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La Cláusula Del Deseo

La Cláusula Del Deseo

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Malentendidos / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:7.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Ámbar Di Marco, una joven curvilínea de belleza clásica, siempre amó en silencio a Alexander Sterling, el magnate naviero que años atrás la humillaba por su timidez y su cuerpo. Tras la muerte de su abuelo, un testamento obliga a ambas familias a unirse mediante un matrimonio de conveniencia y a concebir un heredero en el plazo de un año.
Convencido de que Ámbar lo manipuló para atraparlo, Alexander la recibe con desprecio. Pero la convivencia y la intensa atracción entre ellos comienzan a derribar sus prejuicios. Mientras el orgullo y los secretos amenazan con separarlos, Alexander descubrirá que la mujer que juró rechazar es, en realidad, la única capaz de cambiar su corazón.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: La Vorágine del Arrepentimiento

Durante las cuarenta y ocho horas siguientes a la revelación en la biblioteca, la mansión Sterling vivió sumida bajo un régimen de tensión insostenible. Un silencio pesado, casi táctil, se adueñó de las galerías de roble, de las escaleras de mármol y de los salones de techos altos. La enorme propiedad de la bahía, habitualmente dominada por la rutina impecable y la presencia imponente de su dueño, parecía haber perdido su centro de gravedad.

Alexander no fue a los astilleros. Cancelo todas las reuniones del consejo de administración, ignoró las llamadas insistentes de sus ejecutivos y se encerró por completo en su despacho de la planta baja. Se dedicó a mover cielo y tierra con sus abogados personales, auditores forenses e investigadores privados para desenredar hasta el último hilo de la red de corrupción que el tío Roberto había construido en complicidad con el padre de Cynthia Vance.

Los documentos no mentían. Las órdenes de transferencia, los contratos de fachada en el extranjero y los informes falsificados de balance eran contundentes. En cuestión de horas, Alexander organizó un contraataque legal y financiero devastador. Tenía el poder, el dinero y los contactos para aplastar a los culpables antes de que terminara la semana. Roberto Di Marco enfrentaría la bancarrota absoluta y una demanda penal por fraude, mientras que la firma de los Vance se vería acorralada por una intervención judicial sin precedentes.

Pero ninguna victoria financiera lograba calmar la tempestad que ardía en su pecho. La furia que solía impulsarlo en los negocios se había transformado en una náusea helada de culpabilidad.

Sentado frente a su escritorio de caoba —el mismo sobre el cual, apenas unas noches atrás, había poseído a Ámbar con una mezcla rabiosa de deseo y posesión—, Alexander no podía concentrarse en los números. Por encima de los contratos, de los astilleros y de los millones en juego, su mente estaba completamente ocupada por Ámbar.

Recordaba cada mirada de dolor de su esposa. Recordaba la fijeza de sus ojos oscuros mientras sostenía las cartas de los abuelos, la dignidad impecable de su voz quebrada y cada acusación desgarradora que le había lanzado a la cara en la penumbra de la biblioteca. Pero, sobre todo, le quemaba la memoria de la intimidad. Recordaba la forma apasionada, entregada y dulce en que ella se le había dado en la penumbra de la suite y en ese mismo despacho, respondiendo a sus besos con una nobleza desarmante, a pesar del desprecio y del rencor que él no se había molestado en ocultar durante meses.

La había juzgado como a una intrusa. La había calificado de arpia calculadora. Le había impuesto cláusulas crueles para asegurar un heredero, convenciéndose a sí mismo de que ella solo buscaba el apellido Sterling y la fortuna de la familia. Y resulta que la única víctima limpia, la única persona intacta en medio de aquella ciénaga de codicia, siempre había sido ella.

El orgullo de Alexander, esa coraza rígida sobre la que había erigido toda su vida, yacía hecho pedazos en el suelo de su despacho.

Mientras la noche caía sobre la bahía y la lluvia comenzaba a repicar con monotonía contra los ventanales, Ámbar se encontraba en la suite principal.

Había pasado los últimos dos días recluida entre la suite y los jardines posteriores de la propiedad, necesitada de espacio para digerir la verdad. Haber encontrado esas cartas había sido un bálsamo para su dignidad golpeada, pero también había dejado al descubierto la inmensa tragedia de su matrimonio. Sabía que su abuelo había actuado buscando protegerla, pero el precio de esa protección había sido entregarse a un hombre que la había tratado como a una enemiga desde el instante en que cruzó el umbral de la iglesia.

Frente al gran tocador de caoba, ilumina únicamente por la luz tibia de dos candelabros de plata y el resplandor de la chimenea, Ámbar se cepillaba el cabello con movimientos lentos y pausados.

Llevaba una bata fina de satén negro, cuyo tejido fluido se amoldaba con suavidad a la opulencia de su figura, acentuando la curva pronunciada de sus caderas, la pequenez de su cintura y la firmeza de su busto. El cabello oscuro, denso y brillante, caía en ondas sobre sus hombros, enmarcando un rostro pálido donde los ojos oscuros reflejaban un cansancio profundo.

El leve chasquido del pomo de la puerta rompió el silencio de la habitación.

La puerta de la suite se abrió suavemente y Alexander entró. Ya no vestía los trajes impecables de corte italiano ni la corbata de seda que solían darle el aire de un monarca inexpugnable. Llevaba una camisa blanca de lino con las mangas remangadas hasta los antebrazos y los primeros botones abiertos, dejando al descubierto la base de su cuello firme. Llevaba el cabello alborotado, la sombra de una barba de dos días marcándole la mandíbula y unas ojeras marcadas bajo sus ojos grises. Parecía, en todos los sentidos, un hombre golpeado por una tormenta implacable.

Ámbar detuvo el cepillo en el aire. Lo miró a través del espejo del tocador, pero no se giró ni dijo una sola palabra. El ambiente en la estancia se volvió de pronto denso, cargado de una tensión eléctrica que hacía difícil respirar.

Alexander no habló de inmediato. Avanzó por la alfombra en absoluto silencio, con pasos lentos y pesados, hasta detenerse a un lado de la silla del tocador.

Entonces, ante la mirada atónita de la joven, el poderoso magnate hizo algo impensable. Dobló las rodillas despacio y se arrodilló a su lado sobre el suelo de madera, un gesto de absoluta sumisión y rendición que Ámbar jamás habría imaginado ver en el hombre más orgulloso de la ciudad.

Quedando a una altura inferior a la de ella, Alexander levantó la mirada. Sus ojos grises, habitualmente fríos y calculadores, estaban empañados por una emoción cruda, transparente y desgarradora.

—No te pido que me perdones hoy, ni mañana, ni dentro de un mes... —susurró él, y su voz barítona, profunda y grave, sonó ligeramente quebrada por la falta de sueño y el peso del arrepentimiento.

Extendió las manos con extrema lentitud, pidiendo permiso con la mirada, y tomó la mano de Ámbar entre las suyas con una delicadeza casi religiosa. Sus dedos grandes y cálidos envolvieron la mano pequeña de su esposa como si se tratara del cristal más frágil del mundo.

—Fui un ciego, Ámbar. Un idiota arrogante y cobarde que usó el orgullo como una coraza podrida para protegerse de lo que realmente estaba sintiendo desde el primer segundo —continuó él, apretando la mano de ella contra su pecho, donde el corazón le latía con un ritmo sordo y desbocado—. Porque la verdad, mi amor... la aterradora verdad que me negaba a aceptar, es que desde el momento en que te vi caminar por el pasillo de la iglesia con ese vestido verde, desde que sentí tu presencia y vi la firmeza con la que me sostuviste la mirada, dejé de ser dueño de mí mismo.

Ámbar sintió un vuelco violento en el estómago. Contuvo el aliento, incapaz de apartar los ojos del rostro de su esposo.

—Te traté como a una enemiga porque me aterraba el poder que tenías sobre mí con solo mirarme —confesó él, inclinando la cabeza para besar con infinita ternura la palma de la mano de Ámbar, dejando allí el calor de sus labios y el temblor de su aliento—. Me aterraba la forma en que tu cuerpo me volvía loco, me aterraba saber que podía perder el control de mi vida si te dejaba entrar en mi corazón. Me escudé en el dinero, en el testamento y en la estupidez de mi propia vanidad para convencerme de que eras una mentirosa. Pero la única mentira en esta casa he sido yo.

Las lágrimas, que Ámbar había intentado contener durante días, comenzaron a agolparse en sus pestañas. Podía ver la sinceridad sin filtros en los ojos de Alexander, la devoción tan sincera y cruda que el aliento se le detuvo en la garganta. No había manipulación en sus palabras; había el dolor auténtico de un hombre que había destruido lo que más deseaba y que ahora se arrastraba entre los escombros para intentar repararlo.

—Permíteme demostrarte que puedo ser el esposo que mereces —continuó Alexander, sin soltar su mano, buscando su mirada con una súplica desesperada—. No me pidas que me aleje, Ámbar. Si quieres que duerma en otra habitación, lo haré. Si quieres que renuncie a la mitad de los astilleros a tu favor, lo haré mañana mismo ante los notarios. Pero no me cierres la puerta de tu vida. Déjame ganarme el derecho de estar a tu lado.

Ámbar lo miró durante un tiempo que pareció congelarse en el aire. Sintió el contraste entre la firmeza de la bata de satén sobre su piel y la calidez de las manos de Alexander envolviéndola. El rencor que había guardado durante meses comenzaba a ceder, no porque olvidara las ofensas, sino porque la presencia de ese hombre arrodillado a sus pies era la prueba irrefutable de que la verdad había ganado la batalla.

—El perdón no es una firma en un documento, Alexander —susurró ella, y su voz suave resonó con una calma majestuosa en la penumbra de la suite—. Me dolieron tus palabras, me dolió tu desconfianza y me dolió la forma en que pusiste precio a mi presencia en tu vida. Si de verdad quieres ser el esposo que merezco, vas a tener que aprender a conocerme sin contratos de por medio.

Alexander cerró los ojos un instante, dejando escapar un largo suspiro de alivio, y volvió a pegar la palma de Ámbar contra su mejilla, sintiendo la suavidad de su piel.

—Te lo demostraré cada día de mi vida —prometió él, inclinándose para depositar un beso suave, reverente y lento sobre las rodillas de ella, sellando en el silencio de la noche el compromiso más real que jamás hubieran firmado.

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Angelina Cabezas Cid
buu que tonta debería de haberlo hecho sufrir un poco más, por como la trató el día después que tuvieron relaciones
JZulay
Una hermosa historia de redención y amor ❤️

💯 recomendada 😉👌🏼
JZulay
🥰❤️🤗...bello... Ale 😉
Marta Gutierrez
El 18 no esta
Marta Gutierrez
El capítulo 17:se repite 2 veces 🤭
Marta Gutierrez
Esperemos que se de cuenta y se enamore de ella y deje definitivamente a la zorra
Marta Gutierrez
Y yo que le dije que resistiera pero no, no hizo caso y ahí están las consecuencias, el ahora se va con su tabla
Marta Gutierrez
Pero , no lo hizo sufrir ni un poquito
JZulay
muro 🧱 protector 🥰❤️🥰🥰
Marta Gutierrez
Sabido que iba a caer . Que sufra un poco más el esposo así aprende
JZulay
más te vale /Slight/
JZulay
vas a pedir cacao después /Smug//Slight//Proud/
JZulay
/Drool/🔥/Heart/....ahh....no qué, no !!! /Slight//Joyful//Facepalm//Facepalm/
JZulay
Ámbar ....no se lo hagas fácil /Smug/
se derretirá por el pay , pero que le cueste /Slight//Doubt/
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Yadis Garay
no caigas ambar
Yadis Garay
esres un estupido alexander no lo perdones amber
Yadis Garay
desgraciada vibora🤭🤭
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