Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
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¿Ahora sí recuerdas quién eres?
—¿Ahora sí recuerdas quién eres? —Su voz era profunda y resonante; parecía llenar la habitación. El hombre se movía con una quietud un tanto inquietante; sus pasos eran tan silenciosos que daban la impresión de que su figura alta y sombría flotaba. Su presencia era una densa cortina que oscurecía el aire. —Dime, ¿tu memoria ha regresado?
Ladeé la cabeza; había tejido cuidadosamente una máscara de confusión. La verdad ardía en mi interior, un recuerdo vívido y aterrador. Por el momento, la ignorancia era mi mayor arma.
—Te llamas Bárbara Drax. —Su voz se tornó más grave, casi un siseo que se enroscaba alrededor de mi nombre. —Eres mi esposa. Y, por alguna razón que desconozco, me tienes un miedo que te consume hasta los huesos. Un terror inexplicable.
Un escalofrío me recorrió la espalda. El miedo no era inexplicable; por culpa de esa maldita Bárbara, le temía.
—¿Por qué... por qué estoy en este hospital? —Mi voz sonó apenas un susurro, lo suficientemente débil para parecer genuinamente confundida, lo suficientemente fuerte para que él la escuchara. Sabía la respuesta, cada detalle lacerante, pero el velo de la amnesia autoimpuesta era vital; no podía fallar, esta era la oportunidad que tanto anhelaba.
Una sombra de algo parecido a la fatiga cruzó su rostro, aunque sus ojos permanecieron como dos brasas ardientes.
—Te dejé en nuestra habitación nupcial para que te sintieras... cómoda. Fui a resolver asuntos de la empresa y, al regresar... —Se detuvo, y su mirada se fijó en mí con una intensidad que me hizo querer encogerme. —Te encontré desmayada. Dos frascos enteros de pastillas. Dime, ¿dónde demonios los tenías guardados? ¿Cómo pudiste ocultarlos? Te traje hasta aquí lo más rápido posible. Estuviste muerta un par de minutos, Isabela. Tu corazón se detuvo. Estás viva de milagro. —La angustia en sus palabras era casi palpable, una mezcla extraña de furia contenida y un dolor que, a pesar de todo, parecía genuinamente preocupado por esta chiquilla. Si este hombre está interesado en la dueña de este cuerpo, estoy realmente muerta.
Mis labios temblaron; esta vez no estaba fingiendo, el pánico que sentía era tan real como esta vida. —Yo... yo no sé por qué lo hice. —Me negaba a rendirme sin antes intentarlo, aunque estuviera jugando con fuego.
—Te creo. Hace apenas unas horas, tu mirada se desviaba, incapaz de cruzarse con la mía. Ahora… ahora eres una tormenta silenciosa, ¿no? Tus ojos, antes esquivos, ahora arden con una seguridad inquietante. ¿Quién eres realmente? —Sus ojos, tan oscuros como la noche sin luna y tan intensos como brasas al rojo vivo, se estrecharon, perforándome con una atención que quemaba. Yo mantuve mi máscara de inocencia, la de la chica frágil y recién recuperada. No podía, bajo ningún concepto, delatar la verdad que se escondía tras el cambio.
—Realmente lo lamento. No debí preocuparte más. Estoy segura de que tienes asuntos importantes que atender y… yo solo te estoy haciendo perder el tiempo. —Cada palabra era una puñalada calculada para alejarlo, para liberarme de la prisión que era su escrutinio. Necesitaba que se fuera, que esa mirada penetrante dejara de desnudar cada fibra de mi ser; tenía que desviar la pregunta. Joder, nunca me había sentido tan intimidada, ni siquiera en los negocios, doy gracias que los tratos comerciales que sostenía con su empresa eran firmados atravéz de su secretario.
—¿Perder el tiempo? —Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en sus labios, sin alcanzar sus ojos. —Para nada. De hecho, acabo de decidir que tomaré un mes de vacaciones. Un mes entero para dedicarme exclusivamente a tu recuperación, así pasamos más tiempo como esposos. —Mi mandíbula se tensó, mi mente estaba al borde del colapso. Mi sangre se heló. Yo, desesperada por expulsarlo de mi vista, y él, anclándose con una tenacidad infernal. Un mes... Un mes bajo su implacable ojo, no creo poder soportar.
—El frío… —Mi voz tembló, no solo por la actuación, sino por la gélida habitación. —Es insoportable aquí. No tolero mucho el frío… ¿Serías tan amable de traerme algunas mantas adicionales? —Aquella petición nació de lo más profundo de mi alma.
Él, sorprendentemente, se levantó con una obediencia casi robótica, y en cuanto la puerta se cerró tras él, un suspiro tembloroso escapó de mis labios, liberando el aire que había contenido.
—Cálmate, Estela, ahora eres Bárbara. Él no tiene forma de saber que no somos la misma persona. Necesitaba, con cada fibra de mi ser, ganarme su confianza. Los movimientos que planeaba eran un abismo de riesgos. Si este hombre llegara a sospechar la verdad de mi renacimiento, de mi falsa fragilidad… entonces, estaría irremisiblemente muerta. No quiero volver a morir.
Lucian Drax