"CORAZÓN DE CRISTAL, ALMA DE FUEGO" es una historia de segundas oportunidades, de la lucha por el amor verdadero frente a la adversidad familiar y de cómo un alma ardiente puede derretir el más frío de los corazones. ¿Podrán Serena y Julián superar los obstáculos, sanar sus heridas y construir un futuro juntos, o los secretos de su pasado y la oposición de sus hijos destruirán el imperio que han construido con tanto esfuerzo? Adéntrate en un mundo de ambición, pasión y redención, donde solo el amor más puro puede salvarlos.
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LA DESPEDIDA Y EL ÚLTIMO BRINDIS DE BEATRIZ.
A las tres de la madrugada, la brisa de la noche traía consigo el aroma dulce de las orquídeas y el eco de los últimos acordes de la fiesta.
Un elegante convertible clásico color marfil esperaba al pie de la escalinata principal de la residencia Montemayor, listo para llevar a los novios hacia su luna de miel.
Los invitados se habían agrupado a lo largo del pasillo exterior sosteniendo pequeñas luces de bengala que iluminaban el ambiente con destellos dorados. Serena, quien se había cambiado a un vestido de seda corto en tono crema con un saco sobrepuesto de corte impecable, caminaba tomada de la mano de Julián, luciendo una sonrisa radiante y relajada.
Aurelio y Eleonora los abrazaron en primer lugar con lágrimas de emoción contenidas.
—Vayan tranquilos y disfruten de su tiempo —dijo Eleonora, besando la mejilla de su hija—.
La casa y la empresa se quedan en excelentes manos.
Ignacio se acercó a Julián y le dio un abrazo firme, lleno de un respeto auténtico que se había consolidado a través de las tormentas superadas.
—Cuídala mucho, hermano —dijo Ignacio con voz madura—. Y no te preocupes por el consorcio, Renata y yo mantendremos los números en orden hasta que regresen.
Renata, llevando de la mano al pequeño Oliver —quien luchaba valientemente contra el sueño restregándose los ojitos—, abrazó a Serena por la cintura.
—Que tengan el viaje más hermoso del mundo, mamá —susurró Renata con cariño—. Te mereces toda la felicidad del planeta.
Cuando los novios estaban a punto de subir al vehículo, Beatriz irrumpió en el centro del vestíbulo con una copa de champán casi vacía en una mano y una soltura envidiable.
Constanza intentó sujetarla suavemente del brazo para frenarla, pero fue imposible: la soltura y la elocuencia picante de Beatriz ya estaban en marcha.
—¡A ver, a ver! ¡Atención todo el mundo! ¡Un momento, por favor! —anunció Beatriz con voz clara, alzando la copa para captar la mirada de los familiares, los suegros y los ejecutivos presentes.
Serena se detuvo en la puerta del convertible y se llevó una mano a la frente entre risas, mientras Julián sonreía con diversión, rodeándole la cintura con el brazo.
—Beatriz, por favor... no empieces —pidió Serena intentando sonar sería, aunque la chispa en sus ojos la traicionaba.
—¡Ni hablar, Serena! Como tu mejor amiga y socia moral, tengo el deber sagrado de darte las recomendaciones finales frente a toda tu distinguida familia —declaró Beatriz con cara de absoluta solemnidad, provocando las primeras risas entre los presentes—. Señora Eleonora, Don Aurelio, Señor Maximiliano, Doña Rosalía... les pido disculpas de antemano por la franqueza corporativa de mis palabras.
Constanza se cubrió el rostro con ambas manos, sonriendo con resignación, mientras Ignacio y Renata soltaban una carcajada abierta.
—A ver, Serena —prosiguió Beatriz señalándola con el pie de la copa—: ya sabemos que eres la presidenta implacable, la mujer que firma contratos millonarios sin pestañear y la que nos tuvo a todos a raya durante años con su título de «Dama de Hielo». Pero te recuerdo que a partir de este minuto estás de vacaciones.
¡Prohibido revisar estados financieros, prohibido atender llamadas de la junta directiva y, sobre todo, prohibido intentar mandar en la habitación!
La multitud estalló en una ovación de risas. Julián soltó una carcajada profunda y guió a Serena más cerca de Beatriz para escucharla.
—Y para ti, mi querido Julián —continuó Beatriz, guiñándole un ojo al novio con una mezcla de picardía y admiración—: has hecho un trabajo extraordinario. Lograste lo que ni la junta directiva ni la alta finanza pudieron hacer en veinte años: derretir a esta mujer por completo. Pero te lo advierto delante de sus padres y de sus hijos... cuídala mucho, mantén esos celos bajo control diplomático y, por lo que más quieras, dale un descanso de vez en cuando, ¡que mañana no queremos que tenga que pedir asistencia para caminar hasta la playa!
—¡BEATRIZ! —exclamó Serena con las mejillas encendidas de un rojo vivo, mientras la risa del público retumbaba por todo el jardín.
Aurelio y Eleonora reían francamente, mientras Rosalía y Maximiliano De la Vega aplaudían divertidos por la espontaneidad de la escena.
Julián, impertérrito y con esa seguridad magnética que lo caracterizaba, levantó su mano derecha en tono de juramento solemne frente a todos.
—Tomo nota de todas las instrucciones corporativas, Beatriz —respondió Julián con una sonrisa pícara y la voz llena de calidez—. Prometo cuidar a la presidenta, pero no prometo devolverla a la oficina demasiado pronto.
Entre aplausos, vivas y una lluvia de pétalos de rosa lanzados por los invitados, Julián le abrió la puerta del convertible a Serena. Ella subió al asiento del copiloto, despidiéndose con la mano y regalándole a su familia una última mirada llena de gratitud y plenitud.
Julián rodeó el auto, se puso al volante y encendió el motor. El vehículo avanzó lentamente por el camino de piedra bajo las luces de bengala, dejando atrás la mansión, las sombras del pasado y las viejas corazas.
A su lado, la mujer que alguna vez fue llamada la "Dama de Hielo" reía abiertamente bajo las estrellas, lista para comenzar la aventura más hermosa de su vida de la mano del hombre que había transformado su destino para siempre.