Irina Vólkov es la vergüenza de su familia. Omega sin loba, gorda y relegada a fregar platos mientras su hermana gemela Astrid brilla como la bendecida por la diosa luna. La noche de su cumpleaños 18, su padre la anuncia como ofrenda al Rey Theron Blackmoor — un alfa maldito del que nadie habla sin bajar la voz.
Lo que nadie sabe es que antes de esa noche, en un lago escondido entre las montañas, una bestia enorme la encontró desnuda bajo la luna. No la atacó. Solo la miró. Como si la estuviera esperando.
Ahora Irina está encerrada en un castillo oscuro con un rey que la desprecia de día y una bestia que duerme a sus pies de noche. Con una ceremonia que puede unirla a él para siempre — o matarla si la diosa luna decide que no es suficiente. Con una hermana dispuesta a todo por quitarle lo que tiene. Y con una loba despertando dentro de ella que le susurra lo que Irina se niega a aceptar:
Que la bestia la eligió primero.
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CAPÍTULO 16 Despierta
Lo primero que Irina pidió cuando pudo hablar sin que le sangrara la garganta fue pizza.
—¿Pizza? —Theron la miró desde la silla que llevaba cinco días sin abandonar, con la cara de alguien que esperaba una declaración profunda y recibió un pedido de comida rápida.
—Pizza. Con queso. Y algo que no sea sopa. Si veo otra sopa, le muerdo la mano al curandero.
—Estás en un castillo en las montañas. No hay delivery de pizza.
—Entonces que alguien invente uno. Soy la futura luna del rey. Que sirva de algo el título.
Theron la miró. Despeinada, pálida, con las muñecas vendadas y ojeras que le llegaban a la mandíbula. Y pidiendo pizza como si no hubiera estado en coma cinco días.
Se levantó y salió sin decir nada. Media hora después, Ezra le trajo una bandeja con algo que se parecía a una pizza si entrecerrabas los ojos: pan plano con queso derretido y tomate encima.
—El cocinero hizo lo que pudo —dijo Ezra.
Irina le dio un mordisco. Masticó. Cerró los ojos.
—Es horrible.
—¿Quiere que le traiga sopa?
—Trae más de esta cosa horrible.
Se comió tres porciones. Theron la miraba desde la puerta con los brazos cruzados y algo en la cara que no era indiferencia ni rabia ni ninguna de las expresiones que Irina le conocía.
Era alivio. Puro, crudo, sin disfrazar.
—¿Qué? —dijo Irina con la boca llena.
—Nada.
—Estás mirándome.
—Llevo cinco días mirándote. Es costumbre.
—¿Cinco días en esa silla?
—Alguien tenía que vigilar que no dejaras de respirar otra vez.
Irina dejó de masticar. Lo miró. Él le sostuvo la mirada un segundo de más y después se fue al pasillo murmurando algo sobre informes y patrullas.
Cinco días, pensó Irina. Cinco días sin moverse.
Te lo dije, susurró Kira. Débil todavía, pero ahí. Ese hombre nos quiere.
Kira, cállate y descansa.
Me alegra que estés viva.
A mí también me alegra que TÚ estés viva.
¿Ves? Ya nos estamos llevando bien.
La recuperación fue lenta y Catalina se encargó de que cada minuto fuera productivo.
Apareció al día siguiente con una bandeja de desayuno que incluía el doble de proteína de lo normal y una lista de instrucciones que pegó en la pared de la habitación.
—Desayuno a las siete. Caminata por el pasillo a las nueve. Almuerzo a las doce. Siesta. Caminata más larga a las cuatro. Cena a las siete. Dormir.
—¿Me hiciste un horario? —dijo Irina desde la cama.
—Te hice una rutina de recuperación. Tus músculos llevan cinco días sin moverse y tus niveles de esencia vital están por el suelo. Si no empiezas a moverte hoy, te vas a atrofiar.
—Casi me muero hace menos de una semana.
—Exacto. Casi. No te moriste. Así que levántate.
Irina la miró con la cara de alguien que quiere discutir pero sabe que no va a ganar.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Así de... implacable.
—Así es como se mantiene viva la gente que quiero. Levántate.
La gente que quiero. Irina registró la frase pero no dijo nada. Se levantó.
La primera caminata fue patética. Diez metros por el pasillo y le temblaban las piernas como si fueran de gelatina. Catalina caminaba a su lado sin agarrarla pero lo suficientemente cerca como para atraparla si se caía.
—¿Puedo sentarme? —jadeó Irina.
—No.
—Me estoy muriendo.
—No seas dramática. Te estás recuperando. Camina.
—¿Así tratabas a Theron de niño?
—A Theron le hacía correr el doble. Tú tienes suerte.
Irina se rió. Le dolió todo el cuerpo al reírse, pero se rió. Y Catalina, a su lado, casi sonrió.
Theron no sabía cómo tratarla.
Ese era el problema. Antes del secuestro tenía una dinámica clara: él la ignoraba, ella lo insultaba, la bestia los unía de noche y de día fingían que no había pasado nada. Era incómodo pero funcional.
Ahora no podía ignorarla. No después de cinco días sin moverse de una silla. No después de arrancarse los colmillos mordiendo plata por ella. No después de romperse las manos contra una barrera mágica.
Así que hacía cosas raras.
Le dejaba café en la mesita de noche antes de que despertara. Aparecía en la puerta de su habitación para preguntar si necesitaba algo y se iba antes de que ella respondiera. Le mandaba mantas extra con Ezra sin decir que eran de su parte, aunque todo el castillo sabía que eran de su parte porque nadie más en esa fortaleza tenía la autoridad para requisar mantas del almacén.
Irina lo notaba todo.
—Tu hijo me dejó café otra vez —le dijo a Catalina durante la caminata del cuarto día.
—¿Y?
—Y no sé qué hacer con eso. Antes me gritaba y ahora me deja café.
—¿Prefieres que te grite?
—Al menos sabía cómo responder a los gritos.
Catalina la miró de reojo.
—Mi hijo lleva ocho años sin saber cómo querer a alguien. Le destrozaron esa capacidad cuando tenía veinticuatro. Lo que está haciendo —el café, las mantas, quedarse en la puerta sin entrar— es lo más parecido al cariño que sabe expresar. Es torpe, sí. Pero es real.
Irina se quedó callada un momento.
—¿Y yo qué hago?
—¿Con qué?
—Con esto. Con él. Con el café y las mantas y el hecho de que se arrancó los dientes por mí y ahora no puede mirarme a los ojos.
Catalina se detuvo. La miró de frente.
—¿Qué quieres hacer?
—No lo sé.
—Mentira. Sí lo sabes. No quieres decirlo.
Irina apretó los labios. Maldita mujer. Maldita mujer que veía todo.
—Quiero que me mire a los ojos —dijo en voz baja—. Quiero que deje de esconderse detrás de la puerta y entre. Quiero que me diga a la cara lo que la bestia me dice cada noche. Quiero que el hombre sea tan valiente como el monstruo.
Catalina la miró con esos ojos grises que eran los de Theron pero más sabios.
—Entonces díselo tú. Porque él no va a dar el primer paso. Lleva ocho años sin dar pasos. Solo sabe encadenarse.
Esa noche, Theron apareció en la puerta con un café.
—Te traje... —empezó.
—Entra —dijo Irina.
Él se quedó en el umbral.
—Entra, Theron. Deja de quedarte en la puerta como un fantasma con taza.
Entró. Se sentó en la silla. La silla de cinco días. Le puso el café en la mesita.
—¿Cómo te sientes?
—Como alguien a quien torturaron brujas durante dos días y que lleva una semana comiendo sopa. ¿Tú?
—Bien.
—Mentira.
—¿Cómo sabes que es mentira?
—Porque te conozco. Llevas una semana sin dormir, tienes las manos vendadas y cada vez que entras a esta habitación pareces un hombre que quiere decir algo y no puede.
Silencio.
—Dilo —dijo Irina.
—¿Decir qué?
—Lo que sea que llevas atragantado desde que desperté. Dilo. Lo peor que puede pasar es que me enoje, y ya estoy enojada la mayor parte del tiempo, así que no cambia mucho.
Theron la miró. Se pasó una mano por la cara. Abrió la boca. La cerró.
—Pensé que te había perdido —dijo finalmente, con la voz ronca—. Cuando la barrera no cedía y yo estaba ahí afuera sin poder entrar... pensé que te había perdido y que era mi culpa. Porque te traje aquí. Porque no te protegí. Porque estaba tan ocupado fingiendo que no me importabas que no vi lo que tenía delante.
Irina sintió el pecho apretarse.
—¿Y qué tenías delante?
—A la mujer más terca, sarcástica e insoportable que he conocido en mi vida. —Pausa—. Y a la única persona que ha hecho que la bestia deje de querer destruirlo todo.
Irina lo miró. Él la miró.
—Eso es lo más bonito y lo más insultante que me han dicho al mismo tiempo —dijo ella.
—Es un talento.
—Theron.
—¿Sí?
—Tráeme café mañana también. Pero entra y siéntate. No te quedes en la puerta.
Algo cruzó su cara. No era una sonrisa. Pero estaba cerca.
—Está bien.
Se levantó para irse. En la puerta, se detuvo.
—Irina.
—¿Sí?
—Me alegra que hayas despertado.
—A mí también me alegra. La alternativa era bastante aburrida.
Esta vez sí sonrió. Apenas. Un segundo. Pero Irina lo vio.
Y Kira, dentro de su cabeza, ronroneó.
conchole que toda la energía negativa que carga el hijo de la bruja se le devuelva y nada arruine el ritual de la Luna Roja 🤞🏼🤞🏼🤞🏼🤞🏼
felicidades AUTORA