A Camila la criaron para ser "una buena esposa". Por eso, cuando su marido le propone un fin de semana romántico en la Riviera Maya, ella cree que por fin van a recuperar lo que perdieron.
Lo que no sabe es que ese vaso de leche tibia está drogado. Y que el "regalo" que su esposo le tiene preparado a su jefe… es ella.
Camila escapa descalza por los pasillos del resort, golpea una puerta al azar y la abre el hombre más peligroso —y más hermoso— que ha visto en su vida: **Damián Tejada**, el dueño de medio país. Esa noche le salva la vida. Lo que ninguno de los dos imagina es que esa puerta lo va a cambiar todo.
Divorciada, traicionada por su propia familia y con un secreto que ni ella conoce, Camila decide que nunca más va a depender de nadie. Pero Damián no piensa soltarla. Él no quiere su obediencia ni su cuerpo: la quiere a ella, entera, con todo y cicatrices.
Y mientras Camila aprende a levantarse sola —y a vengarse de quienes la pisaron—, una verdad enterrada hace veinticinco años empieza a salir a la luz: la muchacha de la colonia popular que todos despreciaron no es quien todos creen. Es la heredera perdida de una de las familias más poderosas de México. Y alguien prendió un incendio, hace mucho, para que ella nunca lo descubriera.
**¿Podrá Camila reclamar su nombre, su sangre y su corazón… antes de que quien intentó matarla de bebé termine el trabajo?**
Una historia de traición, venganza, lujo y un amor que no pide permiso.
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Capítulo 2
Cap 2: El desconocido de la suite
Lo primero fue la luz. Una luz blanca que entraba por una ventana que Camila no reconocía. Después el olor: madera, café, una loción cara que no era la de Gerardo.
Abrió los ojos del todo.
Estaba en una cama enorme, vestida con el camisón de seda que no le habían quitado. En el sillón de la esquina, un hombre con la camisa de la noche anterior leía algo en el teléfono. No la miraba.
La memoria le regresó en bloque. La cena. La leche. Bernal. La lámpara. El pasillo. La puerta. Los brazos.
Se incorporó de golpe y un mareo la mandó otra vez hacia la almohada.
—Despacio.
El hombre dejó el teléfono y se puso de pie sin apuro. Alto, cabello oscuro, una cicatriz fina en la ceja izquierda. Treinta y tantos.
—¿Puede tomar agua?
—Sí.
Le sirvió un vaso y se lo extendió sin acercarse a la cama. Camila estiró la mano. Le temblaba.
—Llamé a un médico hace una hora —dijo él, retrocediendo dos pasos para devolverle el espacio—. Le tomó la presión mientras dormía. Está estable. Lo que le dieron empieza a salir solo. No le hicieron nada más. Le di mi palabra al médico de que usted iba a preferir no ir al hospital del pueblo. Si está equivocada, lo arreglamos ya.
Camila lo escuchó con la cabeza inclinada. Que él hablara en usted la sostuvo. Que hubiera contado los pasos la sostuvo más.
—¿Quién es usted? —preguntó.
—Alguien que abrió la puerta. Eso fue todo. ¿Su nombre? Solo quería saber si llamo a alguien de su parte.
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Familia?
—No por ahora.
—¿Amigas?
—Tampoco. Por favor.
Él asintió como si fuera una respuesta válida y no un misterio. Caminó hasta la puerta del cuarto y la cerró con seguro desde adentro. Después le tendió la llave magnética a Camila.
—Si quiere irse mientras estoy en el baño o aquí dentro, la tiene. No es un encierro. Es para que nadie entre mientras se acomoda. Si la usa, déjela en la mesa al salir y yo me arreglo.
Camila la tomó. La metió en el bolsillo del jean.
—Gracias.
Él asintió. Tomó su teléfono y se lo extendió con la pantalla hacia ella.
—Si quiere avisarle a alguien, use el mío. El de usted está apagado.
Camila aceptó el teléfono. Solo le hizo falta marcar dos números —los del celular de Gerardo, los sabía de memoria— para frenar. Le devolvió el aparato sin marcar.
—No voy a llamarle.
Él se guardó el teléfono en el bolsillo.
—Bien.
—¿Y mi marido?
La palabra "marido" sonó pesada en la habitación, como una piedra que cae al fondo de un balde.
—El gerente me confirmó esta mañana que un huésped llamado Pacheco salió del resort a las dos y media de la madrugada. Solo. Pidió un taxi al aeropuerto.
Camila apretó los labios. Sintió un calor pequeño y limpio detrás del esternón. No era llanto. Era el inicio del odio nuevo: un odio sin lágrimas.
—Gracias.
Él inclinó la cabeza. Caminó hacia la mesa baja donde había puesto la ropa de ella, doblada, no en montón, y un par de zapatos.
—Tómese su tiempo. Si quiere quedarse, quédese. Si quiere irse, el coche está abajo. Lo que prefiera.
—Voy a irme.
—Como guste.
* * *
Se metió al baño. Cerró la puerta. Se vio en el espejo: el cabello pegado a la frente, el rímel corrido, una marca tenue de moretón en el costado del cuello donde la mano de Bernal había buscado la cintura.
Levantó la barbilla. Se enjuagó la cara con agua fría. Se peinó con los dedos. Cuando salió, ya no estaba descalza.
—Lista.
El hombre le señaló la puerta. La acompañó hasta el ascensor en silencio. Antes de pulsar el botón, le tendió una tarjeta.
—Si decide presentar una denuncia, este resort tiene un abogado en la planta baja. Lo llamé hace rato. Está esperando. No tiene que pasar por mí. Dé mi nombre.
Camila se la guardó en el bolsillo del jean.
—¿Y su nombre? —preguntó, porque le pareció lo único decente.
—No lo necesita —contestó él—. Lo que necesita son las próximas veinticuatro horas para usted sola.
El ascensor llegó. Camila se metió. La puerta se cerró entre los dos.
* * *
En el lobby, la gente desayunaba como si fuera otro día cualquiera. Camila lo atravesó con los lentes oscuros puestos. Llegó hasta la fuente del centro y lo vio.
Gerardo estaba parado al lado de recepción, con el teléfono pegado a la oreja. Llevaba la misma camisa de la noche anterior. Cuando la vio, soltó el teléfono y se le acercó dos pasos.
—Cami —dijo—. Mi vida. Te juro que—
Camila se detuvo. Lo miró.
Lo miró como se mira a un extraño en la calle: sin filtro, sin ternura. Vio a un hombre bajito, sudado, mediocre. Vio a un hombre que había salido por una puerta unos minutos antes de que otro entrara a hacerle lo que él había pagado con un puesto.
No dijo nada.
—Cami... —insistió—. Déjame explicarte.
Camila siguió caminando. Cruzó la puerta de cristal. Subió al primer taxi de la línea y le dijo al chofer el nombre del aeropuerto. El taxi arrancó.
Detrás del cristal trasero, vio a Gerardo salir corriendo a la banqueta. Lo vio gritar algo que el aire del Caribe se llevó.
No giró la cabeza.
* * *
En la carretera, Camila sacó el celular, lo encendió y vio la pantalla iluminarse con catorce llamadas perdidas, todas de Gerardo. Las borró una por una. Marcó otro número.
—¿Bueno?
—Abuela.
—¡Cami, mija! Pensé que estabas de viaje con—
—Abuela —volvió a decir, y la voz se le partió—. Voy para allá. Necesito desahogarme cuando llegue.
Hubo un silencio. Camila escuchó la respiración de Abuela Inés y el ruido leve de los dedos de la abuela haciéndose la señal de la cruz.
—Vente, mija. Aquí está tu cama.
Camila colgó. Apoyó la frente contra el cristal. El Caribe corría hacia atrás como una tela azul interminable. Las lágrimas le bajaron en silencio y se le metieron en el cuello del suéter sin que las acompañara ningún sonido.
El chofer la miró por el retrovisor una vez, despacio.
—¿Le subo el aire, señorita?
—No, gracias.
—¿Una agüita?
—Tampoco. Pero gracias.
—Si quiere apago la radio.
—Apáguela.
Apagó. El resto del trayecto fue silencio y carretera. Camila contó hacia atrás los meses del último año —el año del matrimonio, el año del ahorro inútil, el año del "Cami no te quejes que peor le va a otras"— y se dio cuenta de que llevaba once meses sin haber dormido sola en una cama sin un señor al lado a quien le debía explicaciones. Once meses.
Esa noche, en su propia cama, iba a dormir sola.
Era lo único que quería esa tarde. La única cosa concreta que iba a tener.
Cerró los ojos.
* * *
Esa misma tarde, en la suite del último piso, un hombre alto le habló al teléfono al gerente del hotel sin levantar la voz.
—Quiero el registro completo del huésped Pacheco. Y quiero saber quién es el señor Bernal. Y quiero saber el nombre real de la señora a la que le abrí la puerta. Sin escándalo. Para mañana.
—Sí, licenciado Tejada.
Damián Tejada colgó. Caminó hasta la ventana. Miró el mar.
Camila no supo el nombre del hombre de la suite hasta varias semanas después. Y cuando lo supo, entendió que el universo tenía un sentido del humor muy cruel —o muy preciso.