A sus veintiocho años, Valeria Montero tiene todo bajo control: una de las empresas más poderosas de Puerto Reyes, una reputación impecable y una vida en la que no hay espacio para cometer errores.
Santiago del Río es la única excepción.
Llegó a la casa de los Montero cuando era niño, bajo la tutela legal de Doña Carmen. Valeria lo protegió, lo acompañó durante sus peores años y se convirtió en la persona más importante de su vida.
Pero Santiago creció.
La noche en que cumple dieciocho años, la besa y le confiesa una verdad que Valeria no está preparada para escuchar: nunca la ha visto como una hermana y no piensa seguir fingiendo.
Él es diez años menor. Ella es la directora de un imperio empresarial. Una relación entre ambos podría destruir su reputación y convertirlos en el centro de un escándalo. Valeria intenta alejarse, pero Santiago está decidido a demostrarle que ya no es el niño que llegó herido a su casa.
Justo cuando ella comienza a aceptar lo que siente, Héctor Navarro aparece y revela que Santiago es su nieto y el heredero perdido de la familia Navarro. También le cuenta algo peor: una antigua maldición corre por la sangre de los hombres de su familia, y Héctor puede utilizarla para acabar con la vida de Santiago.
Para salvarlo, Valeria deberá conseguir que se marche con él.
Así que le dice la mentira más cruel que puede inventar: que lo cambió por un terreno.
Tres años después, Santiago regresa convertido en el nuevo heredero del imperio Navarro. Es frío, poderoso y está dispuesto a castigar a la mujer que destrozó su vida.
Lo que todavía no sabe es que Valeria nunca dejó de amarlo.
Mientras él planeaba su venganza, ella pasó tres años buscando una forma de romper la maldición y traerlo de vuelta.
Ahora Santiago tendrá que decidir qué es más fuerte: el odio que lo mantuvo vivo o la obsesión que nunca consiguió olvidar.
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Capítulo 9
# Capítulo 9: El beso
Valeria
Me besó.
Me agarró la cara con las dos manos —como si fuera algo frágil, como si tuviera miedo de romperme— y me besó.
Fuerte. Torpe. Desesperado.
Sus labios contra los míos. Calientes. Un poco secos. Temblando.
Me quedé congelada.
No lo empujé.
No lo empujé y eso es lo peor de todo, porque mis manos estaban libres y mis piernas estaban libres y lo único que tenía que hacer era poner la palma de la mano en su pecho y alejarlo y decirle que no, que esto está mal, que soy su hermana, que tiene dieciocho años recién cumplidos y que esto no puede pasar.
Pero no lo hice.
Me quedé ahí, sentada en el cofre de un Lamborghini amarillo en la mitad de una montaña, dejando que un chico al que crié desde los ocho años me besara como si se le fuera la vida en ello.
Su mano se deslizó a mi nuca. Los dedos se enredaron en mi pelo. Inclinó la cabeza hacia el otro lado y el beso cambió. Ya no era torpe. Era lento. Profundo. Como si estuviera aprendiendo la forma de mi boca y memorizándola para siempre.
Me mordió el labio inferior, suavecito, y algo se rompió dentro de mí. Una pared. Un dique. Algo que llevaba años construyendo y que se vino abajo con un mordisco.
Cerré los ojos.
Maldita sea, cerré los ojos.
Y sentí. Sentí todo. El viento frío del cerro, el metal tibio del coche bajo mis piernas, su corazón latiendo contra mi pecho porque estaba tan pegado a mí que podía contarle los latidos.
Duró diez segundos. Tal vez quince. Tal vez una hora. No sé. Cuando se separó, yo estaba temblando.
Él también.
—Vale —susurró, con los labios todavía casi tocando los míos—. Es el mejor regalo de cumpleaños que he recibido.
Me agarré del cofre con las dos manos para no caerme.
—No debiste hacer eso —dije. Mi voz sonó rara. Ronca. Como si no fuera mía.
—Tú dijiste que sí.
—Yo nunca dije...
—Dijiste "lo que sea." Y no me empujaste. —Me miró a los ojos—. Estabas temblando, Vale.
—De frío.
Sonrió. Poquito. Con la esquina de la boca.
—No hace frío.
Tenía razón. Era julio. Hacía treinta grados y yo estaba sudando.
Le aventé un golpe en el hombro. Duro. Le dio risa.
—Nunca más —le dije, señalándolo con el dedo—. ¿Me oíste? Nunca. Más.
—Sí, Vale.
—Y si le dices a alguien, te juro que...
—No le voy a decir a nadie. —Su voz bajó. Se puso serio—. Esto es nuestro.
Nuestro. La palabra me hizo algo en el estómago que no quiero analizar.
—Bájame de aquí —le dije.
Me ofreció la mano. La tomé. Me bajé yo sola, porque si dejaba que me cargara otra vez iba a perder lo poco de dignidad que me quedaba.
Caminé hacia la puerta del copiloto. Él me siguió.
—Vale.
—¿Qué?
—Gracias.
No le contesté. Me subí al coche y cerré la puerta.
De camino a casa, ninguno de los dos dijo una palabra. Pero yo sentía su sonrisa en la oscuridad del coche como si fuera una fogata. Caliente. Imposible de ignorar.
Esa noche, cuando todos se fueron y la casa quedó en silencio, me encerré en mi cuarto y me senté en la cama.
Me toqué los labios.
Los sentía diferentes. Hinchados. Como si tuvieran memoria propia y estuvieran repitiendo el beso una y otra vez sin mi permiso.
Lo crié desde que era un niño.
Le enseñé a atarse las agujetas. Le leí cuentos para dormir. Le sequé las lágrimas. Le curé las heridas. Fui su hermana, su madre, su mundo entero durante diez años.
¿Y ahora esto?
¿Ahora mi corazón se acelera cuando me toca?
¿Ahora me tiemblan las manos cuando me mira?
¿Ahora me quedo despierta a las tres de la mañana tocándome los labios como una adolescente después de su primer beso?
Porque eso fue.
Mi primer beso.
Veintisiete años. Una empresa multimillonaria. Una reputación de acero. Y mi primer beso fue con el muchacho al que ayudé a criar, recién cumplidos sus dieciocho años, en el cofre de un coche que yo le regalé.
Si Paloma se entera, no me va a dejar en paz por el resto de mi vida.
Me acosté. Me tapé la cara con la almohada. Apreté fuerte. Como si pudiera ahogar lo que sentía con tela y plumas.
—Esto no puede pasar —dije en voz alta, a nadie—. No puede.
Pero ya pasó.
Y lo peor —lo verdaderamente peor, lo que me tenía agarrándome de la almohada a las tres de la mañana con el corazón desbocado— es que una parte de mí quería que pasara otra vez.
Una parte que no era pequeña.
Que no estaba escondida.
Que no era cobarde.
Una parte que era grande, ruidosa y valiente, y que me gritaba desde algún lugar del pecho: déjalo. Déjalo que te bese otra vez. Déjalo que te agarre la cara con esas manos enormes y te bese hasta que se te olvide tu nombre.
A la mañana siguiente tomé una decisión.
Santiago necesitaba alejarse de mí. No para siempre. Solo lo suficiente para que los dos pusiéramos las cosas en perspectiva.
Lo mandé de viaje.
Un mes. Con Mateo. A recorrer el país. Playas, montañas, ciudades. Le compré los boletos, le reservé los hoteles, le empaqué la maleta.
Se lo dije al mediodía, mientras comíamos.
No se lo tomó bien.
—No voy —dijo. Sin levantar la vista del plato.
—Santi, es un mes. Treinta días. Y Mateo va contigo.
—¿Por qué me estás castigando?
—No es un castigo. Es un regalo.
—Es un castigo. —Levantó la vista. Los ojos rojos—. Me estás mandando lejos por lo de anoche.
No le contesté. Porque tenía razón.
—Vale, te prometo que no lo vuelvo a hacer.
—No se trata de eso.
—¿Entonces?
—Se trata de que necesitas... aire. Espacio. Experiencias. No puedes pasarte la vida encerrado en esta casa conmigo.
—¿Por qué no?
Porque si te quedas, no sé qué voy a hacer. Porque anoche soñé con tu boca y me desperté con el corazón acelerado y las sábanas revueltas. Porque tengo miedo de lo que siento y más miedo todavía de admitirlo.
Pero eso no lo dije.
—Porque ya eres un adulto —dije—. Y los adultos salen al mundo.
Me miró como si lo hubiera traicionado.
Esa tarde lo llevé al aeropuerto. No habló en todo el camino. Cuando se bajó del coche, no se despidió. Solo agarró su maleta y caminó sin voltear.
Yo lo vi alejarse con la garganta hecha un nudo.
Uno. Dos. Tres pasos. Cuatro. Cinco.
Se detuvo.
Dio la vuelta. Vino hacia mí casi corriendo. Me abrazó tan fuerte que me sacó el aire.
—Vale —dijo, con la boca contra mi pelo—. Voy a ir. Porque tú me lo pides. Pero quiero que sepas una cosa.
—¿Qué?
—Lo que siento por ti no es dependencia. No es costumbre. No es confusión. Es amor. Y un mes lejos no va a cambiar eso.
Me soltó. Se fue.
Esta vez no volteó.
Y yo me quedé parada en el estacionamiento del aeropuerto, llorando como una idiota.
Valeria lo mandó lejos, pero ¿a quién le duele más? 💔 Denle like y nos leemos mañana ❤️