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Contrato secreto con mi jefe posesivo

Contrato secreto con mi jefe posesivo

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:5.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Graciela Navarro llegó a Italia con dos maletas y una sola oportunidad de cambiar su vida. De día, lucha por convertir sus prácticas en una prestigiosa escudería de Fórmula 1 en el trabajo de sus sueños. De noche, entrega el control a C, un desconocido detrás de la pantalla que conoce sus límites, calma sus miedos y despierta deseos que nunca se atrevió a nombrar.
Román Cattaneo, el nuevo director del equipo, es frío, exigente e imposible de complacer. Grace debería mantener la distancia. El problema es que su voz, sus órdenes y la seguridad que le inspira se parecen demasiado a las de C.
Cuando la identidad detrás de aquella inicial salga a la luz, Grace tendrá que decidir si puede amar al hombre real con la misma intensidad con la que aprendió a confiar en su secreto. Entre circuitos, escándalos familiares y una pasión capaz de cruzar todas sus fronteras, ambos descubrirán que llegar a la meta no sirve de nada si no tienen el valor de hacerlo juntos.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1

Hola, soy Grace

—¿Es el hombre con el que hablabas antes? —preguntó Grace.

—No, no, no. Solo conversé con él por internet —respondió Sara.

—¿Y por qué nunca se conocieron en persona?

—Porque le envié una foto mía.

Grace se quedó mirando la pantalla.

—¿Qué?

—Él no me había pedido que lo hiciera.

—Entonces, ¿dejó de hablarte solo porque le mandaste una foto sin que te la pidiera?

—Sí. No hice lo que me había dicho.

Grace dudó antes de escribir la siguiente pregunta.

—¿Crees que podría ser adecuado para mí?

—Es la persona con la que mejor me he entendido. Si no, no me habría precipitado a mandarle mi foto. Habla español, vive en Italia y entiende este tipo de relación sin tomárselo a juego. Encontrar aquí a alguien que reúna todo eso y además respete tus límites no es nada fácil. Y ya sabes que yo nunca me conformaría con una relación únicamente en línea.

Las paredes del departamento eran demasiado delgadas. Mientras Graciela Navarro escribía acostada en su cama, podía escuchar los sonidos íntimos de la pareja italiana en la habitación de al lado.

Grace era ella. Usaba ese nombre tanto en el trabajo como en internet.

—Desapareció durante muchísimo tiempo —continuó Sara—. Apenas hace unos días lo vi publicar de nuevo en el grupo.

—¿Intentaste hablarle otra vez?

Sara tardó un poco en responder.

—Tiene muy buena memoria.

El resultado era obvio. Él no aceptaría de nuevo a una persona a la que ya había rechazado.

—Sé que últimamente te sientes muy mal y que necesitas hablar con alguien. Por eso te lo conté. Puedes intentarlo.

Grace dejó el teléfono boca abajo sobre la almohada, y la habitación quedó en penumbra.

Últimamente quería llorar todo el tiempo. Cuando estaba nerviosa. Cuando la ansiedad le apretaba el pecho. Cuando se sentía impotente.

Se quedó inmóvil unos momentos antes de tomar otra vez el teléfono.

—¿Puedo ver primero su contacto?

Sara se lo envió enseguida.

La foto de perfil era completamente negra. Su nombre se reducía a una sola letra: C.

Simple.

Demasiado misterioso.

La incertidumbre le provocó una sensación de urgencia, y el corazón empezó a latirle más rápido. Sin embargo, que pudiera percibir tanta fuerza en él con solo mirar su perfil no tenía por qué ser algo malo.

Cuando todavía estudiaba en Italia, Grace ya había intentado conversar con desconocidos en línea para distraerse de la ansiedad. A veces, la distancia de una pantalla permitía decir con franqueza dolores y dificultades que uno era incapaz de confesar a las personas cercanas.

No existía una única forma de definir esa clase de relación.

Podía quedarse en unas cuantas conversaciones o trasladarse a la vida real. Podía limitarse a un intercambio en el que cada uno obtenía lo que necesitaba emocionalmente o, si ambos lo deseaban, convertirse en una relación amorosa. Dependía de las personas involucradas.

Grace buscaba a alguien con verdadera fortaleza mental. Aunque entre ellos nunca se desarrollara nada más profundo, quería poder apoyarse en esa persona y fortalecerse gracias a ella.

Los hombres con los que había hablado antes le parecían demasiado débiles.

En pocas palabras, no lograba reconocer su autoridad. No podía apoyarse en ellos ni confiarles el control. Por lo tanto, ninguno era lo que ella necesitaba.

Y, en ese momento, Grace necesitaba desesperadamente a alguien en quien pudiera apoyarse por completo.

Había abandonado ese tipo de chats hacía tiempo. Había vuelto a una vida normal e independiente.

Hasta las últimas semanas.

Después de terminar una maestría en comunicación y relaciones públicas en Italia, había conseguido una pasantía en el equipo de Fórmula 1 de Ferrari. Trabajaba en comunicación de crisis, ayudaba con las entrevistas de los pilotos antes y después de las carreras y colaboraba en la respuesta pública ante cualquier problema que afectara a la escudería.

Ferrari era un equipo histórico y poderoso. Sin embargo, Red Bull y Aston Martin habían crecido con demasiada fuerza en los últimos años, y los altos mandos ya no estaban satisfechos con la dirección. Poco tiempo atrás habían impuesto a un nuevo director de equipo.

Se llamaba Román Cattaneo.

La primera vez que Grace escuchó su nombre, pensó que sonaba enorme en más de un sentido. Pero en cuanto lo vio en persona, perdió las ganas de hacer bromas.

Lo conoció durante la presentación ante todo el personal. Grace medía un metro setenta, pero entre tantos europeos no destacaba por su estatura, así que sus compañeros solían dejarle un lugar al frente.

Había cientos de personas reunidas en el vestíbulo de la sede cuando aquel hombre entró.

Tenía la figura de un italiano de manual: alto, ancho de hombros y erguido. Bastaba mirarlo para imaginar los músculos trabajados que escondía bajo la ropa. Su cabello era negro y sus ojos, de un azul profundo. Alguien del equipo le había contado a Grace que era hijo de padre italiano y madre mexicana. Tal vez de ahí venía aquella mezcla tan particular: facciones severas, elegancia europea y una calidez apenas visible que suavizaba su expresión cuando guardaba silencio.

Grace se quedó contemplándolo más tiempo del prudente.

Se parecía al hombre que existía en su imaginación. Uno capaz de señalar sus errores sin compasión y, después, explicarle con paciencia qué debía hacer.

Uno que pudiera decirle: My good girl.

Bajó la mirada, pero la voz de Cattaneo atrajo de nuevo toda su atención.

Era grave y firme. No necesitaba micrófono para llenar el espacio y crear a su alrededor un campo magnético imposible de ignorar.

Todos lo observaban.

Grace también.

Llevaba un traje negro hecho a la medida en Italia, con chaleco, camisa y corbata. Ni una sola pieza faltaba ni estaba fuera de lugar.

A Grace se le secó la boca.

Volvió a bajar la mirada y terminó fijándose en la mano izquierda que él había apoyado sobre la mesa. Sus dedos eran largos y fuertes. Las uñas, limpias y cortas, tenían un tenue tono rosado.

No la rasguñarían si llegaba a tocarla.

Las orejas de Grace se encendieron.

La presentación se prolongó bastante. Cuando terminó, los aplausos fueron menos entusiastas de lo que ella esperaba. Incluso creyó sentir un peso extraño en el ambiente. Había pasado demasiado tiempo distraída y no sabía qué había ocurrido.

Estaba a punto de preguntárselo a un compañero cuando James, su jefe en el departamento de comunicación, la llamó.

—Tú eres Grace, la pasante de comunicación de crisis, ¿verdad?

Ella se apresuró a seguirlo.

—Sí.

James frunció ligeramente el ceño.

—En condiciones normales, esta tarea no debería recaer en ti, pero por ahora tengo que organizarlo así. A partir de hoy serás el enlace con Cattaneo. Si se presenta cualquier emergencia en el equipo, te encargarás de comunicarte con él y de preparar el primer borrador de la respuesta pública.

El corazón de Grace se aceleró. No pudo evitar sonreír.

—De acuerdo.

—Entonces ven conmigo a la reunión de las tres.

—Claro.

La posibilidad de volver a ver a Cattaneo la llenó de una alegría casi infantil.

No sabía si estaba casado. Al menos no había visto un anillo en su mano.

Tampoco sabía qué clase de hombre era en privado, pero quería acercarse a él.

Imaginó que debajo del traje debía de tener unos músculos perfectamente definidos. Un hombre criado en su ambiente seguramente daba mucha importancia a la salud y a la calidad de vida.

Debía de ser muy disciplinado.

A Grace le gustaban las personas capaces de controlarse. Para ella, el autocontrol era una prueba de que alguien resultaba confiable.

Era exactamente la clase de persona que buscaba.

Toda esa alegría y expectativa se hicieron pedazos durante su segundo encuentro.

Cattaneo asistió a la reunión interna del departamento de comunicación aquella tarde.

La miró con aparente amabilidad. Las primeras palabras que le dirigió fueron:

—Si tus comunicados siguen teniendo este nivel, te recomiendo agendar una cita con Recursos Humanos para hablar de cuándo terminarás tu pasantía.

Poseía toda la autoridad y la severidad que Grace había imaginado.

Por desgracia, ella no era su girl.

Solo era una subordinada.

A partir de entonces entendió el ambiente opresivo que había sentido al final de la presentación.

Ferrari tenía una historia legendaria. En su mejor época había ganado durante años tanto el campeonato de pilotos como el de constructores. Pero Red Bull llevaba varias temporadas dominando el podio y, con Aston Martin y Mercedes también en la pelea, la posición de Ferrari se volvía cada vez más precaria.

Por eso los directivos habían impuesto a Cattaneo.

Él era hijo del principal patrocinador de la escudería. Al principio, muchos supusieron que sería un heredero inútil que venía a divertirse con el equipo.

Solo necesitó una semana para hundir a todos en un nivel de presión desconocido.

A Grace más que a nadie.

Su puesto en comunicación de crisis la obligaba a estar en contacto directo con él. En siete días había perdido casi tres kilos.

La independencia que tanto esfuerzo le había costado construir desapareció en esa misma semana.

Se sentía frágil.

Inestable.

Necesitaba que alguien permaneciera a su lado y le dijera qué hacer. Que le ordenara dejar de preocuparse. Que le asegurara que lo estaba haciendo bien.

Grace no esperaba encontrar un novio.

Novio era una palabra que no se atrevía a desear ni a tocar.

No quería hacerle daño a nadie.

Solo quería que una persona lo bastante fuerte le dijera que ya había hecho suficiente.

Que no tenía que angustiarse.

Que podía dejar de tener miedo.

Ella recibiría apoyo y orden. La otra persona recibiría control.

Cada uno obtendría lo que necesitaba.

A la mañana siguiente, después de pensarlo durante mucho tiempo, Grace escribió una sola frase en la solicitud de contacto.

—Hola. Soy Grace.

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