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El capitán que perdió el control por mí

El capitán que perdió el control por mí

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Aventura de una noche / Amor-odio / Completas
Popularitas:13.5k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

...Val....

El tipo me agarró del brazo cuando salí de la tienda de conveniencia.

No fue un agarrón suave. Fue un apretón duro, de dedos que se cierran alrededor de tu muñeca como un grillete, y antes de que pudiera reaccionar ya me estaba jalando hacia él.

—Oye, preciosa, ¿tienes hora?

Tenía aliento a cerveza, ojos vidriosos y una sonrisa que me revolvió el estómago. Era más alto que yo, más pesado, y su mano estaba demasiado cerca de mi cintura.

—Suéltame —dije.

—No te pongas así, sólo quiero platicar.

—Suéltame o grito.

—Ay, no seas...

Una mano lo agarró del hombro y lo separó de mí de un tirón.

Seb.

No sé de dónde salió. No lo vi acercarse. Sólo estaba ahí, de pronto, entre el tipo y yo, con la espalda hacia mí y la cara hacia él. No gritó. No empujó. Sólo se paró, y la diferencia de tamaño fue suficiente. Seb era más alto, más ancho, y la forma en que se plantó frente al tipo decía más que cualquier amenaza verbal.

—Suéltala —dijo. Voz baja. Tranquila. Como cuando da instrucciones de vuelo.

El tipo miró la mano de Seb en su hombro. Miró a Seb a la cara. Y algo vio ahí que le borró la sonrisa, porque retrocedió dos pasos y levantó las manos.

—Tranquilo, hermano, no la estaba molestando.

—Sí la estabas molestando. Vete.

Se fue. Rápido. Sin mirar atrás.

Seb se volvió hacia mí.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. —Me froté la muñeca donde el tipo me había apretado. Iba a dejar marca—. No necesitaba que hicieras eso.

—Ya lo sé.

—Puedo defenderme sola.

—Nunca dije que no pudieras.

Nos miramos. Estábamos en la banqueta de una calle cualquiera, a las nueve de la noche, con la luz de un anuncio de cerveza tiñéndonos la cara de azul. Me di cuenta de que estaba respirando rápido. No por el susto. Por él.

—¿Qué hacías aquí? —pregunté.

—Vivo a dos cuadras.

—Ah.

—¿Y tú?

—Fui por agua. Me quedé sin agua en el departamento.

—¿Agua.

—Agua.

Silencio.

—Te acompaño a tu auto —dijo.

—No tengo auto. Vine caminando.

—Entonces te llevo.

—No.

—Mendoza, un tipo acaba de intentar agarrarte en la calle. No te voy a dejar caminar sola.

—Llevo años caminando sola y sigo viva.

—No me hagas suplicarte. Vamos.

Su camioneta estaba estacionada a media cuadra. Me abrió la puerta sin que yo se lo pidiera, y yo me subí sin agradecerlo porque estaba demasiado cansada para seguir peleando.

Manejó despacio. Las calles estaban medio vacías. La radio estaba en una estación de jazz que no le pegaba nada a su cara de tipo duro, y por alguna razón eso me pareció tan fuera de lugar que casi sonreí.

—Jazz —dije.

—¿Qué tiene?

—Nada. No te imaginaba escuchando jazz.

—¿Qué me imaginabas escuchando?

—No sé. Heavy metal. Algo agresivo.

—Me gusta el jazz porque nadie espera que me guste. —Me miró de reojo—. ¿Y tú? ¿Qué escuchas?

—Nada últimamente. —Miré por la ventana—. Antes me gustaba el rock. En el bachillerato tenía una playlist espantosa que ponía a todo volumen cuando estudiaba.

—La recuerdo. Se escuchaba a través de tus audífonos en clase. Sonaba a gato atropellado.

—Era Radiohead.

—Exacto.

Me reí. No pude evitarlo. Y él sonrió, y durante un momento fue como si tuviéramos diecisiete otra vez y la única complicación de nuestras vidas fuera quién sacaba mejor nota en física.

—Seb —dije, y su nombre me salió sin pensar. No "Del Fuego". Seb.

Algo le cambió en la cara. Algo sutil pero real.

—¿Sí?

—En el bachillerato. El último día de clases. Cuando me llevaste a mi casa en tu moto.

—Me acuerdo.

—Antes de irte me dijiste algo.

Silencio. Los nudillos se le pusieron blancos sobre el volante.

—Dije muchas cosas ese día.

—Dijiste: "Creí que querías ser mi novia."

Más silencio. La calle pasaba afuera como una película en cámara lenta. Él no me miró. Miró al frente, con la mandíbula dura y las manos apretadas.

—Sí —dijo—. Eso dije.

—¿Y qué querías decir con eso?

—Lo que dije, Mendoza. Lo que suena.

—Teníamos diecisiete años.

—Tenía diecisiete años y estaba seguro de que eras la persona más brillante, más necia, más hermosa y más inalcanzable que iba a conocer en mi vida. —Hizo una pausa—. Y tenía razón. Nada más que lo de inalcanzable me jodió más de lo que debería.

Me quedé callada. Las manos me temblaban otra vez y las apreté contra los muslos.

—Yo no te contesté —dije.

—No. Te bajaste de la moto y entraste a tu casa sin decir nada. Y al día siguiente me fui a la escuela de aviación y no te volví a ver hasta hace tres semanas en un bar.

—Lo siento.

—No lo sientas. Tenías tus razones.

—Mis razones eran una mierda. Mis razones eran que me daba miedo.

Lo miré. Él me miró. La camioneta estaba detenida en un semáforo rojo y la luz le pintaba media cara.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora me sigue dando miedo.

El semáforo cambió a verde. Seb aceleró despacio. No dijo nada más.

Me dejó en mi edificio. No intentó besarme, ni tocarme, ni decir algo ingenioso. Sólo dijo:

—Buenas noches, Val.

Val. No Mendoza. Val.

Entré al edificio con las piernas de gelatina.

Arriba, en mi departamento, me senté en la cama y me quedé mirando la pared.

Diez años. Ese hombre llevaba diez años.

Mi teléfono vibró.

«2»

Lo miré. Sonreí. Me odié por sonreír.

No respondí.

—————

...Seb....

Estacioné la camioneta frente a mi edificio y me quedé sentado ahí, con el motor apagado y las manos en el volante.

"Me sigue dando miedo."

Golpeé el volante con la palma abierta. Una vez. Dos. Tres. Hasta que me ardió la mano y la rabia se disolvió en algo peor: la certeza de que Valentina Mendoza llevaba años rota y que alguien — no uno sino varios, empezando por su padre y terminando por ese imbécil de Luciano— se había encargado de convencerla de que no merecía ser amada.

Y yo, que la amaba desde los diecisiete, no podía hacer nada si ella no me dejaba.

Mi teléfono sonó. Número privado. Pero sabía quién era.

—¿Bueno?

—Sebastián. —La voz de Don Maximiliano del Fuego, mi abuelo, era como papel de lija sobre madera—. ¿Cuántas veces tengo que llamarte para que me contestes?

—Una. Por eso contesté a la primera.

—No me contestes así. —Pausa—. ¿Cuándo vuelves?

—No vuelvo, abuelo.

—Grupo Cielo no puede seguir esperando. Necesito que tomes tu lugar en la junta directiva. Tu padre no pudo. Tú eres el siguiente.

—Mi lugar es en una cabina de vuelo, no en una sala de juntas.

—Tu lugar es donde yo diga que es. Eres un Del Fuego. Los Del Fuego no son pilotos. Son dueños de aerolíneas.

Cerré los ojos. Apreté el teléfono.

—Abuelo, ya hablamos de esto.

—Y vamos a seguir hablando hasta que entiendas. Grupo Cielo no puede seguir sin una sucesión clara. O regresas, o respaldo a un pariente lejano dispuesto a obedecer al consejo, y los dos sabemos lo que eso significa para la empresa.

Silencio.

—Piénsalo —dijo—. Pero no pienses mucho. No me queda tanto tiempo.

Colgó.

Me quedé en la camioneta mirando la calle vacía. El reloj marcaba las once de la noche. Afuera hacía frío. Adentro de mí hacía algo peor.

Grupo Cielo. La aerolínea de mi familia. La empresa que mi abuelo construyó desde cero y de la que mi padre se mantuvo lejos para seguir volando. El monstruo que intentaba tragarse a todos los Del Fuego, incluido yo, que había huido a los dieciocho y todavía no quería regresar.

Hasta ahora.

Porque si mi abuelo ponía a un pariente sin experiencia solo por obediencia, Grupo Cielo se iba a la quiebra en dos años. Y con Grupo Cielo se iban los empleos de veinte mil personas, las rutas que conectaban ciudades que ninguna otra aerolínea cubría, y el legado de un viejo que, con todos sus defectos, había dedicado su vida a construir algo real.

No podía dejar que eso pasara. Pero tampoco podía abandonar lo único que me hacía sentir vivo: volar.

Y ahora, además de todo, estaba Valentina.

Valentina que me daba miedo. Valentina que olía a manzana verde a los diecisiete y a jazmín a los veintisiete. Valentina que me miraba como si yo fuera una bomba a punto de explotar y ella no supiera si correr o acercarse.

Un mes. Le dije a Rodri que en un mes sería mía.

No estaba seguro. Pero iba a intentarlo. Porque Sebastián del Fuego no pedía permiso para existir en el espacio de nadie, pero por Valentina Mendoza estaba dispuesto a pedirlo todas las veces que hiciera falta.

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Isabel Cristina Sinza
Me gusta como inicio, te deja intrigada! vamos a continuar y lo mejor ya está terminada, muchas gracias a la escritora!🥰
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