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UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

Status: En proceso
Genre:Familia mágica
Popularitas:425
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24: La visita

La vida en la casa de los Rojas comenzaba a encontrar un nuevo ritmo.

No era un ritmo tranquilo.

Eso habría sido imposible.

En aquella casa siempre había algún ladrido inesperado, algún gato trepando donde no debía, alguna gallina escapándose del corral o un gallo llamado Pelé tomando decisiones que nadie le había pedido.

Pero ahora el caos tenía algo diferente.

Ya no era un caos nacido de la tristeza.

Era un caos lleno de vida.

Después de la apertura del taller, Tomás había empezado una nueva rutina.

Por las mañanas salía temprano.

Preparaba sus herramientas.

Revisaba los vehículos de sus clientes.

Y regresaba por la tarde cansado, pero con una sonrisa.

Emma notaba la diferencia.

Antes, cuando su papá llegaba del trabajo, parecía que cargaba el peso del mundo sobre los hombros.

Ahora seguía cansado.

Pero era un cansancio distinto.

Era el cansancio de alguien que estaba construyendo algo.

Una mañana, mientras desayunaban, Emma observó a su padre.

—Estás sonriendo.

Tomás levantó la mirada.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Eso es raro?

Emma pensó unos segundos.

—Antes sonreías menos.

Aquella respuesta tomó por sorpresa a Tomás.

No porque fuera dolorosa.

Sino porque era verdad.

Durante mucho tiempo había olvidado cómo se sentía estar feliz.

Después de perder a Mariana, su vida se convirtió en una lista de responsabilidades.

Trabajar.

Cuidar a Emma.

Pagar cuentas.

Seguir adelante.

Pero ahora empezaba a recordar que vivir era algo más que resistir.

Valeria llegó unos minutos después con Mateo.

Traían una caja grande.

Emma miró con curiosidad.

—¿Qué es eso?

Mateo sonrió misteriosamente.

—Una sorpresa.

Emma cruzó los brazos.

—No me gustan las sorpresas.

Mateo levantó una ceja.

—¿Desde cuándo?

—Desde que Pelé está involucrado en casi todas.

Como si hubiera entendido su nombre, el gallo apareció caminando por el patio.

Todos lo miraron.

Pelé se detuvo.

Y levantó la cabeza orgulloso.

Mateo susurró:

—Creo que se siente importante.

Emma respondió:

—Porque lo es para él.

Valeria dejó la caja sobre la mesa.

—Es para el taller.

Tomás se acercó.

—¿Qué compraste?

—Nada.

Lo hicieron los niños.

Todos miraron a Emma y Mateo.

Dentro de la caja había un cuaderno grande.

En la portada habían escrito:

"Clientes felices del Taller Rojas."

Tomás sonrió.

—¿Qué es esto?

Mateo explicó emocionado:

—Para que escribas los nombres de las personas que arregles sus carros.

Emma agregó:

—Y para que recuerdes tus primeros clientes.

Tomás pasó las páginas.

Había dibujos.

Notas.

Incluso una pequeña imagen de Pelé con una llave inglesa.

No pudo evitar reír.

—¿Por qué Pelé tiene una herramienta?

Emma respondió muy seria:

—Porque él también trabaja.

Tomás miró al gallo.

—¿Ah sí?

Pelé cantó.

—Quiquiriquí.

Mateo sonrió.

—Dice que es el encargado de supervisar.

Esa tarde, mientras Tomás estaba en el taller, ocurrió algo inesperado.

Valeria recibió una llamada.

Su expresión cambió.

Emma estaba cerca y lo notó.

—¿Pasó algo?

Valeria guardó silencio unos segundos.

Después respondió:

—Es mi hermana.

Emma se sorprendió.

Hasta ese momento no sabía que Valeria tenía familia.

—¿Tienes una hermana?

Valeria asintió.

—Sí.

Pero su voz cambió ligeramente.

Emma comprendió que había algo detrás.

Esa noche, después de cenar, Valeria contó parte de su historia.

—Cuando Mateo era pequeño, mi esposo y yo tuvimos muchos problemas económicos.

Emma escuchaba atentamente.

—Después de que él murió, mi hermana quiso ayudarme.

—¿Y qué pasó?

Valeria suspiró.

—Nos alejamos.

—¿Por qué?

—Porque a veces el dolor hace que las personas se separen en lugar de acercarse.

Emma entendió esa frase.

Porque ella también había sentido dolor.

Y también había levantado barreras.

Al día siguiente llegó una mujer a la casa.

Emma estaba en el jardín con Mateo cuando la vio.

Era una mujer de unos cuarenta años.

Tenía una expresión seria.

Valeria salió a recibirla.

—Clara.

La mujer la abrazó.

—Hola, hermana.

Emma observó desde lejos.

Algo en la forma en que se miraban le recordó a ella y a Valeria.

Dos personas que querían acercarse, pero no sabían cómo hacerlo.

Clara entró a la casa.

Saludó a todos.

Cuando vio a Emma sonrió.

—Así que tú eres Emma.

La niña asintió.

—Sí.

—He escuchado mucho sobre ti.

Emma miró a Valeria.

—¿Mucho?

Valeria sonrió.

—Cosas buenas.

Emma se sintió un poco incómoda.

No estaba acostumbrada a que nuevas personas aparecieran en su vida.

Primero había sido Lucía.

Luego Valeria.

Ahora Clara.

Parecía que cada vez llegaban más personas.

Durante la tarde, Clara ayudó a preparar comida.

Pero la tranquilidad duró poco.

Porque Pelé decidió participar.

El gallo entró a la cocina.

Clara lo vio.

—¿Ese gallo vive aquí?

Emma respondió:

—Sí.

—¿Siempre entra?

Hubo un silencio.

Todos miraron al animal.

Pelé estaba sentado sobre una silla.

Como si estuviera esperando su plato.

Valeria sonrió.

—Más de lo que debería.

Clara comenzó a reír.

—Nunca había visto algo así.

Emma sonrió.

—Créeme.

Nadie lo ha visto.

Pero Pelé no estaba satisfecho.

Al ver una bandeja con comida, decidió actuar.

Saltó.

Tomó un pedazo de pan.

Y salió corriendo.

Clara abrió los ojos.

Después comenzó a reír.

—Ahora entiendo por qué dices que tu casa nunca es aburrida.

Emma sonrió.

—Ese es Pelé.

Más tarde, mientras los adultos conversaban, Emma se quedó con Clara.

La mujer la miró con cariño.

—Tu mamá debe estar muy orgullosa de ti.

Emma bajó la mirada.

—¿Crees?

—Estoy segura.

La niña tocó la pulsera que Valeria le había regalado.

Clara la notó.

—Es bonita.

Emma sonrió.

—Me la dio Valeria.

Clara observó su reacción.

—La quieres.

Emma quedó en silencio.

Antes habría negado rápidamente.

Pero ahora pudo responder con sinceridad.

—Sí.

Esa respuesta la sorprendió incluso a ella misma.

Porque ya no sentía culpa al decirlo.

Querer a Valeria no significaba reemplazar a Mariana.

Significaba aceptar que su corazón podía guardar más amor.

Por la noche, cuando todos dormían, Emma salió al jardín.

Encontró a Pelé sobre la cerca.

—¿Otra vez vigilando?

El gallo la miró.

Ella sonrió.

—Creo que las cosas están cambiando mucho.

Pelé permaneció quieto.

—Antes pensaba que los cambios eran malos.

Miró la casa.

—Pero ahora creo que algunos cambios traen cosas buenas.

El viento movió suavemente los árboles.

Emma respiró profundamente.

—Aunque sigo pensando que tú eres un problema.

Pelé respondió:

—Quiquiriquí.

Emma rió.

—Sí, sí.

Ya sé.

Tú piensas que eres perfecto.

Esa noche ocurrió algo pequeño, pero importante.

Cuando Emma entró a la casa, encontró una fotografía sobre la mesa.

Era una foto de todos.

Tomás.

Ella.

Valeria.

Mateo.

Lucía.

Los animales.

Incluso Pelé aparecía al fondo.

Emma sonrió.

Porque esa imagen habría sido imposible meses atrás.

Y ahora estaba allí.

Como una prueba de que algunas familias no nacen completas.

Algunas se construyen poco a poco.

Con paciencia.

Con perdón.

Con personas que deciden quedarse.

Antes de dormir escribió:

"Hoy conocí a alguien nuevo."

"Antes me habría asustado."

"Pensaría que otra persona significa perder espacio para quienes ya amo."

"Pero ahora entiendo que el corazón no funciona así."

"El amor no es una habitación pequeña donde solo caben algunas personas."

"El amor puede crecer."

Cerró el cuaderno.

Desde afuera se escuchó un último canto.

—¡Quiquiriquí!

Emma negó con una sonrisa.

—Pelé, por favor...

Es de noche.

Pero el gallo no parecía preocupado.

Porque en aquella casa había aprendido algo:

Siempre habría ruido.

Siempre habría problemas.

Siempre habría momentos inesperados.

Pero mientras estuvieran juntos...

Ese torbellino llamado familia seguiría siendo el mejor desastre del mundo.

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