—¡Esto no es un cliché de reencarnación!
exclamó la protagonista reencarnada con todo los elementos que le hace un cliché.
Sin embargo, todo cambia cuando lo conoce a él. Su misterioso y falso “esposo"
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Capítulo 1: La chismosa en aprietos
La mayoría de las personas que reencarna hacia mundos de novela suelen hacerlo tras ser arrolladas por el trágico e ineludible "Camión-kun". El destino de la protagonista de esta historia, sin embargo, fue bastante más mediocre y vergonzoso: un desafortunado pedazo de pan dulce que se le atravesó en la garganta mientras leía cómics en su cama a las dos de la mañana.
Al abrir los ojos, ya no se encontraba en su pequeño apartamento, sino vistiendo el cuerpo de una aristócrata de menor rango llamada Claudia D'aro. Una figura tan irrelevante en la alta sociedad que ni siquiera lograba recordar si pertenecía a la trama de un manhwa que leyó alguna vez o a una obra completamente desconocida. Sin embargo, su meta para esta nueva oportunidad de vida era cristalina: mantenerse al margen de cualquier drama, disfrutar del lujo noble y ser una espectadora de primera fila.
Por esa razón, el Gran Banquete de la Capital representaba para ella el verdadero paraíso terrenal.
Apoyada con absoluta comodidad cerca de los grandes ventanales del salón imperial, la joven masticaba una tartaleta de fresa mientras observaba el espectáculo. A pocos metros, la alta sociedad se desvivía por mantener las apariencias en un juego fascinante de miradas falsas, sonrisas envenenadas y abanicos agitándose al ritmo de los chismes.
«Esto es mejor que cualquier televisión» pensaba para sus adentros, dando otro tranquilo mordisco a su postre.
Sin embargo, la atmósfera del lugar cambió drásticamente en cuestión de segundos. El murmullo festivo fue reemplazado por un silencio sepulcral que recorrió el salón como una ráfaga de aire helado. Las conversaciones se apagaron, los músicos detuvieron sus arcos a mitad de una nota y los nobles abrieron paso torpemente hacia los lados, manteniendo la cabeza baja.
Ella tragó con dificultad la tartaleta y se asomó con curiosidad sobre la multitud.
Avanzando desde la entrada principal se desplazaba un grupo de hombres cuya presencia parecía sacada directamente de la ilustración central de una novela de fantasía de altísimo presupuesto:
A la izquierda, el Duque del Norte, vistiendo su imponente uniforme militar negro con bordados dorados y emanando un aura tan gélida que parecía capaz de congelar las copas de cristal a su paso. A su lado marchaba el Príncipe Heredero, luciendo una capa carmesí sobre los hombros y una sonrisa refinada pero peligrosa. Flanqueándolos caminaban el Santo del Imperio, envuelto en túnicas blancas y rodeado de un aura de benevolencia casi cegadora; el Caballero Paladín, cuya imponente armadura plateada resonaba firmemente con cada zancada; y el Maestro de la Torre Mágica, cubierto por una túnica mística de la que brotaban diminutas chispas de mana.
Eran los cinco pilares del imperio. Los hombres más poderosos, temidos y codiciados de la tierra.
«Increíble» festejó ella en su mente, aplaudiendo en silencio.
«El drama de esta historia debe de ser una joya. Me pregunto dónde estará la protagonista femenina a la que vienen a buscar».
La joven miró hacia la izquierda. Luego hacia la derecha. La pista de baile estaba completamente despejada; los nobles se habían pegado a las paredes como si aquellos cinco hombres transportaran una plaga mortal.
De pronto, el Duque del Norte detuvo su andar. Sus ojos, rojos como rubíes sangrientos, se fijaron con dureza en un punto al fondo del salón.
El Príncipe Heredero ladeó la cabeza, manteniendo su brillante mirada dorada fija exactamente en la misma dirección.
El Santo sonrió con una dulzura que ocultaba intenciones indescifrables, el Caballero Paladín apretó con fuerza el pomo de su espada y el Maestro de la Torre Mágica se reajustó sus monogramas. Todos convergen sus miradas en un único punto del recinto.
Una gota de sudor frío comenzó a bajar por la nuca de la espectadora.
Echó un vistazo rápido a su alrededor. El rincón estaba desierto. No había ninguna heroína de cabello rosado o aura celestial tras de ella. Tampoco había una duquesa malvada escondida entre los pesados cortinajes. Solo estaba ella, de pie, sosteniendo la mitad de una tartaleta de fresa mientras algunas migajas delatoras permanecían en la comisura de sus labios.
Los cinco hombres dieron un paso al frente al unísono, caminando a paso firme directamente hacia su esquina.
—¿Por qué... —murmuró la joven entre dientes, sintiendo cómo el corazón le daba un vuelco violento y la tartaleta se le petrificaba en el estómago—... por qué diablos me están mirando a mí?
El pánico se apoderó de cada fibra de su ser. Ella solo había asistido a ese evento para disfrutar del chisme.