A los 30 años, Alejandro cumplió su mayor sueño: ser dueño del bar más popular de la zona. Atractivo, de cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada y ojos claros que llaman la atención, es un hombre carismático y seductor que disfruta de su soltería.
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Sombras en la ciudad
La noche había caído por completo, y por primera vez en mucho tiempo, Alejandro no estaba detrás del mostrador de El Confín. Había dejado el local en manos de su empleado de confianza, con las instrucciones claras y precisas que siempre daba, y había salido a dar un paseo. Necesitaba caminar, respirar aire fresco y despejar la mente después de la intensidad de las últimas horas, y sobre todo, después de la visita de Elena, esa mujer de ojos oscuros que había despertado algo en él que creía dormido.
Caminaba por las calles adoquinadas del barrio, con las manos en los bolsillos de su pantalón oscuro, la postura recta y elegante de siempre, el cabello oscuro peinado impecablemente hacia atrás y su barba cuidada recortada al ras. Vestía una camisa de tela fina de color negro, abierta en el cuello, y un abrigo ligero que le llegaba hasta la cintura, con el cuello levantado contra el viento suave que corría. Sus ojos claros, verdes y brillantes bajo la luz de las farolas, recorrían todo lo que lo rodeaba con esa atención natural que tenía, esa costumbre de ver, observar y notar cada detalle, sin que nadie supiera por qué era tan capaz de percibirlo todo.
Para él, salir así, de incógnito, mezclado con la gente, era también una forma de libertad. En el bar era el dueño, el anfitrión, el centro de atención. Aquí, en la calle, caminando solo, podía ser simplemente un hombre más... aunque por dentro, sus sentidos siempre estaban alerta, como si una parte de él nunca pudiera relajarse del todo.
Llegó hasta una zona más alejada del centro, una calle ancha y tranquila, bordeada de árboles altos y edificios antiguos, donde había varios locales más pequeños y una plaza con bancos de piedra. Se detuvo un momento frente a un escaparate iluminado, mirando sin ver realmente, perdido en sus pensamientos: en las miradas de Javier, en las palabras de Elena, en esa sensación extraña que llevaba días sintiendo, de que algo se estaba moviendo a su alrededor, invisible pero constante.
Fue entonces cuando lo vio.
Al otro lado de la calle, apoyado en la pared de un edificio antiguo, había un hombre que no le quitaba la vista de encima. No era nadie que conociera, eso estaba claro. Era un hombre mayor, de unos sesenta años, de complexión delgada y estatura media, vestido con un traje gris de corte antiguo, abrigo largo y un sombrero oscuro que le sombreaba parte de la cara. Tenía las manos entrelazadas frente a sí, y estaba totalmente quieto, inmóvil como una estatua. Pero lo que más llamó la atención de Alejandro, lo que le hizo tensar levemente la mandíbula sin mover un solo músculo de su cara, fue la forma en que lo miraba: fija, intensa, segura, como si lo estuviera esperando, como si supiera exactamente quién era y dónde encontrarlo.
Alejandro no se inmutó. No se giró bruscamente, ni aceleró el paso, ni mostró sorpresa. Simplemente, siguió su camino con la misma calma de siempre, cruzando la calle despacio, dirigiéndose hacia donde estaba aquel hombre. Algo le decía que ese encuentro no era casual, que ese hombre había aparecido ahí precisamente para eso: para encontrarse con él. Y Alejandro, que nunca huía de nada ni de nadie, prefirió ir al frente.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, el hombre del sombrero sonrió. Fue una sonrisa pequeña, cortés, pero que no llegó a sus ojos, unos ojos pequeños, oscuros y muy vivos, que brillaban con una inteligencia aguda y misteriosa.
—Buenas noches —dijo el desconocido, con una voz suave, educada y pausada, que parecía acostumbrada a hablar poco pero decir mucho—. Hacía rato que quería saludarle, Alejandro. Se me ha hecho esperar demasiado.
Alejandro se detuvo a pocos pasos de distancia, se quedó parado con las manos en los bolsillos, la cabeza alta y esa mirada clara y tranquila que parecía atravesar a las personas. No preguntó cómo sabía su nombre; en un barrio pequeño, el dueño del bar más famoso era conocido por todos, o al menos, de nombre. Pero sí le llamó la atención la confianza con la que se dirigía a él.
—Buenas noches —respondió él con su tono grave y amable, pero firme—. ¿Nos conocemos? Creo que no lo he visto nunca por la zona. Soy nuevo por aquí, comparado con los vecinos de toda la vida.
El hombre soltó una risa suave y meneó levemente la cabeza, como si las palabras de Alejandro le parecieran graciosas o simplemente una forma de hablar que él conocía muy bien.
—No, no nos conocemos personalmente, es cierto. Pero yo sé muchas cosas de usted. Y usted... bueno, usted sabe más de lo que deja ver, ¿verdad? —dijo el desconocido, dando unos pasos cortos y silenciosos para acercarse un poco más—. Me llamo Elías. Y soy de los que creen que cada persona tiene una historia, y que detrás de cada historia, siempre hay otra más oculta, más interesante... más real.
Alejandro lo miró con atención, analizando cada gesto, cada palabra, cada movimiento. Había algo en Elías que le resultaba... inquietantemente familiar, aunque no pudiera decir qué era. Su forma de estar parado, la forma de medir las palabras, la seguridad absoluta con la que se movía en la oscuridad, como si fuera amigo de las sombras. Pero Alejandro mantuvo su fachada intacta: amable, educado, el joven dueño de bar que solo quiere pasear tranquilo.
—Todos tenemos una historia, supongo. La mía es sencilla: trabajé duro, cumplí mi sueño, tengo mi bar y vivo tranquilo. Nada muy interesante, se lo aseguro —respondió Alejandro, encogiéndose levemente de hombros, con esa media sonrisa suya que siempre ayudaba a desviar atención—. ¿Y usted? ¿A qué se dedica, Elías? ¿Suele pasear de noche y conversar con desconocidos?
Elías lo observaba con una intensidad que resultaba casi pesada, escudriñando cada rasgo de su cara, sus ojos claros, su postura, buscando algo que no decía.
—Yo me dedico a observar, Alejandro. Y a conectar puntos que otros no ven. A veces, las cosas más tranquilas, las que parecen más sencillas y sencillas... son las que esconden las piezas más importantes del rompecabezas —dijo Elías, bajando un poco la voz, como si le estuviera contando un secreto—. Por ejemplo, su bar... El Confín. Es un lugar hermoso, muy popular, muy alegre. Pero dicen que en ese lugar se escuchan cosas, se ven cosas... cosas que, si uno sabe escuchar y ver bien, pueden ser muy valiosas. Y dicen también, que su dueño... tiene un don especial para saber qué es verdad y qué es mentira, quién es quién y qué intenta hacer cada uno.
Alejandro sintió que algo se le tensaba en el pecho, muy adentro, pero no dejó que se notara en absoluto. Siguió relajado, tranquilo, sonriendo con esa naturalidad que lo caracterizaba.
—Exageraciones, como siempre le digo a todo el mundo. Solo trato bien a la gente y presto atención, eso es todo. Cualquiera que ama lo que hace, lo hace igual —respondió con calma absoluta.
Elías asintió lentamente, pero sus ojos seguían fijos en los de él, sin perderse ni un parpadeo.
—Claro, claro... amor por el trabajo. Disciplina, orden, saber mantenerse firme y tranquilo pase lo que pase... cualidades muy valiosas, sí señor. Cualidades que no todo el mundo tiene, créame. Se aprenden, se cultivan... o nacen con uno, supongo —dijo Elías, insinuando cosas, dando vueltas alrededor de temas que no nombraba nunca claramente—. Pero no se preocupe, Alejandro. Solo quería conocerlo. Quería ver si era tal cual me lo habían descrito. Y ya veo que sí. Es usted un hombre muy... capaz. Y eso es bueno. Porque, créame... pronto van a necesitar hombres capaces en este barrio. Las cosas están cambiando. Los vientos cambian, ¿sabe? Y lo que antes estaba oculto, a veces sale a la luz sin avisar.
Se quedó callado un momento, y luego se ajustó el sombrero sobre la frente, ocultando aún más su rostro.
—Me voy ya, no lo molesto más. Pero recuerde algo, Alejandro... yo estoy aquí. Y si algún día necesita saber qué es lo que realmente se mueve en las sombras de esta ciudad... o si algún día alguien le hace preguntas incómodas sobre cosas que nadie debería preguntar... busque a Elías. Yo siempre estoy donde hay secretos. Y créame... yo sé reconocer a otro guardián de secretos cuando lo veo.
Sin esperar respuesta, el hombre dio media vuelta y comenzó a alejarse despacio, caminando hacia la oscuridad de una calle lateral, perdiéndose entre las sombras de los árboles y los edificios antiguos, igual que había aparecido: silencioso, misterioso y dejando una sensación extraña, pesada, en el aire.
Alejandro se quedó solo en medio de la acera, mirando el lugar donde aquel hombre había desaparecido. Siguió con las manos en los bolsillos, su postura relajada, su cara tranquila. Pero su mente trabajaba a toda velocidad, analizando cada palabra, cada insinuación, cada gesto de ese tal Elías.
¿Qué sabía? ¿Qué quería? ¿A qué se refería con todo eso?
Nada de lo que dijo mencionaba su vida pasada, ni uniformes, ni reglas, ni nada de lo que él había dejado atrás. Y sin embargo... la forma en que hablaba de disciplina, de saber ver, de estar oculto... todo eso hacía que una alerta silenciosa sonara en lo más profundo de Alejandro, esa alerta que nunca fallaba.
Dio media vuelta y reanudó su camino, pero ya no estaba tranquilo. Caminaba por una ciudad que parecía la misma de siempre, con luces, gente y movimiento, pero que de repente le parecía llena de ojos que lo miraban, de voces que hablaban bajo, de sombras que se movían con intenciones que él aún no entendía.
Javier, Elena, Elías... Tres personas distintas, tres formas diferentes de ser, pero todas con algo en común: todas lo miraban como si supieran algo que él no quería que nadie supiera. Todas lo trataban como si fuera alguien más importante, más complejo y más peligroso que el simple dueño de un bar.
Y lo más inquietante de todo... era que Alejandro tenía la certeza absoluta de que ninguno de ellos estaba ahí por casualidad. El juego, ese juego extraño y silencioso que él creía haber dejado atrás para siempre, no solo seguía existiendo... sino que ahora se estaba jugando justo en su tablero, en su ciudad, en su vida.
Y aunque nadie le había dicho nada, aunque su pasado seguía siendo solo suyo y cerrado bajo llave... Alejandro comprendió que ya no caminaba solo. Y que a partir de ahora, cada paso que diera fuera de su refugio, tendría que darlo sabiendo que alguien, en algún lugar, estaba observando cada uno de sus movimientos, esperando ver cuándo, y cómo, iba a reaccionar.
Siguió caminando, elegante, solitario y misterioso bajo las luces de la ciudad, guardando su secreto como el tesoro más valioso, y preparándose, sin saber muy bien para qué, pero sabiendo que su instinto nunca fallaba: algo grande, peligroso y oscuro estaba a punto de suceder.