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¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Maestro-estudiante / Amor platónico / Completas
Popularitas:15k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

...Valentina...

El sábado siguiente, él me llevó al parque.

No era un parque cualquiera. Era el Parque de los Poetas —un nombre que solo existía entre los profesores de la facultad porque alguien, hace años, había plantado árboles en honor a escritores hispanoamericanos y colgado placas con versos en los troncos.

—Nunca me trajo aquí —dije, mientras caminábamos por un sendero bordeado de cedros.

—Nunca tuve a quién traer.

Lo dijo con la misma naturalidad con la que decía «la pasta se cocina al dente». Como si fuera un hecho más del universo y no una frase que me hacía querer abrazarlo en medio de un parque público.

El aire olía a tierra húmeda y a pasto recién cortado. Las hojas de los árboles filtraban la luz del sol en manchas doradas que se movían con el viento. Había pocas personas: una pareja con un perro, un señor leyendo el periódico en una banca, una mujer haciendo ejercicio.

Caminamos sin rumbo. Él me leía las placas de los árboles:

—Este es de Gabriela Mistral. «Dame la mano y danzaremos.» —Señaló el cedro más alto del sendero—. Y este es de Machado. «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.»

—¿Cuál es su favorito?

Se detuvo frente a un árbol más pequeño, con una placa de bronce cubierta de musgo.

—Este. De Neruda. «Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: la noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»

Lo recitó de memoria. Con esa voz que convertía cualquier verso en algo que se sentía en la piel. Y bajo la sombra de ese árbol, con las hojas cayendo a nuestro alrededor, pensé que si existía un momento perfecto, era este.

Seguimos caminando. Él me compró un helado en un carrito que estaba en la salida del parque. Vainilla, porque recordaba que prefería los sabores suaves. Me lo extendió sin preguntar qué sabor quería, porque ya lo sabía.

—Gracias —dije, lamiéndome una gota que se me escapó por la muñeca.

—Tienes… —Señaló mi cara.

—¿Qué?

—Helado. En la comisura.

Me limpié con el dorso de la mano.

—¿Ya?

—No. Aquí. —Estiró la mano. Su pulgar me rozó la comisura de los labios. Un toque breve, preciso, quirúrgico. Como todo lo que hacía.

Pero no fue breve para mi corazón. Mi corazón registró ese toque en cámara lenta: el calor de su dedo, la textura áspera de su piel, la cercanía de su mano a mi boca. Y se detuvo un latido entero.

—Gracias —repetí, con una voz que ya no sonaba normal.

Él retiró la mano. Volvió a caminar. Como si no acabara de destruirme la capacidad de respirar con un pulgar.

El aire se puso fresco a las seis. Yo llevaba una blusa de manga corta porque el mediodía había sido cálido, pero el atardecer trajo un viento que me erizó la piel.

Sin una palabra, Martín se quitó la chaqueta y me la puso sobre los hombros.

No preguntó si tenía frío. No dijo «¿quieres mi chaqueta?» No esperó a que yo temblara lo suficiente como para justificarlo. Simplemente la puso ahí. Sobre mis hombros. Con un movimiento que se sentía tan natural como respirar.

La chaqueta olía a él. A su jabón de siempre, a café, a las páginas de los libros que leía. Me envolví en ese olor como en una manta y pensé: si pudiera quedarme aquí para siempre, con su chaqueta sobre los hombros y el parque vaciándose a nuestro alrededor, sería suficiente.

De vuelta en el 302, él preparó té mientras yo ponía la mesa para la cena. La rutina de siempre: él cocinaba, yo ordenaba. Dos personas moviéndose por la misma cocina con la coordinación de una coreografía ensayada.

—Profesor —dije—. Mañana es lunes. Tiene una reunión importante, ¿verdad?

—Sí. El comité de evaluación docente.

—¿Está nervioso?

—Un poco.

Le preparé un té. Hierbabuena con un toque de canela —el favorito de mi abuelo, y ahora también el mío—. Lo dejé en su escritorio con una nota:

«Para los nervios. Funciona. Lo dice mi abuelo. V.»

A las diez de la noche, fui al baño. Cuando volví, pasé por el pasillo que separaba nuestras habitaciones.

Él estaba ahí.

De pie, frente a la puerta de su cuarto. Como si hubiera salido y se hubiera detenido en medio del pasillo, a mitad de un pensamiento.

Me vio. Yo lo vi.

El pasillo era estrecho. Estábamos a menos de un metro. La luz del baño era la única encendida, y dibujaba sombras suaves en su rostro.

—Buenas noches —dije.

Él no respondió inmediatamente. Me miró durante unos segundos que se estiraron como caramelo. Sus ojos, sin lentes, eran oscuros y profundos y estaban fijos en los míos con una intensidad que me hizo olvidar mi propio nombre.

Entonces se inclinó.

Despacio. Como si cada centímetro fuera una decisión consciente. Como si estuviera midiendo la distancia con la precisión de un hombre que ha esperado demasiado tiempo para apresurarse.

Sus labios tocaron mi frente.

Suaves. Tibios. Breves.

Un beso en la frente. Un beso que duró dos segundos y que contenía cuatro años de espera comprimidos en un punto de calor entre mis cejas.

Se separó. Me miró con esa cuasi-sonrisa que era más una promesa que un gesto.

—Buenas noches, Valentina.

Entró a su cuarto. La puerta se cerró con un clic.

Me quedé en el pasillo.

Con los pies clavados al piso.

Con la frente ardiendo.

Con las manos apretadas contra el pecho.

Levanté la mano derecha y me toqué la frente. Ahí. Exactamente ahí. Donde sus labios habían estado hace tres segundos. La piel todavía estaba tibia. Como si él hubiera dejado una marca invisible que solo yo podía sentir.

Caminé hasta mi cuarto en piloto automático. Me senté en la cama. Me acosté. Miré el techo.

Mi frente seguía ardiendo.

Le escribí a Mariana un solo mensaje:

«Me besó en la frente.»

Su respuesta fue un audio de doce segundos que consistía en un grito agudo seguido de la frase: «VALENTINA TORRES MEDINA, LA PRÓXIMA VEZ NO VA A SER EN LA FRENTE Y LO SABES».

Abracé la almohada. Cerré los ojos. Y todavía sentía el calor de sus labios.

Todavía lo siento ahora, mientras escribo esto a las once de la noche, con la luz apagada y la luna entrando por la ventana.

Un beso en la frente. Suave, breve, cargado de todo lo que él no dice con palabras.

La próxima vez, ¿dónde será?

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1
Cristina Gomez
Gracias porque muy pocas veces me sorprende darme cuenta que sonrío mientras leo y está vez me pasó.
Vanessa Soto Garcia
que hermosa novela ☺️
Cristina Gomez
que hermosa novela,este el tipo de amor que todas buscamos y muy pocas logramos encontrar.
Vanessa Soto Garcia
😂😂😂😂😂😂
Helizahira Cohen
Es bonita, diferente pero se me hizo muy larga, la voy a terminar porque esta muy bien narrada
Helizahira Cohen
Es bonita pero muy lenta y veo que es larga
Helizahira Cohen
pero ya que avance
Helizahira Cohen
ya pueden hablar, no son profesor y alumna, ambos lo quieren
Alesi Mendiola
Que tierno un hombre que recuerde asta el mas mínimo detalle
Flor Perez: en donde encuentro un profesor así 🤭🤭🤭
total 1 replies
Sofy Solis
🥰🥰🥰 Qué lindo que es él!!!
Tere Jimenez
gracias por compartir tu novela hermosa un poquito larga pero muy hermosa espero sigas escribiendo tan hermoso muchas bendiciones y muchos éxitos más
Tere Jimenez
hermoso final felicidades
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