Ángela Sarmiento murió después de descubrir la verdad más cruel: su hermana adoptiva y el hombre en quien más confiaba habían destruido a su familia. Y Gael Montenegro, el poderoso y temido prometido del que siempre quiso escapar, era el único que la había amado de verdad… y también el hombre que murió por culpa de ella.
Cuando Ángela abre los ojos, ha regresado al momento en que todo comenzó.
Esta vez no piensa huir de Gael. Recuperará lo que le pertenece, hará pagar a quienes la traicionaron y conquistará de nuevo al hombre que sacrificó todo por ella.
Pero Gael todavía recuerda su rechazo. No confía en sus caricias, sospecha de cada palabra dulce y está convencido de que Ángela solo prepara otra forma de abandonarlo.
Entre venganzas familiares, secretos, drogas, hipnosis y una atracción que ninguno de los dos puede contener, Ángela tendrá que demostrar que su amor es real.
Porque en esta segunda vida no permitirá que Gael vuelva a morir.
Y tampoco piensa dejarlo escapar de su cama.
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Capítulo 11
Capítulo 11
Raúl Vega fue el primero en enterarse del escándalo.
Seguía en las oficinas de Grupo Montenegro, resolviendo pendientes para Gael, cuando entró al área de asistentes y encontró a un grupo reunido alrededor de un celular.
Entre los murmullos alcanzó a distinguir «señor Montenegro» y «mujer». Al principio creyó que alguien de la empresa había visto juntos a Gael y Ángela.
Entonces empezaron a llamar los medios.
Querían saber si Gael Montenegro había terminado con la heredera de los Sarmiento y si la información que circulaba en redes era cierta.
Raúl sacó el celular de inmediato. La tendencia número uno era imposible de pasar por alto:
«GAEL MONTENEGRO, CAPTADO EN EL AEROPUERTO CON UNA MUJER MISTERIOSA».
Varias publicaciones ya especulaban sobre una ruptura.
Raúl soltó una maldición entre dientes. A los medios les encantaba provocar incendios y después fingir sorpresa al ver arder el mundo.
Quizá los demás no lo sabían, pero él llevaba años al lado de Gael. Conocía la profundidad de su obsesión por Ángela.
¿Terminar con ella?
Era más probable que Grupo Montenegro se fuera a la quiebra.
Raúl llamó al equipo de comunicación y les ordenó bajar la conversación en redes cuanto antes. Sin embargo, sabía que aquello apenas serviría para contener el problema. La única solución real era que Gael o Ángela aclararan la situación.
Y Raúl no se atrevería a decidir eso por su jefe.
Marcó su número.
Cuando Gael recibió la llamada, sintió que la cabeza iba a estallarle.
Recordó la expresión dolida de Ángela cuando le había preguntado si existía otra mujer. Después miró por el retrovisor y tuvo ganas de estrangular al hombre sentado en la parte trasera.
¿Cuñado?
Al diablo con el supuesto cuñado. ¡Estaba a punto de hacer que Ángela lo dejara!
Gael estacionó junto a la banqueta y golpeó con los nudillos el panel divisorio. Pasó un buen rato antes de que Santiago lo bajara.
Gael lanzó una mirada al espejo y la apartó casi de inmediato.
La camisa de Santiago, antes abotonada hasta el cuello, tenía ahora los dos primeros botones abiertos. Marina se había envuelto con la chaqueta de él y todavía trataba de recuperar el aliento. Conservaba las mejillas encendidas y apretaba las solapas de la prenda contra el pecho; debajo de la tela aún sentía la piel demasiado caliente y el corazón golpeándole deprisa.
Gael arrojó el celular al asiento trasero y tamborileó con los dedos sobre el volante.
—Tú vas a arreglar esto —ordenó con voz grave. Su irritación era evidente.
—Vaya problema.
Santiago revisó la noticia mientras pasaba la palma despacio por la espalda de Marina. La presión tibia y constante fue aflojando poco a poco su respiración entrecortada.
—Preciosa, parece que ya tienes trabajo.
Marina leyó rápidamente la pantalla que él sostenía y la culpa le ensombreció el rostro.
—Lo siento, señor Montenegro. Yo aclararé lo sucedido. Puede estar tranquilo; soy la gerente de relaciones públicas de la empresa del señor Sarmiento.
—No tienes que tratarlo con tanta ceremonia. Prácticamente somos familia. Por ahora, él cuenta como el hombre de mi hermanita —bromeó Santiago.
Marina clavó los ojos en Gael, sorprendida.
—¿Eres tú? Ángela solía hablarme mucho de ti...
La expresión de Santiago se oscureció. Su mano grande se cerró sobre la cintura de Marina.
—Mari, estás confundida. El hombre del que hablaba mi hermanita seguramente ya terminó muerto a manos del señor Montenegro.
El semblante de Gael se volvió helado.
—¿Y acaso alguien así tendría alguna posibilidad de salir con vida si cayera en manos del señor Sarmiento?
Santiago se quedó sin respuesta.
¿Salir con vida?
Él mismo tenía ganas de reducir a cenizas a aquel hombre.
Marina no quería meterse en la disputa de los dos, pero cuanto más observaba a Gael, más segura estaba de que era la persona que Ángela le había mencionado años atrás.
Abrió la boca para contradecir a Santiago. La amenaza descarada en los ojos de él la hizo cambiar de opinión.
Se calló.
Gael mantuvo una expresión impasible, aunque guardó cada palabra y cada gesto en la memoria. Santiago sabía algo que quizá ni siquiera Ángela comprendía del todo. Y todo indicaba que ese secreto estaba relacionado con él.
Tocó el claxon con impaciencia y cortó las reflexiones de todos.
—Cuñado, señorita Castañeda, ¿podríamos resolver primero el asunto de la noticia? Si no, Ángela...
No alcanzó a terminar.
Bravo Uno lo llamó.
—Señor, la señorita Sarmiento revisó su celular y salió en el auto. Voy siguiéndola. Parece que se dirige a la residencia de su familia.
Gael colgó y fulminó con la mirada al hombre del asiento trasero. Luego pisó el acelerador y condujo hacia la casa de los Sarmiento.
El miedo le apretaba el pecho.
Cuando marcó a Ángela, sintió que cada tono de llamada podía decidir su destino. Para su sorpresa, ella contestó enseguida.
—Ángela, escúchame. Esa mujer no tiene nada que ver conmigo. ¡La trajo tu hermano!
—Gael Montenegro, ¿dónde está Mari? ¡Pásamela!
No había rastro de enojo en la voz de Ángela. Al contrario, sonaba emocionada.
Gael no entendió nada, pero obedeció y le tendió el celular a Marina.
—Señorita Castañeda, Ángela quiere hablar con usted.
Marina tomó el teléfono.
Gael no supo qué le dijo Ángela, pero por fin apareció una grieta en aquel rostro sereno. Los ojos de Marina se enrojecieron y las lágrimas comenzaron a acumularse.
—Estoy por llegar a la casa de los Sarmiento.
Miró de reojo al hombre que tenía a su lado.
—Sí. Ya no me voy.
En un rincón donde nadie podía verlo, Santiago curvó los labios.
Gael, en cambio, no sintió alivio al comprobar que Ángela no estaba enojada.
Sintió tristeza.
¿Acaso la noticia no le importaba porque le daba lo mismo que fuera cierta o falsa?
Todo lo ocurrido durante los últimos dos meses seguía pareciéndole irreal. Ángela lo había detestado con toda su alma y, en tan poco tiempo, decía haberse enamorado de él.
Gael no se atrevía a examinar aquella transformación demasiado de cerca.
Temía que la respuesta acabara con sus ilusiones.
Cuando llegaron a la residencia Sarmiento, vio a Ángela esperando afuera.
Estacionó, tomó su abrigo y caminó deprisa hacia ella. Aunque todavía no hacía demasiado frío, si Ángela se enfermaba, él sería quien sufriría al verla.
La envolvió con el abrigo y luego con sus brazos. Después le besó la punta de la nariz.
—¿Por qué estás esperando afuera? ¿Qué harías si te resfriaras?
—¿Dónde está Mari?
Los ojos de Ángela brillaban.
—Mari y yo éramos muy buenas amigas. Pero su familia perdió todo y nunca volví a verla.
Sin darse cuenta, Ángela se aferró al brazo de Gael y empezó a contarle anécdotas de su infancia con Marina.
—Ángela...
Gael vaciló. Su nuez subió y bajó antes de que se obligara a preguntar:
—Cuando viste la noticia, ¿no te enojaste ni un poco?
—Claro que me enojé. Por eso vine a pedirle a mi abuelo que me defienda.
Ángela bajó la voz y murmuró:
—Esta vez los fotografiaron por accidente. Quién sabe cuántas cosas habrán pasado cuando no había cámaras.
Gael sostuvo su mirada con una seriedad absoluta.
—Ángela, no ha existido nadie más. Siempre has sido tú. Solamente tú.
Al verlo tan nervioso, Ángela rodeó su cintura con los brazos.
—Lo sé. Y a partir de ahora, para mí también solo existirás tú.
—Cof, cof. Compórtense, ustedes dos.
Santiago rodeaba a Marina con un brazo. Miró a su hermana con un desencanto que no consiguió disimular.
¿Cómo había terminado su preciosa hermanita entre las garras de aquel viejo zorro?
Ángela soltó a Gael de inmediato y corrió hacia Marina.
—¡Mari!
Marina abrió los brazos y recibió a Ángela contra su pecho.
—¡Ángela, volví! Te extrañé muchísimo.
—Claro que no me extrañaste.
Ángela recuperó al instante el aire orgulloso de la pequeña princesa que había sido.
—No me buscaste en todos estos años y hasta cambiaste tus datos de contacto.
—Yo...
—No me importa. Si vuelves a desaparecer sin decirme nada, se acabó nuestra amistad.
Ángela la interrumpió a tiempo. Sabía que Marina debía haber tenido motivos que no podía revelar.
Cuando la familia Castañeda perdió todo, las deudas y las responsabilidades recayeron sobre ella. Incluso hubo hombres que intentaron aprovecharse de su vulnerabilidad.
Si Marina no se hubiera marchado, aquellos buitres la habrían destrozado.
Ángela miró a Santiago, que permanecía detrás de ellas, y se acercó al oído de su amiga.
—¿Ahora estás con mi hermano? ¿Qué pasó con tu amigo de la infancia?
Aunque habló en voz baja, todos la escucharon.
Las miradas se posaron sobre Marina y el aire quedó en silencio.
Santiago también quería oír la respuesta. Cruzó los brazos y esperó a un lado.
—Terminamos —dijo Marina, bajando los ojos—. Quería entregarme a un viejo para conseguir beneficios. El señor Sarmiento me salvó.
No deseaba hablar de aquel pasado.
Había puesto su corazón en las manos de ese hombre, y él lo había despreciado.
—Entonces, tú y mi hermano...
—No. No hay nada entre nosotros. Ahora soy la gerente de relaciones públicas de su empresa.
Marina se apresuró a marcar distancia.
A Santiago le rechinaron los dientes al verla negarlo con tanta urgencia. Pronunció cada palabra con una lentitud peligrosa:
—Ya nos acostamos. Dime tú, ¿qué clase de relación tenemos?
Marina abrió los ojos, incrédula.
No esperaba que él lo declarara delante de todos.
Ángela ni siquiera había terminado de procesarlo cuando Marina sonrió con una dulzura tan perfecta que podía engañar a cualquiera.
—Ya lo dijiste, señor Sarmiento. Tenemos esa clase de relación. Soy la mujer a la que mantienes.
—Marina Castañeda, muy bien.
Santiago la sujetó y se la llevó directamente al interior de la casa.
Ángela observó la tensión entre ambos y miró a Gael con expresión desamparada.
—¿Dije algo que no debía?
Al verla tan desconcertada, la voz de Gael se suavizó.
—Tranquila, mi amor. Es un problema entre ellos y tendrán que resolverlo solos. Además, no creo que la señorita Castañeda sea indiferente a Santiago.
Le acarició el cabello.
—Vamos. Entremos a ver a tu abuelo.
Ángela asintió, tomó a Gael de la mano y entró con él.
Cuando llegaron a la sala, Marina estaba sentada en el sofá, pellizcándose los dedos con ansiedad. En cuanto vio a Ángela, se puso de pie.
—Ángela, sube al estudio. Tu abuelo se enojó muchísimo. Me preocupa que golpee a Santiago.
—Una golpiza no le vendría mal. ¿Cómo se atreve a tratarte así?
Ángela apoyó la cabeza sobre el hombro de su amiga, igual que cuando eran niñas.
—Mi hermano tiene la piel dura. Le han pegado desde pequeño y tú misma lo viste muchas veces.
Pero al notar la preocupación en el rostro de Marina, Ángela empezó a hacer cálculos.
Su mejor amiga como cuñada...
No sonaba nada mal.
—Esta vez fue por mi culpa —murmuró Marina.
—No pasa nada. Si de verdad te preocupa, mandaré a Gael para que revise.
Ángela le lanzó a Gael una mirada sonriente, indicándole que cumpliera la misión.
Él le pellizcó la mejilla con cariño.
—Está bien. Subiré ahora mismo.
Gael llegó a la puerta del estudio y tocó.
—Adelante —respondió la voz firme del abuelo.
Al entrar, Gael encontró a don Sarmiento con el rostro cargado de ira. Santiago, de pie frente al escritorio, mostraba su habitual expresión desafiante.
—Llegaste, muchacho. Ya vi lo que publicaron. Tal vez...
Gael lo interrumpió.
Sabía que era descortés, pero necesitaba decir aquello cuanto antes.
—Abuelo, quiero hacer pública mi relación con Ángela y espero contar con su aprobación. Mi decisión de casarme con ella nunca ha cambiado.
Don Sarmiento lo observó con satisfacción y asintió.
—De acuerdo. Hablaré con el equipo de Grupo Sarmiento para que colabore con el anuncio.
—¡Yo no estoy de acuerdo!
Santiago aprovechó para recargarse contra una esquina del escritorio. Tenía el rostro frío.
—No lo reconozco como mi cuñado.
Don Sarmiento lo miró con abierto desdén.
—Tú cállate. Nadie te preguntó.
—Abuelo, él...
El anciano volvió a cortarlo. Una sombra pasó por sus ojos.
—Ocúpate de tus propios asuntos. ¿Qué ocurre con la muchacha de la familia Castañeda?
Santiago abandonó su actitud despreocupada.
—Abuelo, si la traje a casa, ya sabes lo que significa.
Su tono serio contenía una promesa.
Don Sarmiento recibió la respuesta que esperaba y sonrió, complacido. Por fin su nieto había abierto los ojos. Durante años creyó que Santiago se quedaría soltero para siempre.
Gael escuchó aquel intercambio sin entender nada.
Al notar su confusión, el abuelo se lo explicó:
—En la familia Sarmiento existe una regla: nuestros hijos y nietos solo pueden traer a su pareja a la residencia familiar. No se permite entrar así a cualquier persona con quien pudieran tener una relación.
Era la primera vez que Gael escuchaba hablar de aquella tradición.
Pensó en Ángela. Una sombra oscura cruzó su mirada, pero no se atrevió a preguntar.
Don Sarmiento comprendió de inmediato.
—Tú eres el primer hombre al que Ángela ha traído a casa.
Una alegría desbordante golpeó a Gael.
Sus labios se abrieron en una sonrisa cálida.
Dejó de prestar atención a la discusión entre abuelo y nieto. Bajó los escalones con grandes zancadas, llegó hasta Ángela y la encerró con fuerza entre sus brazos.
—Mi amor... gracias.
Ángela no entendió el motivo, pero sintió que aquella felicidad le nacía del corazón.
Parpadeó y le dio un beso suave en la mejilla.
La mirada divertida de Marina hizo que se le calentara el rostro. Ángela escondió la cara contra el pecho de Gael.
Desde el piso de arriba llegó la voz burlona de Santiago:
—Ángela Sarmiento, ¡mírate! Has perdido toda la dignidad.
Ella no salió del abrazo de Gael. Solo asomó la cabeza y soltó una risa desdeñosa.
—Prefiero eso a verte lamentándote porque una mujer no te hace caso.
Santiago fingió que iba a arrancarla de los brazos de Gael.
Antes de llegar, se escuchó el obturador de una cámara.
Todos miraron hacia Marina.
Ella se rascó la cabeza, avergonzada.
—Bueno... la escena se veía muy bonita. Además, si quieren aclarar la noticia, creo que esta foto podría servir.
Ángela salió del abrazo y revisó la imagen.
—El ambiente quedó precioso. Ven, mándamela.
Después de la cena, Gael se llevó a Ángela de regreso a la residencia Montenegro con una prisa sospechosa.
Durante todo el camino, ella trató de inventar una excusa para evitar cierta clase de ejercicio.
Sin embargo, al llegar a Lomas de Chapultepec, Gael no la condujo a la recámara.
La llevó al invernadero.
Ángela se detuvo al entrar.
El lugar resplandecía. Joyas de edición limitada y piezas exclusivas de subastas cubrían el diván. El brillo de las piedras preciosas se mezclaba con el de las flores bajo las luces cálidas.
Gael tomó su mano y la condujo hasta el centro.
La miró a los ojos y permitió que todo el amor que sentía quedara expuesto.
—Ángela, te debía una declaración formal. Esta es la primera vez que tengo una relación. Sé que hay muchas cosas que quizá no hago bien.
Respiró con lentitud.
—Pero mi amor por ti es verdadero. Solo después de estar contigo sentí que mi vida tenía sentido. Eres como un pequeño sol que llegó para iluminarla.
La atrajo con delicadeza hacia su pecho y le besó la frente.
—Soy un hombre sencillo. Ninguna joya vale tanto como una sonrisa tuya. Estoy dispuesto a entregarte todo lo que poseo y a rendirme ante ti por el resto de mi vida.
Los ojos de Ángela se llenaron de lágrimas.
Acurrucada en sus brazos, respondió con la voz apagada:
—Gael Montenegro, no soy tan buena como imaginas. Yo...
Te hice daño.
Incluso provoqué tu muerte.
Pero solo podía guardar aquellas palabras en el corazón.
Ángela levantó la cabeza. Las lágrimas seguían suspendidas en sus pestañas y su voz, normalmente serena, conservaba la suavidad que le había dejado el llanto.
—Gael, hagamos pública nuestra relación. Quiero que todo el mundo sepa que el mejor hombre de todos me pertenece.