Sacó gris. Rodete tirante. Lentes enormes. Pelo recogido hasta doler.

La armadura completa. Más gruesa que nunca.

Dmitri ya estaba.

Traje negro. Ojeras marcadas. Sin afeitar.

No se miraron.

*8:03 AM.*

Ella dejó los papeles en su escritorio. Exacto como siempre.

—Buenos días, señor Volkov —dijo. Voz plana.

—Beltrán —dijo él, sin girarse del ventanal.

Ella se quedó parada.

—A partir de hoy —dijo él—. Vas a trabajar desde la sala de archivos. Piso -2.

Ana parpadeó detrás de los lentes.

—Señor?

—Lejos —dijo él. Corto—. Vas a estar lejos de aquí. De mí.

Silencio.

—Entendido —dijo ella. Y se fue sin esperar.

*Piso -2. Sala de archivos.*

Frío. Húmedo. Cajas hasta el techo. Sin ventanas.

Ana se sentó en un escritorio metálico. Solo.

Irina bajó a las 11 AM con un café.

—¿Te castigó? —susurró.

—No —dijo Ana, sin levantar la vista—. Me protegió.

Irina la miró. Y entendió.

*2:17 PM. Piso 48.*

Dmitri no trabajó.

Estaba en su oficina. Mirando la puerta vacía de Ana.

Marcó intercom. Nadie contestó.

Porque ella no estaba.

Agarró el teléfono. Marcó interno -2.

—Asistente B —dijo cuando contestó ella. Voz seca.

—Sí, señor.

—El informe Orlov. Lo necesito físico. Ahora.

—Lo envío por el interno, señor.

—No —dijo él—. Tráelo tú.

Silencio. Un segundo.

—Voy en camino.

*2:42 PM.*

Ana apareció en la puerta. Con la carpeta. El pelo hecho un desastre porque se le habían caído dos horquillas en el ascensor. Lentes torcidos.

Respirando rápido.

Él se puso de pie cuando la vio.

—Deja eso —dijo.

Ella dejó la carpeta.

Se quedaron mirando. Tres metros de distancia. Pero parecía nada.

—¿Estás bien? —preguntó él. Por fin.

—Sí —dijo ella. Mintió—. ¿Usted?

—No —dijo honesto—. No puedo concentrarme. No puedo dormir. No puedo dejar de pensar en tu boca el jueves.

Ana retrocedió un paso.

—Entonces hizo bien en mandarme abajo, señor.

Dmitri cerró los ojos. Puño cerrado.

—Sube —dijo.

—Qué?

—Dije que subas. Vuelves al piso 48. Hoy.

Ana negó con la cabeza. Una vez.

—No. Porque si subo, usted no va a poder controlarse. Y yo tampoco.

La frase lo atravesó.

Dmitri caminó hasta ella. Lento. Se detuvo a un paso.

—Entonces que no nos controlemos —dijo bajito—. Ana.

Ella levantó la vista. Por detrás de los lentes, tenía los ojos llenos.

—Usted es mi jefe —susurró—. Y yo... yo no soy la chica de la Gala. Soy Asistente B. La gris. La invisible.

—Para mí no —dijo él—. Desde el sábado, no.

Levantó la mano. Dudó. Y le tocó el marco de los lentes. Con un dedo. Solo eso.

Ana no se apartó.

—Bájate al archivo —dijo él al final. Voz rota—. Y no subas hasta que yo te lo ordene. Porque si subes ahora...

No terminó.

Ana asintió. Agarró la carpeta. Y salió corriendo.

*8:30 PM. Piso -2.*

Ana seguía ahí. Sola.

La puerta se abrió.

Dmitri. Sin saco. Corbata en la mano.

—Te dije que no subieras —dijo él.

—Usted bajó —dijo ella, parada entre cajas.

Él caminó hasta ella. Sin decir nada.

Le quitó los lentes. Lento.

Ana no se resistió.

La miró. De verdad.

—Desde el jueves —dijo él—. No pienso en otra cosa que no seas tú.

Se inclinó.

Y esta vez no se detuvo.

La besó.

No fue suave. Fue desesperado. Como si llevara tres días ahogándose y ella fuera aire.

Ana dejó caer la carpeta. Y le agarró la camisa.

Porque ya no era su jefe.

Era Dmitri.

Y ella ya no era invisible.

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